sábado, 31 de diciembre de 2011

Simetrías navideñas.

Las cuadrillas de gente rondando por las calles con aquellas zambombas descomunales, que sonaban como un hipo entre animal y geológico, punteadas por el rasguido en el cristal de la botella de anís, han desaparecido de nuestras celebraciones navideñas (hablo concretamente de éste páramo en el que habitamos).
Esta mañana, sin embargo, a la hora en que arranca todos los días la hormigonera de una obra en una casa cercana, ha sonado el ronquido de la zambomba. Nada tiene de particular por tanto que, en un principio, me haya parecido que era la propia hormigonera la que imitaba con bastante buen estilo a una zambomba. Es decir, que la hormigonera, con la zumba navideña metida en el cuerpo, le estaba haciendo el acompañamiento a un villancico.
El "realismo mágico" metido en los confines de lo cotidiano puede hacernos imaginar cosas tan peregrinas. Suerte que la realidad misma ha venido a confirmar que mi imaginación no había quedado definitivamente dañada por el influjo de viejas lecturas.
Era, como ya he dicho, una zambomba lo que sonaba, pero quienes venían haciendo rodar aquel brumoso sonido por la calle adelante eran albañiles, como podía verse por las manchas de yeso que suelen caracterizar su ropa de faena. Pensar que era la zambomba la que imitaba a la hormigonera, estando los albañiles por medio, me ha dejado mucho más tranquilo. Al absurdo también le viene bien un poco de lógica. 

viernes, 23 de diciembre de 2011

La oliva descarriada.

La oliva descarriada, crecida en una abrupta pendiente, o mirando a un cortado, en lugares poco accesibles y por tanto exentos ya de cultivo, siempre tiene aceituna, incluso cuando sus hermanas enclavadas en partes más ricas del mismo olivar, y tratadas con mimo por el agricultor, deciden no fructificar por causas ajenas a su voluntad. Estos árboles con vocación de abismo han sido la admiración de los pintores románticos, que se han hartado de pintarlos, quizá porque sintiesen que reflejaban su propia circustancia vital. El agricultor también los admira, pero por distintos motivos, lo primero por su lección de coraje, la valentía es virtud muy valorada por el agricultor. Esos olivos fructificadores contra viento y marea le parecen individuos superiores y, si tuviera un medio de hacerlo, inocularía ese gen en el resto de sus árboles. Intenta hacerlo, no obstante, mentalmente, pero no como recomiendan psicólogos y pedagogos, con el correspondiente "refuerzo positivo", sino dandoles a entender lo poco que valen. Presumiblemente los olivos de vida regalada son indiferentes a esta clase de mensajes, que sólo sirven de desahogo al campesino que ha de asumir cabizbajo el fuero caprichoso con que se manifiesta la madre naturaleza.
Ahora bien, esos olivos arriscados representan tambien un desafio personal, exhiben su fruto como una manifestación de asilvestramiento. Parecen decirnos: "tengo fruto porque aquí donde estoy encaramado nadie me lo puede quitar, no soy como mis hermanos de allá abajo, esos mansurrones". Ustedes creerán que todo lo que el hombre ha domesticado a su alrededor habrá sido debido a su inteligencia, y seguramente eso habrá influido algo, no voy a ser tan maximalista para negarlo, pero en general la domesticación de animales y plantas es consecuencia de la terquedad del elemento humano en su variante agraría. Este es un gremio recalcitrante en extremo, intelectualmente muy bien dotado para la obstinación y con pronta respuesta a esta clase de desafíos.
No sé qué rango tendré yo dentro de ese gremio, ni si perteneceré a él siquiera, pero mi comportamiento hoy ha sido muy genuino. Nuestra oliva descarriada se encontraba en lo alto de un lindazo defendida, creía ella, por aulagas y jaguarzos, tampoco es que estuviese llena de aceituna, aunque la he visto brillar con aire prepotente y he sentido la llamada de la dificultad, interrumpiendo la rutina recolectora para dirigir mi máquina hacía ella, tan sólo por pundonor, para que aquella engreida no se saliese con la suya. R, que es quien dirige desde el suelo la operación de amarre del tronco, ha visto la maniobra con escepticismo. Ella sólo entiende estos desafíos cuando se encuentra en su huerta, allí, por cuestión de cebolla más o menos, ha exterminado a los topos porque consideraba que la tomaban el pelo; aquí, sin embargo, ante un caso semejante, pone cara de no comprender lo que pretendo. Así son las cosas, en un lado es ultra agricultora, en otro señoritinga.
Cuando la oliva, correspondientemente abrazada por la pinza vibradora y el paraguas, ha recibido las secas y cortas sacudidas de nuestra máquina,  tal y como podía esperarse, se ha resistido a desprenderse del  fruto, algo que no muchas olivas logran hacer, pues no en vano  este modelo de máquina tiene como sobrenombre "la rabiosa". Éste es el punto en el que tenía que intervenir R, y derribar con su vara las aceitunas que habían quedado, con el fin de que el árbol no se saliese con la suya. Ha avanzado, sin mucho ánimo, a cumplir su tarea, hasta que se ha encontrado con las aulagas (planta espinosa) donde he visto que tenía alguna dificultad para levantar el pie y sortearlas. Recientemente R se ha comprado dos pares de pantalones de la misma talla, y mientras unos le quedan holgados, los otros le aprietan. El mundo de las tallas es de lo más caprichoso. Parece ser que llevaba puestos los apretados, aunque, según ha declarado después, lo que le impedía avanzar eran los pinchos de las aulagas. Como estaba ofuscada desde un principio por aquella iniciativa mía de vibrar aquel olivo inhóspito, ha intentado hacer patente su irritación con una violenta patada a la aulaga que le impedía el paso y ha perdido el equilibrio y, aunque ha querido levantarse rapido, he tenido tiempo de bajar del tractor, coger la vara y derribar aquellas aceitunas con relativa facilidad, lo cual le ha enfurecido lo indecible y ha dado ocasión a una pequeña polémica sobre sus capacidades motoras. Ella me decía que si cogía el camino de vuelta al pueblo vería cómo sus pasos eran bien normales, y yo le decía que no, que los pasos de los que huyen siempre son un poco más largos. Una controversia que ella tenía ganada de antemano, ya  que si se le ocurriese huir lo haría dando los pasitos más cortos para que yo no tuviera razón. Supongo que estas animadas disensiones habrán estimulado lo indecible a nuestro olivo montaraz y el  año que viene nos lo pondrá un poco más difícil. Aunque también pudiera ocurrir que a mí el año que viene se me hayan quitado las ganas de domarlo y  quede siendo un rebelde hornamental más.
Todo esto ocurría a la hora de irnos a comer.
 Cuando llevábamos ya un cuarto de hora moviendo las mandibulas y contemplando absortos cómo en una ladera cercana un hombre con un mono azul ponía en funcionamiento los aspersores de riego para ayudar a nacer el cereal (en pleno mes de diciembre), tras algún comentario sobre lo triste que es habitar en un lugar tan árido como este, R ha dicho:
–Me he caído, por si no lo sabes.
–Te he visto –le he dicho–  y he pensado: ¿qué hará esta ahí a cuatro patas?
Tras unos momentos de masticación interrumpida, he oído su voz notablemente irritada:
–Me estaba espilojando, no te jode.
No se imaginen lo peor. Espilojarse es sólo revolcarse.
–Tú verás, –ha dicho, muerta de risa por la ocurrencia– he visto esas aulagas tan hermosas y he dicho: voy a espilojarme   un poco.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Tarantella recolectora.

Hemos comenzado la "aceituna", manera abreviada que tenemos de nombrar en estos territorios a la recolección del fruto del olivo. Viene a ser algo parecido a lo que les ocurre a estos calabreses del video. Un no parar. Como si nos hubiese picado a nosotros también la tarántula. Un círculo y dos que bailan. Nosotros deambulamos con nuestra máquina por los olivares, haciendo bailar a los árboles de uno en uno con identico procedimiento, sólo nos falta la música, cosa que pienso remediar para años venideros. ¿Me darán el premio Nobel si demuestro que vibrando los olivos acompañados por una música como esta el fruto cae mejor? ¿No dicen que con la música adecuada las vacas dan más leche y las gallinas estan menos histéricas? Veremos a ver si los olivos y las aceitunas pueden resistirse al movimiento. Sería bonito ir por los campos acompañados por un acordeonista.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

No hagan caso.

Han colocado estos carteles a la entrada del pueblo. Fíjense lo que nos recomiendan nuestras autoridades. Han arruinado al país con sus competiciones de pijos. "Mira que orquesta traigo, es de marca". "Pues nosotros hemos ido a Corfú, la corporación al completo, para ver cómo recogen allí las basuras". "Nosotros tenemos cinco rotondas con arte contemporáneo resistente a exteriores". "Nosotros hemos levantado cuatro veces el pavimento de la misma calle, no nos quedaba bien, al final hemos optado por el adoquín y el granito y la hemos hecho peatonal, para que luzca, necesitábamos una calle peatonal como el morir". Estas, poco más o menos, eran las conversaciones entre alcaldes, a la hora del cóctel, pues ellos no han creído nunca que no tendrían ni para nóminas. Como pijos consolidados creían que sus papás, viéndoles en las últimas, aflojarían la cartera. Un pijo sin recursos, un pijo de casa pobre, es por definición un defenestrador, un creador de pobreza. No siendo lo peor la pobreza misma, aquí no se ha podido vivir nunca de otra manera más que pobremente, por mera adaptación al medio, durante siglos; sino toda esa pijería de nuevos ricos que han infiltrado en el respetable, que ahora cree que vivir con poco es como tener la lepra. Cuando los pueblos pobres no han vivido jamás de ir de compras y deshacer envoltorios, sino de su ingenio. Algo que, a poco que mire uno a su alrededor, encuentra a toneladas. Un ejemplo, mientras calentaba el café, entrevistaban en la radio a un entrenador de segunda división que había sufrido en el último partido una tremenda goleada, su comentario a la derrota ha sido: "nos hicieron entrenar el saque de centro".
No creo, desde luego, que esos indicadores hayan sido puestos ahí de manera intencionada, ni siquiera de manera subconsciente, nuestras autoridades gastan otro estilo, hubieran puesto un poco de césped y alguna otra jaculatoria anodina como "capital del aceite". Los ha traído la casualidad para causar la risa, el disolvente perfecto contra los prohombres que creen tener dotes de mando. La risa que causan es la mejor prueba de que nos queda algo del pobre que fuimos. Una garantía de que, aún después de la estafa, sobreviviremos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Agua corriente...(Beniamino Gigli cantando).

Tengo un modo de relacionarme con la música absurdamente obsesivo. Debe de ser sólo torpeza para comprender lo que escucho. No me canso de oir, imperturbable y de forma reiterada, la misma música. Cuando algo me gusta de verdad escucharlo diez veces seguidas es lo más normal. Cuenta Ferlosio en "Las Semanas del Jardín" que  la forma primera, la de los niños, de relacionarse con el relato, es la de escuchar el mismo cuento una vez tras otra, "cuentamelo otra vez", manifestando sus quejas si el cuento se desvía del que ellos se saben. Esa es exactamente mi manera de oir música, que tengo además asociada a dos imagenes físicas. La primera, un poco brutal, es como si me estuvieran atravesando el craneo con un clavo, cada nueva audición es como un martillazo, y la música, como la punta del clavo, penetra más adentro del cerebro. En la segunda mi cerebro esta formado por un complicado sistema de acequias y canales de riego que estuviesen llenos de hojas muertas, la música circula por ellos como si fuese agua, al principio fluye con cierta dificultad, pero a medida que las audiciones se repiten el camino se va despejando.
B. Gigli con este aria de Nadir, de "Los pescadores de perlas" de Bizet ha circulado mucho por las acequias de mi cerebro. Aunque la letra original de la canción está escrita en francés, Gigli la canta en italiano. La letra es horrible, un pastiche de tópicos de los que suelen verse en los anuncios de perfumes, franceses todos ellos, por supuesto: "noche mágica", "éxtasis divino", "loca embriaguez". En este caso es una gran ventaja no saber idiomas. En cuanto a Gigli, su delicadeza y naturalidad es la de un hombre que utiliza agua de colonia. Es una suerte para él que ahora pueda comparársele a otros tantos cantantes en Youtube, parece que a todos los demás se les viese el conducto por el que expulsan la voz, una especie de ahogamiento, mientras que Gigli...... en fín, para qué malograrlo con comentarios perfumados pudiendo escucharlo directamente. Aquí van dos versiones de la misma pieza, una con orquesta y otra con piano, en esta última el cantante tenía sesenta y un años, lo dice el video. Quédense con él. Un poquito de agua clara fluyendo por nuestras maquiavélicas acequias.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Hablar con las paredes.

Fue S a interesarse por los trámites que había que seguir para matrimoniar con M y en las mismísimas tapias de la rectoría (o juzgado, de esto no fuimos informados) se encontró con la pintada que puede verse en la foto. Le hizo una fotografía y, con gentileza, nos la ha cedido para que sirva de advertencia a los poco imaginativos.
Tuvo suerte de que el casado llevase sólo veinte años ejerciendo, de que, dentro de lo que cabe, fuese un optimista, y que no dejase espacio en la pared para que otros con más experiencia pudieran expresarse (todo lo cual me hace pensar que la pintada, una auténtica promoción del matrimonio, no ha surgido de manera espontánea, sino de un modo intencionado y, acaso, de manos del propio cura –o juez– con parte en el negocio).
Los casados de treinta o cuarenta años que yo conozco, siempre que no estén anunciando compresas para la incontinencia o pegamentos para la dentadura, sólo hacen ya la guerra, sin ganas, y muy de cuando en cuando. Imaginen esa tercera parte de la pintada que falta: "llevo cuarenta años casado, sólo hago la guerra flácida".
Enunciado de esa manera parecería que se acaba el mundo, aunque no hay que asustarse, la mejor parte del matrimonio viene al final. Es algo parecido a esas peleas que se ven en algunas películas, en las que los combatientes exhaustos se golpean y no se hacen daño, acabando tirados en el suelo, o en el bar más cercano, riendo a ratos por haberse quedado sin fuerzas y otros ratos por lo que han aguantado.
En cuanto a S, es un hombre que no se arredra ante las averías. Más bien lo estimulan. Si algún día se casa se divertirá de lo lindo arreglando cosas.

martes, 13 de diciembre de 2011

Al pie de la letra.

(Nota del veinte de Noviembre). Ocupaban lados contiguos del cuadrilátero. La mesa. Ella con el libro delante, replegada, aburrida quizá. Él, por el contrario, mostraba una pose de tenor en la parte más exaltada del aria. Atardecía. La ventana transparentaba una luz azulenta tras el visillo. Sobre ellos, la luz del foco.
Atravesé la habitación en dirección al cuarto de baño y de ahí a la cocina. Escuché un par de preguntas y las correspondientes contestaciones dichas de carrerilla, donde se veía en la exactitud de los recitados la falta total de comprensión. Pero él había logrado aprenderse la partitura y procuraba que nos percatásemos de ello. Cada una de sus respuestas iba arropada  por unos "toma ya" lanzados primordialmente contra su madre que habría tenido la osadía de dudar de sus conocimientos ante algún enunciado que le hubiese salido torcido. A mí, sin embargo, me dedicó un "esto está chupao", dandome a entender que él no había venido a este mundo a torear novilladas.
En tal tesitura, su madre, como una de esas máquinas que tienen los tenistas para ensayar golpes difíciles, lanzó otra pregunta:
–El despotismo ilustrado.
Una corriente electrica le recorrió a él la columna vertebral y le alargó el cuello, un efecto que tengo muy estudiado ya que llevo toda mi vida viendo que el cuello de mi hermano reacciona del mismo modo ante las situaciones de alarma. Hizo sonar los pitos con ambas manos, luego puso las palmas en alto en señal de que no le fuésemos a estropear la faena con capotazos extemporáneos y dijo:
–No me lo digáis, que lo sé.
La definición no la tenía disponible y tuvo que echar mano de sus propios conocimientos, alguna palabra más o menos parecida.
–Despotismo es…… cuando tienes un bajón.
Su madre lo focalizó con sus lentes progresivas. Yo sentía verdadera curiosidad. Pregunté:
–¿Y cuando es ilustrado?
Él intuyó el abismo que estaba a punto de abrirse bajo sus pies y comenzó una huida al más puro estilo calamar. Su manera de arrojar tinta es plantear preguntas que sean tan interesantes por lo menos como la que a él le correspondería responder, pero con el tono súbito de un reportero.
Así pues, mientras su madre, con la barbilla clavada casi en el libro, trataba de darle alguna pista, él me hacía a mí las siguientes preguntas:
–¿Cómo se llaman los que no pueden tener hijos? ¿Por qué no pueden tenerlos? ¿Qué les pasa?
Cumpliendo con mis obligaciones de padre y utilizando su propio vocabulario, le he dicho:
–Eso es cuando el aparato reproductor padece despotismo.
Me hubiera gustado dar algunas puntadas a la explicación, el asunto prometía, pero su madre no me ha dejado seguir. Cree que le confundo. Iba a discutírselo, cuando ha intervenido él con un tono de venado en plena berrea.
–Si, mama, lo entiendo, el despotismo es  cuando no te funciona el pene.
Los profesionales de la enseñanza, como es el caso de ella, son muy escépticos sobre la capacidad comprensiva de los alumnos.
Por cierto, yo fui expulsado del aula sin recibir explicación alguna, un paradigma de despotismo que estuvo a punto de ser ilustrado. Cerré la puerta antes de que me lanzaran el libro a la cabeza.

martes, 6 de diciembre de 2011

La ciudad dorada.

Estos días mansos y limpios de finales de otoño, cuando el crepúsculo nos sorprende en nuestros afanes de hormiguitas, librando alguna batalla junto a un reguero o en una hondonada, y despues de que el atardecer haya jugado un rato a dibujar laberintos en el suelo con las largas sombras de los árboles; cuando el crepúsculo manda a sus serenos con las llaves de todos los rincones para que los vayan llenando de oscuridad y cierren las puertas.
A la hora en que el relente vespertino empieza ha dejarse sentir y hemos de ir a ponernos la chaqueta, entonces, el sol, de camino a los veranos del otro hemisferio, invisible ya para nosotros, deja esa llamarada amarilla en lo alto de los cerros.
Por uno de esos secretos pasadizos de que está formada nuestra memoria, hay momentos que tenemos asociados a canciones o a versos. A mí, esta luz de oro viejo con que suelen acabarse  algunas claras tardes de otoño, me hace recordar unos versos de Stevenson.

Aunque largo el camino, y duros sean
el sol y la lluvia, rocío y polvo;
aunque la desesperación y el ansia
a los viejos entierren y a los nuevos
estraguen; al final, seguro, amigos,
hagáis lo que hagáis o donde vayáis,
al cabo de todo, al fin de los fines
veréis asomar la ciudad dorada.

A cuántos aman lo azul y lejano. R. L. Stevenson. (trad. J. Marias).

Es el final del día, y en ese rastro de sol, derramado como un almibar espeso, podemos vislumbrar la ciudad dorada. 

lunes, 5 de diciembre de 2011

¡Qué verde será mi valle!

He echado cuentas con los dedos de la mano y hará de esto ya como treinta años. Entré en el supermercado que aquí llamaban "el comercio de los tontos", en referencia a quienes habían regentado anteriormente ese local cuando era comercio de telas, y con toda la seriedad, un poco impostada, del que teme ser engañado, pregunté:
–¿Están sandías las maduras?
Entonces Tereso, el dueño de la tienda, fingiendo también que era el mismísimo Salomón a punto de dictar sentencia, contestó: 
–Aquí las sandías están sandías y las maduras están maduras.
No sé si con lo de maduras se referiría a su hermana M, de madurez contrastada y allí presente, ya que Tereso era un insinuador nato.
He tenido que echar mano de ese lapsus inocente para quitarle hierro al patinazo de hoy, que no por estar entre conocidos ha sido menos bochornoso.
Cuando quería decir, para justificar lo mucho que ensucian las estufas, que en cuanto echabas tres palos se llenaba todo de polvo, he dicho, sin poder acabar la frase:
–En cuanto echas tres polvos se llena todo de palos.
No sé a qué sátiro irredento le habrán encargado hacer las desconexiones para mi Alzheimer, pero si sigo por este camino me moriré antes de la vergüenza.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Cuestión de estatus.

R tiene la manía de creer que las especies evolucionan de manera favorable, es decir hacia sus propios puntos de vista. Ella cree que la edad debería ir despojando a las criaturas de supercherías adolescentes. El lujo es una de ellas. Las cosas de las que uno ha de servirse, o que han de servirle a uno han de estar despojadas de adornos y, desde luego, no han de adornarnos. ¿Para qué querríamos un azadón con un cascabel? Cuando el criado tiene más joyas que el amo –piensa ella, no así de claro, ni de esta manera, pero para eso estoy yo aquí, para traducirla– es el amo el que acaba esclavizado.
Ateniéndose a estos principios, ella, en materia de coches, es partidaria de las furgonetas. Son útiles, tienen gran capacidad de carga, consumen poco y llevan a cualquier sitio. Los extras y añadidos que llevan los demás coches, para aquellos que no se pasen la vida en la carretera, sirven sólo para que los demás vean lo que poseemos. Dicho en terminos de andar por  casa, para tirarnos el moco.
Le parecía a R que esta doctrina en los últimos años había ido conquistando algún terreno en su propia casa. Cuando había que hacer algún trabajo de verdad, no esas niñerias para las que suelen usarse los coches, todos utilizaban su furgoneta, y después de cada uno de estos servicios la furgoneta ganaba predicamento. Es lógico, pues, que R creyese que cuando los miembros de su familia, sólo los no recalcitrantes, cambiasen de coche, lo hiciesen a favor de su utopía.
Las utopías suelen saltar por los aires con la misma ligereza, cuando menos, que con la que se construyen. Ayer mismo, E le dio la noticia de que, después de una larga semana de incertidumbres y combinaciones, había elegido coche, un Audi tropecientosmil, de segunda mano, pero impecable. Viento en popa que suele decirse.
 En nuestra reunión vespertina E padre nos dió las medidas del vehículo y hasta pudimos verlo en una página de internet donde lo tenían expuesto. R intentó introducir alguna objeción pero había demasiada euforia en el ambiente.
–Demasiado coche–. Decía.
–¿Qué significa demasiado coche?–. Le respondían.
Y ella, que tenía la cabeza llena de líneas rectas, tangentes y secantes sobre todo, guardaba silencio rehuyendo el círculo vicioso.
Luego vinieron S y M e introdujeron en el bombo unos cuantos atenuantes. Que si era un capricho. Que si era una ganga. R pusó alguna pega:
–Cambiar una rueda a ese coche cuesta lo mismo que cambiar las cuatro ruedas de mi furgoneta.
Hubiera podido alargar el expediente con un sinfín de objeciones, pero, puesto ahí el coto, después pudo fingir que estaba convencida. R tiene el estilo de mosca cojonera totalmente dominado, cuando los demas creen que ya le han vendido la moto, saca el rejo y pica, y antes de volver a picar ha de dejar que sus interlocutores confíen otra vez en que han logrado despistarla.
Esta mañana, una mañana diamantina, cuando he recogido a R para ir al campo, apenas ha plantado sus posaderas en el asiento del coche, ha comenzado por presentarme los atenuantes. Un coche de los que ING requisa por impagos que, estando nuevo, valía una tercera parte. Habían preguntado a un amigo mecánico que trabaja en la casa Audi, para que le mirase el pedigrí al coche. Y el coche estaba inmaculado. Ni golpes, ni cosas raras. Un pura sangre.
A medida que enfilábamos  los caminos y la civilización se iba alejando, también ella iba perdiendo las formas encomiásticas y pasaba a las humorísticas. Contaba que S, uña y carne de E, había asistido en directo a las tribulaciones de su amigo. El paso a paso de la búsqueda, el flechazo y el cortejo, pues los síntomas habían sido de puro enamoramiento. Eso si no lo queremos llamar rendición, pues hasta ayer mismo E había sido un furibundo fustigador de esa marca de coches, sin dejar de lado a sus dueños. Su máxima de combate era: "los Audis una mierda, sus dueños unos pijos". Según ha contado S, cuando E ha tomado la decisión de comprárselo, imaginando la cantidad de gente que estaría dispuesta a recordarle sus palabras, ha dicho:
–Ojalá se le olvide a todo el mundo lo que he dicho sobre los Audis.
R se reía imaginándose la escena.
–Con lo grande que es –decía– le va a resultar difícil esconderse.
 Para animarla yo le he dicho:
–Desde luego, no tienen principios. Cualquier día nos dice que ya no es del Atleti. Aunque, claro, todos evolucionamos.
R me ha mirado de arriba a abajo para comprobar si yo era de los suyos o estaba dispuesto también a evolucionar. He levantado las manos del volante en son de paz y he dicho:
–Yo soy furgonetista declarado.
A todo esto ya habíamos llegado al olivar. Hemos tomado posesión de nuestras herramientas y nos hemos ido cada uno por nuestro lado. Ella a quitar chupones, yo a levantar estacas, esas jovenes díscolas que arrastran sus ramas.
Nos tienen enseñado, así lo promocionan, que el campo es un lugar para las expasiones idílicas y donde las criaturas segregan inocencia. Si te has comprado ropa "cásual", botas de treaking, una cachaba como la de Merlín y das un paseo a media tarde, puede que las cosas sean así. Para los usuarios de nuestra especie, me cuesta decir trabajadores pues somos una mezcla un poco rara de esclavos y señores, el campo produce, aparte de los momentos de fuerte impregnación bucólica, un cierto efecto Mr. Hyde que nos convierte en algo semejante a alimañas pensantes. El pensamiento se bestializa, no guarda ninguna regla. Las normas, lo que se considera correcto poder decir, no sirvirían en estos casos ni de servilletas para limpiarse la sangre de todo lo que se transgiede. El mundo civilizado no parece tener aquí jurisdicción, como si la ley secreta que rigiese en estas circustancias fuese: "dí lo que quieras que no te será tenido en cuenta". En otro momento desarrollaré esta teoría, absurda probablemente, como todas las mías, cuya tesis es que esto ocurre porque en el campo no hay paredes, y las palabras, al no tener dónde rebotar, pierden trascendencia.
Bien, pues hoy R, ayudada por la claridad de la mañana, unos azules vertiginosos, y recordando quizá que a su furgoneta le llaman en son de burla "fragoneta", o las veces que le habían dicho "¡ay mama, no seas pesada, ya sabemos lo que piensas!", ha entrado en uno de estos estados Mr. Hyde, que en su caso es el "moscacojonerismo" elevado a la enésima potencia, y no ha dejado títere con cabeza.
Cada vez que nos reuníamos para fumar un cigarro ella tenía en el filo de la espada unas cuantas requisitorias. Eran tan divertidas que ha debido de notárseme el brillo del narrador en los ojos y me ha prohibido que lo cuente porque la dejaría con el culo al aire.
–Yo podría contarlo con mucha sutileza –le he dicho–. Además E, que es el concernido, sabe muy bien de qué va todo esto.
E, sin duda, será de los que mejor entienda el efecto Mister Hyde. Ha estado con nosotros recolectando aceituna y no sólo ha podido contemplarlo, sino que lo ha experimentado. Ha sido testigo de cómo una vez R, su madre, nos recomendó que calentásemos nuestras meriendas en el "frenillo". Algo que nos dejó perplejos, pues no sabíamos cómo hacerlo, aunque en el caso de querer intentarlo acordamos hacerlo cada uno en el nuestro. Es sólo un ejemplo. También a él le divertía mucho definir la relación genética entre su madre y su hermana con la fórmula: "de tal palo tal palitroque", lo cual no quería decir que él no sintiese adoración por el "palitroque". Es sólo otro ejemplo.
En fin, que no podré decir nada de lo del maletero y la bolsita, (para ilusionarla le ponderaban a R el maletero del Audi, operación despiste, y ella pensaba en el tamaño de la bolsita que trae E los fines de semana, "si es como un neceser –decía–, se le va a perder dentro". Eso aparte de que, comparando maleteros, saldría ganando su furgoneta). Tampoco podré decir nada de lo que ha dicho de los caprichos, de cuándo y cómo puede uno permitírselos, siempre que no seamos concejales del ayuntamiento, de los que los fomentan o comprenden (ahí estaban metidos S y M) y de los que esperan en la retaguardia para echar mano del escalafón y comprarse un Jaguar.
De tanto no poder decir, ha sido la propia naturaleza la que ha hablado. Venía R quitando chupones cuando ha visto en el suelo un cartucho al que le había cagado encima una zorra. Me ha llamado a voces para que fuese a fotografiarlo. La imagen encerraba una fábula con mil moralejas. Podía uno imaginarse cualquier cosa, pero lo que más trascendía era el guiño burlesco de la zorra. Yo no le veía concomitancia alguna con lo que habíamos estado hablando, aunque R se empeñaba en ser el cartucho.
–Yo no te veo como cartucho–. Le dije.
–No voy a ser la zorra–. Dijo ella.
–No, tampoco.
–Ni la cagada.
Me quedé pensandolo.
–Menos aún –le dije–. Esto parece una especie de haikú.
Los haikús nacieron como humoradas, chistecitos, algo del estilo:"cáscara de plátano//pisa//costalada", luego han sido colonizados por una mística del instante que escapa dificilmente a la cursilería.
Durante todo el viaje de vuelta he venido pensando en posibles haikús. No han salido más que frasecillas de poco peso. La que más nos ha gustado ha sido esta: "tras el trueno, el credo". Que alude al sonido del disparo y la posterior defecación. Y, referido al asunto del estatus, la frase que R se ha llevado memorizada ha sido la que aquí atribuyen al tio Calrrilla: "peer en botija, para que retumbe".
Parece que hay demasiadas semillas en el excremento para que sea de zorra, aunque por astucia y atrevimiento ella tendría todas las papeletas.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Más lluvia.

Esta lluvia es del día cuatro de Noviembre. Nos pilla un poco lejos, ya lo sé. Es muy probable que estas aguas no llegasen a fluir, que se quedasen aquí absorbidas por la tierra, pero si alguna llegó a escapar ya habrá alcanzado el estuario del Tajo, en Lisboa. ¿Quién dice que no viajamos?  Estuve asomado a la barandilla del arroyo más de una hora, y aseguro que esas aguas se llevaron algo mío con ellas. Tampoco habrá que ir a todos los sitios en coche.
Hice esta fotografía a las dos de la tarde. En ese momento ya había pasado lo más fuerte del borrasco. Me gusta mucho el contraste, la ligereza, de esta figura en relación con la de la fotografía de la anterior entrada. La lluvia pone la música y nosotros le seguimos el paso. Esta figura parece ir atravesando una pequeña laguna sin acabar de apoyar el pie en la lámina de agua, aferrada a su paraguas como a un pequeño velamen que le ayudase a no hundirse.
La lluvia y sus metáforas de la vida, con ese punto de melancolía que tanto nos sosiega.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Lloviendo.

Esta fotografía es del día 3 de Noviembre, el primer chubasco de verdad que ha caído desde que dejó de llover en la primavera. Lo anterior habían sido fanfurriñas y breves amagos. Ver llover es una actividad que regocija mucho, aunque aquí casi nunca llueve con la suficiente intensidad  para que la lluvia se vea. La mayor parte de las veces hay que conformarse con oírla, o buscarla al trasluz o contra un fondo oscuro. Tanto más difícil es poder fotografiarla, por eso hay tanta lluvia de Photoshop. La que sale en la foto de la cabecera es lluvia de verdad. Le hice otras muchas fotografías a ese primer chubasco, algunas en el campo donde la lluvia es todavía más esquiva para el objetivo de la cámara. En las calles, sin embargo, todo se llena de brillos y reflejos y, con un poco de suerte, alguien que pasa metido debajo de un paraguas. También en la forma de llevar el paraguas puede verse si llueve o no. Cuando llueve de verdad, como en el caso de nuestra fotografía, el paraguas pierde toda condición de elemento decorativo y se convierte en un refugio. Eso es lo que más me gusta de esa imagen, la postura del hombre, cómo aplasta el paraguas contra su cabeza y la pasividad con que recibe la lluvia, algo parecido a lo que hacen los pájaros, quedarse quietos y ahucar las plumas, aunque su contorno recuerde más al de una seta.

martes, 15 de noviembre de 2011

A perro flaco....

Pobre Rubalcaba. Ayer día 14 salieron publicadas las últimas encuestas y  hoy su pancarta ya había tomado esta dimensión tan poco heroica.
Cuando he hecho la fotografía le he dicho a R, que venía en el coche sentada a mi lado:
–No ha hecho aire como para que se arrugue de esa manera.
No, no había hecho aire. Durante los últimos días hemos estado oyendo los ventiladores de las máquinas de fumigar zumbando como abejorros, y esas máquinas sólo trabajan cuando no hay viento. Al ampliar la foto se ve que la pancarta está muy mal sujeta, y, por cierto, agarrada a unos cables del tendido eléctrico. ¿Será eso legal? Todas las demás pancartas habían quedado igualmente remangadas, aunque esta, con diferencia, era la peor. He de aclarar que en las presentes elecciones todas las pancartas que han puesto aquí promocionan a Rubalcaba. Lo siento por él.
No es en el único sitio en que han querido hundirlo. La campaña televisiva es un auténtico torpedo en la línea de flotación del candidato. Ese anuncio del individuo que viene corriendo por un camino, con no sé cuántos kilómetros a las costillas, y que no puede pararse porque tiene que seguir visitando pueblos para ir asustando a las viejas, no aguanta el más mínimo análisis. Un anuncio que presenta a alguien corriendo, en una situación como la que estamos atravesando, es un fallo de estrategia publicitaria calamitoso, sea cual fuere su mensaje. Pero si el mensaje, además, es el viejo cuento de que viene el lobo…… ¿no saben acaso esos guionistas que la moraleja de ese cuento lo que dice es que no se puede contar nada más que dos o tres veces, que luego las alarmas, venga o no venga el lobo, no sirven para nada? No, seguramente no lo saben. Los publicistas suelen engreirse con aquello que promocionan hasta el punto de perder el rumbo. En lobos y corderos sólo piensan los adeptos, la gente sin afinidades a la causa es mucho más normal que piense que se irá un lobo y vendrá otro. Nunca sabe uno, cuando ve este tipo de mensajes, si quienes los diseñan son así de simples, o son tan necios como para proyectar alegremente esa simpleza en los demás.
Si bien, llevado el análisis un poco más lejos, el mayor fallo del anuncio del corredor (una figura que remite claramente al propio Rubalcaba, a una de esas partes de su biografía que quiere que percibamos como definidora de su carácter, la de atleta pedestre) está en esa parte del camino que queda vacía entre el horizonte y el lugar en el que el maratoniano corredor se detiene a hacernos partícipes de sus zozobras. Ese espacio vacío lleva implícita la pregunta ¿de dónde viene? Creo que es una jugarreta de muy mala índole por parte de los publicistas, ante un personaje con tanto pasado como Rubalcaba, dejar ese flanco abierto para que el espectador puede utilizar su capacidad de evocación. Y eso, además, después del esfuerzo realizado durante los dos últimos meses, tras su erradicación del gobierno, para fomentar la desmemoria y distorsionar el origen de nuestros problemas. Francamente, no sé qué pensar de esa agencia publicitaria. Lo que Rubalcaba hubiera necesitado es un anuncio como el del PP, repleto de cartelitos modelo 15 M, sin ningún campo abierto para la imaginación del público.
Pero no sé qué hago yo metido en estos berenjenales, cuando en realidad sólo quería hablar de la mala suerte de los seguidores de Rubalcaba en relación con la pancarta que se ve colgando de tan mala manera en la fotografía. Estas cuestiones no las tienen muy en cuenta los candidatos, pues al fin y al cabo se trata de un puñado de votos, pero tienen enorme importancia para quienes tienen que argumentar en su favor.
Lo entenderán rápidamente si les digo que a tiro de piedra de dónde se encuentra esa pancarta tiene lugar una de las más concurridas reuniones de jubilados (de toda especie) de esta población. Esas reuniones numerosas, a veces se juntan más de treinta miembros, se dedican a la recia discusión de asuntos cotidianos, entre los que se incluye la política. Allí se emplean toda clase de armas dialécticas. Se agotan los recursos expresivos, las figuras retóricas, los requiebros, los desplantes, los envites, y, por lo general, cuando acaba la tertulia la sensación siempre es de empate. Salvo en el caso de que el enemigo obtenga un argumento irrebatible contra la entidad, cosa o persona, por la que uno apuesta. A eso iba. En este caso no es un argumento lo que Rubalcaba, o sus intendentes, poco importa, ha entregado a la facción enemiga, sino la figura insidiosa de esa pancarta que tanto recuerda a unos flamantes calzoncillos puestos a secar en la cuerda de la ropa.

martes, 8 de noviembre de 2011

El lenguaje de las flores.

(Nota del uno de Noviembre). Le había mandado R a recoger unos ramos de flores que tenía encargados para llevarlos al cementerio. Él es todavía muy joven y, por tanto, un súbdito de los signos externos. Venía dudando si las flores, portadas por él, no le estarían adornando de un modo inadecuado y hacía todo lo posible para que se le notase su descuido al trasportarlas, de forma que no empañasen su hombría. Cruzaba una plaza, en la que nuestras autoridades han hecho un homenaje a la piedra berroqueña, por lo que podría decirse que atravesaba un mausoleo, si no fuera por el cipote (supuesto rollo) que allí han levantado, cuyo gigantismo retransmite en directo las carencias de sus signatarios; cruzaba, pues, (que me pierdo) por aquel énfasis granítico con las flores en la mano, medio escondidas, algo ladeadas, cuando se ha encontrado con un hombre que le ha dicho:
–¡Qué contenta se va a poner tu novia!
En los pueblos, en este al menos, todavía, y siempre que se puede, se saluda así, con frases que le dan la vuelta a la realidad, y que estan dichas para que nos acompañen un rato. Esta de hoy ha durado lo suyo. A nuestro zangolotino le ha devuelto al instante el buen ánimo y ha venido riéndose a contárnoslo. Sin embargo a nuestras flores no sabía uno cómo mirarlas, ya que, impregnadas por aquella condenada frase, nos hacían pensar en nuestros  muertos como novias. Un absurdo que no he podido borrar de mi cabeza hasta que R  ha regresado del cementerio y he podido preguntarle:
–¿Qué, se han puesto contentos?
Y, claro, ella ha respondido:
–Como novias.
Estas frasecillas pegadizas o se cantan en voz alta o no nos abandonan.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Calentando motores.

(Nota del uno de Noviembre). Se ha acabado el puente, soy testigo de ello en primera linea. No tengo vecinos los días corrientes y en estos días festivos esta barriada se vuelve muy populosa. Asisto admirado a la facilidad que tienen para intercambiar sus vivencias. Conversaciones muy flojas, sin chispa, mortecinas, excepto cuando narran sus viajes de ida y vuelta. Ahí es donde se ve que son gente de largo alcance. Vienen contando cómo han escapado de las caravanas, han sido listos, calcularon con destreza cuándo iban a tener expedito el camino. Pero eso no es nada comparado con el modo en que programan la hora de su marcha. Se les ve hablar con aire de conspiradores, juntando un poco los rostros y ladeando la boca para que nadie oiga sus confidencias. La palabra psicología abunda en sus conversaciones. Al pronunciarla se estiran con un dedo del párpado de abajo. Todos tienen la misma estrategia, hacer lo contrario que los otros. Salir de aquí en el justo momento en que no se vaya nadie. Por momentos incluso puede parecer que sólo han venido a eso, a irse sin que nadie les moleste. Debe de ser que este puente de Todos los Santos intensifica estas manías fugitivas. Hasta tal punto ha predominado esta obsesión que algunos se han tirado desde lo alto del puente, quiero decir, y ustedes perdonen si les ha hecho efecto esa imagen, que se han ido antes de acabarlo. Si bien, y ustedes perdonen nuevamente, ahora por la greguería, el puente de Todos los Santos no acaba, fallece. 

domingo, 6 de noviembre de 2011

Montañas ambulantes.

C estaba haciendo rodajas un tomate en el banco de la cocina. Iba a ir mañana al Chorro. Ella siempre tiene algo programado. Giró el rostro y dijo:
–¿Mahoma se viene mañana al Chorro?
Yo estaba sentado en una banqueta, con la espalda apoyada en los azulejos de la pared, junto a un calendario que mostraba un paisaje, y con un brazo estribado en la mesa donde las cervezas, llevadas a su punto de frío exacto por mi hermano, estaban aguardando.
Le dije que no iría. Nos reímos. Por cada negativa de Mahoma sabemos que hemos de sumar una nueva montaña en nuestro haber. "Me la rayo", estuve a punto de decirle, pero tampoco era cuestión de exacerbarse, geológicamente hablando, no fuésemos a convocar a alguna cordada de alpinistas. Las metáforas acaban alterando tanto las cosas que en la larga cabellera que a ella le caía por la espalda, normalmente recogida en una trenza, yo estaba ya viendo el dibujo de un pequeño salto de agua.
C es aficionada a la fotografía, y quería cazar un poco de otoño.
Le he dicho que el otoño estaba echado la siesta este año, que tenía todas las trazas de dejarse arrebatar la tostada por los dos voraces comensales que tenía de vecinos de mesa. Como en esos anuncios en los que promocionan una mermelada muy rica. Por un lado el verano iba camino de zamparse la mitad del otoño de un mordisco. Por el otro:
–Un día de estos –le dije– caerá una nevada y este será el año de las tres estaciones.
He pensado, al decirlo, en el daño que le haría eso a Vivaldi principalmente.
Más vale que uno no haga pronósticos ni agorerías, aunque sea en estas someras conversaciones para acompañar el aperitivo. Con demasiada frecuencia se cumplen. Esta mañana, en la radio, daban una noticia de esas que parece que te están sirviendo en bandeja la cabeza del Bautista, con un amable: "el vaticinio del señor está servido". Decían que en los Estados Unidos, en la zona de Washington, donde el otoño no había hecho acto de presencia, y todos los árboles conservaban intacto su espléndido follaje , había caído una gran nevada provocando cuantiosos destrozos. La nieve había aumentado el peso de las ramas hasta el punto de quebrarlas, y éstas al caer se habían llevado por delante tendidos eléctricos, semáforos, cables de teléfonos, farolas, etc.…
Aquí la nieve, aunque la hayamos nombrado por hacer más estética la presencia del invierno, no lo tendría tan fácil, puesto que es un elemento acuoso y sabemos que el agua y esta tierra nuestra son polos opuestos y se repelen. Si bien una helada como una cortante cizalla…… en fin, dejemos que la madre naturaleza nos busque las vueltas ella sola.
Finalmente, ellos fueron al Chorro. C y mi hermano. No había mucho otoño allí tampoco. Había, si, multitud de visitantes transitando por las pasarelas con las que han adornado aquellos contornos, para que los asilvestrados excursionistas, aún a costa de perder alguna sensación agreste, puedan gozar con profusión del celo protector de sus mandatarios. Se ve que en esto de cambiar de sitio las montañas todos desbordamos imaginación, lo peligroso es cuando además se tiene dinero público, porque entonces siempre sale perdiendo la montaña.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Turismo laboral.

Estaba bajo la lucecita del flexo haciendo deberes. Aunque por su aspecto remolón más parecía estar deshaciéndolos. Es su especialidad. Es un desintegrador nato. Todo lo descompone con una precisión asombrosa. La mejor prueba de esto es su propia madre que, hasta haber entrado en contacto con él, creíamos que carecía de nervios.
Ha oído mis pasos y se ha levantado de la silla automáticamente. No sé lo que estaría estudiando, pero lo que estaba pensando mientras estudiaba si, porque no escatima detalles a la hora de exponerlo. Pensaba que todos se iban a Madrid. Que ya se había acabado el puente (aunque el puente estaba a medias). Que el mundo fluía, la gente enfilaba el curso de las carreteras y él se quedaba aquí. El gran jolgorio se mudaba de sitio y él estaba siendo relegado. A él le gustaría también viajar. Vagabundear de un lado para otro. Su idea era que todos los que iban o venían como alegres mariposas lo hacían a capricho y por entretener el tiempo, con el solo objetivo de disipar su aburrimiento. Él era un vocacional de esa clase de vida.
Convertir sus palabras en estos cinco renglones tiene bastante mérito. No les digo más que su madre se entrega cada noche con fruición a la resolución de sudokus para restañar los descalabros a que ha de hacer frente durante el día su sentido de la lógica.
Las múltiples combinaciones de su pensamiento partían todas de un "me apetecería" o un "me gustaría" y acababan en un "divertido" o un "mola".
Con la calma infinita o el tranco corto de que me va dotando la edad, le he explicado paso a paso que la gente no vaga a su capricho, sino llevada por sus "obligaciones". Que la gente hacía, en la mayor parte de las ocasiones, lo que debía hacer, trabajos y cosas que no le apetecían.
Mientras yo le decía todo esto él insertaba sus "me gustaría" sin escuchar ni ripio. Hay que reconocer que esta facultad de no escuchar la tiene muy desarrollada. Y también la de expresarse a fondo y con persistencia. Al final, ya como un último ejemplo de su ideal de vida que ha sido imposible mitigar, ha dicho:
–A mí  lo que me gustaría es que vosotros –se refería a su madre y a mí– fueseis de Rosalejo, un pueblo de Extremadura, y os hubieseis quedado sin trabajo, teniendo que venir aquí a buscarlo, como los padres de Sheila, una de mi clase, y los fines de semana fueseis a pasarlos a Rosalejo, y durante la semana estuvieseis aquí trabajando.
–O sea –le he dicho– que tu ideal de vida es que yo sea un parado de Rosalejo y emigrado por añadidura, todo para que a ti te cuadren las cuentas.
–Sheila dice que Rosalejo es un pueblo muy bonito.
–Creo –he dicho– que no merezco ser inmolado para qué tú puedas estar cerca de Sheila. Pero tienes mi permiso para hacer todo el turismo laboral que te apetezca junto al padre de Sheila.
Sus ideales de vida, como puede verse, son conmovedores.
Decía mi cuñada consorte C, no sé si aún seguirá pensando lo mismo porque es una mujer muy voluble con sus teorías, que las expansiones sentimentales de los varones se debían a una excesiva acumulación del líquido seminal en los testículos. La teoría es suya y no entraremos a cuestionarla, ahora bien, si a nuestro promotor turístico de Rosalejo las efusiones sentimentales le provocan semejantes ideas, no me digan que no dan ganas de ponerle una cánula o hacerle una punción, para que drene, o al menos deje de pensar en nosotros como si fuésemos papel moneda.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Mientras va atardeciendo.

Estábamos sentados en el cobertizo de la nave. Un pequeño chubasco vespertino (dos litros/ metro cuadrado) había mojado los olivos y tuvimos que suspender el trabajo con las espaldas santiguadas. Un poco más que humedecidas, según mi versión de los hechos, aunque la descripción que R hacía de los mismos era que a ella el agua le había corrido por debajo de la ropa formando torrenteras y regatos.
Pasando por alto aquel sensacionalismo, es bastante corriente que en unos sitios llueva más que en otros, aunque estén muy próximos. En aquel mismo instante en las sierras, que se abren paso como un paciente rebaño de cabizbajos dinosaurios desde aquí hasta más allá de Navahermosa, se percibía claramente que seguía lloviendo, mientras que sobre nuestras cabezas ya estaba raso. Y si tomábamos como referencia la noche anterior, en Navahermosa habían medido veintinueve litros/metro cuadrado, en tanto que nuestro pluviómetro había recogido sólo doce.
Pudiendo, pues, tranquilamente haberle dado la razón a R, le brindé la ocasión de que discutiese un poco.
–Bien está –le dije– que llueva más en Navahermosa que está a veinte kilómetros y rodeada además por sierras más altas que las nuestras. Pero pretender que llueva más sobre ti, cuando estás a diez metros de mí y eres más baja, va siendo ya querer tener demasiados privilegios.
R siempre se resiste a lo que es razonable y puso por testigo a su chaqueta que, me hizo observar, estaba totalmente empapada.
–Estará hecha de algún material absorbente–. Le dije yo, intentando buscar la explicación más lógica.
Ella, claro, como es normal, eso se lo tomó a la tremenda, su chaqueta era como cualquier otra chaqueta, ¿o creía yo que ella iba vestida con una bayeta Vileda?.
Pasé por alto aquel intento de insultarme fingiéndose insultada y dije:
–Para acabar con estas discusiones tú y yo deberíamos salir al campo con un sombrerito que tuviese incorporado un pluviómetro.
–El pluviómetro –dijo ella– te lo vas a poner tú donde yo te diga.
Así acaban todas nuestras discusiones, como si de verdad hubiésemos discutido, cuando en realidad son tan sólo una terapia contra el Alzheimer. Dicen los médicos que las discusiones lo retrasan.
Quedaba poca tarde ya. En realidad estábamos allí para irnos. Corría un fino vientecillo. Había cuatro pájaros revoloteando alrededor de las madreselvas que crecen enredadas a los postes del portalón. Piaban de manera alterada e inconstante. Sonaban voces de niños. El ladrido de algún perro. Los silbidos inacabables de los tordos. El campanillo de la iglesia.
–¡Qué sonidos! ¿Verdad?– Dijo R.
Hubiera querido discutir algo más, pero tuve que estar de acuerdo con ella. Son tan bonitos que creo que si nuestros alcaldes tuviesen suficiente presupuesto los harían desaparecer de un plumazo, considerando que es una humillación que en nuestras calles no se oigan los mismos ruidos que en Nueva York.
Hablamos un poco del sonido de las campanas. Nosotros no sabemos nada de campanas, si bien deducimos que les ocurrirá como a nuestras herramientas de corte cuando las pasamos por la piedra esmeril. Las bien templadas tintinean con mucho brillo, las destempladas suenan como una lata vieja.
Entre los ruidos bonitos iba yo a contarle el de la flauta de un afilador que algunos días de este verano ha hecho la ronda por nuestras calles. Prometo hablar de él en cualquier otra ocasión, porque cuando R me ha escuchado decir "afilador" ya no me ha dejado pronunciar una palabra más. Eso le ha recordado a ella a un afilador de su pueblo y una historia que le contaba su madre. Era un tipo grandote y simplón, de los que no encuentran novia con facilidad, y un día apareció en el pueblo con una mujer algo más decorada de lo que allí era costumbre. Rápidamente creció el rumor de que era eso que por entonces se llamaba "una mujer de la vida". Parece ser que ella murió pronto y al afilador le quedó la misma doble angustia que a Boabdil con Granada, la de haberla perdido y la de no haber sabido defenderla (en este caso, su fama). Cuando al cabo de los años tuvieron que evacuar la fosa donde estaba enterrada, la mujer salió incorrupta, lo que dio ocasión al afilador para vengarse de todos diciendo:
–¡No era una puta, sino una santa!
De lo cual se colige que él tampoco estaría muy seguro cuando esperó a que se la devolviesen del otro mundo con el certificado.
Para que la tarde no se cerrase de una manera tan tremebunda, le conté yo a R que había escuchado hacía algunos días, en un programa de radio, unas entrevistas a sepultureros que contaban que la momificación era algo bastante frecuente en determinadas zonas de los cementerios, y hablaron del caso de un abogado, creo que era sevillano, que fue a ver el desenterramiento de un tío suyo al que no había conocido vivo, y cuando lo vio aparecer tan bien conservado, le hizo poner de pie, le echo un brazo por el hombro y se fotografió con él. Era una manera más ligera de afrontar el asunto de las mómias. El sepulturero que les había hecho la foto, para encomiar la conservación del muerto, decía que quien estaba más natural en el retrato era el tío. Otro de los sepultureros puso el comentario definitivo:
–Es que hay terrenos  -dijo-  que hacen muy buen escabeche.
Y ya, por no sacarle punta al asunto del escabeche, a riesgo de quedar nosotros escabechados por la puntita de frío que se estaba levantando, a lomos de nuestros coches nos fuimos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

¿Simple o con leche?

Es T un tipo singular donde los haya. Hombre afable, con fantásticas orejas que le dan un toque cómico, los ojillos disimulados, escaso pelo, cuerpo enjuto y el habla poco articulada. Conoce a todo el mundo, chicos y grandes, con sus genealogías completas, y las rutinas en las que cada uno de ellos está instalado. Es decir, lo que los políticos llaman, con no pocas ínfulas, el tejido social. Tiene el gran mérito de parecer inofensivo, aunque no hay inocente que lo sea, más bien al contrario, suelen ser devastadores, por eso la comunidad se esfuerza en hacerles pasar por simples, así se les descafeína un poco.
Sobre esto de los simples habría que hacer varias consideraciones. Primero, que no es tan fácil ser simple. Segundo, que el noventa por ciento de los que presumen de ser complejos tan sólo son más maliciosos. Y tercero, que la mitad de las complejidades del mundo sólo están para hacer que unos pocos luzcan enormes medallas en el pecho a fuerza de limpiar de obstáculos un camino que previamente ellos mismos han enredado. No hay más que echar una mirada al argot en que se expresan tantísimos titulados y luego ver lo fácilmente que se le entiende al verdadero sabio.
Dicho esto, digamos que T, sin ser sabio, a ratos, por simple, lo parece.
T es un hombre de rutinas domésticas, sus animalitos de consumo, gallinas, palomas o conejos; su huerto, con todas las especies de hortalizas que se pueda imaginar; y, como mozo viejo, las dos pasiones fundamentales que a éstos les definen, su madre, y la estética femenina. Llevadas estas dos últimas, como se verá, con mucha sabiduría.
Por ejemplo, cuando su madre, una mujer que tiene ya ochenta años pero de incuestionable solidez, se pone enferma, él, que ve el edificio de sus rutinas temblar, suele animarle diciendo:
–No te mueras madre que me jodes.
Es difícil afinar más a la hora de expresar un afecto. Éste es un gran ejemplo de poesía cruda, que está un punto más allá de la poesía desnuda, muy de moda en este momento.
En cuanto a las mujeres, como todos los que, a pesar de haberlo intentado, no han llegado a tener novia, T ha quedado para el resto de sus días un poco extasiado ante las formas femeninas.
Si un hombre cualquiera ante un muestrario de modelos atrevidos como los que ahora tanto se prodigan, digamos veinte, treinta o, en fin, cuarenta descotadas señoritas, las que cada uno aguante, acaba al final resignándose o, como dijera mi amigo Belmonte, mirando en son de paz; alguien como T, sin embargo, nunca entregará la cuchara. Ni a la mismísima enfermera que le estuviese aplicando un electrochoque dejaría de sacarle alguna ganancia.
Como consecuencia de esta entereza de ánimo pronunció una de sus frases más gloriosos. Estaría en un estado bastante efusivo cuando, al encontrarse con un amigo de confianza, para resumir la circunstancia vital en que se había hallado tras soportar uno de aquellos atracones visuales a los que la lozanía femenina y las modas imperantes lo tenían sometido, le dijo:
–No me la meneé allí mismo porque tenía muchas tareas.
Y que luego digan que las musas no existen. Pongan a un ejército de guionistas a trabajar un año entero a ver si sale de su alambique una frase tan lograda como esa.
Por lo demás, T es un hombre moderado de costumbres, muy considerado en el trato y poco amigo de despilfarrar. Lo último que vamos a contar de él tiene que ver en cierto modo con esta última característica suya.
Pusieron hace años enfrente de su huerta una discoteca de verano de esas que tanto proliferaron hace quince o veinte años, y que tanto más éxito tenían cuanto más escondidas estaban. Esta además tenía el aliciente de encontrarse junto al arroyo y en el lugar donde vertían los colectores de aguas sucias, lo que facilitaría las borracheras. Cuando cerraban el antro, los clientes remolones sacaban sus bebidas al camino y esperaban que amaneciese, para poder contar al día siguiente que habían empalmado.
Los vasos quedaban por allí tirados y T, considerando aquello un despilfarro, las mañanas después de la fiesta, como tenía que pasar por aquel camino, madrugaba un poco y recogía el botín. Todavía no había llegado la moda de los vasos de plástico.
Una de aquellas mañanas, cuando T estaba ya en su huerta atendiendo a sus vegetales, surgió en mitad del camino uno de aquellos beodos que se habría quedado por allí traspapelado. Atisbó a T entre las matas de patatas y pensó, con esa lógica tan rectilínea de los borrachos, que si estaba allí sería para algo y quiso acercarse para hacer con él un poco de tertulia. Desde el camino a la huerta hay un desnivel de tres metros y el borracho inició la marcha por el camino más recto, un espacio diáfano que había entre dos cambroneras y donde el desnivel era aún algo más profundo porque allí mismo estaba situada la alberca. Cuando T observó la maniobra comenzó a darle gritos de advertencia.
 Una vez:
–¡La alberca!
Otra vez, más alto:
–¡¡¡La alberca!!!
Otra vez, aún más alto:
–¡¡¡¡La alberca!!!!
Aquellas voces cada vez más alarmadas, la última ya casi histérica, las interpretó el borracho como gritos de ánimo, yendo derecho a caer, despues de una corta carrerilla, en el lugar exacto que le estaban señalando.
A lo cual T, viéndolo desplomarse, sin que sus avisos sirviesen para nada, no pudo más que decir:
–A tomar por culo, a la alberca.
Y, liquidado ese asunto, siguió dando tierra a sus patatas. Ya que lo que le sobra a un hombre como T son cosas por las que preocuparse.

martes, 1 de noviembre de 2011

Viajar de incógnito.

A veces los amigos, los más allegados, pensando que me haría bien salir del claustro y ver un poco de mundo, alejarme un poco de estos soliloquios, me dicen: "tengo que ir a tal sitio –algún viaje corto, alguna estancia en tal lugar de dos o tres días–, podrías acompañarme". Y yo, que soy bastante indeciso, no sé en ese momento qué hacer. Tampoco lo sé en el momento mismo en que ellos parten para su viaje. Quizá crean que no quiero ir con ellos, o que, ensoberbecido, creo que mis cosas son más importantes y no quiero abandonarlas ni un solo momento. Pero en realidad es que aún no me he decidido.
Ni siquiera cuando ellos han regresado y cuentan lo que han visto o lo que han hecho, y me llaman "rajado" o "cagado", aún entonces yo no he decidido nada. Decidir es bastante violento, se mire como se mire.
Comprendo sus insultos cariñosos, pues, en cierto modo, desde el punto y hora en que te dicen "vente a tal sitio", ya te llevan con ellos y durante todo el viaje miran y escuchan un poco por tus ojos y por tus oídos. Sin estar, tú estás allí presente. Y llega a ser bastante molesto tener que estarse fijando en todo lo que tú te hubieras fijado para luego, llegada la ocasión, rebozarte por la cara todo lo que te has perdido.
En cuanto a ellos, debo decir que tampoco es nada fácil soportarles aquí dentro cuando están en esos viajes, ya que, como uno está indeciso todo el rato, no les dejamos escapar del todo por si nos da por cambiar de idea.
Ellos aquí, yo allí. Menudo lío de viaje.

La última de estas invitaciones estaba fechada para el día veintiocho. Les tengo tan hartos que no son invitaciones corrientes, sino en forma de ultimátum. Si el día 28, a la salida de su trabajo, yo no estaba allí, ellos se irían sin mí a Zarauz. Saben de qué pie cojeo y me permiten dudar hasta el último instante. Era ya la cuarta o quinta vez que sucedía lo mismo. Ellos poniendo fecha al posible viaje y yo sin presentarme.
Para que se repita tanto la historia, aparte de lo bien que lo pasaríamos juntos, tienen que ver algo en mí que les resulte estimulante. Examinada la cuestión detenidamente, creo que no se debe a que quieran disfrutar de las muchas virtudes que me adornan, sino a la cara de bobo que se me pone cuando escucho las tentadoras propuestas del programa de viaje. Si, creo que es esa cara de idiota, de absoluto despiste, lo que me hace irresistible. Para el que va a hacer de guía, un despistado debe ser como caminar por un territorio virgen.
Afortunadamente, por esta vez, han obrado con inteligencia y han suspendido el viaje. Ellos tampoco irían, con lo que nos hemos ahorrado la molesta ubicuidad tanto ellos como yo.
Cuando han llamado para dar la noticia y decir que vendrían a pasar el fin de semana a su casa de aquí, mi cuñada C le ha dicho a R con mucha rechifla:
–Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.
R se reía al contármelo. Conocidas las dotes de C no es para tomárselo a risa, pues podría estar programando una de sus actividades a largo plazo. Y ella, grano a grano, es especialista en montañas, bien lo sabemos.

lunes, 31 de octubre de 2011

DONDE LA VISTA NO ALCANZA. (Melodías del Japón, de C. Saint Saëns).


Es otoño. Aunque de ello hayamos recibido tan pocos indicios. Era nuestro primer día gris de verdad. Anoche llovió un poco. Nueve litros. Apenas un esbozo. Hay grietas en la tierra de un palmo. Esas heridas que sólo sabe cerrar el agua. Los olivos muestran ese cansancio marchito de los sedientos. Habíamos ido a quitar chupones a los Valerios, un olivar que cubre el espaldar de una loma. Un alto muy estratégico como lo demuestra que en la guerra haya habido allí un nido de ametralladoras. Bien puede decirse que desde ese lugar se columbra hasta donde no alcanza la vista, o hasta donde el horizonte, exasperado, se disgrega. ¡Cuánta hermosura! Si se mira cerca, los olivares se desparraman o trepan por las cuestas como  bosquecillos trazados con regla; un paisaje hecho de retales, con esos verdes apagados en los que alcanzan mucha densidad  las sombras y donde la luz es un espolvoreo de ceniza sobre la cresta de los árboles. Mirando a lo lejos, las manchas imprecisas de la tierra roja y los rastrojos color marfil, contrapunteados por las negras encinas, todo envuelto por el brumoso azul venido hasta allí desde algún mar lejano.
Los trabajos del campo, tan mal reputados, tienen en días así un deje aristocrático. Quitar chupones (con idéntico mal gusto lo llaman aquí "esmamonar") es un trabajo que ennoblece. Si me lo oyeran decir mis coterráneos pensarían que he perdido la cabeza. Pero, ¿qué más puede pedir un hombre pleno de facultades que recorrer los olivares con la destraleja en la mano e ir de árbol en árbol y, doblando la espalda ante ellos, limpiarles el pie de retoños, espinos o cardos? Nada ennoblece tanto como inclinarse ante un olivo. Ningún señor de la tierra se merece mejor que ellos ese agasajo.
Esa era nuestra faena aquella mañana. Íbamos deprisa porque los olivos tenían muy pocos chupones. Iríamos, como siempre, hablando de algo, no recuerdo qué, probablemente del pobre aspecto de aquellos árboles, o de la consunción del fruto, que pintaba ya como maduro estando solo asfixiado.
Ese olivar es largo y estrecho, y a medida que avanzábamos traíamos con nosotros el coche para que el tabaco o el agua no se nos quedasen muy atrás. En uno de estos avances en la radio del coche, en la emisora de Radio Clásica, anunciaban las "Melodías del Japón" de Camile Saint Saëns. R y yo tenemos cada uno nuestros auriculares con radio incorporada para los días de ruido, para no quedar aturdidos cuando trabajamos con las motosierras o con las máquinas. A esos auriculares y a Radio Clásica les debo muy buenos ratos, montones de audiciones musicales surgidas como un milagro que han convertido trabajos rutinarios en momentos tan emocionantes que no podré olvidarlos.
Hoy ha habido uno de esos momentos.
Le he dado a R sus cascos y yo con los míos, atrapados por la añoranza que desprende esa música, hemos ido haciendo nuestro trabajo entre aquellas largas hileras de olivos en tal estado que, como suele decirse, nos hubieran apuñalado y no hubiéramos derramado una gota de sangre. Quizá no sea una gran música para los entendidos, puesto que cuando reseñan a este compositor muchas veces ni siquiera la mencionan. Nosotros, sin embargo, perfectos profanos y seres elementales a un tiempo no hemos necesitado entendimiento para entenderla. La sensación que uno tenía era la de que el corazón  ocupaba menos espacio en el pecho y  que la vista alcanzaba más allá de donde podía mirarse. Lo que añoramos suele estar siempre tan lejos. Una música que, además, parecía hecha exprofeso para enredarse como una niebla en aquel paisaje.
Algo de esto le habré contado a R, y ella a mí algo parecido entremezclado con muchas onomatopeyas y algún que otro suspiro. Y, la verdad, para explicarlo bien había que suspirar un poco.
A las doce y media teníamos el olivar en el bote. Al aristocrático modo, sea lo que fuere lo que seamos.

Me ha dado mucha alegría encontrar el video con esta música. Hemos tenido suerte. Estaba recién publicado. Para hacerse una idea de las lejanías que pueden contemplarse, basta con colocarse unos auriculares y mirar dentro de estas fotos, si no vieseis el Japón algún conducto interior estará atascado. Nada que no arregle una buena lavativa. Agua levemente salada, la materia de la que están las lágrimas.

viernes, 28 de octubre de 2011

Vientos contrarios.

El aire a veces viene para traer la lluvia. Es como un pregonero haciendo sonar el cuerno para que la gente salga de sus casas a recibir a esa bella dama. Forma un pequeño alboroto. Bulle y danza. Agita los árboles. Arroja al suelo unas hojas secas y las lleva por las calles haciendo ruidos que recuerdan el crepitar del fuego. Pero en cuanto la bella dama posa su pie desnudo en la tierra, ese viento se calla, se echa a un lado, o apostado en un alto se contenta con mirar cómo ella pasa acariciando el paisaje con la punta de sus dedos. Una dulce sombra que esboza la trama de una tapiz hecho con hilos de agua.
Por desgracia, el viento que nos ha tocado en suerte para traer a su grupa a esta lluvia que nos anunciaban, no ha sido uno de estos vientos galantes que se sacan el sombrero y dicen: "pase usted". Ha sido un viento engreído y exhibicionista, de los que en cuanto atisban que unas mínimas gotas de lluvia podrían restarles protagonismo redoblan sus furiosos soplidos para quitarlas de delante.
Tengo una honda devoción pagana por la lluvia. Considero como una de mis obligaciones irrenunciables (tras uno de estos agónicos periodos de sequía) recibir la bendita agua con el recogimiento y la unción que se merece. Llevo, por tanto, más de diez horas con la pupila alerta esperando que caiga la primera gota y, durante esas mismas diez horas, no he visto otra cosa que ese viento majadero festejando sus propias fanfarronadas. Sus alardes de macarra arremangado, todo cuajado de músculos, pateando los contenedores de la basura, centrifugando las paredes de las casas, embistiendo a los árboles con secos puñetazos, haciendo espirales en los aleros por si pudiera arrancar de cuajo algún canalón. ¡Qué matonismo tan absurdo!
Al final, ya bien entrada la noche, al descuido de la fatiga de ese viento con actitudes de simio, la lluvia primeriza ha venido. Con levedad. De puntillas. Un velo de tímidas burbujitas que flotaban. Tendría miedo de que su guardián despertase. He sacado una mano por la reja de la ventana, dándole a entender que yo podría defenderla. Seguramente no lo habrá creído, aunque le habrá gustado verme tan entregado. El caso es que ha estado lloviendo un buen rato. No sé cuánto, en momentos así uno no anda poniendo el cronómetro.
Por salvaguardar el honor, he de decir que la lluvia no ha cesado por cansancio o por capricho, sino porque el huracán ha abierto de nuevo el ojo y se la ha llevado en dos soplos.
La vocación de los raptores es que sus criaturas no sean de este mundo, que nadie las vea, pues bien, cuando él se la llevaba yo le he hecho una fotografía al trasluz de una farola. No es una gran defensa, pero menos es nada.

viernes, 21 de octubre de 2011

Nueva teoría de las antenas. (Una invocación a la lluvia).

Cuando la sequía, o el no llover, o estos aciagos e interminables veranos dan en hincarnos el diente, en cada pueblo nace una superstición, se mira para todos lados buscando algún culpable.
Casi siempre  la Iglesia y el Santo Local, y, claro está, los curas, nuestros hechiceros, se sienten obligados a hacer algo. Este modo de actuar no es una cosa reciente ni de ninguna cultura concreta. James G. Frazer, en su libro La rama dorada, recoge usos mágicos para propiciar la lluvia extendidos por tribus y pueblos de los cinco continentes.
Usos como aquel que recoge la copla: "No he visto gente más bruta//que la gente de Alcocer//que echaron el Santo al agua//porque no quería llover" no son infrecuentes, ni se deben a brutalidad alguna, sino que es un procedimiento mágico muy "racional". Se le da una aguadilla al santo para ponerle en contacto con aquello que queremos que nos traiga. Una manera de mostrarle el camino, de inspirarle.
Si bien éste sería un remedio drástico, para situaciones terminales. Antes de llegar a estos extremos lo más corriente es buscar alteraciones en las costumbres o en elementos del paisaje que hubieran podido traer el mal fario.
Como en materia de costumbres los cataclismos han sido incesantes (como si a propósito todos los días pasásemos por encima de ellas -las costumbres- una apisonadora) y el hombre tiene tendencia a buscar la pieza fácil, o por lo menos no pelear con lo irremediable, en nuestro caso, como puede verse por la fotografía, no ha habido que pensar mucho para encontrar al posible causante.

Desde tiempo inmemorial, es decir, cinco siglos, ha habido en la sierra que domina el pueblo una ermita. Una construcción discreta, más fea vista de cerca que de lejos. Las sucesivas reformas la han ido estropeando, e incluso le han hecho caer en contradicción, ya que estando dedicada a un santo (San Sebastián), luce en el frontal otro distinto, uno de esos espantosos Sagrados Corazones, con sus siglas JSH estampadas debajo, rémora de la propaganda de posguerra, y con los brazos en esa posición dudosa que no se sabe si es un signo de bondadoso ofrecimiento o una versión cáustica del toro de Osborne, lanzando el mensaje subliminal: "¡quietos que os empitono!".
En los años setenta colocaron al lado una antena. Lo que indica que la ermita estaba en un buen sitio para enviar ondas, en su caso celestiales.
Un elemento tan rimbombante plantado en un sitio tan "emblemático" hizo crecer rápidamente la superstición de que aquella antena espantaba el agua, la lluvia, nuestro sustento.
La superstición nace para tapar algo que no acaba de entenderse. Pero es un hecho que, cuando va a llover aquí, las nubes se prenden a ese cerro, y una torreta con esas características siempre será una molestia. No hay que ser nube para intuirlo.
La superstición es una creencia y, como tal, más vale no meterse en líos queriéndola explicar, aunque siempre hay alguien dispuesto a saber más que otro y arriesgarse a decir lo que se le pase por la imaginación (yo, como verán, soy también de ese gremio). Entre estos, la idea más propagada es que las antenas emitirían unas misteriosas señales que desintegrarían las nubes o les harían huir. Como se ve es una explicación muy poco dañina, ya que decir que las señales son misteriosas es no explicar nada.
Yo tiendo a creer que, en el fondo, ese descontento que atribuimos a las nubes, es la proyección de nuestro propio desagrado, provocado por la sugestión de que la nube fuésemos nosotros mismos.
Si bien, puestos a imaginar (cosa que facilita bastante la contemplación de la fotografía), el que verdaderamente parece estar preocupado es el Santo, el único habitante permanente del montículo. La presencia tan cercana de las torres le ha cambiado el gesto. Si antes se le veía un cierto ademán magnánimo dirigido enteramente a redimirnos y a tenernos al corriente, por telepatía, de las consignas de Dios Padre, ahora parece estar mostrándonos toda esa chatarra e indicándonos airadamente que le despejemos el solar. Quizá yo esté más capacitado para interpretarlo, puesto que ese es el mismo gesto que tengo que hacer todos los años cuando el ayuntamiento amontona a mis puertas toda esa cochambre que gustan de llamar Ferial. Por menos de nada, a Él también lo acusarán de ser un vecino quejica que no entiende los nuevos tiempos.
Creo pues, y aquí viene lo novedoso de mi teoría, que si las nubes huyen espantadas no es únicamente por las antenas, sino porque mal interpretan el aire de queja que exhibe el Santo, e incluso puede que allí arriba se oigan destempladas voces en baja frecuencia que no perciba el oído humano. Las nubes tienen algo de tropel de borregos y estos aspavientos y conflictos les harían salir en desbandada.
Conociendo la capacidad que tienen los nuevos tiempos para atropellarlo todo nadie va a remediar que las antenas sean cada vez más grandes, más prolijas, más abundantes. Incluso si se demostrase que nos falta el agua por su causa, feneceríamos gustosos a sus pies hablando con nuestros móviles, narrando en directo (así son los héroes de los nuevos tiempos) los síntomas de nuestra deshidratación.
Por tanto, por probar un remedio, y por si mi teoría tuviese algún fundamento, si es que quisiésemos acabar con la sequía, que también sobre esto hay muchas dudas entre nuestros contemporáneos, sugiero que deberíamos alterar la postura del Santo, colocar en la peana la imagen de un hombre sentado, distraído, y hasta fumándose un cigarrito. Un santo que pareciese un pastor apacentando ganado, aunque alguno lo confundiese  con el dueño de una chatarrería.

martes, 18 de octubre de 2011

De piscinas y máquinas simples.

En el patio de R la piscina empieza a ser un tema bastante controvertido. A ella, por la manera de sentarse, de medio lado y apoyando el mentón en la palma de la mano, empieza a notársele un punto de resentimiento por el retraso de las obras. Los constructores, más bien los promotores de obras, siempre tienen esa manía de que alguien conspira contra ellos. Eso ya desde el antiguo Egipto, o al menos en las versiones cinematográficas que nos han llegado, donde a cada instante los capataces pedían que se incrementase el número de latigazos para los remolones.
R es un ser civilizado a medias, y emplea el látigo en forma de bufiditos y carraspeos insidiosos. Es lo que se ve por fuera. Por dentro, sus demonios estarán repartiendo severas azotainas y algún que otro pinchotazo con sus tridentes bien afilados.
El problema es que la piscina la está haciendo su hermano, ya jubilado, que ha desarrollado toda su vida profesional en Bilbao, y toda esa fama que tienen de sólidos y exagerados los de esa provincia la está poniendo él aquí en práctica. Es como si en vez de estarle haciendo una piscina hubiese venido a escenificar un chiste de esos que se cuentan de bilbaínos.
Al estanque, que es como ahora lo llama R, buscando el equilibrio entre lo rústico (alberca) y lo finolis (piscina), le han crecido unos muros tan poderosamente energuménicos que, más que almacenar el agua por las buenas, parecería que quieren disuadirla de cualquier intento de fuga. Esto, haciendo un símil, vendría a ser el Alcatraz de las piscinas.
Para que no se crea que exagero, cuando A, el hermano, hizo el cálculo del hierro que necesitaba para el forjado pidió ya el doble de lo que requería la obra, doscientas barras, y le prepararon cuatrocientas, las mismas que él se trajo de Bilbao. Y, por la sencilla razón de que ya han hecho el viaje, todas han encontrado asiento en esa fortificación.
Se ríe su hermano, dando chupaditas al puro, de estos excesos, mientras todos pensamos que, a pesar de estar cimentada en un risco, esa enorme densidad podría inclinar la vasija y, si bien quedase más que asegurada la estanqueidad del recipiente, se vertiese a la postre el agua por un lado. Más vale que entonces no se le ocurra a R desahogar la rabieta dándole una patada a la piscina, o tendríamos que traer un arqueólogo para que le reconstruyera el pie.
 Hoy estaban de nuevo aquí S y M. Dicen que han venido a comer paella y a ver a la familia y todo eso. Aunque, disimuladamente, vienen también a averiguar por qué no escribo más cosas en este blog y, en la medida de sus posibilidades, a intentar dar un empujoncito. Para esto S, nuestro "arreglalotodo", es único. Estrictamente debe de pensar de mí que no funciono y ha preparado unas cuantas piececitas para arrancarme.
Nada tan simple.
Había grabado un video en su iPhone de las actividades de aquella misma tarde en la huerta de R, ayudando a construir el "sepulcro". Así ha llamado M a la piscina de su madre. Díganme si esto no es provocar.
A la menor oportunidad S me ha puesto su iPhone encendido delante de la cara. Demasiado sabía él que no podría resistirme, así estuviera completamente agarrotado. Sobre todo, claro está, porque no podemos enseñarlo y alguien lo tenía que contar.
La protagonista del video era M. ¿Y quién si no, siendo S, su futuro contrayente (mejor que la cosa quede ahí y no devenga en contraído), el que estaba detrás de la cámara? Aparecía junto a la hormigonera completamente erguida, el rostro ilusionado, con la emoción del que va a poner la primera piedra. Tenía la pala agarrada con las dos manos, no del modo aguerrido y brutal en que lo haría un albañil, sino con un estilo muy "tenístico", como si fuera una raqueta, los brazos completamente extendidos y en posición de soltarle un revés a la pelota. No llevaba las prendas adecuadas, pero perfectamente pasaría M por una tenista rusa. También, visto de otra manera, parecía una niña con un juguete nuevo,  y que nos quisiese dar envidia diciendo:
–Mirad que pala más bonita tengo.
A R se la veía detrás, a unos tres metros,  jibarizada por efecto de la traidora perspectiva. No obstante, diminuta y todo, no cesaba de asesorar a su pupila para que corrigiese aquella postura.
¿Iba a escuchar M a su madre para hacer algo tan fácil?
Estaba encantada con su pala y se ha lanzado al montón de arena como si de un bayonetazo le quisiera sacar las tripas. Lo ha conseguido a la primera.
–¡Tanto rollo!–Parecía estar pensando.
El siguiente paso era acertar con la arena en la boca de la hormigonera, que lo estaba pidiendo a gritos. Se le ha visto hacer un giro de ciento ochenta grados muy artístico, intentando mantener los brazos rectos, y para sorpresa de todos la arena ha caído fuera.
–¡Uy!–Se le ha oído decir a M, porque en realidad el lanzamiento había dado en el aro.
Con idéntica entereza M ha forzado otros cuatro intentos, a cada cuál de ellos más admirada de su poco tino, y con su madre más crecida y hasta deseosa de arrebatarle la pala.
Y ahí concluía el video.
En lo mejor, como siempre ocurre, pues al verse M, y no gustarse nada (afortunadamente todos llevamos dentro un falsificador que permite imaginarnos de otro modo), ha dicho que la quinta palada había entrado.
Con un toque de indignación, perfectamente comprensible por tan notoria injusticia, ha añadido:
–Cualquiera que vea esto pensará que soy una perfecta inútil.
Lo cual, déjenme decir, también es un poco injusto por su parte sacar semejantes conclusiones sobre el criterio de los demás.
S me ha echado otro poco de combustible, dos o tres anécdotas sobre T (que dejaremos para otro día, si el tiempo no lo impide), por asegurarse el éxito en la reparación, ya que no debía de verme completamente conectado. Uno, aún en el papel de máquina averiada, también ha de hacerse de rogar, o lo acabarían tomando por un cualquiera.
Sólo una cosa más, que viene a cuento y se me había olvidado.
Quizá por efecto de haber visto a R tan pequeña en el video se ha estado hablando allí de la profundidad de la piscina. De todos los posibles frecuentadores de la misma a ella es a la única que le cubrirá el agua, es decir, la que mejor podrá ahogarse, no sabemos si esto habrá entrado en los cálculos del hermano. En cuanto a S, debe de quedarle sólo la nariz fuera, aunque él, uña y carne con su suegra, insistía mucho en que también le cubría, en fin que, solidariamente, quería tener las mismas opciones que ella a la hora del ahogamiento. Les digo que nunca se habrá utilizado con más oportunidad la frase esa que dice que "hay pasiones que matan".

martes, 11 de octubre de 2011

APRETAR SIN AHOGAR. ( Erbarme dich de J.S.Bach, cantado por J.Hamari.)

Si Dios no ahoga es gracias a que somos capaces de entonar oraciones como esta, y cantadas de esta manera. Claro que, también, conociendo a la especie humana, y lo mucho que le afina la angustia, podriamos afirmar que Dios aprieta precisamente para poder endulzar sus infinitos días con estas hermosísimas súplicas.
La letra es esta:

Ten piedad de mí, Dios mío,
advierte mi llanto.
Mira mi corazón
mis ojos lloran amargamente ante ti.
¡Ten piedad de mí!

Una vez escuchado esto (con unos buenos auriculares, desde luego) uno puede hacerse una idea bastante exacta del lugar que ocupa  en el universo. Y hasta qué punto, aún arrastrados, puede dignificarnos el arte. ¡Ennoblecer de esta manera nuestra súplica y a quien ha de darnos la limosna! ¡Proclamar  a corazón abierto  lo ínfimos que somos y al mismo tiempo lo suficientemente grandes para hacerlo de esta manera! Tal vez ese Dios al que se ruega ni siquiera exista. Aunque si en algún sitio está encerrado es en las notas de esta bellísima aria.