lunes, 26 de enero de 2026

Recuerdo pandémico

(Nota sin fecha). Ayer nos llamaron para lo de la vacuna. Estábamos podando R y yo. Primero me llamaron a mí. Uno de esos largos números de la administración. Estamos llamando a la franja de edad de 60 a 65.¡Franja de edad! Vaya manera de hablar de las personas. Dije que sí. Astra Zeneca. Mañana a las tres y media. Tenía una voz bonita mi ángel exterminador. Una cosa poco valorada de las mujeres es la hermosa voz que tienen. Su voz sola casi siempre es mejor que el mueble al completo. Si algún día me quedo ciego, deriva hacia la que mis vicios lectores y los azares de la vida me van encaminando, oyéndolas hablar me va a parecer que estoy en aquel paraiso que imaginó Mahoma, repleto de huríes "que, aun siendo perfectas en su belleza, no provocaban tedio". 

R sonrió cuando le dije para lo que llamaban. En cualquier conversación sobre el asunto ella era favorable al pinchazo. Muy provacunas. Yo era escéptico. Se me ocurrió al instante equilibrar la marcha del mundo.

"¿Qué te parece si devuelvo la llamada y digo que te la pongan a ti primero? Ya que te gustan tanto los anticuerpos"

La muy pu..dijo que no, no, que ella prefería esperar para ver qué tal me sentaban a mí.

"O sea que toda tu devoción por la vacuna era de boquilla."

Se descojonaba. No tuve más remedio que sacar una conclusión. Dije:

"Como siempre ocurre los cobardes a primera línea de fuego y los valientes a la retaguardia. Por eso parece que los valientes siempre ganan".

Estaba encantada con tener una cobaya a la que poder observar de cerca.

Llevamos la broma hasta el puro esperpento.

Yo era un hombre trombotizado por culpa de la vacuna (miraré luego relación etimológica entre trombo y trombón), con la boca torcida y medio lado paralizado. R me traía al campo. Había que seguir con la poda. Qué culpa tenían los olivos si a mí me había dado por retorcerme. Ellos también seguían allí después de todos los retorcimientos que les inflinge nuestro caprichoso clima. Yo estaba en una silla de ruedas, atado como el Cid, cuando cabalgó despues de muerto y conquistó Valencia. Sólo estaba allí para indicar. Corta esa rama. Corta esa otra. El esperpento tiene dos finales. R al cortar se confunde de rama, a mí me da un penterre y me caigo de la silla. Muero como Vito Corleone. (Ahora no sé si era Vito o Michael). Ese es el final poco imaginativo inventado por R. El mío es distinto. La rabia por el desafuero transforma un poco de mi sangre en ácido clorhídrico, gran desatascador, se licúa el trombo y recupero la verticalidad. R al ver el milagro se desmaya. La traigo al Centro de Salud. ¡Centro de Salud! (Llamar Centro de Salud a lo que siempre se llamo Enfermería. Por equívocos como estos empezó la carcoma a horadarnos las meninges, para que asumamos como lobotizados las ocurrencias descabelladas de la gentuza que nos gobierna). Y allí dicen que, en efecto, es un trombo, una enfermedad rara que les da a los que asisten a un milagro.

"Eso es que te lo has creído tú". Repetía R mientras yo relataba aquel final.

He preconizado: "A tí también te van a llamar". Y ella que no, que en el Centro de Salud no tenían su número. Estaba intentando que se apostase algo conmigo cuando ha sonado el ring ring de su teléfono. Todo el cachondeito se ha acabado de repente. Ha hablado con su ángel exterminador como si fuese una mujer circunspecta, la muy disoluta. A las cuatro menos cuarto le tocaba a ella. Me he puesto a recitarle "el llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías" adelantando la hora de la cornada.

A las cuatro menos cuarto de la tarde. Eran las cuatro menos cuarto en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sabana.

"No te creas, que me da respeto". Decía ella. Y yo: "Hasta nos va tocar del mismo frasco. Eso para que te enteres, desertora".

Hoy, a la hora de la inyección, lo peor ha sido ver a toda nuestra retorcida, anquilosada y algo záfia generación allí reunida haciendo cola. Los nacidos en los cincuenta somos multitud. Había allí más de cien personas.¿Para qué habrían venido todos a la vez si cada uno tenía su hora? He hecho la pregunta para mi coleto, en voz tan baja  que sólo pareciese un pensamiento, pero he oído que alguno de los que estaba por allí  cerca, emboscado detrás de la mascarilla, ha mascullado: "a ti que te importa". Sólo una mujer ha dicho que había venido más pronto "para descuidar". Había allí siete u ocho voluntarios de cruz roja con chalecos amarillos para dirigir el tráfico. Uno de ellos le ha contestado a esa mujer que aquí de descuidar nada, que se pasaba lista y cada uno a su hora. Me ha parecido que tenían alguna merma psíquica o que estaban poseídos por un afán delirante de sentirse útiles o muy necesitados de ejercer la autoridad. Después de nombrados y una vez dentro del vestíbulo del centro de salud que hacía las veces  de granja pandémica uno de estos chalecos se colocaba a tu lado y te iba dando ordenes como si fueses su perro. "Da un pasito, así, un poquito más, eso es, pégate a la pared". De milagro se ha salvado mi adiestrador de una dentellada ¿Y para qué teníamos que estar dentro de aquella sala doce personas pegados a las paredes ejercitándonos en aquel ridículo ballet milimétrico? Tal vez, para que nuestro sistema inmunitario se reforzase segregando santa paciencia tragándonos otra de tantas ceremonias ridículas que llevamos soportadas. El pinchazo ha sido leve. Mientras la vacunadora me aguijoneaba  he preguntado si los del chaleco estaban vacunados. "Esos han sido los primeros". Espero que la vacuna no incremente el afán controlador del homo hispanus  o no va a haber quien pare en este país saturado ya de suyo de capataces y encargados.

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