miércoles, 30 de marzo de 2016

Sesenta.

(20160330). Estaba delante de un plato de alcachofas. La casa toda para mí. Ninguna de esas distracciones involuntarias que producen los aleteos de nuestros seres queridos. Auténtica vida conventual. En la pantalla encendida aparecía Santa Teresa, reponían la serie que cuenta su vida para ambientar la semana santa. Santa Teresa aparece como una mujer cansada que viaja por los caminos en mula o en carreta. Llega medio enferma a uno de los conventos que ha fundado en Beas de Segura y tiene una entrevista con el fraile Jerónimo de Gracián. Hablan a través de una reja de palo más bien simbólica, los barrotes están tan separados que podría colarse entre ellos cualquiera. Teresa de Ávila declara que ese mismo día cumple sesenta años. He dado un trago de vino y he pensado en mis sesenta, para los que me quedan cuatro días. Es una cifra para írselo pensando. La Santa y el fraile muestran su afición el uno al otro y tienen un breve dialogo místico-meloso, hasta que oigo al fraile decir:
—Ha hecho demasiadas cosas sola.
Y la Santa responde:
—Si, y las he hecho mal. Las he dejado a medias, por mi soberbia de querer hacerlo todo. Una pobre mujer flaca y sin consejo. Pero, ¿a quién acudir?
El látigo con el que se fustiga la Santa ha chasqueado justo a unos centímetros de mi oreja.        

martes, 29 de marzo de 2016

Floración.

En aquella terraza, un hueco rectangular empotrado en la fachada, estaba colocado el tendedero. Las distintas capas de ropa colgaban en sucesivos planos paralelos ocupando de parte a parte todo el hueco de ese balcón interior. Me ha llamado la atención que todas las prendas allí tendidas fuesen de colores entre rosa y fucsia. Esa gama de colores no me gusta mucho para ninguna clase de ropa, y por eso seguramente habré reparado en la monocromática exhalación de aquel tendedero. Por eso, claro, y por otra desconcertante circunstancia: en aquella casa sólo vive una mujer que siempre va vestida de negro.

lunes, 28 de marzo de 2016

Edad.

Poco a poco el espesor del habla. La pared entre lo que queremos decir y lo que decimos. Y, al menor descuido, el peligro de llenarlo todo de pensamientos ramplones, tópicos mustios y observaciones manidas. La hora del espesor, en la que uno no camina en compañía de lo que quiere decir, sino empujando detrás, como quien transporta un cadáver en una carretilla.

viernes, 25 de marzo de 2016

Lavatorio.

(20130328-13*). En una secuencia rapidísima, en las noticias televisivas, veo al Papa lavando los pies de un menesteroso. Luego, con devoción exuberante besa los pies del pobre. Si lo he captado bien, pues no he  prestando verdadera atención a la noticia hasta el último momento, me ha parecido que el pobre, quizá ayudado por el Papa, ha levantado algo la pierna para facilitar la amorosa, a la vez que humilde, acción del Pontífice. La pierna se ha elevado con la torpeza que corresponde al anquilosamiento de un hombre de edad, y el Papa no ha besado exactamente en el pie, sino en la parte interior de la pierna, justo al lado del tobillo. El beso ha sido, para mi gusto, demasiado apasionado. Aun tratándose de un beso publicitario creo que ha habido sobreactuación, o excesivo énfasis. (Lo que, según los entendidos, es, aparte de inelegante, muy contraproducente para la propaganda, ya que el exceso de teatralidad deviene en parodia, y  una parodia no intencionada es nefasta para la mercancía). Lo he visto, me parece, con bastante detalle porque la televisión ha mostrado un primer plano del momento en que los labios pontificales se acoplaban con el tobillo. Ha sido en ese preciso momento en el que he centrado la  atención, antes difusa, en la noticia. No tanto porque me interesase la vida sentimental de este Papa, sino por el estado que ofrecía la pierna del cuitado: tobillo hinchado más o menos rodeado de una mancha acardenalada.  Al primer golpe de vista he intuido que aquel hombre tenía problemas vasculares semejantes a los que yo tengo, ya que aquella pierna, vista al vuelo, me ha parecido que  era pintiparada a mi pierna izquierda. Y esa ha sido la causa de que de repente me sintiese identificado con aquel menesteroso. Hasta el punto de que cuando he visto que los labios de Bergoglio buscaban la zona amoratada de su pierna he dado una encogida como si esa pierna fuese la mía que se había colado en la pantalla.

PD: Con la autoridad que me otorga el haberme visto tan cerca del peligro, puedo decir que, a pesar de las interpretaciones canónicas que se hacen de este rito donde se habla de la humillación, entrega y sacrificio del oficiante, el verdadero sacrificado de este acto es el que ofrece el piececito mondo y lirondo para que un Bergoglio cualquiera aterrice sobre él y descargue sus exorcismos. Y, en todo caso, puestos a hilar fino, ya que lavan el pie antes del beso convendría lavarlo también después.  

jueves, 24 de marzo de 2016

Dona nobis pacem.

(20130328-12*). Jueves Santo. He estado escuchando una vez tras otra, bueno, escuchando y viendo, el Agnus Dei de la Misa de la Coronación de Mozart en un video en youtube. Es un milagro tener atrapados estos momentos. Poder asistir a eso y verlo con detalle cuantas veces se quiera. He pasado más de dos horas viendo este video asombroso. Lo habré visto diez o quince veces. Han sido una especie de “oficios” concomitantes con la religión pero no exactamente religiosos. Curiosamente, en el video, en el trozo de misa que allí se ve, que tenía lugar “dalla Basílica de San Pietro in Roma”, el celebrante, con casulla rojo y oro, nada menos que Juan Pablo II, y toda su comparsa, ocupan un lugar marginal, difuminados y de espaldas a la cámara. Si las gentes de Iglesia viesen este video con objetividad tendrían que reconocer que ganan mucho estando en segundo plano. Creo que aquí eso resulta evidente. La realización, la planificación, el lugar en que están colocadas las cámaras, me parece muy logrado, sobre todo en relación con los dos elementos fundamentales de este concierto: la cantante Kathleen Batlle y el director Herbert Von Karajan. K. Battle no tiene una voz muy poderosa, las sopranos ligeras como ella, muy ágiles en los agudos, no suelen tener mucha voz, en otras grabaciones suyas que he visto eso se aprecia. En el video que comento, ya sea por las condiciones acústicas de San Pietro in Roma, o por la directa intervención divina en la toma de sonido, Batlle lleva su voz a donde quiere, y  de un modo tan bien modulado, delicado, dulce, sutil, pleno, que, cuando llega a nuestro cerebro, no deja una sola neurona que no quede arrasada. A esto se suma la maravilla de ver la cara de Batlle mientras canta, ver de dónde saca cada sonido, la mirada vuelta hacia dentro, su respiración, el movimiento de los labios, y  la acomodación de todos los músculos del rostro, cómo se ayuda incluso de los ojos para cargar la nota de intención y enviarla al lugar donde más conmueve.
Von Karajan comienza la pieza volando,  un planeo rasante, los brazos y las manos aletean a cámara lenta. Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros. Cuatro minutos de ondulaciones, de idas y venidas apacibles, en los que Karajan, entregado, la cabeza ladeada, ha ido recogiendo los brazos y  colocando las manos  delante del pecho,  las mece suavemente y va musitando las palabras que la soprano expande hasta lo alto de la famosa cúpula. Así hasta el momento en que llega el “Dona nobis pacem”. Danos la paz. Ahí se han acabado las suavidades. Los solistas se ponen en pie. Los “dona nobis pacem” pasan de la soprano al tenor, y luego los cuatro van haciéndolos rodar. Karajan cierra el puño y pide un poco de brío. Cuando entra el coro su mano izquierda se ha convertido en una garra. Tras la primera avalancha de Dona nobis pacem hay un momento de remanso, de donde se toma impulso para la apoteosis final. Dona nobis pacem. Karajan estrangula al coro con sus manos artríticas. Zarandea el espacio con los brazos en alto como si estuviese sacudiendo el tronco de un árbol. Dona nobis pacem. Es una exigencia que se eleva a lo más alto. Karajan estira los brazos, abre una bocaza de lagarto repitiendo con el coro el conjuro. Con las manos abiertas y muy tensas baja los brazos repentinamente y el coro cesa. Durante tres minutos se ha repetido la frase. Dona nobis pacem. El ucase ha debido llegar a la estratosfera. A Von Karajan le queda en la cara una expresión furiosa y un poco ida.
Me retrepo en la butaca. A través de la ventana veo pasar muchas nubes por el cielo. Por momentos se oscurece. Luz crepuscular en la habitación. Podría incluso romper a llover. Dona nobis pacem.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Cara de estaca.

Suelo mirarme en un único espejo, el del cuarto de baño de mi casa, al que tengo relativamente domado. O puede que, como ocurre con la cara de la gente que vemos habitualmente, me haya acostumbrado a ver la imagen que aparece estampada en él, y, por tanto, sea mi ojo el domado y no el espejo. Ese espejo me enseña un rostro más o menos apto para la convivencia, sereno, más o menos apacible, y, por no malgastar el tiempo en autorretratos, típico resultado de la mezcla de rasgos mediterráneos.
Ahora mi teléfono tiene una de esas cámaras invertidas que, por puro descontrol, mis dedos, acostumbrados a la sujeción de herramientas menos sensibles, involuntariamente pulsan el botón que hace que aparezca, y yo vea por sorpresa en la pantalla, la cara que llevo puesta cuando estoy fuera del cuarto de baño. Un rostro que me aterra. No por feo o guapo, que ya pasaron los años en que fuimos tan simples, sino por su expresión animal, "de bruta criatura tirada al mundo a su cuidado". O por decirlo aún de un modo más claro, es la cara que imagino se me pondría si se me hubiese clavado una espina en el cerebro. Una especie de adusto cabreo o seriedad con un punto de iracundia. Yo, que por dentro soy tan risueño y por fuera así. ¡Qué falta de expresividad!
La propensión a la seriedad de algunas caras, la mia entre ellas, tiene como causa la desconfianza de que nuestros gestos más comunes se malinterpreten y puedan  meternos en desagradables berengenales. Entre que confundan nuestras señales y no hacer ninguna señal, se opta por lo segundo, y se llega a esta especie de seriedad que en realidad sólo es una forma de inexpresión.
Ahora que la cámara trasera del teléfono me va concienciando del rostro que me defiende del mundo, miro la seriedad en el resto de los rostros y, sin ser exhaustivo, la califico, bien con un adjetivo, cuando lo encuentro, bien con una cifra.
Hoy he tenido una experiencia extrema en lo que se refiere a esta característica gestual. He encontrado en la ferretería a C. Un hombre de mi edad al que conozco poco, aunque suficiente para saber que tiene una de esas caras petrificadas por la seriedad. Hacía bastante tiempo que no le veía, quizá un par de años, y mucho tiempo más que no lo tenía a una distancia que permitiese una evaluación fiable. Estaba allí, muy tieso, pidiéndole al empleado un taco especial para un agujero que había hecho en la pared. La pared era vieja, el agujero había quedado un poco holgado, y el taco normal giraba cuando intentaba atornillar. Flaco, las mejillas sumidas, los ojos saltones yertos, rodeados de un cerco morado…...
¿A ver cómo lo puedo explicar?
Mi cara es la de Fofó, Miliki y Fofito juntos cantando la gallina turuleta comparada con esa cara de estaca, de seco senequismo endurecido, de refugio nuclear.
Sinceramente, esa personificación de la estolidez más reconcentrada y súmmum del agarrotamiento; aquella perfección de rigor mortis tan bien asumida, ha sobrepasado mi capacidad de admiración y, debo confesarlo, creo que he sentido envidia.
Lo cual no quiere decir que toda esa perfección, a lo mejor esconde a un chistoso irrefrenable que se esta divirtiendo detrás de la tapia.

viernes, 15 de enero de 2016

Reencarnaciones.

¿Quién que haya visto la semejanza en gustos, gestos, manías, y otras afecciones entre uno cualquiera de sus familiares más próximos (no diré directos por no ofender) y aquel antepasado insoportable, (de esos que llevan escrito en la lápida, con todo merecimiento, el famoso epitafio: tanta paz lleves como descanso dejas), no ha llegado alguna vez a tener la sospecha de que por el lugar más recóndito e impensable de cuantos pudiera haber imaginado se ha colado en su casa, y hasta en su vida, un okupa?