miércoles, 28 de noviembre de 2012

Por bosques y espesuras. III


Todos estos montículos que asoman por aquí parece que no tienen nombre. El mapa que he leído antes de salir no los recoge. Aparecen los nombres de los parajes. Doña Inés, Los Guindos, El Valle, Valdecasilla, El Zauceral, Rompemarcas. Ha habido mucha generalización a la hora de hacer los mapas de esta zona. Fatiga la falta de rótulos, como en otras partes marea el exceso. Quizá los conozcan los nativos y los cartógrafos no hayan querido anotarlos. La superioridad en que está instalada la gente de oficina, el licenciado en algo, es proverbial. No digamos ya si pertenecen al Catastro. Anotan un nombre mal, lo estampan en el plano y eso  reza con el titulo cambiado durante décadas. Aquí mismo, a esta altura de la carretera hay uno equivocado. Pone en el mapa Arroyo de Vando Lázaro, y también Casas de Vando Lázaro. En el triturado que uno va haciendo de todo lo que ve en estos viajes en coche, los nombres son lo que más da que pensar. A este  de Vando Lázaro le he dado unas cuantas vueltas cuando lo he visto en el mapa. Podría perfectamente ser un nombre propio cortado, como el de Servando, pero si uno se tira al monte, como era hoy nuestro caso, aunque sea de manera provisional, esta predispuesto a tomar el camino difícil y yo he estado fantaseando con que ese nombre viniese de bandolero. Estas regiones han conocido toda clase de bandidaje. Golfines, comuneros, guerrilleros de varias adscripciones, maquis, gente esquinada y bravucona, que vivía asaltando y robando a todo el que se cruzaba en su camino. ¿A quién extrañaría que quedase rodando por estos fuertes y fronteras la mítica de alguno? Este tal “Vandolero” Lázaro verbigracia.
No muy lejos de aquí, a una ruta senderista que discurre junto al arroyo de Las Lanchas le han puesto el nombre de Blas Romo, un guerrillero carlista que tuvo en jaque a todos los pueblos de la zona. Lo acribillaron a tiros en la naciente de ese arroyo, que tiene unas chorreras muy vistosas, donde estaba refugiado. El cadáver lo llevaron a exponer a Navalmoral del Pino (tal vez Navalpino), “como trofeo de tan señalada victoria” decía la publicidad de la época. Cuando el cadáver del malhechor deja de oler queda la leyenda, o el nombre, para ser usado discrecionalmente por los vivos. A Vando Lázaro podía haberle sucedido algo así en un tiempo anterior. Esa era mi novela.
Más vale no mirar  demasiado detenidamente un mapa o acabará siempre llevándonos adonde no queríamos ir. La imaginación se deja embaucar con facilidad. Cuanto más si el mapa esta confundido.
Según parece el nombre de verdad es Valdolázaro, que suena mucho más creíble.  
Ese es el título al menos que tiene puesto una Casa Rural que esta situada a esta altura del camino. No es la que está pegada a la carretera, con su montón de estiércol y todo, esta es la casa rural de verdad, la turística está unos cien metros más adentro. Rm. la había sugerido, cuando hacíamos planes, para que tomásemos allí el menú. Yo he mirado en el ordenador y he visto: “El sabor autentico de nuestra tierra. Matanza propia. Gallinero. Huerta rural propia de verduras y hortalizas”. Me repatean estas publicidades en las que se ven los entresijos del tinglado. Lo de la matanza propia y el gallinero pueden ser dos alternativas adecuadas para pasar el rato, y hasta llevar a confusiones inauditas, ya que en salón de la casa, según se ve en una fotografía de la propaganda, hay dos soberbias cabezas de ciervo disecadas, pero lo de la “huerta rural propia de verduras y hortalizas", es un potaje que se atraganta. ¡Huerta rural! Vaya cosa. ¡Huerta de verduras y hortalizas! ¿A qué viene tanto redundar? A los huéspedes no se les  puede contar los mismos cuentos que al funcionario lila que expende los certificados de “rural autentico y típico”. O quizá la experiencia dicte que es eso lo que gusta. Vaya usted a saber.  
En el camino que lleva a la casa turística, cuando nosotros pasamos por allí, está aculado el camión de una contrata, con la cabina naranja. Parecía de telefónica. Estarían instalando en la casa alguna otra autenticidad gloriosamente genuina.
Cuando estoy pasando a limpio estas notas, encuentro y releo unos viejos papeles fotocopiados de una revista, en los que Jiménez de Gregorio, estudioso de este reducto geográfico, recopila las actas del Ayuntamiento de Toledo relacionadas con estos Montes, de los que la ciudad era propietaria desde el siglo XIII, correspondientes a los años procelosos que duró la guerra llamada retóricamente de la Independencia, 1808-1814. Esa cosa tan seca que es un acta, algo aparentemente tan insignificante, y cuántas cosas se ven al trasluz. En el año 1814, el Ayuntamiento pide informes de la extensión y el estado en que se hayan las dezmerías, el terreno que cada uno de los diecisiete  pueblos instalados  en esta gran finca tenía asignado para su uso de acuerdo a las reglas del propietario. El informe lo realizan los cinco guardas, un Guarda Mayor y otros cuatro Menores, encargados de esta enorme extensión de tierra. Es una larga lista de hermosos nombres que describen los límites y dan noticia de la vegetación que contiene cada área, y el estado en que se halla el monte, poco halagüeño, por lo que dicen los guardas. En la descripción de la frontera de la dezmería de Navalucillos, la reseña más sumaria y raquítica (junto con la de Navalmoral de Toledo y Navahermosa) de cuantas se recogen en estas actas, (tendría esta demarcación un guarda abúlico), puede leerse: “Da principio esta dezmería desde el Cornejal del Olivar de la Media Legua de Navalmoral, Piedra de Lucillos, Vado de Lázaro, Vega de la Claudia, Rincón de Martín Gómez, Vega de las Becerras, Collado de la Ermita, los Robledos, Nava de Don Diego, Marillán, Río Frío, La Rebollera, Collado del Castañuelo, Torre del Majano, Boca de la Hoz de Muelas, Collado de la Talega, Palancarejo, Cedena, agua abajo Malamoneda, el Almendral, Raña del Buey, Sierra del Cuervo y cierra dicho Olivar de la Media Legua”.
Ahí está: Vado de Lázaro. Sirva de desmentido a las anteriores versiones. He dado una gran vuelta por culpa de este maldito nombre, aunque ha merecido la pena devolverle a Lázaro su Vado. Es distinto, pero suena igual que si le hubiera dicho: "levántate y anda".
(Creo que continuará, aunque no sé si acabará).

lunes, 26 de noviembre de 2012

Por bosques y espesuras. II

La carretera se despide de esta población haciendo una curva muy cerrada para atravesar un puente que cruza el Arroyo del Valle, como lo llaman los mapas. Parece que hay demasiados nombres por todos sitios y que al hombre le gusta dejar la palabra clavada en el paisaje, pero a veces surge una cosa tan decepcionante como esta. Arroyo del Valle. Hay que tener pocas ganas de nombrar para elegir un nombre así. Y lo curioso es que además este nombre se repite en casi todos los pueblos.
Después de esta cinta verde, de un verde muy oscuro, formada por huertos subdivididos y amontonados, aparecen las estribaciones de la sierra. La carretera se estrecha y empieza a hacer curvas para esquivar los cerretes que surgen a ambos lados. El paisaje aquí, en tiempo seco, da un aspecto de cosa roída, áspera y pobre. Las encinas que crecen aisladas o se arraciman en las lindes, es lo único que prospera en este yermo. Lo demás se labra sin ninguna convicción. Se han sembrado olivares y alguna viña pero nada luce. Todo está muy troceado y rascado. En algunas parcelas se ha desistido de este rasguñeo y el monte generoso las va cubriendo de nuevo.
El año anterior cuando pasamos por aquí llovía, pero no había llovido antes. Todas las descarnaduras y desollones del terreno labrado estaban a la vista, aunque con un aire menos inhóspito que en el verano. El suelo empapado siempre parece menos escuálido. Debe de ser porque la tierra oscura siempre parece más fértil, y la fertilidad tiene mando en plaza en nuestro subconsciente, sobre todo cuando se trata de predilecciones estéticas. Eso dicen al menos los que entienden de esto.
Este año todo está muy bien mojado desde hace dos meses. Por eso al coronar el primer repecho y ver estos eriales tapizados de hierba primorosa, hemos tenido que amortiguar la impresión causada por la imagen arrojando sobre ella un tópico. Parecía una estampa Alpina. Rm ha dicho: “parece el norte”. Yo, más pretencioso, he nombrado Suiza. Y luego un dúo de bucólicos lamentos: “En cuanto caen unas chispitas fíjate como se pone todo”, seguido de acusaciones al clima criminal que nos tiene condenados a la aridez perpetua. En realidad no han sido unas chispitas. Llevamos trasegados trescientos litros.
Por aquellas laderas, repartidas en dos o tres sitios, pacían unas ovejas. Grupos de cuatro o cinco. Tan aseadas y estretegicamente dispuestas como si hubieran estado colocadas a propósito. La hierba, formada por apretados cepellones de un verde restallante, invitaba a salir del coche y dar unas volteretas. A la hierba le pasa un poco lo que a la nieve, tiene la virtud de hacer olvidar todo el cascote y la costra que tiene debajo. Las ovejitas estaban plantadas en el lado derecho. Por la izquierda, detrás de unos chaparros, apareció un rebaño completo de cabras triscantes y montaraces. El cabrero estaba subido en un peñasco al lado de la carretera dándole la espalda al ganado. Tenía la cara consumida, como si la intemperie se la hubiese escarbado a punta de navaja. Y una mirada escudriñadora y sombría que, al cruzarse con la de Rm., la arrancó un escalofrio. Sería un pastor inadaptado que no ha hecho el cursillo de lírica que exige el Ministerio de Agricultura a sus patrocinados. O quizá lo estuviese haciendo intensivo en aquel momento. Los pastores son casi todos autodidactas.
(Continuará).

viernes, 23 de noviembre de 2012

Por bosques y espesuras. I

El año pasado, un día tonto, en el que había llovido e iba a llover más, y una luz gris, un poco oscura, como si estuviese espolvoreada con motitas de hollín, no dejaba de caer entremezclada con el agua, hicimos el mismo recorrido que hoy por las carreteras de la Sierra. Teníamos un buen recuerdo de aquel viaje y queríamos repetirlo. Al repetir esta clase de periplos el recuerdo es el primero en subirse al coche y, si cabe, es el que más habla.
Hacia la una del mediodía he llamado a Rm. para sugerirle la expedición. Estaba en cama, convaleciendo de la larga vigilia. Se deja ir por las noches y por las mañanas ha de reposar. Tardó en orientarse. Pero cuando captó la onda todas las iniciativas venían de aquella parte del teléfono. Era una hora difícil para buscar dónde comer en esas sierras tan gozosamente deshabitadas. Teníamos la experiencia de la otra vez, que comimos en Anchuras. Nos habían hablado bien de un restaurante. Aquel día debimos pillar en mal momento al cocinero. Yo me trague medio plato de un guiso de venado que parecía carne de burro, envuelto en una mugre especiada que no lograba esconder el sabor a establo, lo que tiene su mérito, pensando que la res había vivido selvática. A Rm. le había pasado tres cuartos de lo mismo.  Por tanto, decretamos que nos iríamos después de comer cada uno en nuestra casa. ¿Somos o no somos gente juiciosa?
Había notables diferencias entre el cielo de hoy y el de aquel día. Hoy, durante la mañana, ha estado lloviznando. Un ligero goteo brotado de un nublo aborregado, entre blanco y amarillento, como la lana de ese animal. A la hora de partir, la amarillez y el aborregamiento se habían esfumado y a la nube se le había metido mucha luz dentro, demasiada para mi gusto. Eso parecía al menos hasta que hemos entrado en la sierra, donde esa luz ha resultado ser la precisa para afinar el dibujo un tanto abigarrado del manto vegetal.
De nuestro anterior viaje, de la primera etapa, tengo un recuerdo bastante vago. Como la intención era llegar a comer, esa ilusión nos hizo ir un poco más rápido y relajar la vista. Aparte de que la luz borrascosa, densa y llena de lluvia formaba manchas y difuminados que exigían menos concentración. Tras el fiasco del comistrajo, quedamos de lo más contemplativos.
Hoy, en cierto modo, el viaje también era un desquite. Me he pertrechado de un mapa, que luego he dejado olvidado, de la cámara de fotos y de un cuadernito. No hay trayecto, por ínfimo que sea al que no le convengan estas herramientas, aunque luego no se utilicen, como ha sido hoy el caso. ¡Cualquiera sacaba la libretita estando Rm. tan habladora! Ella conduciendo y yo anotando. Lo hubiera tomado como una afrenta, y hubiera pisado el acelerador para no dejarme ver nada. De esta  otra manera hemos rodado todo lo despacio que nos ha sido posible.
Hasta Los Navalucillos la carretera es una línea recta irreprochable. Y un llano. Una raña característica sembrada de olivos, con el régimen parcelario de la zona. Mucha división y gran competencia por las lindes. Los olivos están también metidos en esta guerra. En las lindes hay superpoblación, cada propietario aprovecha el terreno hasta donde puede y la consecuencia es que en las uniones se duplica el número de árboles. Habrá guerra entre ellos, una guerra larvada al estilo vegetal, que sólo se vería a cámara rápida, pero que se eternizará en colonizaciones y competencias por el suelo, la luz y el agua. Los olivos bordean la carretera cuanto les dejan las ordenanzas viarias. Ese suelo que hay debajo del asfalto a nadie hace daño si lo pueden disfrutar los árboles. El año ha sido muy pobre y no ha quedado fruto por casi ningún lado, pero aquí  hay bastante aceituna. Los olivos  con las aguas excelentes de esta otoñada se muestran vigorosos y con las ramas vencidas por el fruto, con esos tonos alimonados que toma la aceituna cuando esta a punto de enverar. Vamos a echar la tarde itinerando, pero con las mismas podríamos plantarnos delante de un árbol de estos, a los que les sobran cualidades estéticas, y no perderíamos nada. Por descansar de una cosa, haremos otra, no por refitolería.
El olivar, de todos modos, es la zona noble de esta raña. Hay también naves indistintas, cercados y granjas de cerdos, esas edificaciones aplastadas y llenas de troneras, con sus depósitos de zinc bien enhiestos, como torretas de vigilancia, modelo calcado de los campos de concentración. Y hay también una petardeante discoteca de verano y, un poco más allá, para compensar, el cementerio. Luego dirán que hay zombis. Y no lo digo porque vayan a levantarse los muertos, en todo caso escarbarían más profundo, sino por los míseros que van a la pista a ser percutidos y anestesiados.
El resto, en esta carretera, es lo que se ve en todas, unos postes de teléfono a los que han guindado el cable, y algún cartel donde se anuncia Cabañeros. El Parque Nacional. Nuestra ruta ha de atravesarlo. Los carteles llevan ya unos años puestos y no resaltan mucho. Esta es una cosa curiosa de las señales. Que cuando están siempre en un sitio dejan de verse. El estatismo es la médula de la ciencia del camuflaje. Quizá sirviese para imputar al gobierno todos los accidentes de tráfico. A fin de cuentas se ven ahora cosas igual de chuscas.
La carretera para entrar en Navalucillos hace dos o tres curvas. A mano derecha se ven algunos huertos y unas cuantas naves y camaranchones. La industria rural. Cerrajería. Muebles. Materiales de construcción. Quesos. Piensos. Mecánica. Almazara. A la izquierda casas adosadas a una calle de nuevo trazado. La carretera cuando atraviesa el pueblo cambia de pavimento. Un suelo adoquinado. El temible pavés que tanto castiga a los ciclistas. Tendrá su significado, pero no me arriesgo. Es una hora muerta. Un hombre con el paraguas debajo del sobaco espera a que pasemos un paso de cebra. Intenta ver quién somos. Yo le saludo y le dejo un tanto confundido. Otra mujer con mandil barre la puerta con una escoba  muy gastada, mira de reojo sin levantar la cabeza. No son horas de barrer. Nos hace un seguimiento muy torero y acaba perdiendo el recato y poniéndose en jarras cuando llegamos a su altura. Todo pueblo que se precie tiene sus vigilantes voluntarios. En la plaza, donde se agrupan los bares y la iglesia, la clientela de estos foros estaba desaparecida. Sólo había una pandillita de muchachas adolescentes abrazadas a sus libros que acababan de ser desembarcadas del autobús escolar. Habían iniciado su camino de perfección. Todas eran seguidoras reglamentarias de la moda deformante. El pantalón ombliguero, las botas patizambas, el flequillo tapagranos y el diente atornillado. Eran sólo los comienzos. A pesar de todo sobrellevaban estos cilicios con alegría. Se reían fuerte y claro, con la esperanza de que se les quitasen las ganas de comer, que es otro serio inconveniente.
La carretera hace un zigzag por una calle estrecha y luego sube una cuesta larga hasta llegar a un punto en el que se despeja el panorama. El pueblo por esta parte ha crecido menos. A la gente le debe de parecer que si construye hacía la sierra se está alejando de algo. Esa o cualquier otra superstición. A la salida, cuando deja de haber casas en la acera de la derecha, vemos a otro hombre que camina distraído. Es de una factura más agropecuaria que los de la entrada. Va enfundado en un mono azul bastante trillado. Se le ven unas canas gruesas como cerdas adornando las patillas y el cogote. La piel curtida y de buen color. Lleva una destraleja colgando del antebrazo. Sea cual fuere su destino él se ha parado a mirar los montes desde aquella atalaya. He repasado mentalmente a todos los hombres que conozco de este pueblo y no hay uno que fume. Este sitio es de los que piden un poco de humo, para ralentizar. El hombre ni ha querido volver la cabeza para saber qué marca de coche llevábamos. Aquí, como en todos lados, los hombres se dividirán en subclases. Los habrá serranos y los habrá municipales. Este venteaba el airecito montuno como si le recordase algo anterior a su propio recuerdo.
(Continuará).

martes, 20 de noviembre de 2012

Grullas peregrinas.

 (Nota del 5 de Noviembre). Pasan las grullas. Haría frío donde estuviesen pastando y vienen a nuestro invierno. ¡Qué animales misteriosos! Los japoneses tienen muchos y hermosos dibujos de ellas. Deben de considerarlas animales sagrados. O quizá sólo las consideren elegantes y les guste observarlas, como hacen con los cerezos en flor.  No cederé a la tentación de mirarlo en Internet. Hemos de salvaguardarnos de tanto dato crudo o acabaremos por no poder hablar de nada. En nuestro desconocer hay mucha más ciencia de lo que parece. Hay preguntas que no están hechas para ser contestadas. O que una respuesta estropearía. Preguntas como: ¿Adónde irán? Que echamos a volar en la inmensidad azul y que no requieren datos de anilladores o estadísticos. Ni la cifra ingrata y vanidosa que las eche abajo de un disparo.
Nunca he visto una grulla posada en tierra. Las he visto en imágenes, pero nunca en vivo. Conozco de ellas sus gritos desazonados y agrios que las preceden y que nos hacen levantar la vista buscándolas en el cielo cuando emigran. Es un trompeteo desafinado y lleno de incertidumbre. El crispado aviso del que esta haciendo el último esfuerzo. El animal sofocado que teme no poder seguir remando y clama: “¡Esperadme!”. Eso que todos hemos gritado alguna vez de chicos cuando tras la fechoría, escapando en desbandada, los pies no nos iban más deprisa.
En el campo, cuando se trabaja en cuadrilla, todo el mundo se hecha mano al bolsillo al verlas pasar. Se las tiene por propiciadoras de buena suerte. Se dice que el dinero que uno tenga encima en ese momento lo conservará el resto del año. No se puede pedir más. Ir gastando a placer y que la mano siempre encuentre la moneda del paso de las grullas en el fondo de la faldriquera.
De las pocas cosas que recuerdan al mar en estos páramos del interior son las grullas. El graznido. El vuelo tan abierto. Y la enorme profundidad que adquiere el cielo cuando ellas lo surcan.
De estas grullas que he visto esta mañana luminosa apenas podría contar nada ningún manual de zoología. No son grullas solamente. Son unas grullas que pasaban. Su lección la van dejando escrita en un sólo renglón sin tachaduras. Una línea viva inimitable que se va escribiendo sola entre aleteos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Enfoca, que algo queda.


 
(Nota del 29 de Septiembre). Ha dejado de llover. Pero la madrugada es húmeda y, cuando amanece, se ve que el nublado desciende vaporoso hasta los tejados medio deshaciéndose, aunque sin llegar a ser niebla. No tiene la madurez ni hondura del nublado de ayer pero aún le queda agua.
Un lacónico diálogo de dos personas sobre cómo corre el arroyo despierta mi curiosidad. Salgo con la cámara para hacer el recorrido inverso al que hice ayer cuando fui a la biblioteca. Traje muchas imágenes que reclamaban su estampación metidas en la cabeza. Después de tanto tiempo sin llover, las cosas mojadas adquieren una gran presencia, una oscuridad y una blandura agradables de contemplar. Pero pasa lo de siempre, la cámara no ve lo que yo veo. Con tanta cámara como esta mía, o peores, va a haber un testimonio del mundo muy errado. No obstante, no paro de hacer fotos, (también he borrado muchas después del cabreo correspondiente). Y eso es lo gracioso, que las hacemos por hacerlas, aunque sabemos que son una deformación, y luego nosotros olvidamos cómo eran las cosas y queda lo que ellas recuerdan. Claro que, en una hora, habré capturado treinta o cuarenta imágenes, y para hacer un par de dibujos, contando que hubiera sido capaz, habría empleado toda la mañana. Esto sólo indica lo afectado que estoy por la banalidad de este siglo. Otros lo llaman felicidad con el mismo derecho.
Me hago a la idea de que lo que la cámara hace no tiene nada que ver conmigo, que, digamos, yo voy de acompañante de otro pintor que no es de mi agrado, al que ayudo a transportar el caballete. Una manera de disimular la frustración que resulta muy útil.
El arroyo trae un agua limpia y rodante que ocupa toda la base de la canalización. Significa que ha llovido bien y muy sabiamente. Normalmente el arroyo trae un hilito de agua al que le cuesta avanzar entre espesos mazos de ovas y el correspondiente desecho recreativo, envoltorios de chucherías. No hay un alma por las calles. El nublado, tan despeinado y canoso, deja caer cuatro gotas imperceptibles que hacen espejear el suelo. El follaje de los árboles muestra un verde saturado, henchido de vida, Las hojas brillan y acumulan una gruesa gota de agua en la punta.
Mientras busco un encuadre me distraigo viendo pasar a Mj. por el puente del Cristo. Es un hombre que ronda los noventa años y todavía anda con las puntas de los pies, a saltitos. Siempre ha sido un andarín. Va ensimismado debajo de un paraguas negro que tiene rota una varilla. Está bastante sordo y no saluda. Tiene pocas carnes. No parece muy apasionado y suele argumentar con evidencias, para no fallar. Dicen de él que no ha sabido nunca leer la hora en el reloj, lo que denota superioridad. Se ha parado a encender el cigarro, es de los que no se lo quitan de la comisura de la boca. Fuma desde los catorce me dijo un día, y ha fumado hoja de patata y achicoria. Si le sumamos los años que le corresponden por tener este vicio pasará de los cien. Causa impresión ver circular esa eternidad de años con tanta ligereza.
En otro puente, el que da acceso al Tostadero, supermercado que ha cambiado muchas veces en los últimos años de nombre y de administrador sin lograr salir del declive, asomo la cámara por la barandilla, una posición difícil para el hipotético pintor que me he inventado. Lo que hace el objetivo de la cámara es indecente, succiona la imagen, tira de ella para adentro. Quizá deberían saber mi opinión los ingenieros de Nikon. Cuando estoy con esta diatriba veo avanzar hacia mí a N., ochenta años, otro tipo ligero pero con un caminar distinto, el ángulo del pié muy abierto y la huella plana. Los pantalones muy subidos, demasiado subidos, le campanean los bajos de las perneras en los tobillos. Viene del corral. Asocio ambos detalles y resulta  la idea de una agradable deposición recién realizada. Una costumbre muy campesina. La reutilización del desecho y una contemplación espaciosa, aparte de que en el corral es donde el labrador se expresa más a sus anchas, (este asunto queda para otra vez). N. tiene que decirme algo. Viene ya diciéndolo. Hasta que lo oigo lo habrá repetido tres veces.
--Digo que las fotos hay que sacarlas cuando esta todo lleno de fusca y no ahora que esta todo tan limpito.
Quizá crea que soy un reportero edulcorado de los que no gustan de enseñar las fealdades de la vida. O que me paga el Ayuntamiento para que haga una campaña maquillando sus deficiencias. Le escucho. Habla con cierta musiquilla. Tiene el pelo entrecano y la mirada poco perspicaz, volátil. Se ha situado junto a mí en lo alto del puente. El efecto es de estar los dos en un púlpito sermoneando a las aguas.
--Hace tres días estaba esto hasta arriba de mierda… ¿Y cómo va estar? Si no lo limpian.
Él tiene su huerta aguas abajo. El arroyo hace allí mismo una curva donde va dejando toda la fusca. Con peligro de que el agua le entre en la huerta. A él le toca por tanto pelearse con el montón de fusca. Luego, mirando la cámara, viene a decir que las fotografías ahora saldrán muy bonitas pero irreales, que es justamente lo mismo que yo estaba pensando decirles a los ingenieros de Nikon.
--Ahora esto está primoroso…. Teniendo yo toda la mierda allí…. ¿Cómo va a estar?
Hago una fotografía delante de él, por animarlo. Le desilusiona.
--Donde hay que hacer las fotos es ahí en los albañales, que se ve bien el chorro.
Le hago caso y caminamos por el Paseo, arroyo arriba. Él hacía su casa y yo hacía el puente de la Callejas. Unas chispitas nos pespuntean la cara y el ozono nos satura los pulmones de optimismo. Va hablando sin mucha gracia de lo que le parece. Se da la razón en dos o tres asuntos menores. Yo no opongo resistencia porque juego con esta baza de la escritura. Para el que diga que esto no vale para nada, aquí tienen una buena aplicación, el poder estar callado mientras los demás se adornan. Un bien social incuestionable.
Llegados al puente me muestra orgulloso los chorros que arrojan los albañales. El arroyo entra aquí en terreno civilizado y tiene tres o cuatro muretes que lo represan para que quede ahí toda la broza que venga de más arriba. El agua sale haciendo ruido por unos caños que tiene la última pared. El agua suena y brinca pero tiene más aspecto de cloaca que de otra cosa, incluso hay una espuma con un cardado peligrosamente llamativo.
Ir a los sitios muy anunciados para luego no ver nada es lo normal. En cambio me ha sorprendido encontrar la sierra casi totalmente tapada por el nublado, hasta muy abajo de la falda. Aquel era un no ver distinto. Como el del místico: Miré allí donde había / y perplejo vi no haber/ lo que antes existía. Los barómetros debían de estar por los suelos.
 
 
 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

TRAMPEANDO. (Fauna de mercadillo 2)

(Nota del 16 de Agosto). El hombre del vozarrón se encuentra con un semejante. Parece el acto cósmico del apareamiento de dos dinosaurios. Tiembla la tierra bajo esos vozarrones de gigantes. Aparte de caja torácica hay que poner la boca como un buzón para conseguir un sonido tan recio, tan rotundo y jactancioso. Su estructura ósea es como un bloque. Los dos visten trajes muy bien adaptados a la gloriosa circunstancia de quien ha de recorrer sus posesiones, es decir, todos los puestos del mercadillo, tratando a los vendedores como si estuviesen reclutando esclavos para dar de comer a los leones del circo. Los dos lucen gorrillas. Uno de visera clásica y tela de gabardina mil rayas. El otro zafa sus lentes modelo Santiago Carrillo bajo un viserón como una teja que promociona un pienso para perros: "Piensos L. E.”. Que, a mayor gloria de Descartes, me he permitido la licencia de traducir como: "Piensos: Luego Existo". Se acompañan además, de sendas guayaberas lisas. Mucho más elegante la de Luego Existo, que no es de marca. La del otro, de un tono verde campo de golf, lleva un primoroso rotulo bordado a la espalda: “Asociación Cultural. Tercera Edad. Viva la Vida”. Los dos lucen pantalones cortilargos hasta la rodilla, y desde allí para abajo unas zancas lujuriosas, peladas y engastadas de bultos y várices, que desplazan con pasos muy cortos (1).
Deben de ser de algún pueblo muy cercano, y el hecho de reconocerse en un territorio que no es el suyo ha provocado ese estruendo. El saludo lo han mezclado con un poco de conversación. Cosas muy concretas. Una partida de cartas. Parece que jugada ayer mismo. Se acusan en tono jocoso de haber hecho trampas, o de haberlas querido hacer, motejándose con términos nada eufemísticos. Recojo aquí dos que hubiera envidiado el mismo Francisco de Quevedo y Villegas, el gran rastreador de abyecciones humanas de nuestro Siglo de Oro: “Limpiapocilgas” y Ordeñasuegras”. Había otros menos ditirámbicos que omitiré, no vaya a ser que, por exceso de lucimiento, estos escritos pierdan la orla “cervantina” y adquieran la condición de zafios y bajunos guiones televisivos. Aparte de que un documento demasiado verdadero acaba siempre produciendo cierta incredulidad. Y a nadie le gusta no ser creído.
He seguido discretamente las operaciones de nuestra pareja, lo que ha resultado muy sencillo, pues, como ya se ha dicho, el aparato locomotor lo tenían  bastante desmedrado.
Tras un corto recorrido preguntando precios, y poniendo en duda la calidad, y hasta la procedencia, de las mercancías, han venido a parar delante de un montón de sandías. Piezas de unos tres kilos. “A un euro la pieza”, pregonaba el vendedor. “Luego Existo”, muy bien plantado, ha querido asegurarse de la operación comercial que iba a emprender. El vendedor, un sudamericano de agradable acento, le ha dicho:
–A un euro la pieza, sí señor.
–¿Todas?– Ha preguntado “Luego Existo”.
El sudamericano ha precisado:
–Cada una.
"Luego Existo", muy taxativo, ha dicho:
–Dame esa.
Y ha señalado una que estaba apartada del montón. Una sandía de más de diez kilos. Antes de que el vendedor tuviese oportunidad de argumentar (apenas había empezado a decir “esa”), "Luego Existo" ha zanjado cualquier posible intento de regateo, lanzando un trueno gutural muy seco:
–¿En qué hemos quedado?
El frutero no ha querido disputas con aquel Krakatoa en erupción y ha hecho un gesto de aceptar aquello como se acepta cualquier cataclismo, con resignación. Entonces ha intervenido “Viva la Vida”:
–Ya estás haciendo trampas.
Su compañero “Luego Existo” ha virado la cabeza enfocándolo a través del cañón de su visera. “Viva la Vida” ha proseguido:
–A esa sandía tengo yo tanto derecho como tú. Aquí hemos llegado al mismo tiempo.
"Luego Existo" ha levantado una zarpa nervuda en señal de advertencia y le ha resoplado a la cara, todo lo cerca que le dejaba la visera, que la jugada era suya.
A “Viva la Vida” se le ha puesto la papada de color fuego.
La intervención del vendedor (no he llegado a saber de qué frontera, posiblemente ecuatoriano) ha sido milagrosa.
–No la disputen –les ha dicho – tengo otra en el furgón.
El ambiente se ha enfriado. Y más cuando el ecuatoriano ha explicado que aquellos frutos no tenían venta.
--¿Quién va a querer esta animalada? –Ha dicho, cargando con la sandia de la furgoneta. --No se encuentran compradores para esto. Al final siempre las he de regalar.
“Luego Existo” y “Viva la Vida” han removido un poco los pies en el suelo, como hacen las caballerías cuando dan muestras de intranquilidad. De pronto aquella operación redonda tan bien calculada, presentaba ribetes de convertirse en un engaño. O bien habían sido ya engañados comprando algo que no valía nada, o bien querían engañarles pretendiendo que no lo comprasen.
He leído tantas Crónicas de Indias, que aquella escena me sonaba a algo conocido. El conquistador ávido, rampante, con la imaginación llena de mil historias de hallazgos de tesoros, bien preparado para recibir el timo del tocomocho, preguntando al indio por el oro, y aquellos indios (que en palabras de Félix de Azara, eran más flemáticos y menos irascibles; que su voz no era ni fuerte ni sonora y casi no se los oía; que apenas reían, y no se podía distinguir en ellos ningún signo exterior de pasión, atributos del perfecto jugador de póquer) intentando perderles con indicaciones confusas, señalandoles con el dedo el interior de las más intrincadas selvas, donde les garantizaban que manaba el oro.
Nuestro vendedor, un poco aindiado, no tenía nada que ver con la descripción de más arriba, era muy risueño, y se veía que le agradaba haber puesto en la cuerda floja a aquellos dos correosos ancianos, que sin embargo daban muy bien el tipo no ya de soldados de la conquista, sino el de gobernadores o presidentes de audiencia(2).
A los veteranos les ha costado decidirse y, después de hacerlo, ha surgido el problema de cómo transportar aquellas dos canicas. No cabían en las bolsas. Vuelta a rascarse detrás de la oreja. De nuevo las chanzas del vendedor:
--Son unos frutos imposibles. No se manejan. Si acaso llevarlas rodando.
--Como escarabajos peloteros. –Ha comentado “Viva la Vida” en tono escéptico—Más vale que lo dejemos.
--Ahora me sales con esas, después de la que has montado, so cagón. Yo esta me la llevo. Después ves diciendo que hago trampas.
Ha dicho Luego Existo. Y luego, dirigiéndose al frutero, ha añadido:
--Lo peor es agacharse, yo lo doy de las piernas, pero si me la cargases.
El vendedor se ha mostrado entusiasmado, le ha salido cierta musiquilla en el acento:
--Gustoso les cargo. ¿Cómo no? ¿Dónde la quieren?
“Luego Existo” ha entrecruzado los dedos de las manos delante del vientre sin mucha convicción.
El ecuatoriano ha salido de detrás del montón de sandías cargando la gorda, haciendo alarde del esfuerzo.
--Esta mole pesará veinte kilos.
Simultáneamente he oído decir a una mujer que ha contemplado a mi lado todo el episodio: “¿De dónde son estos animales?” Y alguien un poco más atrás ha dicho el nombre de un pueblo que yo no osaré repetir.
Al tiempo de descargar la sandía en las manos de “Luego Existo”, ha dicho el frutero:
--Atento al embarazo.
El espinazo de “Luego Existo” que hasta entonces había permanecido recto ha tomado una curvatura como la cola de una gamba. Quizá me haya recordado más a una gamba el color de la cara. Ha logrado enderezarse, con un sonido de gozne herrumbroso. Ha retrocedido dos pasos, y la sandía se le ha caído a plomo entre los pies. La sandía ha quedado entera, pero con una raja que recordaba la boca de una rana.
--¿Y ahora qué? –Ha dicho “Viva la Vida”.
El vendedor se ha agachado a mirar el interior de la sandía.
--Esta coloradita, me servirá como reclamo. ¿Quieren su euro?
“Viva la Vida” ha extendido la mano, y el frutero le ha puesto en ella dos monedas. Las dos  alimañas se han esfumado muy deprisa para lo lento que caminaban.
La mujer que estaba a mi lado, ha reflexionado en voz alta:
--¿Dónde irían con tanta sandía? Si no pueden con los pantalones. –Y cloqueando ha añadido. --¡Estos hombres!
Conste que yo me considero una entidad neutra en esta clase de incursiones. He abandonado el lugar cuando he visto que el “panchito” estaba dispuesto a sacarle partido al incidente predicando una nueva versión de las bienaventuranzas. Sólo con la primera he tenido dosis suficiente de empalago: “Hay viejitos que tardan en darse cuenta que son viejos, más vale pues, etc…”
Al ir hacia mi casa, todavía he podido ver a “Luego Existo” y “Viva la Vida”, recostados en un coche y abanicándose con la gorra. Tenían el cráneo muy blanco. Habían recuperado el buen tono. “Luego Existo” estaba encorajinado. Le he oído decir:
--Te digo que ha tenido él la culpa, que me la ha tirado encima como un peso muerto .
La autoestima, o como quiera que esto se llame, es como el oro puro, no hay acido que la ataque.
 
 
(1)Me parece subyugante la capacidad que tienen los modistos de élite para conseguir que las pobres gentes caigan en el menoscabo de sus personas por hacer seguidismo de las tendencias macarrónicas que ellos diseñan. Hay ahí mucho talento desaprovechado. Deberían ser todos ministros plenipotenciarios.
 
 (2)Vean si no la descripción del licenciado Cerrato, presidente de la Audiencia de los Confines, que hace Bernal Díaz del Castillo: cuando algún pobre conquistador viene a él a le demandar que le ayude a se sustentar para sus hijos e mujer si es casado, que es muy gracioso en le despachar….les responde con cara feroz y con una manera de meneos en una silla que aún para la autoridad de un hombre que no sea de mucha arte no conviene, cuanto más para un presidente, y les dice: "¿quién os mandó venir a conquistar? ¿Mandóos su majestad? Mostrá su carta, andá que basta lo que habéis robado". En algo se parecen los modos de este Cerrato a los de nuestros licenciados.    

lunes, 5 de noviembre de 2012

Muestra de sangre.

(Nota del 15 de Octubre). Me sacan sangre para hacer las correspondientes adivinaciones. Como antes se hacía por vía interpuesta, mirando el vuelo de los pájaros: a la exida de Bivar ovieron la corneja diestra, y a la entrada de Burgos ovieron la siniestra, o también mirándoles las entrañas. Después de todos los recuentos, pesos y medidas que hagan con nuestra sangre, todo tan aseado y científico,  a nosotros las palabras del médico nos sonaran como un augurio medieval. Colesteroles y triglicéridos. Cornejas que vuelan con vaticinios esperanzados o funestos.
Hoy éramos muchos para el análisis. Le he preguntado a uno de los circunstantes si ese flujo era diario. Me ha dicho que no, que sólo convocaban los lunes.
El Centro de Salud, (qué sutileza la de nuestras autoridades a la hora de titular, lo harán para despistar a los enfermos y que no lo encuentren) no tiene otra actividad a esta hora, las ocho de la mañana. La luz en la calle está todavía desperezándose, y las vidrieras de la entrada arrojan hacía afuera una luz lechosa e industrial. El edificio tiene la estructura de una nave con un reparto de espacios muy esquemático, alrededor las consultas y salas de espera y en el centro dos isletas, en una la recepción y en otra los retretes. Las divisorias de estas dos isletas no llegan hasta la cubierta lo que produce cierta sensación de desamparo.
Junto a la consulta de la sangre, todos los asientos están ocupados. Predomina la tercera edad. El ambiente es de somnolencia. Pocas palabras. Atocinamiento. Se pregunta por el último y la respuesta es un bostezo. La luz fluorescente dibuja rasgos enfermizos. No hay nadie demasiado bien peinado, ni demasiado bien vestido. Por los pasillos contiguos quedamos diez o quince desparramados que hacemos la espera de pié. Todos los tópicos  que nos califican de ruidosos quedan aquí desmentidos. El comedimiento sobrepasa la media europea.  Parecemos noruegos.
Casi todos los presentes portamos un vasito con nuestra “primera orina” discretamente envuelto en una bolsa de plástico blanco. El pudor es muy imaginativo.
El efecto es bastante cómico, porque todos lo llevamos en la mano procurando que no se desnivele, por evitar vertidos. D., un hombre cargado de espaldas y con las guías del bigote retorcidas hacia arriba, dice al pasar junto a mí: “parecemos borrachos a deshora agarrados al cubata”. Nos reímos. Esto da pié a un poco de conversación tabernaria a la que se arriman otros dos o tres. D. lleva la voz cantante. Para parecer discreto habla con la barbilla metida en el esternón. Se habla del hecho  de que haya tanta clientela. “Había ayer ahí dos mujeres –nos dice D.- haciendo cola para la consulta y una le decía a la otra: uy fulana cuanto tiempo hace que no vienes al médico, ¿es que has estado mala?” Nos reímos quizá más de lo que merecía el chiste, y D. insistía: “Parece un chiste, pero es verídico. Ahí mismo estaban las dos sentadas” y señalaba con el dedo dos butaquillas de plástico verde que había pegadas a la pared.
Nuestra tertulia es atravesada por todo el que pasa por el pasillo, que procuramos dejar diáfano manteniéndonos pegados a las paredes. Un hombre con pesada respiración de fumador de puros sale de la consulta de la sangre con cierta prisa, nos cruza con un trotecillo y gira a la derecha para entrar en el váter. Llevaba el característico bote de plástico vacío en la mano. De pronto no encontramos nada que decir y oímos los ruidos que surgen de dentro del retrete. El hombre ha tenido que hacer más fuerza de la cuenta para obtener la muestra. Ha habido una sonora emisión de gas que nos ha dejado conmocionados. D. ha levantado la vista al techo y ha torcido el bigote. Otro de los del corro, uno flaco y con el pelito por encima de las orejas que apodamos W., ha dicho escuetamente: “Atruena”. El hombre nos ha surcado de nuevo con mucha prisa. Al percibir el jolgorio ha dicho a modo de disculpa: “No salía”. La tertulia después de esto ha quedado un tanto marchita. D. se ha reanimado cuando ha visto pasar al médico que estaba de guardia, al que se ha referido con un apócope. Con aire de conspirador me ha estado contando muy cerca de la oreja unas cuantas historietas sobre el carácter rijoso de este médico. Tenía mucha documentación sobre el caso. El médico ha entrado por la puerta de una consulta con bata y ha salido  de allí vestido de calle. La chaqueta le quedaba enorme y llevaba un maletín en la mano. D. ha atribuido el aspecto desmejorado del médico, a su reciente divorcio y la nueva novia que tiene, “una yegua de veintiséis años que lo estaba dejando en el esqueleto”. Lo último que le he oído decir ha sido “ha encontrado la horma de su zapato”. Después de esta imagen erótica insuperable todo lo demás ha carecido de interés.
El turno ha corrido bastante rápido, porque la mayoría de los pacientes vienen acompañados. Siempre hay uno que se queda a la puerta sosteniendo la chaqueta. Los más experimentados entran ya con el brazo arremangado por encima del codo. Al salir de la salita extractora se quedan un momento parados en la puerta con el brazo doblado y el dedo índice contrario apoyado en la sangradura. La regularidad de las entradas y salidas, la repetición del gesto, lo provocador de la posición del brazo, ese enfático corte de mangas realizado con porte elegante y cara de despiste, me ha hecho recordar a esos autómatas que asoman en los relojes de algunas torres al dar la hora. Y creo que sería fantástico hacer uno con esta figura. Un anciano que saliese arrastrando los pies por un portillo y, después de arremangarse la camisa, le hiciese al tiempo, o a los asuntos mundanos, tantos cortes de mangas como horas tuviesen que sonar. Al viejo de este reloj yo le pondría la cara de Epicuro, el primero que enunció  la imposibilidad de experimentar la muerte: "mientras nosotros existimos no está presente y, cuando está presente, nosotros ya no existimos". No cabe mayor corte de mangas.
He quedado muy contento de dejar mi muestra de sangre, con tal de tener patente para salir con el brazo doblado y ensayar en la misma puerta del Centro de Salud que estaban dando las nueve.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Cadena trófica.

(Nota del 12 de Septiembre). Tener público agota. Aunque se trate de tu propia familia. A RM a última hora le dolía la cabeza. La tensión de ser perfecta demasiado tiempo para los demás. Por la tarde había ido a Talavera de compras con M. Ir de compras produce mucha tensión también. Sobre todo si entras en los probadores. Los espejos de nuestras casas son indulgentes, pero los de los probadores arrojan sobre nosotros una mirada criminal. La imagen de uno de esos modelos llenos de repliegues y con piel de amortajados del pintor Lucian Freud acecha detrás de la lámina reflectante. Si sonreímos frente a ellos adecuadamente, parecerá que el cuerpo no es nuestro, o que estamos asomando la cabeza por uno de esos decorados con figuras deformes que eran tan populares antes en las ferias.
Aunque ellas son muy listas, nunca se prueban la ropa. Se calculan a ojo. Con esta actividad RM pasa muy buenos ratos desengañando a su hija, que siempre quiere tener una talla menos. Estas criaturas con tanta fe en su propio cuerpo, ¿qué harían sin una madre realista a su lado? También los modelitos. Esos modelitos con los que tanta mujer cree disimular la madurez y que tan sólo proclaman su inadaptación. RM ha consumido mucha energía haciendo de Pepito Grillo. M., sin embargo ha venido revitalizada. Esta noche tenía lugar el acto inaugural de las fiestas y había quedado con unas amigas.
El acto inaugural se realiza sobre un tabladillo en torno al cual se congrega mucha gente a mirar desde abajo cómo unos cuantos hacen el ridículo en lo alto. Lo de siempre. Los de abajo suelen aplaudir con fuerza porque saben que los de arriba alcanzan el súmmum de la ridiculez cuando son aplaudidos. El taimado pueblo siempre tan aficionado a los patíbulos. El episodio central de esta liturgia es la coronación de las mises, un rito que merece comentario aparte, y que por lo visto deja huella en las pobres criaturas investidas.
M., pues, iba a salir, aunque todavía tuvo que superar dos obstáculos. Uno hacerle saber a su madre que no iba a cenar, para lo que utilizó el consabido subterfugio: “vamos a tomar algo, no se si vendremos a cenar”. Y arrastrar a S. a la desolación del mundo exterior poblado de conversaciones planas, neutras, inconsistentes. A S. le gusta la esgrima dialéctica, y en el patio de RM se hace mucho uso del juego de florete. M. intentó arrancarlo de allí  primero con buenas palabras, pero visto que S. se resistía como un mulo falto de doma, tuvo que utilizar el “silbato”. Durante algún tiempo hemos estado engañados pensando que S. tenía la capacidad de leerle el pensamiento a M. por la facilidad con la que se anticipaba a sus deseos, hasta que el pasado verano, en un arrebato de burlesca sinceridad, nos reveló que M. tenía un silbato que sólo él podía oír. Oído el silbato S. se puso una camisa presentable y siguió a M con el gesto de un desterrado. Cuando salía le dijimos que le sentaba muy bien la camisa recién traída de Talavera. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?
Con esta deserción, que RM se tomó con mucha elegancia, surgió un problema. ¿Qué hacer con las raciones de merluza que quedarían huerfanas? RM barajó algunas posibilidades que no encajaban en sus cálculos y luego me miró fijamente, como si fuese una de sus lombrices recicladoras. Dije que por nada del mundo rompería mi dieta de los dos yogures otra noche más. Pero si se parte de un escalón tan bajo en la cadena trófica, resulta muy difícil que nadie tenga en cuenta tus opiniones.