domingo, 28 de septiembre de 2014

Gota a gota.

(Nota del 8/8/2014. Viernes). He tenido la cabeza todo el día del revés y, a esta hora, ocho de la tarde, mi habitación empezaba a estar completamente boca abajo. De modo que, por cambiar de sitio, me he venido a regar a casa de R. La casa está vacía. He entrado al patio y me he ido directo al grifo. Sólo he tenido que girar la manilla y el agua se ha puesto a caer con un repiqueteo de lluvia domesticada, demasiado declamatoria para mí gusto, sobre la planta que llaman "oreja de elefante", demasiado selvática también, diría yo, para nuestros ojos acostumbrados a estos campos de aquí, pajizos  y requemados. Nada está recogido, sino en el sitio que ocupa otra tarde cualquiera. Silloncitos de plástico rojo algo comido por el sol, con la marca de un refresco grabada en el respaldo, alrededor de una mesa redonda con tablero de piedra artificial; la tumbona azul en el lugar que suele ocupar E., perpendicular a la televisión. Hasta en el cenicero quedan dos colillas, que es algo más que un indicio de que los moradores no se han acabado de ir. A nadie le gusta irse del todo.
El patio está muy tranquilo. Unos pájaros duermen en las ramas del membrillero, al acomodarse remueven las hojas. Se escucha una pelota golpeando la pared del frontón,  hasta aquí llega ese sonido tan leve pero tan nítido, un “plop” etéreo, como el que hace al explotar una pompa de jabón. El frontón esta lejos, a más de trescientos metros en línea recta. Hay de por medio una carretera y dos o tres manzanas de casas, con todo su bagaje y ajetreo: una moto callejeando;  algún que otro  coche; el bocinazo del automovilista que  saluda al pasar a alguien que conoce; otros muchos sonidos indiscernibles, mezclados, amontonados, de magma humano, de campamento a la hora del rancho. Niños que no quieren la cena y protestan. El cloqueo característico que producen al entrechocar  cubiertos y platos. Alguien batiendo huevos para hacer una tortilla. La banda sonora de alguna televisión excitada, no se sabe muy bien si por retransmisión deportiva o por concurso. Entre todos esos ruidos algo desajustados  llega con precisión milimétrica el sonido hueco de la pelota, con un ritmo que recuerda el pulso de un submarino navegando bajo el agua.
Y esa es la sensación que nos va quedando según la noche se cierra, la de irnos yendo hacia el fondo con los ojos cada vez más abiertos para acomodarlos a la poca luz. En la casa vecina alguien sin saberlo nos echa un cabo. Una bombilla se enciende e ilumina de amarillo los lienzos de las paredes que se ven por encima de la tapia. En ese patio no se ha oído nada en todo este tiempo, pero un timbrazo en la puerta de la calle delata que ha habido allí dos personas calladas, dos viejos sentados en sus sillas resistiendo el final del día a pleno pulmón. Se preguntan el uno al otro “quién será” antes de abrir. Parece que es un nieto, con el que hablan de corrido, como se habla con una visita, tratando de que no se noten demasiado los silencios. No acaban de encontrar un asunto que les interese. Hasta que la abuela explica que ella en el patio no tiene flores no porque no le gusten, sino por que la gustan demasiado.  Su habla tiene el tono de quien esta acostumbrado a que no le escuchen. Esa dicción aturullada que tienen los sordos. "Siempre me han gustado, y las he tenido que daba envidia verlas". Pero el año que estuvo mala su madre antes de morirse, en uno de los viajes  que hizo para atenderla, al regresar, se encontró todas las flores secas. De pasada ha insinuado que encargó a alguien esa tarea y no cumplió. Desde entonces ya no ha vuelto a tener flores, “hasta tiré los tiestos para quitarme la tentación”.
La conversación ha desaparecido y han surgido aquí mismo unos cuantos ruidos de la industria doméstica: el motor del aire acondicionado,  el gimiente burbujeo del termo. Son ruidos programados por los habitantes de la casa que han dejado aquí encerrado el fantasma de su temperatura.
                                                       
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Acudí a regar a este mismo patio otro día de verano de hace doce años. El papel donde esto estaba escrito andaba suelto por la mesa cambiando del montón a la caja y de la caja al montón. Con la escusa de que podría perderse, este es el momento de librarlo de su vida errante. Creo que resultará curioso ver estos dos textos uno al lado del otro. Las distintas maneras que tenemos de cabalgar la realidad.    


 (Nota del 24 de Julio de 2002). R. me dejó al cargo de sus cuatro tiestos y sus cuatro gatos. Voy a regar a mediodía.
Las casas vacías ocultan todas algún secreto. Como si las habitasen unos seres silenciosos en ausencia de sus dueños. Unos seres que hablan muy bajito y que al oír la llave en la cerradura interrumpen sus conversaciones de repente. Aunque algo de ellas se percibe al entrar: un ligerísimo eco del último susurro que se confunde con el tic-tac del reloj.
La casa tiene las persianas bajadas y al abrir la puerta la luz se cuela como un ladrón. Esa luz plana y cegadora, dueña de vidas y haciendas, señora de todo lo que alienta en estos territorios, no está conforme con que en su señorío haya éstos rincones en penumbra. Por la puerta se cuelan los sicarios que ella envía. Roban un momento. Asesinan un poco. Y mueren ellos al instante, en cuanto  la puerta se cierra. O quizá esos soldados incendiarios se despojen de sus armas y corazas y, seducidos por el frío tacto de las baldosas en la planta de los pies descalzos, se hagan de la secta contraria, la de los seguidores del agua, la nube y el charco. La mía.
Los gatos perezosos están derrumbados en el sosiego del patio, dormitando encima de las mesas o en el alero de la pared medianera. Levantan la cabeza al verme entrar y vienen tambaleantes a rozarse con mis pantalones impregnados del olor de alguna hierba silvestre que les hace abrir la boca como si fuesen a estornudar. Lanzan uno o dos maullidos filosóficos en demanda de  comida. Avanzan detrás de mí sin prisa y ponen el gesto de la gente empachada al ver que se les llena el plato. Mastican un poco de alimento con desgana y vuelven desmayados a buscar la sombra de la parra. Allí se quedan tirados con esa manera de dormir exhausta que tiene la gente noctámbula.
R. ha dejado los tiestos todos reunidos alrededor de la pila en dos escalones como una isla de vegetación espesísima. Dirigir la manguera hacia esta pequeña jungla y arrojar agua a placer nos puede hacer caer en la fantasía de que pudiésemos hacer llover sobre cierta porción de la tierra.
No digo que como señor de las aguas yo sería bueno. He traído a este minúsculo reino unas lluvias tan recias que tumbaban las plantas y escarnecían el suelo. ¿Pero cómo no inventar un diluvio en este territorio muerto de sed? Y aún  no he quedado satisfecho: si hubiera sabido algo de magia, algún conjuro certero, os aseguro que ahora mismo todos los arroyos y ríos vendrían crecidos y no quedaría ninguna fuente ciega, ni manantial seco, ni regato que no corriera. Y, desde luego, garantizo que nadie tendría que volver a encender un motor de riego en esta parte del globo.
¿A que se nota que me he pasado la mañana arreglando el motor de sacar agua (de nombre Campeón, que tiene guasa) y que es la cuarta reparación de la temporada? ¡Y todavía a 24 de Julio! ¡Con lo que aún queda por regar!

domingo, 14 de septiembre de 2014

Algo más que una "boutade".

Frase oída a Gonzalo Suarez en una entrevista.
Cada uno vive de sus propias tonterías, y el mantenimiento de la tontería durante largo tiempo se llama estilo.

No confundir con el estilismo, donde hay una gran mezcolanza de tonterías: la del estilista, la del estilizado, la del estafador, la del estafado. Y las dos partes, dantes y petrarcas (perdonen el chiste) a cuál más contento de haberse conocido.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Quién habrá enseñado a los hijos que los padres servimos para esto.

Su tía C. había contestado a su sugerencia y ahora intentaba la misma jugada conmigo.

—Haber papa, tu que manejas bien la lengua, dime diez adjetivos que me definan.
—Yo la lengua no la manejo, si quieres que te laman el culo el perro está ahí en el patio esperando también que le hagan un poco de caso.

Suena dura la respuesta, y quizá ni siquiera así sirva.
Seguramente no podamos evitar que nos disparen, pero no hay necesidad de que seamos nosotros quienes entreguemos a los demás las escopetas cargadas.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Plomo en las alas.



(2/agosto/2014). Paso todos los días por delante y miro ese dibujo en el suelo que es el contorno, trazado con líneas blancas y pintura persistente, de una paloma. Está ahí pintada desde el día del Corpus, como queriendo echar a volar pero sin lograrlo. Sirvió de guía para hacer esa figura en la alfombra de serrín coloreado que hacen para esta celebración.
Ahora parece tan sólo que los forenses tuvieron tendido ahí un cadáver.
Algunos días paso y hay un coche aparcado con la rueda apoyada en un ala o en la cabeza.
Hay un gran número de cuestiones insustanciales de este tipo que me dejan perplejo. Y, cuando me ocurre, no hago más que darle vueltas al asunto.
Las gentes de Iglesia son unos grandes especialistas en todo lo referente a símbolos. La propia Iglesia se sustenta en símbolos, liturgias, representaciones trascendentes, parábolas. El pan es el cuerpo de Cristo. El vino: la sangre de Cristo, etc… La hinchazón simbólica de la Iglesia es muy patente. Y es uno de los aspectos que la Sacra Institución cuida con más esmero. No hay más que ver los gritos que pone en el cielo ante la menor falta de respeto o el más leve gesto de desacato a las imágenes y representaciones de sus santos. Y me parece lógico que lo haga. Siempre que sean sólo gritos y no vaya por ahí acogotando o degollando como usa la hueste musulmana.
Lo que extraña es la apatía y el relajo con que han afrontado este asunto.
Esa paloma no significaría nada como paloma. Aquí tenemos palomas para aburrir. Nos sobran las palomas y lo mismo daría una más o menos. Pero, o yo me confundo, o esa paloma representó en su día al Espíritu Santo, y quizá no sea manera de tenerlo ahí expuesto, aunque sea en efigie, abandonado a su suerte y sometido a las distraídas e involuntarias vejaciones de todo el que pasa, como si el Espíritu Santo en vez de haber ocupado ese lugar del pavimento con el expreso propósito religioso de enfervorizar a los orantes y realzar el paso de la Custodia, (y también estimular al séquito de reporteros, que ya son mayoría en estas celebraciones) hubiese quedado allí tirado en el suelo lo mismo que la pieza abatida en una cacería que no hubiera sabido encontrar el perro.

martes, 9 de septiembre de 2014

El catón.

(1/ Agosto/ 2014). Patio de R./Clásica cerveza con repiqueteo de pipas. L., este nombre difícil, comprometido, para una niña de meses, no se duerme. Han ensayado alterarle la hora del biberón. Y no admite tomaduras de pelo. Ninguna desviación del tema principal de su existencia: la comida. Tomo a L. a peso, tiene unos muslos llenos de repliegues que, si se mantuviesen así, sigo la línea argumental de su abuela, tal vez fuesen una salvaguarda a las clásicas desviaciones de conducta que presenta el género infantil en esto que llaman mundo civilizado, y que podría quedar reflejado en aquella indicación que le hacían a Lisa Simpson al entrar a una tienda para comprar un vestido: "si buscas ropa pija, cásual o hippy en este lado, el look  prostituta infantil lo encontrarás al fondo".
La niña pasa llorando, sin lágrimas, unos berridos secos, como órdenes precisas, de mis brazos a los de su padre. En los de su padre se calla un momento. Aventuro que tal vez su padre ya influya algo, que a ella le guste más, considere que es tierra de promisión, que vaya a obedecerla mejor, y esa esperanza de obtener lo deseado la tranquilice. Pero al poco llora de nuevo. Su abuela R., el realismo personificado, dice que ni padre y ni madre ni el "ay-ay-ay", que todo el consuelo le viene de la tetina del biberón. "¿O qué te crees?" Pregunta. "Tonterías las justas". Aclara. Y, sí, L. ha mostrado por hoy no tener más que un instinto básico, o por mejor decirlo un solo cariño verdadero: su estómago, la comida. Cuando alcance un cierto grado de educación logrará que no se le note tanto.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Bovinus vobiscum.

La vaca inseminada le dice a la copulativa:
–Maternidad pura es lo mío. Lo tuyo sólo relativas consecuencias.

Monocultivo.

–Te va a hacer daño tanta patata.
Miro y veo no un hortelano tronchado por el trabajo con la azada, estamos en tiempo de recolectar la patata, sino a una madre pizpireta y a un niño gordito.
–Ya es la cuarta bolsa que te comes.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Descarriado y descarrilado.

Leo unas cuantas notas sueltas de estos cuadernos a R.. Le parecen bien.
–Las pondría en el blog. Pero la pantalla me pone tonto y empiezo a ir con pies de plomo hasta que me paro. Aunque esto, según está, valdría.
–Ya lo creo que valdría.
–Bastaría con no hacer mucha selección. Poner y poner notas, como si se tratase de un gran borrador. Contarlo todo sin discriminar. Todo lo que se pueda, claro. Lo que nos entre por los ojos. Con sentido o sin él. Sin buscarle sentido. Observaciones  primarias, secas. Muchas veces estoy tentado de hacer esto con estas notas. Dejar que se desborden y me desborden. No sé por qué no lo hago.
R., con una antena sigue mi discurso, y con la otra al tábano terrizo, moscón, avispón, o lo que sea, que la pica, y al que es alérgica. Sin quitarle ojo al moscón, finalmente dice:
–No lo haces porque eres una oveja descarrilada.
–¿Descarrilada?
Se ríe.
–Ahora mismo lo anotó.
–¡Ay que lapsus, Dios mío!
–Ves a lo que me refiero. Esto debería convertirse en un apunte que dijese simplemente: "Era oveja descarriada, hasta que descarrilé". O cualquier otra de las infinitas posibilidades que tendría una frase como esa.
–Es buenísimo lo de oveja descarrilada, no me digas.
–Ya lo creo.
Hemos estado un buen rato riendo de este descarrilamiento.
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Dice Ferlosio, glosando a Piaget, que a los niños de poca edad si se les pregunta: "¿con qué se piensa?", contestan casi siempre: “con la boca”. Y añade, tras analizarlo, un curioso detalle, que el sonido “mmm” es el único posible para representar o expresar con justeza la acción de pensar. Yo iba a agregar que de mayores también pensamos con la boca, como se ve por estos lapsus. Pero es mejor decir que en los lapsus es la boca la que piensa por nosotros, que no es exactamente lo mismo aunque lo parezca.