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sábado, 27 de octubre de 2012

Levantes nocturnos.

Esta noche  ha caído un gran aguacero. Lo he escuchado estando en la cama. Hay quien disfruta mucho oyendo llover bien guarecido entre las sábanas, dando gracias por estar doblemente protegido, bajo techo y arropado hasta los ojos. A mí me ocurre todo lo contrario, en cuanto escucho llover he de levantarme de la cama para ver el espectáculo. Lo he tenido por una rareza hasta que hablando con unos y con otros, (aquí, precisamente por lo poco que llueve, se habla mucho de la lluvia), he ido contabilizando a algunos más que pertenecen a este club. Casi todos labriegos desequilibrados, como yo mismo. Cuando alguno de ellos me ha revelado esta intimidad he sentido una corriente de satisfacción parecida a la que debió de tener Robinson Crusoe al encontrarse con Viernes. No sé si esto estará tipificado dentro de las anomalías del alma, pero desde el momento en que me entero de que sufren esta desviación me parece que los afectados son mejores personas. Más inofensivos quiero decir.
Levantarse a ver llover presenta en algunas ocasiones motivos de crispación en la vida familiar. Todavía hay matrimonios que duermen juntos, cosa poco recomendable, y las mujeres suelen endemoniarse con estos inopinados levantes nocturnos. (Siento tener que decir que no conozco a ninguna mujer que se dedique a estas prácticas --pueden tirarme por decir esto si quieren a una piscina sin agua como hacían las mujeres de aquel anuncio televisivo tan exquisitamente igualitario, pero si dijese otra cosa mentiría--).
Yo afortunadamente estoy liberado de estas servidumbres del lecho conjunto y las noches lluviosas hago mis contemplaciones sin tener que soportar ninguna crítica ni similar. Me asomo a la ventana, o al balcón o a la puerta del patio cuantas veces quiero, y permanezco  allí sin saber si ha pasado mucho o poco rato.
No es el caso de mi amigo L., que suele contar que si aquí lloviese más a menudo a él le acabaría costando el divorcio. Tiene el dormitorio en el piso de arriba de la casa y el cuarto de baño en el piso de abajo, por lo que, para no tener que subir y bajar escaleras tres o cuatro veces por la noche, tiene el orinal debajo de la cama, una solución harto juiciosa creo yo. Pero la noche que oye llover sucumbe al impulso primigenio y desciende sin pereza al piso de abajo a contemplar el prodigio desde la puerta de la calle, que es su oteadero preferido. La consecuencia es que al día siguiente el hermano bacín ha desaparecido de debajo de la cama. En ese punto del conflicto, L. siempre se hace la misma pregunta:
–¿Cómo puede ser que mi mujer quiera medir con el mismo rasero el ir a mear con el ir a ver llover?
Esa es la raíz del problema, que quien nunca ha montado en barco, poco puede saber de tempestades. De eso somos muy conscientes los que padecemos esta anomalía, que incluso para darnos a conocer hemos de ir con pies de plomo para no ser ridiculizados. Esta clase de debilidades se prestan mucho a la burla.  Aún recuerdo la manera precavida y rocambolesca en que L. y yo conversamos de esto la primera vez. Había caído la noche anterior una manta de agua y hablábamos del episodio con detalles un poco ridículos, y en determinado momento él, atento a la reacción de mi cara, dijo:
–A las cuatro de la mañana estaba yo ahí como un idiota asomado a la puerta.
Le dije que yo había estado más de dos horas mirando desde el balcón. Me clavó los ojos y jugó su siguiente baza, sumamente arriesgada:
–Yo en calzoncillos. -Dijo.
Me reí, porque yo había estado desnudo en el balcón, aunque no lo dije. Tal como uno se levanta así se queda, lo demás es distraerse. Estos son los afanes de esta dolencia.
Ahora, cuando me levanto de la cama a una hora intempestiva para ver llover, hoy mismo, imagino a estos otros cuatro o cinco chalados, agazapados en cualquier hueco, con los ojos dilatados como lechuzas, hipnotizados por la cortina de agua y entiendo unas cuantas cosas relativas a esta rara ocupación. Siempre he creído que mi afición a mirar tan despacio este elemento nacía de la necesidad de encontrar unas cuantas palabras justas con que expresarlo. Pero he comprendido que no hay que buscarle tres pies al gato. Lo dejó claro L. el día que dijo:
–Antes, cuando fumaba y bajaba en días de estos a la calle, creía que lo que tiraba de mí era la nicotina, ahora que he dejado el tabaco sigo haciendo lo mismo, y sin excusas, que es la manera más sana de tener vicios.

CODA: Por no desviarme del asunto del que trataba, no he contado antes el desenlace de lo que le ocurrió a L. el día de los calzoncillos. En primer lugar hay que aclarar que no se trata de ningún exhibicionismo. Vivimos en un pueblo muy atrasado y la norma es que a esas horas no haya nadie en las calles y menos un día de lluvia. L. es un hombre muy clásico que no se ha dejado intimidar por la zafia costumbre actual del pantalón cortilargo. El sol le tuesta en exceso en los sitios visibles como para darle oportunidades de que extienda sus dominios. Él es un hombre de piel blanca y visto en calzoncillos debe de ser lo más parecido a una rana puesta de pie, por tanto lo de la exhibición debe quedar descartado. Enfrente de la casa de L., calle por medio, corre el arroyo. Va encauzado en un canal de tres metros de profundidad y protegido por una barandilla. Cuando atemperó la lluvia, L.  oyó el ruido del torrente  y, por matar la curiosidad, se acercó a verlo. Encendió un cigarro, entonces todavía fumaba, se apoyó en la barandilla y se entretuvo mirando los bucles y contorsiones que hacía el agua brava y rojiza en el tajamar de uno de los puentecillos que lo atraviesan. Estaría así un buen rato, despreocupado, hasta que sintió la presión en su brazo derecho y a la altura del bíceps de una mano que lo asía firmemente. Dió una encogida, miró a su lado y vió a un número de la guardía civil diciendole que se tranquilizase. El coche patrulla estaba a más de cincuenta metros y el de verde había venido caminando sigiloso. Era un guardia joven con gafas pudibundas y una barbita llena de curvas y primorosamente recortada, como un circuito de fórmula uno. L. le dijo que no estaba nervioso. El guardia siguiendo el mandato del manual de psicología que había estudiado en la academía hizo caso omiso y le dijo que si le pasaba algo, que si tenía algún problema. "Aquel idiota --me dijo L. cuando me  contaba lo sucedido-- debía de creerse que me iba a tirar al arroyo de cabeza". L. es un hombre templado, corajudo e irritable. Tiene una poblada mata de pelo blanco y unos ojos claros muy abiertos donde destacan las pupilas como dos aguijones. Se sacudió del brazo la mano del guardia y le dijo que últimamente si que había tenido algún problema, le habían entrado tres veces en el corral y se le habían llevado las gallinas. "Buenas noches". Le dijo luego, y se fué para su casa un poco cheposo y desgarbado, pero con los calzoncillos bien puestos. "Se ve -- me dijo, a manera de resumen-- que a estos  guardias no les han enseñado nada práctico; será para que no desentonen". Amén.
 

domingo, 1 de abril de 2012

Sistema solar.


Durante gran parte de la noche estuve oyendo la noticia en el segmento marginal de los informativos, esa noticia que ha de rellenar un hueco en caso de que quede hueco, es decir que su existencia depende de la gordura de las hermanas que la preceden, como en cualquier lechigada de gorrinos; escuché, digo, la noticia de que el sol estaba teniendo últimamente mucha actividad. Nadie puede hacerse una idea de cuanta actividad puede llegar a tener el sol, hasta que lo sufre a campo abierto en una de estas absurdas zonas del mundo en que les gusta residir a los anticiclones. Llevamos meses y meses de anticiclones impertérritos. Pero la noticia no se refería a esa clase de actividad. En los últimos días, y no sé si eso es posible, pero lo dijeron, habían tenido lugar catorce tormentas solares. La emanación magnética de dichas tormentas (repito como un loro lo que oí, no sé si las tormentas emanan o no) creaban muchos problemas en las comunicaciones por ondas. Las interferencias, un chisporroteo desagradable que yo oía en aquel momento en el transistor, (nos lo anunciaba el locutor), podían deberse a esas tormentas solares. Aflojé el ritmo de mi respiración para poder calibrar adecuadamente lo que significaban aquellas palabras. Deduje que aquellas interferencias vendrían a ser algo así como si el sol se estuviese dirigiendo a nosotros en un mensaje nocturno a través de la radio.
Aproveché otro momento de apnea para pensar. El sol tiene a todos sus planetas a raya, unos congelados, otros abrasados, otros repletos de ácido sulfúrico. Una estrella en la que se producen desintegraciones atómicas cada milésima de segundo, ha de tener sospechas, por fuerza, de que a este planeta nuestro no llegan claras sus órdenes.
Yo, para preservarme, apagué el transistor. Tengo una edad demasiado proclive a las interferencias. Podría llegar a entenderlas.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Agua corriente...(Beniamino Gigli cantando).

Tengo un modo de relacionarme con la música absurdamente obsesivo. Debe de ser sólo torpeza para comprender lo que escucho. No me canso de oir, imperturbable y de forma reiterada, la misma música. Cuando algo me gusta de verdad escucharlo diez veces seguidas es lo más normal. Cuenta Ferlosio en "Las Semanas del Jardín" que  la forma primera, la de los niños, de relacionarse con el relato, es la de escuchar el mismo cuento una vez tras otra, "cuentamelo otra vez", manifestando sus quejas si el cuento se desvía del que ellos se saben. Esa es exactamente mi manera de oir música, que tengo además asociada a dos imagenes físicas. La primera, un poco brutal, es como si me estuvieran atravesando el craneo con un clavo, cada nueva audición es como un martillazo, y la música, como la punta del clavo, penetra más adentro del cerebro. En la segunda mi cerebro esta formado por un complicado sistema de acequias y canales de riego que estuviesen llenos de hojas muertas, la música circula por ellos como si fuese agua, al principio fluye con cierta dificultad, pero a medida que las audiciones se repiten el camino se va despejando.
B. Gigli con este aria de Nadir, de "Los pescadores de perlas" de Bizet ha circulado mucho por las acequias de mi cerebro. Aunque la letra original de la canción está escrita en francés, Gigli la canta en italiano. La letra es horrible, un pastiche de tópicos de los que suelen verse en los anuncios de perfumes, franceses todos ellos, por supuesto: "noche mágica", "éxtasis divino", "loca embriaguez". En este caso es una gran ventaja no saber idiomas. En cuanto a Gigli, su delicadeza y naturalidad es la de un hombre que utiliza agua de colonia. Es una suerte para él que ahora pueda comparársele a otros tantos cantantes en Youtube, parece que a todos los demás se les viese el conducto por el que expulsan la voz, una especie de ahogamiento, mientras que Gigli...... en fín, para qué malograrlo con comentarios perfumados pudiendo escucharlo directamente. Aquí van dos versiones de la misma pieza, una con orquesta y otra con piano, en esta última el cantante tenía sesenta y un años, lo dice el video. Quédense con él. Un poquito de agua clara fluyendo por nuestras maquiavélicas acequias.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Más lluvia.

Esta lluvia es del día cuatro de Noviembre. Nos pilla un poco lejos, ya lo sé. Es muy probable que estas aguas no llegasen a fluir, que se quedasen aquí absorbidas por la tierra, pero si alguna llegó a escapar ya habrá alcanzado el estuario del Tajo, en Lisboa. ¿Quién dice que no viajamos?  Estuve asomado a la barandilla del arroyo más de una hora, y aseguro que esas aguas se llevaron algo mío con ellas. Tampoco habrá que ir a todos los sitios en coche.
Hice esta fotografía a las dos de la tarde. En ese momento ya había pasado lo más fuerte del borrasco. Me gusta mucho el contraste, la ligereza, de esta figura en relación con la de la fotografía de la anterior entrada. La lluvia pone la música y nosotros le seguimos el paso. Esta figura parece ir atravesando una pequeña laguna sin acabar de apoyar el pie en la lámina de agua, aferrada a su paraguas como a un pequeño velamen que le ayudase a no hundirse.
La lluvia y sus metáforas de la vida, con ese punto de melancolía que tanto nos sosiega.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Calentando motores.

(Nota del uno de Noviembre). Se ha acabado el puente, soy testigo de ello en primera linea. No tengo vecinos los días corrientes y en estos días festivos esta barriada se vuelve muy populosa. Asisto admirado a la facilidad que tienen para intercambiar sus vivencias. Conversaciones muy flojas, sin chispa, mortecinas, excepto cuando narran sus viajes de ida y vuelta. Ahí es donde se ve que son gente de largo alcance. Vienen contando cómo han escapado de las caravanas, han sido listos, calcularon con destreza cuándo iban a tener expedito el camino. Pero eso no es nada comparado con el modo en que programan la hora de su marcha. Se les ve hablar con aire de conspiradores, juntando un poco los rostros y ladeando la boca para que nadie oiga sus confidencias. La palabra psicología abunda en sus conversaciones. Al pronunciarla se estiran con un dedo del párpado de abajo. Todos tienen la misma estrategia, hacer lo contrario que los otros. Salir de aquí en el justo momento en que no se vaya nadie. Por momentos incluso puede parecer que sólo han venido a eso, a irse sin que nadie les moleste. Debe de ser que este puente de Todos los Santos intensifica estas manías fugitivas. Hasta tal punto ha predominado esta obsesión que algunos se han tirado desde lo alto del puente, quiero decir, y ustedes perdonen si les ha hecho efecto esa imagen, que se han ido antes de acabarlo. Si bien, y ustedes perdonen nuevamente, ahora por la greguería, el puente de Todos los Santos no acaba, fallece. 

domingo, 2 de octubre de 2011

Alicatados y pavimentaciones.

Desde que leímos en un libro que la constancia, contrariamente a lo que con tanta asiduidad se ha predicado de ella, era un síntoma de inteligencia y no una herramienta que ayudaba a sobrevivir a los torpes, R ha dado en alcanzar las más altas cotas de desarrollo intelectual comprándose una hormigonera, el artilugio creado por el hombre que, sin ningún género de dudas, más certeramente representa cómo se piensa y mejor simboliza la inteligencia. Perseverancia pura.
El pasado de R no es tranquilizador. Después de acometer sucesivas obras en su casa ya no podía efectuar ninguna más si no empezaba a destruir lo construido. Una auténtica ratonera para quien ha mostrado tener tanta predisposición al cemento fresco.
Hasta que la hemos visto dar este último paso de la hormigonera, hemos estado engañados respecto a la causa por la que había comprado su huerto. No era lograr, como creíamos, hacer crecer sus plantas tan aprisa hasta parecer que lo que ansiaban era abandonar cuanto antes este mundo. ( En frase mía, y que constantemente le repito: "sus plantas más que crecer, se suicidan"). No. Lo que tenía planeado era poseer un lugar en el que seguir haciendo obras. Alicatados, pavimentos, empedrados, arriates, corralejas.
Ahora mismo. ¡Ya! Va a comenzar la piscina. Que ella quiere llamar alberca por no perder el toque de rústica distinción. Nada de eso. Será un "hiperyacusi" con música subacuática y mamparas abatibles.
Se hace extraño que en un huerto no haya pájaros. En el suyo, o se han ido, o permanecen callados y a la expectativa. También extraña esa clase de erosión que hay allí dentro, la misma que se ve en un aprisco pero sin estiércol.
Da la impresión que aquel pedazo de tierra está empezando a estar harto de tanto fregoteo. Por otro lado están los topos, aflojando los cimientos. ¡La hormigonera va a ser ya el acabose! Hay constancia de huertos que han huido de sus dueños. ¡Y lo peor es que no se sabe adónde !