domingo, 1 de noviembre de 2015

Va a llover.

(20151031). Esa cosa minúscula que se confundiría con una piedra si no la viesemos moverse es un sapo macho. La fotografía es del viernes, día 30. La hice en el camino del Cerro del Espartal, a la altura de Escoboso. En el mismo tramo de camino vi otros quince sapos braceando en la tiniebla con gran empeño.
La pasada semana ha habido otros avistamientos de características parecidas. He oído a una mujer contar que, yendo de paseo, sufrió un ataque de asco al ver bastantes sapos aplastados, pisados por los coches, en el camino del Zauce, en la bajada hacia el arroyo. Y en el camino del Pobo, M.P.P. vio otra desbandada.
Los sapos barruntan la lluvia. Me gustaría tener un sapo amaestrado que me enseñase a distinguir las borrascas vanas de las que traen agua. También les convendría a los meteorólogos que, en lo que respecta a este pedazo de tierra, llevan todo el otoño pronosticando con el pié cambiado. Hasta ahora todas las veces que he visto un sapo al anochecer en un camino, días despues, siempre ha llovido. Bien es cierto que nunca he visto una migración tan numerosa. Si esto significa que la lluvia será proporcional al número, o que van todos en tromba por que lo que barruntan es la escasez, lo iremos viendo. 
 

jueves, 22 de octubre de 2015

Apunte del natural.

(20151018). Ella le viene abroncando con un tono muy correcto, nada crispado, diciéndole cómo se tienen que hacer las cosas. Ella es rubia. La melena por el hombro. Mallas negras. Zapato de medio tacón. Tacón que suena. Y una chaqueta de punto bastante larga que oculta unas poderosas caderas. Él está un poco oprimido por la ropa, tiene uno de esos cuerpos enterizos, de lanzador de peso. Va enfundado en un pantalón vaquero en el que no le caben los muslos, lo cual afecta a la longitud de sus pasos, demasiado cortos para su tamaño. Lleva puesta una camiseta blanca con rayas transversales con el número siete a la espalda. El número demasiado pequeño también para el tamaño de la camiseta. Viene empujando un carricoche con un niño chico dentro. Avanzan deprisa. Bajan la cuesta de Tentetieso delante de mí. La cabeza de él rapada a lo militar. En otro tiempo, hace treinta años o así, hubiera pensado que este hombretón obediente era un recluta recién licenciado. Hoy, sometidos a incesante evolución, diría que se trata de un atleta doméstico casado con su entrenador personal.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Destreza culinaria.

(20130720). Media tarde. Entro en la cocina y hay puesta al fuego una sartén con tres chuletas chisporroteando. La llama del gas abraza la sartén y desde el interior saltan como pulgas  minúsculas gotas de grasa. La carne presenta los efectos de una combustión rabiosa. Un humo pegajoso, con horrible olor a cochiquera incendiada se expande por el cuarto antes de ser absorbido por el extractor que emite un potente zumbido.
Aquella carbonización estaba teniendo lugar de un modo automático. No había nadie en la cocina  dirigiendo aquel martirio. También era compresible que R, su más probable ejecutora, no quisiese contemplarlo. Aunque en la casa es conocida la propensión de R a la simultaneidad.
Parece que  esta es una característica muy propia del género femenino. Hay montones de chistes donde esta "superioridad de género" es utilizada para hacer el dibujo de un hombre de escasas luces y capacidades muy primarias.  A este respecto, en un programa de radio donde hablaban de experiencias sexuales fracasadas, oí contar a un marido un caso extremoso de simultaneidad femenina y unidimensionalidad  masculina. Mientras él desfogaba su pasión, (que tendría, imagino, aquellas tres características que Lord Chesterfield atribuía al acto carnal: "placer momentáneo, costo exorbitante y posición ridícula") oyó decir a su mujer, con el hablar rebrincado de quien esta sufriendo un forcejeo: "Tengo que llevar las cortinas al tinte. Están sucísimas". La frase tuvo un efecto devastador sobre el torrente sanguíneo genital del marido, al que le quedó además, según tuvo el detalle de contar, una tirria inconcreta a toda clase de telas colgantes.
Volviendo a nuestra cocina, me he hecho un café mientras esperaba el desenlace de aquel experimento gastronómico. Las tres chuletas estaban curvadas hacia arriba sobre el hierro flamígero, y el chisporroteo se había convertido ya en una especie de gruñido. Sería un póstumo acto reflejo del animal, al que las leyes protegen del maltrato sólo hasta el matadero.
He visto entrar a R, que me ha mirado de reojo, y, sin mostrar sorpresa ni sobresalto alguno, ha ido directa al botón del gas, lo ha apagado y, con un pasmoso autocontrol y espíritu positivo, ha dicho:
—Ya están hechas.
Luego, mirándome molesta, ha dicho:
—¿Qué haces aquí?
Podía haberme callado, pero, contagiado por su autocontrol y positivismo, he optado por aportar mi granito de arena al experimento:
—He encontrado nombre para este plato.
Ella, escéptica:
—¿Cuál?
—Chuletas a la distancia.
Me ha insultado riéndose. Operación simultánea que, si no fallan mis cálculos unidimensionales, debe de equivaler a cero.

miércoles, 7 de octubre de 2015

En el hipódromo.

Después de escuchar algunos fragmentos de un programa de radio, de la variedad lacrimógena, aderezado con la música de la "Lista de Schdinler", en el que los oyentes hablan de sus maestros de escuela con arrobo, hago introspección y me percato de que todos los maestros que han pasado por mi vida han sido humanos, "demasiado humanos". Hasta que no asistí a las clases de Juan de Mairena, que conocí por los apuntes recogidos por Antonio Machado no tuve ningún maestro digno de ese nombre. Lo que no quiere decir que los mercenarios que se encargaron de mi educación no me dejasen bien preparado para la vida. Se aprende más de un mal maestro, cifra y resumen de la clase de gente que encontraremos a lo largo y ancho del mundo, gente atribulada a la que comunmente gobiernan sus cicatrices, que de un buen maestro, cuyo olor de santidad podría dejarnos transidos y en pleno desamparo para el resto de nuestra existencia.
La impresión que me causó conocer a Mairena fue tan completa que después de leídos los retazos de lecciones que Machado dejó escritos, yo mismo he tenido la desfachatez de anotar algunas otras lecciones de las que Machado no debió de tener noticia, o acaso desechó por demasiado triviales. Estas lecciones que he recopilado han de ser, sin duda, apócrifas o soñadas, ya que el apócrifo Mairena, según explica Machado, murió en Casariego de Tapia en 1909. Lo que no quita para que yo las haya experimentado con tanta viveza que puedo dar testimonio como si hubiese estado dentro del aula. Dejo, a continuación, un apunte de una de estas lecciones.

Juan de Mairena habla a sus alumnos:
—Los mozos de pista del hipódromo dialogan con los caballos en la línea de salida de la carrera: "No me encajones" dice el caballo. "No te encojones" replica el mozo.
El maestro Mairena hizo un breve silencio en este punto de la lección.
—A ver, Martínez, desarrolle esta idea.
Martínez:
—El caballo diría: "Si me encajonas me encojono". Y el mozo de pista: "Si me encojono te encajono".
"El encojonamiento suele traer cola", musitó Mairena, y en un tono más audible añadió:
—Muy bien Martinez. Traiga para mañana resumida una historia de la civilización basada en esos dos conceptos.
Mairena afiló en silencio la punta del lápiz que siempre sostenía entre los dedos mientras impartía sus lecciones. Su ideal pedagógico era el del director de orquesta que ensaya con los músicos la partitura de un concierto. Aunque el manejo que hacía del lápiz era más propio de un fumador empedernido que de un concertista. Acabada la pausa valorativa, retomó vigorosamente el "desencadenante", como a él le gustaba llamar a la anécdota que servía de escusa para el "análisis de las partes vitales" del argumento.
—Como ustedes saben algunos caballos encojonados al no cumplir el requisito previo de entrar en el cajón no pueden participar en la carrera.
Mairena hizo el gesto de llevarse el lápiz a los labios.
—A ver, los de la última fila, díganme. ¿creen ustedes que, a pesar de todo, estos caballos perciben que, a su modo, ellos también han ganado?
Mairena apuntó con el lápiz al último pupitre donde había desplazado a los alumnos más capaces, para que el aviso cristiano de que "los últimos fuesen los primeros" tuviese vigencia no sólo en el cielo.
—A ver, Ruiz, el de los platillos, conteste usted mismo. (Mairena, a veces, asignaba a sus alumnos un instrumento al azar).
Ruiz:
—Ganan. Pero otro campeonato.
—Muy bien observado Ruiz, si sigue por este camino  pronto se hará usted cargo del clarinete.
Mairena se llevó el lápiz a la sien:
—Siguiendo el razonamiento de Ruiz, ¿creen ustedes que nuestra capacidad para indultarnos, el potenciador principal de nuestra autoestima, es auto convencernos de que, aun galopando en la misma pista, corremos otro campeonato? No contesten ahora. Maduren el asunto y traigan algo escrito para mañana. ¿Y la autocrítica qué papel jugaría? ¿Sería un hándicap  para nuestros galopes por la pista o sólo un truco, una manera más elaborada de reforzar nuestra autoestima? Miren a ver que pueden hacer con todo esto.
Pérez levanta una mano.
—Diga, Pérez.
—Me parece que nos hemos ido del tema principal.
—¿El encajonamiento y el encojonamiento?
—Si. Yo creo que el caballo no quiere ser encajonado porque esta acojonado.
—Ya veo por dónde va, Pérez. Cuestiones psicológicas, me temo. Por esta vez obviaremos la psicología del caballo. No interpretaremos la causa del encojonamiento, nos atendremos al hecho observable. La obstinación del caballo por no ser encajonado.
Pérez:
—Ya, pero como partíamos de que el caballo hablaba.
Mairena:
—Tiene usted razón, un caballo que habla es una hipótesis demasiado atrevida. Digamos que el caballo relincha y el mozo lo azuza. ¿Así queda más claro?
Pérez se encoge de hombros:
—No creo que a los caballos les guste correr en una pista.
Mairena:
—Amigo Pérez, veo que ha tomado usted partido por el caballo encojonado. No sé porqué  me ha parecido que desde la grada veríamos mejor la carrera,  pero, si usted lo prefiere, puede adoptar para su ejercicio el punto de vista del jinete.
Pérez:
—Yo, los caballos, los prefiero silvestres.
Mairena:
—Yo también. Pero en el hipódromo sólo hay caballos de carreras. Otro día iremos al campo y veremos al caballo en plena naturaleza ¿Usted que prefiere una naturaleza con alimañas como nosotros o sólo con alimañas buenas?
Suena el timbre y acaba la clase.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Aforismo revisado.

Cuando Dios aprieta , aunque no ahogue, siempre deja señal.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Zona cero.

Oigo a dos hablando de las Fiestas. Según se deduce, les gusta vivir las Fiestas intensamente. "A tope".
Seguramente hay una mayoría con esta pulsión. Por eso los Ayuntamientos se emplean tan a fondo en preparar este gran charco. Saben que la valoración de su mandato depende de este revolcadero público.
Estos dos vienen pegando patadas a los vasos de plástico que ruedan por el solar asfaltado de la plaza. Papeles y botellas con restos de liquidos de un color casi fosforescente abundan alrededor del tablado. Visto a esta hora temprana, el tablado vacio envuelto por la tela morada, las banderitas de plástico tremolando sobre la cabeza, nadie hubiera dicho que aquí anoche hubiese habido tanto oleaje. La multitud y el azote musical: tanta batalla para tan banal despojo.
Oigo decir a los dos extenuados rondadores que las Fiestas o las vives o no las vives, pero que a medias: "¿qué coño es eso de vivir la fiesta a medias?"
Son jovenes. En sus palabras se atisba .cierto resentimiento, como si alguien de la cuadrilla hubiese abandonado el barco antes de que estuviese completamente hundido. Los dos llevan puesta idéntica camisetilla, la de su peña, con el nombre de todos los que se han juramentado para pasárselo bien. Pasarlo bien puede resultar un trabajo demasiado pesado, de ahí la tendencia a recurrir al grupo para solventarlo y  que entre quienes comparten el mismo tajo no haya desertores.
"Las fiestas hay que vivirlas desde dentro". He escuchado esta frase justo cuando nuestras trayectorias se intersecaban. He sufrido un pronto que ha hecho que me pare en seco. Iba a hablarles como el mismo Zaratustra cuando bajó de las montañas. "Yo podría deciros lo que es vivir las fiestas desde dentro". Gracias a dios lo he pensado mejor y he seguido mi camino sin abrir la boca.
Iba a decirles que vivir las fiestas "desde dentro" es una fruslería de aficionados, que cuando se sabe lo que es una fiesta de verdad es cuando vives dentro de su tubo digestivo, y si te toca en el reparto asistir a la función desde el intestino grueso, (no digamos si además es en la porción del recto), eso ya es el acabose.
Como estos dos no tienen por qué saber que mi casa forma parte del recinto ferial, un sitio del que los propios feriantes, una vez colocada la mugrienta chatarra que llaman atracciones y tirados los cables por el suelo, huyen a calles más tranquilas para instalar las caravanas que les sirven de vivienda, he hecho bien, creo yo, callandome. Por menos de nada me habrían mirado conmiserativamente, y habrían creído que les contaba una batallita. A la juventud le gusta inventar el mundo y es lógico que se defiendan de los que, contándoselas, quieran robarles las vivencias que aún no han tenido.
Para no pasar por un viejo chocho y dar algo de fuerza a mis argumentos, cualquier año de estos voy a presentar mi candidatura a personaje egrejio de la localidad (Olivo de Plata), por la abnegación demostrada al servicio de la diversión pública, patrocinada y financiada con alevosía y nocturnidad por los regidores del Ayuntamiento, durante los últimos treinta años.
A ver quién me tose, cuando mi heroica vida de pelo del culo de las verbenas quede avalada por tan prestigiosa condecoración.

domingo, 14 de junio de 2015

Plátanos negros.

(Reflexiones dislocadas e irónicas de un padre a la hora del desayuno delante de un frutero.)
De nuevo amontonados en el frutero unos cuantos plátanos con la cáscara negra. Pasados. ¿Cuántas veces ha visto repetida la maniobra? El niño o la niña no quieren fruta, pero saben que esa declaración frontal  chocaría contra la reglamentaria dieta que deben seguir los niños y las niñas. Por tanto si hay peras, manzanas o naranjas, a la hora de la fruta, preguntan: "¿no hay plátanos?" Es tremendo que en la casa no haya plátanos, la fruta que a él o a ella le gusta. Generalmente basta con que se entreabra esta puerta al victimismo tramposo, un truco tan utilizado hoy día para reivindicarse, (y del que siempre se saca agua por muy  gastados y viejos que estén los arcaduces del artefacto) para que se acabe produciendo un empate técnico: el niño no comerá fruta para compensar el fallo, el descuido, de que no haya plátanos, precisamente la fruta que a ellos más les gusta. 
Para la siguiente comida ya habrá plátanos en el frutero. Quizá desaparezcan del racimo una o dos piezas, como le faltan al que tiene allí delante. El resto quedarán en el frutero ennegreciéndose hasta que vayan al cubo de la basura. Cuando el niño tiene plátanos a su disposición, decide comer yogurt, o comer fruta en otro formato, por ejemplo, el trozo de guinda que traen como adorno algunas galletas.
Si eres un reaccionario y mal padre, la segunda vez que los plátanos se ponen negros en el frutero, decides no comprar más plátanos con lo que el hijo obtendrá el doble placer de no comer fruta y de sentirse una víctima crucificada, con certificado de calidad. Si eres un padre consentidor (¿tolerante?) seguirás tirando plátanos a la basura de por vida y tu hijo tendrá que seguir fingiendo que le gusta la fruta y será un ser sin futuro. Sin un expediente de agravios que le avale, su vida tendrá una tonalidad muy tibia, le faltará combustible. Y más vale que aprenda a disimular entre los de su cuerda, ya que si llega a saberse que es un ser comprendido, se convertirá en un auténtico apestado.
¿Por qué todas las tendencias pedagógicas y educativas siguen esta tendencia del padre lacayo? Tal vez se crea, y esto es lo que se pregona, que este método tiene como finalidad suprimir de la vida humana la mayor cantidad de infelicidad posible (como si un buen berrinche no proporcionase un excelente y satisfactorio momento de placer), pero no es así. Son los mercados que también mandan en esto. O la sociedad de consumo que se decía antes, cuando la palabra mercado significaba civilización y no carroñerismo, depredación, o todos los demás baldones que la patrulla mediática le ha tirado encima.
El padre reaccionario que dejara de comprar plátanos se convertiría en un obstáculo en la dinámica del comercio. Pues como consecuencia de su negativa el hijo no tendría que fingir que le gusta la fruta, podría ser él mismo, él en su más pura autenticidad, algo con lo que los adolescentes (esta adolescencia indefinida y transversal que en nuestro mundo infiltra tantas edades)  disfrutan como monos, y además podría presentar credenciales de perseguido e incomprendido, que es el súmmum de la realización personal. Estos adolescentes que se sienten realizados al sufrir la incomprensión de sus padres necesitan menos mercancías para sobrellevar sus vidas que los adolescentes frustrados por comprendidos, a los que hay que consolar con subproductos que sustituyan el odio a su progenitor y el jugo de autenticidad que produce la conciencia, tanto da si real o inventada, de sentirse marginados.
Por lo que se refiere a los padres consentidores, desde el preciso momento en que intentan huir de la infelicidad con estos procedimientos tan equivocados, se les queda incorporado ese sistema de drenaje y suelen llevar existencias basadas en ortopedias muy caras: alcohol, bricolage, turismo, actividades reivindicativas de todas las injusticias mundiales,cirugía estética, pasiones hipocondríacas, coleccionismo etc.
La sociedad necesita este tipo de educación. Por eso saca del arsenal los calificativos más gruesos a la hora de neutralizar a los padres que no se atienen a la didáctica programada. La sobreabundancia de mercancías y la necesidad de consumo respaldan este procedimiento educativo. Nuestras sociedades, supuestamente ricas, son sólo artilugios donde el dinero se mueve mucho para que lo parezcan.
No es por casualidad que en las sociedades pobres, si es que puede decirse que lo son aquellas donde no hay esta necesidad compulsiva de consumir, se dé poca o nula cabida a estos postulados educativos de la "tonterancia” y surja con extraordinaria naturalidad el padre espartano.
Y aquí se le acabó el café a este padre  madrugador, y también las ganas de seguir dando palos de ciego a cuento de aquellos plátanos tan negros. Aunque, con una ligera sonrisa en los labios, aún tuvo espacio para pensar (ninguna locomotora frena en seco) que había oído decir alguna vez que el plátano era la única fruta que no podía licuarse, a la que no podía extraérsele el zumo. Puede que eso ocurra cuando se emplean métodos científicos poco eficaces, y no este método de los palos de ciego, que tan buenos resultados le ha traído a la humanidad desde el principio de los tiempos. Y ya con esto, definitivamente, el padre reflexionador abandonó la cocina llamado por obligaciones de categoría menos escurridiza.

domingo, 24 de mayo de 2015

La campaña.

En alguna calle del interior y en las carreteras, sobre todo en las carreteras, señal de que la propaganda va dirigida al transeúnte más que al residente, (las estadísticas deben de indicar que en estos pueblos son más los circulantes que los estables), han colgado pancartas de un tejido tan liviano que el aire que estamos teniendo en este mayo vesánico levanta y enrosca con facilidad.
Sé que estas campañas las diseñan eminentes conocedores del subconsciente humano, y que lo tienen todo calculado al milímetro. No hay más que ver cómo han evolucionado los colores de los tejidos de que están hechas las pancartas, el rojo del socialismo es más rojo que nunca y el azul de la derecha alcanza una palidez que destila inocencia.
Me atreveré, no obstante, a sugerirles para próximas campañas un par de cosas. Primera, que tengan en cuenta el movimiento que han de hacer las pancartas al ser levantadas por el aire. A estas pancartas les iría bien imitar el modo en que volaban las faldas de Marilyn Monroe, no en el sentido literal, es decir que los soplidos hiciesen aparecer en estampa los muslos de la concejala más proporcionada, sino que tuviesen un contenido agradable de observar, un aliciente que despertase nuestra curiosidad, por ejemplo una serie de letras o mensajes que no se viesen cuando el trapo está quieto, pero que formasen frases o palabras bonitas cuando se estuviese agitando. Palabras que se agarrasen al corazón de los votantes y les hiciesen acudir a las urnas perdida su capacidad de raciocinio y ciegos de buenos sentimientos, que parece ser el modo de manipulación más efectivo para pastorear a los pueblos. 
La idea de la pancarta me ha venido a la cabeza recordando un centro comercial de Leganés que vi hace dos o tres años. Los largos pasillos llenos de tiendas estaban adornados con letras de grandes dimensiones y en relieve que formaban palabras como paz, solidaridad, ética, bondad, comprensión, tolerancia, amistad, amor, justicia, equilibrio, dignidad, y así sucesivamente otros muchos anestésicos bienintencionados, parecidos a los que estos últimos días venimos oyendo a mansalva. El centro comercial era un impresionante ejemplo de pornografía idealista dirigida a condimentar al consumidor, que ha de estar saturado de ideas genéricas y deseoso de ser otro, para quedar en su punto. Tal como las campañas electorales van dirigidas al cocimiento a fuego lento de un electorado que aspira con su papelito a cambiar el mundo que le rodea,  o eso que llaman su entorno. Nada menos.
Y en segundo lugar les aconsejaría que las pancartas no se transparentasen, con el fin de que no pudiesen leerse nada más que por la cara buena: VOTA, y no, como ahora ocurre, que puede leerse por la parte de atrás la palabra al revés: ATOV. Esto es lo que yo leo en la tela roja que cuelga a la altura del cuartel de la guardia civil. Y como soy algo distraído y bastante olvidadizo, todos los días sufro el vértigo de encontrarme en otro sitio, y doy en pensar que el Comité revolucionario se ha colocado el tricornio, o al revés, que los tricornios han tomado la iniciativa y han salido a degollar burgueses o, a falta de éstos, a esquilmar campesinos, que es algo por lo que, sin necesidad de que se lo encomiende el soviet, ya han mostrado cierta afición.
Al margen de estos sustos que podamos sufrir los atolondrados, es una descortesía que las pancartas sólo ofrezcan su mensaje a los que vienen en la dirección adecuada, dando la espalda a los que vienen en sentido contrario. Una pancarta para una sola dirección pierde el 50% de eficacia propagandística.

Una cosa buena de esta campaña de mayo de 2015 es que el resto de cartelería, las consignas y los retratos, la hayan colgado de los cables del tendido eléctrico, o amarrado a los postes del alumbrado público. Es un gran avance, una incuestionable mejora, que el futuro alcalde se presente al público colgado, que no pegado a una pared. Más pronto que tarde lo que está colgado acaba cayendo, pero si están pegados lo más habitual es que se queden en la pared decolorándose durante uno o dos años, hasta que aquellas caras sobredimensionadas y retocadas, ya de suyo monstruosas, van teniendo cada vez una apariencia más cadavérica, lo cual produce en el contribuyente el lógico alejamiento de las instituciones. Si cuesta tener que ver a un alcalde vivo, mucho más costará acercarse al ayuntamiento para solucionar cualquier trivialidad doméstica imaginándolo detrás de la mesa con aquella cara de asfixiado que le va quedando en el retrato electoral.
La cartelería de este año, además, es de un tamaño moderado, preparada, creo yo, para ser colocada a la altura de los ojos de los viandantes, sólo que, como los candidatos tienen miedo de situar sus mensajes e imágenes al alcance de las manos de los votantes, no les vaya a dar la tentación de intervenir en la campaña realzando los atributos de los candidatos, modificando los eslóganes o, simplemente arramplando con los cartones para utilizarlos como combustible, pues los han situado a una altura considerable, de tal manera que el mensaje tiene una dimensión de viñeta de tebeo, y en la fotografía del proyecto humano que quiere aposentarse en el consistorio apenas se percibe un amasijo muy borroso que, sin duda, aminora considerablemente la impresión que produciría observar a más corta distancia el posado de este grupo de cincuentones.

Como ya he dicho al principio, este Mayo ni es florido ni es hermoso, ha sido, en sus primeros días, exageradamente cálido, y desde entonces hasta hoy muy ventoso, es decir un autentico especialista en el secado, justo lo que estamos necesitando en desertilandia. Gracias a esta ventilación extraordinaria de Mayo he podido constatar que algunos eslóganes de la campaña, que en un principio me parecieron un poco ni fu ni fa, como suelen ser esta clase de eslóganes,  resultaban muy poco apropiados para nuestro modelo de sociedad. Ayer o anteayer, cuando enfilaba la carretera en el tractor camino del olivar, pude ver que uno de los cartelones colgados de las farolas lo había tirado el aire, habiendo quedado muy bien colocadito, no importa si por la gracia que tuvo en el planeo o porque alguna mano caritativa lo puso de aquella manera, en uno de los bancos de los muchos que hay situados a lo largo de esta vía. Lo gracioso del caso y hasta irónico, si ustedes me apuran, es que esos bancos suelen estar ocupados por viejos viejos o jubilados expres y en la cartela estaban escritos estos tres verbos, uno debajo de otro: “Hacer. Trabajar. Crecer.” El lema del PP. Cuánto me hubiera gustado tirar una foto a los jubilados y al cartel, todos juntos, Pero no ha habido ocasión.
Haciendo cuentas a ojo de buen cubero, la gente jubilada que hay en esta circunscripción debe de estar alrededor de siete a tres de cada diez. Eso si no rozamos el ocho a dos. Con esta situación demográfica, semejante a la de muchos otros pueblos del interior, el eslogan que hubiera venido como anillo al dedo, hubiera sido: "Virgencita, virgencita, que me quede como estoy". Aunque como la campaña está muy avanzada y es tarde para corregir,  la mejor manera de que nadie piense que el mensaje es impropio o poco pensado sería llevar esta línea de actuación del estimulo permanente un poco más lejos. Una manera muy consecuente de hacerlo sería rotular en las puertas de los cementerios aquella pintada famosa que escribieron en la tapia del cementerio de Zamora: “Cabrones, levantaos. La tierra para el que la trabaja”.

El lema del PSOE: “Haremos más” ha tenido gran éxito entre los agricultores, el gremio más pujante en la zona. A algunos agricultores, sobre todo a los viejos agricultores, les encanta hacerse los analfabetos, se fingen más catetos de lo que son para que nadie pueda saber si lo que ignoran lo ignoran de verdad o sólo fingen ignorarlo, así explicado parece un mecanismo psicológico muy complejo, pero se trata tan sólo de una forma muy rudimentaria de camuflaje. Una vez que adoptan este papel, la cosa que más les divierte es crear malentendidos, tomar una palabras por otras, deformarlas, hacer como que entienden lo que no es, y ensartar, llegado el caso, unas cuantas malicias. Muchos rústicos de comedia han sido caracterizados  de esta manera, pero el prototipo es Sancho Panza. Las tretas dialécticas que Sancho pone en juego con Don Quijote tienen plena vigencia todavía entre muchos viejos agricultores.
He de decir que la pancarta con el “Haremos más” está colocada bastante cerca de un taller mecánico, lugar donde la gente del campo suele encontrarse, y la leyenda de la pancarta ha sido muy comentada. Desde el primer momento, en las conversaciones de las que he sido testigo el “haremos” del verbo hacer, ha sido convertido en “aremos” del verbo arar y la catarata de ocurrencias que han surgido  al respecto ha sido incontable. Saludos. Frases sin lógica. Retruécanos. Todo un repertorio de burlas  que puestas en el papel perderían la gracia, pues hay que oírlas con su tono intencionado y garrulo,  metidas entre risas, y acompañadas de miradas cargadas de malicia.

Mayo ha asurado una porción del cereal, y al olivo, en plena floración, lo está maltratando, veremos con que consecuencias. Ha acabado la campaña y no sé a quién votar. Lo que no impedirá que caigan del cielo nuevos ediles, y pasmosos alcaldes. Siempre estoy ocupándome de asuntos colaterales y me despisto. Leo, para intentar orientarme, el episodio del Quijote(II-25) de aquellos dos regidores que salieron a buscar el asno extraviado, propiedad de uno de ellos, y, puestos a rebuznar en campo abierto, para atraer al anlmal, ambos pudieron comprobar que la calidad de sus rebuznos era tal, que cualquiera de los dos podía pasar por un auténtico  jumento. 
Si al menos supiera cual de nuestros candidatos rebuzna mejor.... ¡Qué lástima! Otra campaña desperdiciada. Quizá si no rebuznase tanto... y lo viejo que soy ya para enmendarme.

lunes, 6 de abril de 2015

La S. S.

Semana Santa. Los conocidos que te encuentras en un comercio, la ferretería por ejemplo, o en la calle, porque las calles habitualmente vacías son en estas fechas transitadas por una insaciable marea de urbanitas revenidos (de ida y vuelta, quiero decir). Esos conocidos te dicen:
–¿Tú eres X? ¡Cualquiera te conoce!
Hay que sonreír. Y según la gracia que nos hagan soltar la agudeza.
–Tengo días en los que me parezco más, hoy la caracterización me habrá quedado un poco floja.
No te escuchan. Prosiguen con el análisis.
–Pero tú nunca has estado tan delgado.
¿Delgado? Habrán querido decir que siempre he estado más gordo. No sé qué contestar. Pero es de buena educación explicar las cosas, y también ser breves. Ambas cosas son difíciles de conjugar. Lo intento, y sale lo que sale. Explico en un chispazo que tengo un menisco roto, que los médicos me han arrojado a la fosa común, y que tal vez adelgazando pueda acabar prescindiendo de las piernas.
Noto que me miran con mayor intensidad, a punto de lanzar quizá algún diagnóstico más grave sobre mi estado mental. Ese momento de duda lo aprovecho para alejarme cojeando. Sin la chulería de la que hacen gala los cojos de nacimiento, sino modestamente, como conviene a los que hemos ganado nuestra cojera con esfuerzo y espíritu de sacrificio, con el sudor de la frente, como suele decirse.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Identidad en bruto.

(Nota del 25-1-2015. Domingo). Lo he encontrado en uno de los estratos de la mesa de mi cuarto. Durante una semana larga me he dedicado a la arqueología. Las hojas sueltas que otros tiran olímpicamente a la papelera yo las voy depositando sobre la mesa. Esas hojas inservibles, trozos de cartón, papel de embalar o reversos de facturas con algunas frases o palabras garabateadas, van quedando amontonadas como si nunca hubieran existido. Hasta que, es el peligro que tiene el orden repentino aplicado a un desorden continuado, les llega el día de la resurrección, en el que hemos de suponer, por la mala caligrafía, que somos los autores de ese texto.
Pues bien, en mi mesa he encontrado este apunte que apunta a mi sien con aplastante determinación: “¿Y cómo no va a parecerme fútil, gratuito y una autentica imbecilidad lo que sale de mi pluma siendo yo el que lo ha escrito?”
Por muy depurativo que resulte flagelarse en público, no creo que al escribirlo quisiese dar rienda a una declaración de mi imbecilidad, a lo que habría llegado con suma facilidad aplicándome la cláusula Forrest Gump, según la cual tonto es el que dice tonterías, y el que escribe imbecilidades, pues ya se sabe. En mi caso creo que más bien quería darle la vuelta a esa creencia tan extendida, y rara, de que lo nuestro, lo que hacemos, nuestras cosas, son excepcionales, maravillosas, sólo y principalmente porque las hemos producido nosotros. Si nos miramos bien, por el derecho y el revés, y conociéndonos tan a fondo, mucho mejor de lo que conocemos a ningún otro en este mundo, lo lógico sería pensar que lo que hacemos nosotros siempre tendría que parecernos peor, más vulgar, o normal, que excepcional, y sin embargo lo más común es encontrarse con gente que cree estar  alumbrando al mesías en cada uno de sus partos. Admirable debería parecernos lo que hacen los otros, de los que sabemos tan poco que sus obras podrían parecernos un prodigio,  fundamentalmente porque desconocemos su gestación, el andamiaje, las fuentes, y hasta, posiblemente, las casualidades, trucos y remiendos que las hicieron venir a este mundo. Para decirlo con una imagen comprensible, nosotros, cada uno, sabemos, cuando no sea más que por lesa proximidad, que nuestras labores, hijos, construcciones, tienen el aspecto aproximado del monstruo creado por Víctor Frankenstein, con sus costurones y su cabeza pelicuadrada, mientras que los demás verían sólo a la nueva criatura, cuya personalidad puede resultar más o menos agradable pero libre de todos los contubernios que la hicieron posible. Estoy hablando de las valoraciones privadas de cada cual, no de las  escenografías y propagandas que hemos de adoptar  en relación con los otros. Los otros nunca son los suficientemente inofensivos como para traerlos a nuestro campo de acción sin que signifiquen un peligro. Admirar e incluso nombrar a los otros siempre supone una amenaza para nuestra identidad quebradiza e irrelevante. Los otros siempre están en trance de invadirnos y despojarnos del sitio que ocupamos o de alguna característica que creíamos propia o auténtica, como ahora se dice, este es el motivo que justificaría que los juicios que exteriorizamos sobre lo ajeno sean tan cicateros. Y la causa, también, de que los muertos obtengan lisonjas sin cuento y rendida admiración. Nos atrevemos a tanto sólo porque a esos sí que les consideramos perfectamente inofensivos.
Dejada a un lado esta digresión y volviendo a lo del principio, los apuntes de envoltorio de los que estaba hablando, meras repentizaciones escritas, no suelen expresar correctamente la idea que tenemos en la cabeza, pero en ocasiones, como ocurre con algunas erratas y lapsus, expresan mucho más de lo que nosotros hubiéramos pretendido decir.
Rara vez una de estas ideas traspasa la esfera íntima. Para eso está la intimidad, para contener todas estas ideas que sufrimos en silencio, como las almorranas. Yo ahora tampoco me hubiera molestado en traer a colación este papel sedimentado de no haber coincidido su exhumación con una frase de Mafalda leída esta mañana en un cuento de J. Villoro. Una frase que enuncia la idea de la que procede mi pregunta con precisión matemática, dicho de otro modo, que acierta con el centro del blanco cuando mi flecha apenas había rozado el último anillo de la diana. Dice Mafalda: “¿Por qué justo a mí tenía que tocarme ser yo?” Esa es la pregunta fundamental, lo demás es andarse por las ramas.

Pelicuadrada. Me parecía que esta palabra era de uso común. Yo la he estado usando y oyendo toda mi vida y creo que la mayoría de la gente que conozco entiende lo que significa. La palabra viene a expresar la imperfección o deformidad de un objeto respecto a la forma idónea que se le supone. En mi infancia, por ejemplo, las bolas de barro cocido, con las que jugábamos al gua o al triangulo, que no eran totalmente redondas, decíamos que estaban o eran pelicuadradas. Curiosamente la palabra no aparece en ningún diccionario, tampoco en las recopilaciones de vocablos autóctonos, ni los exploradores internáuticos tienen idea de nada que se relacione con  este término.
Como posibles prófugos que somos todos, resulta bastante esperanzador saber que la gran tela de araña que se cierne sobre nosotros tiene algunos agujeros.


Aspecto de la mesa de mi cuarto antes de iniciar las excavaciones.
Vista de la mesa desde el puesto del timonel que, como puede verse, ha perdido
el Norte y va directo a encallar en un irrefrenable síndrome de Diógenes.

  

domingo, 8 de febrero de 2015

Oz.

(30 de Enero de 2015. Viernes). En mi puerta falsa el aire suele arremolinar hojas y papeles los días de ventisca. Los días de verbena lo que acumula son las meadas de los festejantes. Hay puntos  en el mapa que sufren extrañas polarizaciones, furiosos magnetismos.
Respecto a las meadas, alguna vez, dejándome llevar por un afán de exactitud tal vez excesivo, he comentado a amigos o conocidos que quienes mayoritariamente meaban en las puertas falsas de mi casa eran mujeres. Esto ha acarreado alguna interpretación insidiosa entre quienes me lo han oído decir, sobre todo entre los hombres, que han creído que estaba presumiendo de una masculinidad apabullante. Craso error. Yo sé muy bien que las mujeres evacuan allí para aprovechar el rinconcillo que forman las puertas con respecto al trazado de la calle; por ganar algo de intimidad y no por enviarme un mensaje hormonal en forma de micción, que, por cierto, nunca interpretaría como una forma de coqueteo, sino como un inaceptable desajuste en su capacidad expresiva.
Dicho esto, he de insistir en que son mujeres las que mean, porque lo evidencia el número de servilletas que dejan tiradas en el suelo. Seré exacto otra vez: ciento diecisiete, tuve la paciencia de contar una vez que hice un informe para felicitar al Ayuntamiento por el alto índice de participación alcanzado en la verbena, (rogándoles instalasen, para próximas convocatorias, una urna para que el recuento de servilletas fuese oficial y pudiera formar parte de estadísticas serias que ayudasen a definir nuestra idiosincrasia), informe que no les envié. Lo cual indica, si estamos todos de acuerdo en que la servilleta de papel esta asociada a la micción femenina, ya que la masculina dispone de recursos mecánicos para un escurrimiento cuando no exhaustivo si al menos satisfactorio, que mi conclusión es acertada.
Hoy, día ventoso, pertinazmente airado, cuando he abierto las puertas para sacar el coche, entre los objetos que estaban tirados en aquel montón que suele formar allí el aire, había unas bragas verdes. Después de lo que acabo de contar más arriba, sé que esto no debería ni mencionarlo si quiero evitar que de nuevo crean que estoy fanfarroneando. Pero no cunda la alarma. Estas bragas no eran precisamente una de esas prendas delicadas y sutiles que hubieran podido tomarse como  señuelo o insinuación, no eran sino unas rotundas bragas faja, muy poco sugerentes para ser imaginadas como adorno, pero aún más difícil imaginarlas como elemento volátil.  
Pensar el motivo por el que aquellas bragas habían llegado hasta mi puerta no ha sido mi preocupación principal, sino cómo habría logrado el viento arrancar aquella pieza de lencería prensil del cuerpo en que hubiese estado incrustada. El pensamiento, ante esta clase de visiones estrambóticas, suele proceder sin método, con poca lógica, o quedar literalmente encasquillado. Este fue mi caso. Quedé totalmente alelado observando la prenda, y la duda que me corroía la expresé en voz alta. Por suerte mi cónyuge, que estaba allí presente esperando a que yo saliese del portalón con el coche para dejar cerrada la puerta, oyó mis titubeos y me saco del atolladero. La oí decir que nadie pierde las bragas por mucho viento que sople, que las bragas estarían puestas a secar en una cuerda de la ropa y el aire se las habría llevado. Me dejó asombrado su facilidad deductiva. Podría haber aceptado sin más que es más sagaz que yo y continuamente está disimulando, pero eso sería infringir los procedimientos habituales utilizados entre humanos para no sentirnos arrollados por nuestras limitaciones, por tanto hice lo que es normal cuando alguien se muestra más despierto que nosotros, nunca pensar que su inteligencia es superior, sino desconfiar de su capacidad y sospechar que está jugando con ventaja. Gracias a este, no por ruin menos práctico, método para mantenernos a flote, así tengamos al mismo Einstein haciéndonos sombra todo el día, he podido resolver un misterio con el que llevo conviviendo tantos años que ya había asumido que no tenía solución.
Al salir del portalón, por el espejo retrovisor he visto cómo mi cónyuge se quedaba mirando con gesto inquieto la prenda monolítica. Seguramente estaría considerando, como yo, que en un amplio radio a nuestro alrededor todas las casas están deshabitadas en esta época del año, y que el vuelo de esa clase de lencería debe de ser más corto que largo. En apenas cincuenta metros, antes de tener que esquivar los andamios de la casa que están construyendo al final de la calle, he sabido adónde habían iban todos los calcetines, calzoncillos, camisas y demás indumentos que he ido echando en falta a lo largo de los años. Cualquiera lo puede imaginar, pero a mí me gusta dar detalles. Tal vez muy pocos recuerden como comenzaba el cuento del Mago de Oz. La huérfana Dorothy y su perro Toto son llevadas en volandas por un tornado o un huracán al País de Oz donde conocen a unos cuantos personajes estrafalarios y les ocurren toda clase de tontas aventuras. Allí mismo es adonde han ido a parar mis calcetines desparejados. Los estará mordisqueando el León Cobarde, o habrán servido como adorno al Espantapájaros. Ingenuo de mí. Yo que estaba creyendo que nuestra lavadora los devoraba y que poco a poco los iba incorporando a su metabolismo... Cuando casi tenía puestas más esperanzas en las futuras habilidades de este electrodoméstico que en las de mi progenie… en fin, menudo desengaño.