domingo, 15 de enero de 2012

Al buen tuntún.

Hay hermanos mayores que, desaparecidos los progenitores, suelen heredar las zozobras paternas respecto a las vicisitudes de la camada, y sobre todo en lo referente a los asuntos de la salud, que es donde los hermanos menores les dejan inmiscuirse considerando que ese intervencionismo es siempre bienintencionado. En este aspecto, mi cuñada consorte C muestra un comportamiento ejemplar. Ante los excesos de consumo de dulce de su hermana R durante las Navidades, C ha mostrado una forma de preocupación agitada, puntillosa si cabe, ha querido saber qué día le tocaba a R hacerse los análisis.
El descreimiento de que hace gala C, le ha llevado a no hacer caso de informaciones más o menos sesgadas, las que el resto de los miembros de la familia que estuvimos presentes en esos excesos le proporcionamos con un punto de amarillismo, y atenerse única y exclusivamente a los resultados de los informes clínicos. Ante un análisis no sirven las apreciaciones personales, o para decirlo de una manera más gráfica, los análisis no entienden de Nochebuenas o Nocheviejas.
C ha quedado relativamente sosegada cuando su hermana le ha comunicado que los análisis le tocaban la próxima semana.
Lo cierto es que a R, la hermana menor, le conviene vigilarse, pues la diabetes está esperando un descuido para hacerla de su secta. Hay enfermedades que producen en el individuo los mismos efectos que el ingreso en una institución religiosa. Esta es una de ellas, una enfermedad de las que imprimen caracter.
Hasta aquí la parte inteligible de este asunto, todo lo que a continuación se narra, verídico y palmario, pertenece a ese tipo de actividades humanas que más vale no intentar entender si no queremos volvernos locos.
La escena de la hermana preocupada tuvo lugar en una amena reunión familiar de última hora de la tarde. R, la hermana menor, cuando C, la hermana mayor, ya no estaba presente, mostró gran preocupación por las preocupaciones de su hermana respecto a ella, y nos recomendó que no le calentáramos la cabeza contándole cosas disparatadas sobre su dieta, porque se preocupaba "de verdad".
 Éstas advertencias se produjeron durante la cena. Concluida esta, inspeccioné las partes más expuestas de la cocina en busca de algún dulce para reponer los azucares gastados durante el día. Allí, a la vista, encontré una bolsa con rosquillas fritas de una panadería que no solemos frecuentar. Pensé que aquellas rosquillas serían alguna exquisitez a las que sólo aquel panadero era capaz de dar el punto. R es aficionada a dejarse aconsejar cuando sale de compras. Haciendo cola en las tiendas hay una gran cantidad de gourmets camuflados dispuestos a mostrar a sus semejantes las delicatessen ocultas del comercio local. Habituado a los desengaños tome una de aquellas rosquillas con suma prudencia. Al primer mordisco percibí en mi boca una enorme densidad, por lo que comprendí inmediatamente por qué, gravitacionalmente, me había sentido atraido hacia ella.
Al mostrarle aquel artefacto gastronómico marcado por mis dientes a R, me dijo escuetamente que las rosquillas las había traido su hermana. Casi me atraganto al oírlo.
–No quiere que comas dulce y te trae una bolsa de rosquillas–. Dije.
Me explicó de un modo un tanto enredado que las había traído aquí para quitárselas de encima, para no tenerlas en su casa, ya que a ella las golosinas le producían una gran ansiedad y si estaban a su alcance no dejaba de comerlas, lo que comportaba horribles desajustes de su silueta.
No sé por qué, a veces, no me conformo con la primera explicación que me dan, e insisto tontamente en hacer averiguaciones, cosa bastante contraproducente para encontrarle un sentido a las cosas.
–No creo –dije– que estas rosquillas le produzcan la menor ansiedad a tu hermana. En cualquier caso, si te las trae a ti, sus preocupaciones por tu salud aumentarán.
Buscando un punto de salida al enredo, pensé, sin decirlo, que tal vez las preocupaciones la ayudasen a mantener su peso.
Entonces R me ofreció una segunda versión de los hechos más creíble, aunque no menos rocambolesca. Su hermana C había ido a visitar a una enferma, allí, aquella mujer, le había sacado una bandeja repleta de dulces, en su mayor parte regalos que otras visitas le habían llevado anteriormente. C correspondió educadamente al convite de la convaleciente haciendo una variada degustación, encontrando en aquella cata un pastelillo de hojaldre, relleno de crema, muy de su gusto. Los mismos elogios con los que acompañó la ingesta de aquella golosina, le llevaron a preguntar por su procedencia, y la enferma le detalló la panadería donde lo elaboraban, un establecimiento que desde ese mismo momento C se prohibió visitar para no sentirse tentada. Pero si por algo se distingue el ser humano es por su capacidad para estimularse con sus propias prohibiciones. Al día siguiente estaba C presentando sus credenciales en aquella panadería, y preguntando por aquel pastelillo seductor. La mala suerte es que los pastelillos se habían acabado y sólo por cortesía, para no salir de la tienda con las manos vacias, había comprado aquellas rosquillas. A los tímidos les pasa eso a menudo.
¿Explica esto por qué las rosquillas habían llegado a nuestra cocina a pesar de las graves preocupaciones de la donante? Podría decirse que sí. Las hermanas comparten esta manera de agasajarse. Es una curiosa modalidad de reciclaje. Cuando yo aún no sabía que C nos había traido aquellas rosquillas descalabrantes, contemplé  absolutamente estupefacto cómo R le daba a su hermana tres cuartas partes de una barra de turrón con el que el día anterior había estado a punto de  indigestarse. Le oí decir al entregarle el regalo: "Llevateló, está muy grasiento y me sienta muy mal".
Uno trata de hacerse una idea de cómo sus semejantes conciben el mundo, lo que no es fácil, pero en este caso algo está muy claro, en un mundo diseñado por ellas todas las mercancías llevarían inscrita esta cláusula: "regalesé en caso de no usarse".

sábado, 7 de enero de 2012

Reyes metafísicos.

Aunque dije que dejaría mis botas en la ventana por ver si me traían algo los Reyes Magos, lo hice sólo por gastar una broma. Luego se me olvidó y las dejé como todos los días al lado de la lumbre, con los calcetines sucios metidos dentro. Una fea costumbre, pero muy práctica, por la facilidad que tienen los calcetines para perderse.
Cuando me levanté de madrugada y abrí los tiros de la chimenea, mientras veía nacer el fuego por una grieta de vivo color rojizo del tronco carbonizado, consideré muy seriamente la posibilidad de que los Reyes Magos hubieran estado allí. Era fácil imaginar con cuánto escepticismo habrían contemplado las botas, mirándose entre ellos y moviendo la cabeza. El espectáculo de los calcetines sucios durmiendo como animalitos en el interior era para desmoralizar a cualquiera. Estuve sonriendo un buen rato, viendo saltar chispas del tronco, e imaginando su gesto de incredulidad. ¿Quién que pretenda recibir un regalo de Reyes puede hacerlo con semejante grado de improvisación?
Pasado este momento gozoso, ha sido para mí una sorpresa, cuando he ido a retirar los calcetines para dejarlos en el cesto de la ropa sucia, constatar que sólo había uno dentro, el otro había desaparecido. He indagado, sin dar pistas, sobre su paradero. Mi familia ni siquiera acababa de entender mi pregunta: "¿alguien ha cogido un calcetín usado de una de mis botas?"
He provocado sus carcajadas cuando les he dicho que creía que los Reyes Magos se habían llevado uno de mis calcetines sucios. Concluidas las risas todos me han hecho la misma pregunta: "¿para qué iban a querer los Reyes uno de mis calcetines sucios?".
–Bueno, –les he dicho– tal vez alguien haya pedido un calcetín con aroma a "finas hierbas" y no lo hayan encontrado en otro sitio.
Una respuesta poco convincente. Luego, ya a destiempo, se me ha ocurrido algo que encajaba un poco mejor.
–Lo querrán para meterlo en el filtro de la lavadora, que es donde aparecen todos los calcetines desparejados.
A veces no me hago entender. Creo que mis prójimos han interpretado que estaba ironizando sobre uno de nuestros misterios domésticos, el de la desaparición de calcetines, la prenda más huidiza que conozco. Pero no, lo que quería decir es que no hay mayor regalo que el reencuentro con algo que creíamos perdido. Ergo, si te esconden un calcetín……te están regalando la posibilidad de encontrarlo.
Como se ve, es muy difícil, una vez que se ha pensado en ellos, que los Reyes Magos le dejen a uno sin regalo. Aunque no sea más que un poco de metafísica.

lunes, 2 de enero de 2012

Buenas voluntades.

La carne de la cena de fin de año estaba dura. Como todos tendemos a ensalzar lo que en estas fechas se pone en la mesa, a los comensales aquella masticación gomosa les facilitaba la tarea del elogio. La boca impelida a abrirse por aquel efecto muelleante animaba a proferir palabras, con objeto de que la molienda fuese más entretenida, de modo que aquella carne tan dura recibió muchos más calificativos venturosos que si hubiera sido tierna y fácil de tragar. Algo que suele ocurrir bastante a menudo con las obras de carácter intelectual.
Un hecho curioso que hay que resaltar, es cómo, a continuación, y de la manera más inocente, es decir, sin que por parte de los comensales hubiese la menor intención de relacionar una cosa con la otra, (y eso que todavía estaban sobre la mesa dos de aquellos pedazos de carne a los que hubiera sido fácil incriminar), ni se advirtiera en ello la más remota sombra de ironía, cada cual fue haciendo referencia a las debilidades de su dentadura, mostrando el propósito de enmendar aquellas deficiencias con la entrada del nuevo año.