domingo, 8 de febrero de 2015

Oz.

(30 de Enero de 2015. Viernes). En mi puerta falsa el aire suele arremolinar hojas y papeles los días de ventisca. Los días de verbena lo que acumula son las meadas de los festejantes. Hay puntos  en el mapa que sufren extrañas polarizaciones, furiosos magnetismos.
Respecto a las meadas, alguna vez, dejándome llevar por un afán de exactitud tal vez excesivo, he comentado a amigos o conocidos que quienes mayoritariamente meaban en las puertas falsas de mi casa eran mujeres. Esto ha acarreado alguna interpretación insidiosa entre quienes me lo han oído decir, sobre todo entre los hombres, que han creído que estaba presumiendo de una masculinidad apabullante. Craso error. Yo sé muy bien que las mujeres evacuan allí para aprovechar el rinconcillo que forman las puertas con respecto al trazado de la calle; por ganar algo de intimidad y no por enviarme un mensaje hormonal en forma de micción, que, por cierto, nunca interpretaría como una forma de coqueteo, sino como un inaceptable desajuste en su capacidad expresiva.
Dicho esto, he de insistir en que son mujeres las que mean, porque lo evidencia el número de servilletas que dejan tiradas en el suelo. Seré exacto otra vez: ciento diecisiete, tuve la paciencia de contar una vez que hice un informe para felicitar al Ayuntamiento por el alto índice de participación alcanzado en la verbena, (rogándoles instalasen, para próximas convocatorias, una urna para que el recuento de servilletas fuese oficial y pudiera formar parte de estadísticas serias que ayudasen a definir nuestra idiosincrasia), informe que no les envié. Lo cual indica, si estamos todos de acuerdo en que la servilleta de papel esta asociada a la micción femenina, ya que la masculina dispone de recursos mecánicos para un escurrimiento cuando no exhaustivo si al menos satisfactorio, que mi conclusión es acertada.
Hoy, día ventoso, pertinazmente airado, cuando he abierto las puertas para sacar el coche, entre los objetos que estaban tirados en aquel montón que suele formar allí el aire, había unas bragas verdes. Después de lo que acabo de contar más arriba, sé que esto no debería ni mencionarlo si quiero evitar que de nuevo crean que estoy fanfarroneando. Pero no cunda la alarma. Estas bragas no eran precisamente una de esas prendas delicadas y sutiles que hubieran podido tomarse como  señuelo o insinuación, no eran sino unas rotundas bragas faja, muy poco sugerentes para ser imaginadas como adorno, pero aún más difícil imaginarlas como elemento volátil.  
Pensar el motivo por el que aquellas bragas habían llegado hasta mi puerta no ha sido mi preocupación principal, sino cómo habría logrado el viento arrancar aquella pieza de lencería prensil del cuerpo en que hubiese estado incrustada. El pensamiento, ante esta clase de visiones estrambóticas, suele proceder sin método, con poca lógica, o quedar literalmente encasquillado. Este fue mi caso. Quedé totalmente alelado observando la prenda, y la duda que me corroía la expresé en voz alta. Por suerte mi cónyuge, que estaba allí presente esperando a que yo saliese del portalón con el coche para dejar cerrada la puerta, oyó mis titubeos y me saco del atolladero. La oí decir que nadie pierde las bragas por mucho viento que sople, que las bragas estarían puestas a secar en una cuerda de la ropa y el aire se las habría llevado. Me dejó asombrado su facilidad deductiva. Podría haber aceptado sin más que es más sagaz que yo y continuamente está disimulando, pero eso sería infringir los procedimientos habituales utilizados entre humanos para no sentirnos arrollados por nuestras limitaciones, por tanto hice lo que es normal cuando alguien se muestra más despierto que nosotros, nunca pensar que su inteligencia es superior, sino desconfiar de su capacidad y sospechar que está jugando con ventaja. Gracias a este, no por ruin menos práctico, método para mantenernos a flote, así tengamos al mismo Einstein haciéndonos sombra todo el día, he podido resolver un misterio con el que llevo conviviendo tantos años que ya había asumido que no tenía solución.
Al salir del portalón, por el espejo retrovisor he visto cómo mi cónyuge se quedaba mirando con gesto inquieto la prenda monolítica. Seguramente estaría considerando, como yo, que en un amplio radio a nuestro alrededor todas las casas están deshabitadas en esta época del año, y que el vuelo de esa clase de lencería debe de ser más corto que largo. En apenas cincuenta metros, antes de tener que esquivar los andamios de la casa que están construyendo al final de la calle, he sabido adónde habían iban todos los calcetines, calzoncillos, camisas y demás indumentos que he ido echando en falta a lo largo de los años. Cualquiera lo puede imaginar, pero a mí me gusta dar detalles. Tal vez muy pocos recuerden como comenzaba el cuento del Mago de Oz. La huérfana Dorothy y su perro Toto son llevadas en volandas por un tornado o un huracán al País de Oz donde conocen a unos cuantos personajes estrafalarios y les ocurren toda clase de tontas aventuras. Allí mismo es adonde han ido a parar mis calcetines desparejados. Los estará mordisqueando el León Cobarde, o habrán servido como adorno al Espantapájaros. Ingenuo de mí. Yo que estaba creyendo que nuestra lavadora los devoraba y que poco a poco los iba incorporando a su metabolismo... Cuando casi tenía puestas más esperanzas en las futuras habilidades de este electrodoméstico que en las de mi progenie… en fin, menudo desengaño.