domingo, 13 de septiembre de 2015
sábado, 12 de septiembre de 2015
Zona cero.
Oigo a dos hablando de las Fiestas. Según se deduce, les gusta vivir las Fiestas intensamente. "A tope".
Seguramente hay una mayoría con esta pulsión. Por eso los Ayuntamientos se emplean tan a fondo en preparar este gran charco. Saben que la valoración de su mandato depende de este revolcadero público.
Estos dos vienen pegando patadas a los vasos de plástico que ruedan por el solar asfaltado de la plaza. Papeles y botellas con restos de liquidos de un color casi fosforescente abundan alrededor del tablado. Visto a esta hora temprana, el tablado vacio envuelto por la tela morada, las banderitas de plástico tremolando sobre la cabeza, nadie hubiera dicho que aquí anoche hubiese habido tanto oleaje. La multitud y el azote musical: tanta batalla para tan banal despojo.
Oigo decir a los dos extenuados rondadores que las Fiestas o las vives o no las vives, pero que a medias: "¿qué coño es eso de vivir la fiesta a medias?"
Son jovenes. En sus palabras se atisba .cierto resentimiento, como si alguien de la cuadrilla hubiese abandonado el barco antes de que estuviese completamente hundido. Los dos llevan puesta idéntica camisetilla, la de su peña, con el nombre de todos los que se han juramentado para pasárselo bien. Pasarlo bien puede resultar un trabajo demasiado pesado, de ahí la tendencia a recurrir al grupo para solventarlo y que entre quienes comparten el mismo tajo no haya desertores.
"Las fiestas hay que vivirlas desde dentro". He escuchado esta frase justo cuando nuestras trayectorias se intersecaban. He sufrido un pronto que ha hecho que me pare en seco. Iba a hablarles como el mismo Zaratustra cuando bajó de las montañas. "Yo podría deciros lo que es vivir las fiestas desde dentro". Gracias a dios lo he pensado mejor y he seguido mi camino sin abrir la boca.
Iba a decirles que vivir las fiestas "desde dentro" es una fruslería de aficionados, que cuando se sabe lo que es una fiesta de verdad es cuando vives dentro de su tubo digestivo, y si te toca en el reparto asistir a la función desde el intestino grueso, (no digamos si además es en la porción del recto), eso ya es el acabose.
Como estos dos no tienen por qué saber que mi casa forma parte del recinto ferial, un sitio del que los propios feriantes, una vez colocada la mugrienta chatarra que llaman atracciones y tirados los cables por el suelo, huyen a calles más tranquilas para instalar las caravanas que les sirven de vivienda, he hecho bien, creo yo, callandome. Por menos de nada me habrían mirado conmiserativamente, y habrían creído que les contaba una batallita. A la juventud le gusta inventar el mundo y es lógico que se defiendan de los que, contándoselas, quieran robarles las vivencias que aún no han tenido.
Como estos dos no tienen por qué saber que mi casa forma parte del recinto ferial, un sitio del que los propios feriantes, una vez colocada la mugrienta chatarra que llaman atracciones y tirados los cables por el suelo, huyen a calles más tranquilas para instalar las caravanas que les sirven de vivienda, he hecho bien, creo yo, callandome. Por menos de nada me habrían mirado conmiserativamente, y habrían creído que les contaba una batallita. A la juventud le gusta inventar el mundo y es lógico que se defiendan de los que, contándoselas, quieran robarles las vivencias que aún no han tenido.
Para no pasar por un viejo chocho y dar algo de fuerza a mis argumentos, cualquier año de estos voy a presentar mi candidatura a personaje egrejio de la localidad (Olivo de Plata), por la abnegación demostrada al servicio de la diversión pública, patrocinada y financiada con alevosía y nocturnidad por los regidores del Ayuntamiento, durante los últimos treinta años.
A ver quién me tose, cuando mi heroica vida de pelo del culo de las verbenas quede avalada por tan prestigiosa condecoración.
domingo, 14 de junio de 2015
Plátanos negros.
(Reflexiones dislocadas e irónicas de un padre a la hora del desayuno delante de un frutero.)
De nuevo amontonados en el frutero unos cuantos plátanos con la cáscara negra.
Pasados. ¿Cuántas veces ha visto repetida la maniobra? El niño o la niña no
quieren fruta, pero saben que esa declaración frontal chocaría contra la reglamentaria dieta que deben seguir los niños y las niñas. Por tanto si hay peras, manzanas
o naranjas, a la hora de la fruta, preguntan: "¿no hay plátanos?" Es
tremendo que en la casa no haya plátanos, la fruta que a él o a ella le gusta.
Generalmente basta con que se entreabra esta puerta al victimismo tramposo, un
truco tan utilizado hoy día para reivindicarse, (y del que siempre se saca agua
por muy gastados y viejos que estén los arcaduces del artefacto) para que se acabe
produciendo un empate técnico: el niño no comerá fruta para compensar el fallo,
el descuido, de que no haya plátanos, precisamente la fruta que a ellos más les
gusta.
Para la siguiente comida ya habrá plátanos en el frutero.
Quizá desaparezcan del racimo una o dos piezas, como le faltan al que tiene allí
delante. El resto quedarán en el frutero ennegreciéndose hasta que vayan al
cubo de la basura. Cuando el niño tiene plátanos a su disposición, decide comer
yogurt, o comer fruta en otro formato, por ejemplo, el trozo de guinda que
traen como adorno algunas galletas.
Si eres un reaccionario y mal padre, la segunda vez que los
plátanos se ponen negros en el frutero, decides no comprar más plátanos con lo
que el hijo obtendrá el doble placer de no comer fruta y de sentirse una
víctima crucificada, con certificado de calidad. Si eres un padre consentidor
(¿tolerante?) seguirás tirando plátanos a la basura de por vida y tu hijo
tendrá que seguir fingiendo que le gusta la fruta y será un ser sin futuro. Sin
un expediente de agravios que le avale, su vida tendrá una tonalidad muy tibia,
le faltará combustible. Y más vale que aprenda a disimular entre los de su
cuerda, ya que si llega a saberse que es un ser comprendido, se convertirá en
un auténtico apestado.
¿Por qué todas las tendencias pedagógicas y educativas
siguen esta tendencia del padre lacayo? Tal vez se crea, y esto es lo que se pregona, que este método tiene
como finalidad suprimir de la vida humana la mayor cantidad de infelicidad
posible (como si un buen berrinche no proporcionase un excelente y
satisfactorio momento de placer), pero no es así. Son los mercados que también
mandan en esto. O la sociedad de consumo que se decía antes, cuando la palabra
mercado significaba civilización y no carroñerismo, depredación, o todos los
demás baldones que la patrulla mediática le ha tirado encima.
El padre reaccionario que dejara de comprar plátanos se
convertiría en un obstáculo en la dinámica del comercio. Pues como consecuencia
de su negativa el hijo no tendría que fingir que le gusta la fruta, podría ser
él mismo, él en su más pura autenticidad, algo con lo que los adolescentes (esta adolescencia indefinida y transversal que en nuestro mundo infiltra tantas edades)
disfrutan como monos, y además podría presentar credenciales de perseguido e
incomprendido, que es el súmmum de la realización personal. Estos adolescentes
que se sienten realizados al sufrir la incomprensión de sus padres necesitan
menos mercancías para sobrellevar sus vidas que los adolescentes frustrados por comprendidos, a
los que hay que consolar con subproductos que sustituyan el odio a su
progenitor y el jugo de autenticidad que produce la conciencia, tanto da si
real o inventada, de sentirse marginados.
Por lo que se refiere a los padres consentidores,
desde el preciso momento en que intentan huir de la infelicidad con estos
procedimientos tan equivocados, se les queda incorporado ese sistema de drenaje
y suelen llevar existencias basadas en ortopedias muy caras: alcohol, bricolage,
turismo, actividades reivindicativas de todas las injusticias mundiales,cirugía
estética, pasiones hipocondríacas, coleccionismo etc.
La sociedad necesita este tipo de educación. Por eso saca del arsenal los calificativos más gruesos a la hora de neutralizar a los padres que no se atienen a la didáctica programada. La
sobreabundancia de mercancías y la necesidad de consumo respaldan este
procedimiento educativo. Nuestras sociedades, supuestamente ricas, son sólo
artilugios donde el dinero se mueve mucho para que lo parezcan.
No es por casualidad que en las sociedades pobres, si es que
puede decirse que lo son aquellas donde no hay esta necesidad compulsiva de consumir, se
dé poca o nula cabida a estos postulados educativos de la "tonterancia” y
surja con extraordinaria naturalidad el padre espartano.
Y aquí se le acabó el café a este padre madrugador, y también las ganas de seguir dando palos de ciego a cuento de aquellos plátanos tan negros. Aunque, con una ligera sonrisa en los labios, aún tuvo espacio para pensar (ninguna locomotora frena en seco) que había oído decir alguna vez que el plátano era la única fruta que no podía licuarse, a la que no podía extraérsele el zumo. Puede que eso ocurra cuando se emplean métodos científicos poco eficaces, y no este método de los palos de ciego, que tan buenos resultados le ha traído a la humanidad desde el principio de los tiempos. Y ya con esto, definitivamente, el padre reflexionador abandonó la cocina llamado por obligaciones de categoría menos escurridiza.
domingo, 24 de mayo de 2015
La campaña.
En alguna calle del interior y en las carreteras, sobre todo
en las carreteras, señal de que la propaganda va dirigida al transeúnte más que al residente, (las estadísticas deben de indicar que en estos pueblos son más
los circulantes que los estables), han colgado pancartas de un tejido tan
liviano que el aire que estamos teniendo en este mayo vesánico levanta y
enrosca con facilidad.
Sé que estas campañas las diseñan eminentes conocedores del
subconsciente humano, y que lo tienen todo calculado al milímetro. No hay más
que ver cómo han evolucionado los colores de los tejidos de que están hechas
las pancartas, el rojo del socialismo es más rojo que nunca y el azul de la
derecha alcanza una palidez que destila inocencia.
Me atreveré, no obstante, a sugerirles para próximas
campañas un par de cosas. Primera, que tengan en cuenta el movimiento que han
de hacer las pancartas al ser levantadas por el aire. A estas pancartas les
iría bien imitar el modo en que volaban las faldas de Marilyn Monroe, no en el
sentido literal, es decir que los soplidos hiciesen aparecer en estampa los
muslos de la concejala más proporcionada, sino que tuviesen un contenido
agradable de observar, un aliciente que despertase nuestra curiosidad, por
ejemplo una serie de letras o mensajes que no se viesen cuando el trapo está
quieto, pero que formasen frases o palabras bonitas cuando se estuviese
agitando. Palabras que se agarrasen al corazón de los votantes y les hiciesen
acudir a las urnas perdida su capacidad de raciocinio y ciegos de buenos
sentimientos, que parece ser el modo de manipulación más
efectivo para pastorear a los pueblos.
La idea de la pancarta me ha venido a la cabeza recordando un centro comercial de Leganés que vi hace dos o tres años. Los largos pasillos llenos de tiendas estaban adornados con letras de grandes dimensiones y en relieve que formaban palabras como paz, solidaridad, ética, bondad, comprensión, tolerancia, amistad, amor, justicia, equilibrio, dignidad, y así sucesivamente otros muchos anestésicos bienintencionados, parecidos a los que estos últimos días venimos oyendo a mansalva. El centro comercial era un impresionante ejemplo de pornografía idealista dirigida a condimentar al consumidor, que ha de estar saturado de ideas genéricas y deseoso de ser otro, para quedar en su punto. Tal como las campañas electorales van dirigidas al cocimiento a fuego lento de un electorado que aspira con su papelito a cambiar el mundo que le rodea, o eso que llaman su entorno. Nada menos.
La idea de la pancarta me ha venido a la cabeza recordando un centro comercial de Leganés que vi hace dos o tres años. Los largos pasillos llenos de tiendas estaban adornados con letras de grandes dimensiones y en relieve que formaban palabras como paz, solidaridad, ética, bondad, comprensión, tolerancia, amistad, amor, justicia, equilibrio, dignidad, y así sucesivamente otros muchos anestésicos bienintencionados, parecidos a los que estos últimos días venimos oyendo a mansalva. El centro comercial era un impresionante ejemplo de pornografía idealista dirigida a condimentar al consumidor, que ha de estar saturado de ideas genéricas y deseoso de ser otro, para quedar en su punto. Tal como las campañas electorales van dirigidas al cocimiento a fuego lento de un electorado que aspira con su papelito a cambiar el mundo que le rodea, o eso que llaman su entorno. Nada menos.
Y en segundo lugar les aconsejaría que las pancartas no se
transparentasen, con el fin de que no pudiesen leerse nada más que por la cara
buena: VOTA, y no, como ahora ocurre, que puede leerse por la parte de atrás la
palabra al revés: ATOV. Esto es lo que yo leo en la tela roja que cuelga a la
altura del cuartel de la guardia civil. Y como soy algo distraído y bastante
olvidadizo, todos los días sufro el vértigo de encontrarme en otro sitio, y doy
en pensar que el Comité revolucionario se ha colocado el tricornio, o al revés,
que los tricornios han tomado la iniciativa y han salido a degollar burgueses
o, a falta de éstos, a esquilmar campesinos, que es algo por lo que, sin
necesidad de que se lo encomiende el soviet, ya han mostrado cierta afición.
Al margen de estos sustos que podamos sufrir los
atolondrados, es una descortesía que las pancartas sólo ofrezcan su mensaje a
los que vienen en la dirección adecuada, dando la espalda a los que vienen en
sentido contrario. Una pancarta para una sola dirección pierde el 50% de
eficacia propagandística.
Una cosa buena de esta campaña de mayo de 2015 es que el
resto de cartelería, las consignas y los retratos, la hayan colgado de los
cables del tendido eléctrico, o amarrado a los postes del alumbrado público. Es
un gran avance, una incuestionable mejora, que el futuro alcalde se presente al
público colgado, que no pegado a una pared. Más pronto que tarde lo que está
colgado acaba cayendo, pero si están pegados lo más habitual es que se queden
en la pared decolorándose durante uno o dos años, hasta que aquellas caras
sobredimensionadas y retocadas, ya de suyo monstruosas, van teniendo cada vez
una apariencia más cadavérica, lo cual produce en el contribuyente el lógico
alejamiento de las instituciones. Si cuesta tener que ver a un alcalde vivo,
mucho más costará acercarse al ayuntamiento para solucionar cualquier
trivialidad doméstica imaginándolo detrás de la mesa con aquella cara de asfixiado
que le va quedando en el retrato electoral.
La cartelería de este año, además, es de un tamaño moderado,
preparada, creo yo, para ser colocada a la altura de los ojos de los viandantes,
sólo que, como los candidatos tienen miedo de situar sus mensajes e imágenes al
alcance de las manos de los votantes, no les vaya a dar la tentación de
intervenir en la campaña realzando los atributos de los candidatos, modificando
los eslóganes o, simplemente arramplando con los cartones para utilizarlos como
combustible, pues los han situado a una altura considerable, de tal manera que
el mensaje tiene una dimensión de viñeta de tebeo, y en la fotografía del
proyecto humano que quiere aposentarse en el consistorio apenas se percibe un
amasijo muy borroso que, sin duda, aminora considerablemente la impresión que
produciría observar a más corta distancia el posado de este grupo de cincuentones.
Como ya he dicho al principio, este Mayo ni es florido ni es
hermoso, ha sido, en sus primeros días, exageradamente cálido, y desde entonces
hasta hoy muy ventoso, es decir un autentico especialista en el secado, justo
lo que estamos necesitando en desertilandia. Gracias a esta ventilación
extraordinaria de Mayo he podido constatar que algunos eslóganes de la campaña,
que en un principio me parecieron un poco ni fu ni fa, como suelen ser esta
clase de eslóganes, resultaban muy poco
apropiados para nuestro modelo de sociedad. Ayer o anteayer, cuando enfilaba la
carretera en el tractor camino del olivar, pude ver que uno de los cartelones
colgados de las farolas lo había tirado el aire, habiendo quedado muy bien
colocadito, no importa si por la gracia que tuvo en el planeo o porque alguna
mano caritativa lo puso de aquella manera, en uno de los bancos de los muchos
que hay situados a lo largo de esta vía. Lo gracioso del caso y hasta irónico,
si ustedes me apuran, es que esos bancos suelen estar ocupados por viejos
viejos o jubilados expres y en la cartela estaban escritos estos tres verbos,
uno debajo de otro: “Hacer. Trabajar. Crecer.” El lema del PP. Cuánto me
hubiera gustado tirar una foto a los jubilados y al cartel, todos juntos, Pero
no ha habido ocasión.
Haciendo cuentas a ojo de buen cubero, la gente jubilada que
hay en esta circunscripción debe de estar alrededor de siete a tres de cada
diez. Eso si no rozamos el ocho a dos. Con esta situación demográfica,
semejante a la de muchos otros pueblos del interior, el eslogan que hubiera
venido como anillo al dedo, hubiera sido: "Virgencita, virgencita, que me
quede como estoy". Aunque como la campaña está muy avanzada y es tarde
para corregir, la mejor manera de que
nadie piense que el mensaje es impropio o poco pensado sería llevar esta línea
de actuación del estimulo permanente un poco más lejos. Una manera muy
consecuente de hacerlo sería rotular en las puertas de los cementerios aquella
pintada famosa que escribieron en la tapia del cementerio de Zamora: “Cabrones,
levantaos. La tierra para el que la trabaja”.
El lema del PSOE: “Haremos más” ha tenido gran éxito entre
los agricultores, el gremio más pujante en la zona. A algunos agricultores,
sobre todo a los viejos agricultores, les encanta hacerse los analfabetos, se
fingen más catetos de lo que son para que nadie pueda saber si lo que ignoran
lo ignoran de verdad o sólo fingen ignorarlo, así explicado parece un mecanismo
psicológico muy complejo, pero se trata tan sólo de una forma muy rudimentaria
de camuflaje. Una vez que adoptan este papel, la cosa que más les divierte es crear malentendidos, tomar una palabras por otras, deformarlas, hacer como
que entienden lo que no es, y ensartar, llegado el caso, unas cuantas malicias.
Muchos rústicos de comedia han sido caracterizados de esta manera, pero el prototipo es Sancho
Panza. Las tretas dialécticas que Sancho pone en juego con Don Quijote tienen
plena vigencia todavía entre muchos viejos agricultores.
He de decir que la pancarta con el “Haremos más” está
colocada bastante cerca de un taller mecánico, lugar donde la gente del campo
suele encontrarse, y la leyenda de la pancarta ha sido muy comentada. Desde el
primer momento, en las conversaciones de las que he sido testigo el “haremos”
del verbo hacer, ha sido convertido en “aremos” del verbo arar y la catarata de
ocurrencias que han surgido al respecto
ha sido incontable. Saludos. Frases sin lógica. Retruécanos. Todo un repertorio
de burlas que puestas en el papel
perderían la gracia, pues hay que oírlas con su tono intencionado y garrulo, metidas entre risas, y acompañadas de miradas
cargadas de malicia.
Mayo ha asurado una porción del cereal, y al olivo, en plena floración, lo está maltratando,
veremos con que consecuencias. Ha acabado la campaña y no sé a quién votar. Lo que no impedirá que caigan del cielo nuevos ediles, y pasmosos alcaldes. Siempre estoy ocupándome de asuntos colaterales y me despisto. Leo, para intentar orientarme, el episodio del Quijote(II-25) de aquellos dos regidores que salieron a buscar el asno extraviado, propiedad de uno de ellos, y, puestos a rebuznar en campo abierto, para atraer al anlmal, ambos pudieron comprobar que la calidad de sus rebuznos era tal, que cualquiera de los dos podía pasar por un auténtico jumento.
Si al menos supiera cual de nuestros candidatos rebuzna mejor.... ¡Qué lástima! Otra campaña desperdiciada. Quizá si no rebuznase tanto... y lo viejo que soy ya para enmendarme.
Si al menos supiera cual de nuestros candidatos rebuzna mejor.... ¡Qué lástima! Otra campaña desperdiciada. Quizá si no rebuznase tanto... y lo viejo que soy ya para enmendarme.
lunes, 6 de abril de 2015
La S. S.
Semana Santa. Los conocidos que te encuentras en un
comercio, la ferretería por ejemplo, o en la calle, porque las calles
habitualmente vacías son en estas fechas transitadas por una insaciable marea
de urbanitas revenidos (de ida y vuelta, quiero decir). Esos conocidos te dicen:
–¿Tú eres X? ¡Cualquiera te conoce!
Hay que sonreír. Y según la gracia que nos hagan soltar la
agudeza.
–Tengo días en los que me parezco más, hoy la
caracterización me habrá quedado un poco floja.
No te escuchan. Prosiguen con el análisis.
No te escuchan. Prosiguen con el análisis.
–Pero tú nunca has estado tan delgado.
¿Delgado? Habrán querido decir que siempre he estado más
gordo. No sé qué contestar. Pero es de buena educación explicar las cosas, y
también ser breves. Ambas cosas son difíciles de conjugar. Lo intento, y sale
lo que sale. Explico en un chispazo que tengo un menisco roto, que los médicos
me han arrojado a la fosa común, y que tal vez adelgazando pueda acabar
prescindiendo de las piernas.
Noto que me miran con mayor intensidad, a punto de lanzar
quizá algún diagnóstico más grave sobre mi estado mental. Ese momento de duda
lo aprovecho para alejarme cojeando. Sin la chulería de la que hacen gala los cojos
de nacimiento, sino modestamente, como conviene a los que hemos ganado nuestra
cojera con esfuerzo y espíritu de sacrificio, con el sudor de la frente, como
suele decirse.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Identidad en bruto.
(Nota del 25-1-2015. Domingo). Lo he encontrado en uno de
los estratos de la mesa de mi cuarto. Durante una semana larga me he dedicado a
la arqueología. Las hojas sueltas que otros tiran olímpicamente a la papelera
yo las voy depositando sobre la mesa. Esas hojas inservibles, trozos de cartón,
papel de embalar o reversos de facturas con algunas frases o palabras
garabateadas, van quedando amontonadas como si nunca hubieran existido. Hasta
que, es el peligro que tiene el orden repentino aplicado a un desorden
continuado, les llega el día de la resurrección, en el que hemos de suponer,
por la mala caligrafía, que somos los autores de ese texto.
Pues bien, en mi mesa he encontrado este apunte que apunta a
mi sien con aplastante determinación: “¿Y cómo no va a parecerme fútil,
gratuito y una autentica imbecilidad lo que sale de mi pluma siendo yo el que
lo ha escrito?”
Por muy depurativo que resulte flagelarse en público, no
creo que al escribirlo quisiese dar rienda a una declaración de mi imbecilidad,
a lo que habría llegado con suma facilidad aplicándome la cláusula Forrest Gump,
según la cual tonto es el que dice tonterías, y el que escribe imbecilidades,
pues ya se sabe. En mi caso creo que más bien quería darle la vuelta a esa
creencia tan extendida, y rara, de que lo nuestro, lo que hacemos, nuestras
cosas, son excepcionales, maravillosas, sólo y principalmente porque las hemos
producido nosotros. Si nos miramos bien, por el derecho y el revés, y
conociéndonos tan a fondo, mucho mejor de lo que conocemos a ningún otro en
este mundo, lo lógico sería pensar que lo que hacemos nosotros siempre tendría
que parecernos peor, más vulgar, o normal, que excepcional, y sin embargo lo
más común es encontrarse con gente que cree estar alumbrando al mesías en cada uno de sus
partos. Admirable debería parecernos lo que hacen los otros, de los que sabemos
tan poco que sus obras podrían parecernos un prodigio, fundamentalmente porque desconocemos su
gestación, el andamiaje, las fuentes, y hasta, posiblemente, las casualidades,
trucos y remiendos que las hicieron venir a este mundo. Para decirlo con una
imagen comprensible, nosotros, cada uno, sabemos, cuando no sea más que por
lesa proximidad, que nuestras labores, hijos, construcciones, tienen el aspecto
aproximado del monstruo creado por Víctor Frankenstein, con sus costurones y su cabeza pelicuadrada, mientras que los demás verían
sólo a la nueva criatura, cuya personalidad puede resultar más o menos
agradable pero libre de todos los contubernios que la hicieron posible. Estoy
hablando de las valoraciones privadas de cada cual, no de las escenografías y propagandas que hemos de
adoptar en relación con los otros. Los
otros nunca son los suficientemente inofensivos como para traerlos a nuestro
campo de acción sin que signifiquen un peligro. Admirar e incluso nombrar a los
otros siempre supone una amenaza para nuestra identidad quebradiza e
irrelevante. Los otros siempre están en trance de invadirnos y despojarnos del
sitio que ocupamos o de alguna característica que creíamos propia o auténtica,
como ahora se dice, este es el motivo que justificaría que los juicios que
exteriorizamos sobre lo ajeno sean tan cicateros. Y la causa, también, de que
los muertos obtengan lisonjas sin cuento y rendida admiración. Nos atrevemos a
tanto sólo porque a esos sí que les consideramos perfectamente inofensivos.
Dejada a un lado esta digresión y volviendo a lo del
principio, los apuntes de envoltorio de los que estaba hablando, meras
repentizaciones escritas, no suelen expresar correctamente la idea que tenemos
en la cabeza, pero en ocasiones, como ocurre con algunas erratas y lapsus,
expresan mucho más de lo que nosotros hubiéramos pretendido decir.
Rara vez una de estas ideas traspasa la esfera íntima. Para
eso está la intimidad, para contener todas estas ideas que sufrimos en
silencio, como las almorranas. Yo ahora tampoco me hubiera molestado en traer a
colación este papel sedimentado de no haber coincidido su exhumación con una
frase de Mafalda leída esta mañana en un cuento de J. Villoro. Una frase que
enuncia la idea de la que procede mi pregunta con precisión matemática, dicho
de otro modo, que acierta con el centro del blanco cuando mi flecha apenas
había rozado el último anillo de la diana. Dice Mafalda: “¿Por qué justo a mí
tenía que tocarme ser yo?” Esa es la pregunta fundamental, lo demás es andarse
por las ramas.
Pelicuadrada. Me parecía que esta palabra era de uso común.
Yo la he estado usando y oyendo toda mi vida y creo que la mayoría de la gente
que conozco entiende lo que significa. La palabra viene a expresar la
imperfección o deformidad de un objeto respecto a la forma idónea que se le
supone. En mi infancia, por ejemplo, las bolas de barro cocido, con las que jugábamos al gua
o al triangulo, que no eran totalmente redondas, decíamos que estaban o eran
pelicuadradas. Curiosamente la palabra no aparece en ningún diccionario,
tampoco en las recopilaciones de vocablos autóctonos, ni los exploradores
internáuticos tienen idea de nada que se relacione con este término.
Como posibles prófugos que somos todos, resulta bastante esperanzador saber que la gran tela de araña que se cierne sobre nosotros tiene algunos agujeros.
![]() |
| Aspecto de la mesa de mi cuarto antes de iniciar las excavaciones. |
![]() |
| Vista de la mesa desde el puesto del timonel que, como puede verse, ha perdido el Norte y va directo a encallar en un irrefrenable síndrome de Diógenes. |
domingo, 8 de febrero de 2015
Oz.
(30 de Enero de 2015. Viernes). En mi puerta falsa el aire suele arremolinar hojas y papeles
los días de ventisca. Los días de verbena lo que acumula son las meadas de los
festejantes. Hay puntos en el mapa que
sufren extrañas polarizaciones, furiosos magnetismos.
Respecto a las meadas, alguna vez, dejándome llevar por un
afán de exactitud tal vez excesivo, he comentado a amigos o conocidos que
quienes mayoritariamente meaban en las puertas falsas de mi casa eran mujeres.
Esto ha acarreado alguna interpretación insidiosa entre quienes me lo han oído decir, sobre todo entre los hombres, que han creído que estaba presumiendo de una masculinidad apabullante. Craso
error. Yo sé muy bien que las mujeres evacuan allí para aprovechar el
rinconcillo que forman las puertas con respecto al trazado de la calle; por
ganar algo de intimidad y no por enviarme un mensaje hormonal en forma de micción,
que, por cierto, nunca interpretaría como una forma de coqueteo, sino como un
inaceptable desajuste en su capacidad expresiva.
Dicho esto, he de insistir en que son mujeres las que mean,
porque lo evidencia el número de servilletas que dejan tiradas en el suelo. Seré
exacto otra vez: ciento diecisiete, tuve la paciencia de contar una vez que
hice un informe para felicitar al Ayuntamiento por el alto índice de
participación alcanzado en la verbena, (rogándoles instalasen, para próximas
convocatorias, una urna para que el recuento de servilletas fuese
oficial y pudiera formar parte de estadísticas serias que ayudasen a definir
nuestra idiosincrasia), informe que no les envié. Lo cual indica, si estamos todos de acuerdo en que la servilleta de
papel esta asociada a la micción femenina, ya que la masculina dispone de
recursos mecánicos para un escurrimiento cuando no exhaustivo si al menos
satisfactorio, que mi conclusión es acertada.
Hoy, día ventoso, pertinazmente airado, cuando he abierto
las puertas para sacar el coche, entre los objetos que estaban tirados en aquel
montón que suele formar allí el aire, había unas bragas verdes. Después de lo
que acabo de contar más arriba, sé que esto no debería ni mencionarlo si quiero
evitar que de nuevo crean que estoy fanfarroneando. Pero no cunda la alarma.
Estas bragas no eran precisamente una de esas prendas delicadas y sutiles que
hubieran podido tomarse como señuelo o
insinuación, no eran sino unas rotundas bragas faja, muy poco sugerentes para
ser imaginadas como adorno, pero aún más difícil imaginarlas como elemento volátil.
Pensar el motivo por el que aquellas bragas habían llegado
hasta mi puerta no ha sido mi preocupación principal, sino cómo habría logrado
el viento arrancar aquella pieza de lencería prensil del cuerpo en que hubiese
estado incrustada. El pensamiento, ante esta clase de visiones estrambóticas,
suele proceder sin método, con poca lógica, o quedar literalmente encasquillado.
Este fue mi caso. Quedé totalmente alelado observando la prenda, y la duda que
me corroía la expresé en voz alta. Por suerte mi cónyuge, que estaba allí
presente esperando a que yo saliese del portalón con el coche para dejar cerrada
la puerta, oyó mis titubeos y me saco del atolladero. La oí decir que nadie
pierde las bragas por mucho viento que sople, que las bragas estarían puestas a
secar en una cuerda de la ropa y el aire se las habría llevado. Me dejó
asombrado su facilidad deductiva. Podría haber aceptado sin más que es más
sagaz que yo y continuamente está disimulando, pero eso sería infringir los
procedimientos habituales utilizados entre humanos para no sentirnos arrollados
por nuestras limitaciones, por tanto hice lo que es normal cuando alguien se
muestra más despierto que nosotros, nunca pensar que su inteligencia es
superior, sino desconfiar de su capacidad y sospechar que está jugando con
ventaja. Gracias a este, no por ruin menos práctico, método para mantenernos a
flote, así tengamos al mismo Einstein haciéndonos sombra todo el día, he podido
resolver un misterio con el que llevo conviviendo tantos años que ya había
asumido que no tenía solución.
Al salir del portalón, por el espejo retrovisor he visto cómo
mi cónyuge se quedaba mirando con gesto inquieto la prenda monolítica. Seguramente
estaría considerando, como yo, que en un amplio radio a nuestro alrededor todas
las casas están deshabitadas en esta época del año, y que el vuelo de esa clase
de lencería debe de ser más corto que largo. En apenas cincuenta metros, antes
de tener que esquivar los andamios de la casa que están construyendo al final
de la calle, he sabido adónde habían ido todos los calcetines, calzoncillos,
camisas y demás indumentos que he ido echando en falta a lo largo de los años. Cualquiera
lo puede imaginar, pero a mí me gusta dar detalles. Tal vez muy pocos recuerden
como comenzaba el cuento del Mago de Oz. La huérfana Dorothy y su perro Toto son
llevadas en volandas por un tornado o un huracán al País de Oz donde conocen a unos
cuantos personajes estrafalarios y les ocurren toda clase de tontas aventuras.
Allí mismo es adonde han ido a parar mis calcetines desparejados. Los estará
mordisqueando el León Cobarde, o habrán servido como adorno al Espantapájaros.
Ingenuo de mí. Yo que estaba creyendo que nuestra lavadora los devoraba y que poco
a poco los iba incorporando a su metabolismo... Cuando casi tenía puestas más
esperanzas en las futuras habilidades de este electrodoméstico que en las de mi
progenie… en fin, menudo desengaño.
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