miércoles, 31 de octubre de 2012

Ensalada.

RM ha traído de su huerta una escarola que ha abierto delante de mí con gran prosopopeya. Le he oído tales cosas sobre lo rápido que crecían y lo descomunales que se estaban poniendo, que no me ha parecido que la cosa fuese para tanto.
– ¿Estas son las famosas escarolas?
– ¿Qué te parece?
Ha dicho, sosteniéndola por el troncho, cabeza abajo, mientras llenaba el fregadero de agua.
Me he rascado la barba.
–Es que está atada.
Le ha dado un tajo a la cuerda y, cogida con las dos manos, le ha abierto las rizadas hojas para mostrar el amarillento cogollo.
–El cogollo es pequeño, –he dicho – quizá no esté acabada de hacer.
–Bueno, es que es de las primeras, –ha dicho – pero este cogollo es estupendo.
Ha sostenido la escarola abierta en una mano, y con los cinco dedos de la otra ha ahuecado el ramillete de hojas cloróticas como se les ve hacer a los peluqueros.
Me he encogido de hombros.
–Esta escarola, muchacho --ha dicho ofendida, --pero si esta escarola no la encuentras en ningún sitio. Tú no sabes las guarrerías que te venden por ahí.
Le ha rasurado el forraje exterior, que ha desechado, y las hojas del cogollo, y alguna que otra que verdegueaba, han ido a parar al agua.
–Traedme una granada.
Tanto E. como yo nos hemos dado por aludidos, y hemos salido al patio como dos centuriones. El granado es joven, pero digno hijo del viejo estercolero que hubo en el rincón donde está plantado. Cada año arroja al mundo unos tallos de dos metros. Granadas, sin embargo, no tenía muchas. La ha cortado E. con unas tijeritas, creo que esta vez no se ha puesto guantes (cosa rara en E. que cuida mucho su epidermis)  porque le he oído quejarse de las aguzadas púas con las que se defiende este árbol. Me ha entregado la granada y yo la he transportado a la cocina.
La granada es un fruto muy hermoso, sobre todo cuando la dura piel exterior, que es como de cuero viejo, se ha desgarrado un poco y deja ver su interior que parece hecho de rubíes muy bien engastados.
Dada esta apretada organización interna desgranar este fruto resulta algo dificultoso si se hace a mano, pero no si se conoce la técnica que RM aprendió el año pasado. Acabo de ver que las  granadas se venden ahora con un manual de instrucciones que incluye esta manera de pelarlas.
Se parte la fruta en dos, y a cada una de estas semiesferas se les aplica una ligera tunda por la parte de la piel con el culo de una cuchara. A mí me ha tocado realizar el corte, y lo he hecho mal. El corte hay que hacerlo por el ecuador de la granada y no por los polos. El golpeo le ha correspondido a RM. Se disponía a hacerlo en su ensaladera de madera de olivo sobre la encimera y le he recomendado que la metiese en el fregadero para que no salpicase. Me ha hecho caso, pero con una risita absolutoria. Mientras descargaba los golpes ha seguido sonriendo.
–Lo ves. –Ha dicho. –Es muy fácil. Estoy harta de hacerlo.
Al momento, como si hubiera hecho un truco de magia ha mostrado la cáscara vacía, con los hoyitos del lugar que habían ocupado los granos y un color amarillo pálido mucho más íntimo que el centro de la escarola. En estas nimiedades me había quedado yo atrampado, cuando la he visto levantar las manos con la otra media granada a medio torturar.
– ¿Ves cómo no salpica?
Iba a mirar, pero ella ha vuelto a poner las manos delante y ha rematado la lección:
–Los golpes secos no salpican.
Frase que he anotado y memorizado por si algún día sufro un golpe sin derrame saber por lo menos a qué clase pertenece.
A todo esto, ¿he dicho que estábamos haciendo una ensalada?  

martes, 30 de octubre de 2012

La silla coja.

(Nota del 1 de Mayo). Aguardábamos en la fragua a que nos llegase el turno en la reparación de nuestras máquinas un hombre gordo y yo, cuando se presenta ML. silbando. Trae una silla coja para que se la arreglen. Es una cojera extraña. La planta en el suelo para que percibamos la gravedad del caso. Tres patas han perdido una porción y la única que  queda intacta es la que la hace cojear. Nos reímos de esta simpleza. El hombre gordo dice:
–Pues esa no le habrá crecido.
ML. que es un tartaja que habla a una velocidad endiablada dice que de las cuatro patas sólo una ha salido buena.
–Las otras han caído. –Nos mira guiñando los ojos. – Ahora a esta, por buena, la vamos a cortar… así no puede ser.
–Eso pasa mucho. –Dice el gordo. –Yo lo digo en mi casa, si hacéis las cosas bien, procurad que no se note.
Le miramos los dos al estomago y el gordo ríe hasta ponerse colorado. Tiene unos dientes pequeñísimos, tal vez desgastados, pero en todo caso muy eficaces.
ML. nos explica que es una silla vieja que tiene para sentarse mientras hace las "esperas" a los "guarros". Él viene vestido con prendas de cazador, con los pantalones un poco caídos y haciéndole fuelle sobre las botas.
–Lleva así la puta silla… no sé los años que llevará. Siempre la estoy calzando… tres piedras cada vez. ¡Si fuera una! Hoy he dicho, esto se acaba.
El disco de la radial soltando chispas ha entrado en el tubo de la pata  como si fuese de mantequilla. Esa facilidad o poca resistencia ha dado a ML. una idea de la calidad del material de que estaba hecha. Ha dicho moviendo la cabeza:
–Es una silla muy mala… para la caza nada más… la dejo siempre en la horcadura de una encina… y así y todo se la pudren las patas…¡cómo será!
Realizado el corte la ha plantado de nuevo en el suelo para comprobar que sentaba bien. Ha mirado sonriente al herrero y palmeándole en la espalda le ha dicho:
–¡Cómo sois los artistas!..Si mato el guarro te traigo una pierna.
El herrero ha dicho:
–Apúntalo, no se te olvide.
ML. ya se iba, se ha frenado en seco, se ha girado y, poniéndose un dedo delante de la cara, ha advertido:
–¡Si le mato! ¿Eh macho?... ¡Si… le… mato!...Que los guarros son muy listos.
El ojo frío y pequeño, la nariz de zorro,  ha seguido su camino con la silla colgando del hombro.
Bendito y con Dios.–Ha dicho el herrero–. A la fuerza el guarro que quede tiene que ser listo.

lunes, 29 de octubre de 2012

Acrobacias.

(Nota del 17 de Octubre). La mañana no puede ser más clara. Las casas de este lado de la calle, que desde mi posición  no puedo ver, trazan con sus sombras unos caprichosos dibujos dentados y maléficos en las del lado de enfrente. Se diría que están todas jorobadas o construidas a pico y no como sus hermanas de la otra acera de aspecto pastueño y contornos aplanados.
Pasan las avionetas desde primera hora. Este ya es el tercer día de fumigación. Y el segundo pase. El primero lo dieron en plena abstemia, cuando los olivos estaban estragados y secos, y afilados como cardos. Hemos tenido un verano ardiente, canicular, machacón. Resultó extraño oír las avionetas en aquellas circunstancias. El gremio agrario, desengañado y muy susceptible a las tomaduras de pelo, hizo muy atinados comentarios al respecto. Por aquel entonces, que sería mediados de septiembre, y merced a este vicio de anotarlo todo, recogí una frase de enorme complejidad expresiva que resumía perfectamente la situación.
--¿Qué fumigarán?..... Si no tienen las pobres donde puedan clavar el rejo.
Con lo del rejo se referían al oviducto de la mosca, la Dacus Oleae. Pero con lo de “las pobres”  se aludía indistintamente a las moscas, en el sentido de desgraciadas, como  a las aceitunas, pobres en tanto que presentaban un estado tal de momificación, que de haber podido clavar el rejo allí la mosca, hubiera sido tanto como dejar instalada a su progenie en un pedazo de madera, con lo que, para haber prosperado, tendrían que haber mutado en carcomas.
En cualquier caso la frase daba por hecho que aquellos fantásticos planeos no tenían la menor utilidad.  Estos trabajos de las avionetas siempre resultan controvertidos, y dan para soñar en asechanzas de todo tipo. Cosa que es muy del gusto de los labradores que son individuos muy deductivos.
Después de la lluvia de finales de septiembre, a  las aceitunas les habrá crecido algo de carne debajo del pellejo y la dacus, ahora sí, se habrá dedicado a procrear con febril entusiasmo. Esto es lo que, por no haberlo visto, les oímos con intranquilidad pregonar a estos enormes pajarracos amarillos que hoy nos sobrevuelan.
Más allá de los últimos tejados, sobre la uralita de un corralón toman el sol unos cuantos palomos que hubieran pasado desapercibidos si no es por la agitación que les producen las avionetas. La mañana es limpia, alta, azulísima y un poco destemplada. La reunión de zuritas está muy tranquila hasta que el ruido, que viene como encerrado dentro una cuba o un bidón, les cae encima como si hubieran abierto de golpe una compuerta. Las palomas se espantan de un modo artificial, como si tirasen de un hilo y saliesen todas ensartadas. Tras quedarse suspendidas un momento en el aire con las alas extendidas se tiran a tierra en picado. La comedia dura poco. Sin tiempo apenas de posarse en el suelo, al instante regresan todas a su uralita con un revoloteo muy estudiado. Ni una sola vez se quedan quietas.
Por los alrededores del palomar alguien ha prendido una fogata y asciende un humo remolón e insignificante.    

sábado, 27 de octubre de 2012

Levantes nocturnos.

Esta noche  ha caído un gran aguacero. Lo he escuchado estando en la cama. Hay quien disfruta mucho oyendo llover bien guarecido entre las sábanas, dando gracias por estar doblemente protegido, bajo techo y arropado hasta los ojos. A mí me ocurre todo lo contrario, en cuanto escucho llover he de levantarme de la cama para ver el espectáculo. Lo he tenido por una rareza hasta que hablando con unos y con otros, (aquí, precisamente por lo poco que llueve, se habla mucho de la lluvia), he ido contabilizando a algunos más que pertenecen a este club. Casi todos labriegos desequilibrados, como yo mismo. Cuando alguno de ellos me ha revelado esta intimidad he sentido una corriente de satisfacción parecida a la que debió de tener Robinson Crusoe al encontrarse con Viernes. No sé si esto estará tipificado dentro de las anomalías del alma, pero desde el momento en que me entero de que sufren esta desviación me parece que los afectados son mejores personas. Más inofensivos quiero decir.
Levantarse a ver llover presenta en algunas ocasiones motivos de crispación en la vida familiar. Todavía hay matrimonios que duermen juntos, cosa poco recomendable, y las mujeres suelen endemoniarse con estos inopinados levantes nocturnos. (Siento tener que decir que no conozco a ninguna mujer que se dedique a estas prácticas --pueden tirarme por decir esto si quieren a una piscina sin agua como hacían las mujeres de aquel anuncio televisivo tan exquisitamente igualitario, pero si dijese otra cosa mentiría--).
Yo afortunadamente estoy liberado de estas servidumbres del lecho conjunto y las noches lluviosas hago mis contemplaciones sin tener que soportar ninguna crítica ni similar. Me asomo a la ventana, o al balcón o a la puerta del patio cuantas veces quiero, y permanezco  allí sin saber si ha pasado mucho o poco rato.
No es el caso de mi amigo L., que suele contar que si aquí lloviese más a menudo a él le acabaría costando el divorcio. Tiene el dormitorio en el piso de arriba de la casa y el cuarto de baño en el piso de abajo, por lo que, para no tener que subir y bajar escaleras tres o cuatro veces por la noche, tiene el orinal debajo de la cama, una solución harto juiciosa creo yo. Pero la noche que oye llover sucumbe al impulso primigenio y desciende sin pereza al piso de abajo a contemplar el prodigio desde la puerta de la calle, que es su oteadero preferido. La consecuencia es que al día siguiente el hermano bacín ha desaparecido de debajo de la cama. En ese punto del conflicto, L. siempre se hace la misma pregunta:
–¿Cómo puede ser que mi mujer quiera medir con el mismo rasero el ir a mear con el ir a ver llover?
Esa es la raíz del problema, que quien nunca ha montado en barco, poco puede saber de tempestades. De eso somos muy conscientes los que padecemos esta anomalía, que incluso para darnos a conocer hemos de ir con pies de plomo para no ser ridiculizados. Esta clase de debilidades se prestan mucho a la burla.  Aún recuerdo la manera precavida y rocambolesca en que L. y yo conversamos de esto la primera vez. Había caído la noche anterior una manta de agua y hablábamos del episodio con detalles un poco ridículos, y en determinado momento él, atento a la reacción de mi cara, dijo:
–A las cuatro de la mañana estaba yo ahí como un idiota asomado a la puerta.
Le dije que yo había estado más de dos horas mirando desde el balcón. Me clavó los ojos y jugó su siguiente baza, sumamente arriesgada:
–Yo en calzoncillos. -Dijo.
Me reí, porque yo había estado desnudo en el balcón, aunque no lo dije. Tal como uno se levanta así se queda, lo demás es distraerse. Estos son los afanes de esta dolencia.
Ahora, cuando me levanto de la cama a una hora intempestiva para ver llover, hoy mismo, imagino a estos otros cuatro o cinco chalados, agazapados en cualquier hueco, con los ojos dilatados como lechuzas, hipnotizados por la cortina de agua y entiendo unas cuantas cosas relativas a esta rara ocupación. Siempre he creído que mi afición a mirar tan despacio este elemento nacía de la necesidad de encontrar unas cuantas palabras justas con que expresarlo. Pero he comprendido que no hay que buscarle tres pies al gato. Lo dejó claro L. el día que dijo:
–Antes, cuando fumaba y bajaba en días de estos a la calle, creía que lo que tiraba de mí era la nicotina, ahora que he dejado el tabaco sigo haciendo lo mismo, y sin excusas, que es la manera más sana de tener vicios.

CODA: Por no desviarme del asunto del que trataba, no he contado antes el desenlace de lo que le ocurrió a L. el día de los calzoncillos. En primer lugar hay que aclarar que no se trata de ningún exhibicionismo. Vivimos en un pueblo muy atrasado y la norma es que a esas horas no haya nadie en las calles y menos un día de lluvia. L. es un hombre muy clásico que no se ha dejado intimidar por la zafia costumbre actual del pantalón cortilargo. El sol le tuesta en exceso en los sitios visibles como para darle oportunidades de que extienda sus dominios. Él es un hombre de piel blanca y visto en calzoncillos debe de ser lo más parecido a una rana puesta de pie, por tanto lo de la exhibición debe quedar descartado. Enfrente de la casa de L., calle por medio, corre el arroyo. Va encauzado en un canal de tres metros de profundidad y protegido por una barandilla. Cuando atemperó la lluvia, L.  oyó el ruido del torrente  y, por matar la curiosidad, se acercó a verlo. Encendió un cigarro, entonces todavía fumaba, se apoyó en la barandilla y se entretuvo mirando los bucles y contorsiones que hacía el agua brava y rojiza en el tajamar de uno de los puentecillos que lo atraviesan. Estaría así un buen rato, despreocupado, hasta que sintió la presión en su brazo derecho y a la altura del bíceps de una mano que lo asía firmemente. Dió una encogida, miró a su lado y vió a un número de la guardía civil diciendole que se tranquilizase. El coche patrulla estaba a más de cincuenta metros y el de verde había venido caminando sigiloso. Era un guardia joven con gafas pudibundas y una barbita llena de curvas y primorosamente recortada, como un circuito de fórmula uno. L. le dijo que no estaba nervioso. El guardia siguiendo el mandato del manual de psicología que había estudiado en la academía hizo caso omiso y le dijo que si le pasaba algo, que si tenía algún problema. "Aquel idiota --me dijo L. cuando me  contaba lo sucedido-- debía de creerse que me iba a tirar al arroyo de cabeza". L. es un hombre templado, corajudo e irritable. Tiene una poblada mata de pelo blanco y unos ojos claros muy abiertos donde destacan las pupilas como dos aguijones. Se sacudió del brazo la mano del guardia y le dijo que últimamente si que había tenido algún problema, le habían entrado tres veces en el corral y se le habían llevado las gallinas. "Buenas noches". Le dijo luego, y se fué para su casa un poco cheposo y desgarbado, pero con los calzoncillos bien puestos. "Se ve -- me dijo, a manera de resumen-- que a estos  guardias no les han enseñado nada práctico; será para que no desentonen". Amén.
 

viernes, 26 de octubre de 2012

Oír llover.

Es muy gozoso oír llover. En cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier hora del día.
Ahora el mundo está lleno de ruidos. Por apartado que sea el sitio en el que te encuentres siempre se oye el rumor del incesante oleaje de la actividad humana. La lluvia se oye habitualmente con algún acompañamiento. También es bonito escuchar esa lluvia entreverada con el ajetreo del hombre, pero cuando la lluvia viene sola, sus pasitos tenues, su menudeo, su arrogancia a veces, el lento camino que va haciendo al caer sobre los diferentes objetos y diversas superficies es de una elegancia y una sutileza que sólo algunas músicas muy logradas llegan a igualar. Si yo fuese músico ningún otro elogio me agradaría más que dijesen que mi música suena como la lluvia. No soy ningún melómano pero, de lo que yo he oído, Mozart es el que mejor hace llover. El concierto para piano número 21 es pura lluvia. Sobre todo el 2º movimiento,  el Andante, minuto 14.
Curiosamente la lluvia se capta muy mal con las grabadoras, y mucho peor las tormentas. Creo que a la lluvia no la gusta que la encierren, pues siempre que uno escucha lluvia grabada se percibe un amontonamiento de sonidos que al natural suenan vivos y saltarines, disgregados y repartidos por un amplio espacio. Por tanto entre oír una lluvia enlatada o a Mozart, es preferible Mozart. En esta maravillosa interpretación, el gran Maurizio Pollini está metido hasta los tuétanos en la melodía y en algunos pasajes se le oye acompañarse con un débil canturreo que es como un diagrama del insólito lugar del que está saliendo esa música y donde probablemente lleve impresa la partitura. Canturrear, musitar una cancioncilla cuando la lluvia esta cayendo es algo prácticamente inevitable.
 
 
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

Plena canícula.


(Nota del diez de Agosto). Plena canícula. Encuentro a un hombre a la puerta del estanco al que pregunto por el estado de acabamiento de los olivares en la zona que él domina. Es un hortelano y sus obligadas idas y venidas a la huerta le capacitan para dar una información fidedigna. Es un hombre con un solo diente. Pienso que llegado a esa situación yo claudicaría, creo que debe molestar. Es una reliquia espantosa. El hombre me saluda con lentitud junto a la puerta cristalera entreabierta, examina el dinero que le han devuelto, lo guarda en un monederito que a su vez mete en el bolsillo, y en otro distinto guarda el tabaco después de constatar que son dos paquetes los que acaba de comprar. Es un hombre premioso. Se dirige a su moto que esta recostada en la pared del estanco, y que tiene cierta complexión animal, quizá por los muchos aditamentos que tiene encima, alforjas, gualdrapa, etc… Se coloca sobre la moto azul y queda tieso sobre ella, como un jinete. Se aferra al manillar con sendas manos. Por un momento pienso que no me quiere contestar, aunque lo veo concentrado. Busca con el pie izquierdo la palanca de arranque y, sólo cuando la tiene pisada, se dirige a mí.
–¿Las olivas?
Tiene la mirada abstraída de un escritor en pos de la frase perfecta.
– Da miedo encender un cigarro cerca de ellas.
 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

GENÉTICA Y DULCES SUEÑOS.

(Nota del 6 de Julio). Hoy le ha tocado caerse a su hermana C.. Hace unos días fue mi hermana la que aterrizó. Se le caen sus compañeras de paseo. Han sido caídas de película cómica cuyo único espectador era ella. No podía contener la risa imaginándolo. No era su risa habitual, esa que ella estira para que se note que se ríe más de lo que en realidad se está riendo y que acaba en un jipido muy forzado, sino una risa brincadora que le impedía acabar las frases cuando me lo estaba contando durante la cena.
Todo esto viene ocurriendo en sus paseos al atardecer. Hará unos diez días tuvo lugar la caída de mí hermana. Mi hermana P. tiene un caminar sólido. Planta el pie con gran confianza en el suelo, y, sin que su paso equivalga a una zancada, es más bien pasilarga. Estaban en las proximidades de Navajata, zona de riscales, arenas, olivares enjutos, y huertecillos ascéticos, con mucha tierra sin sembrar y endebles sombras, y regresaban ya hacia el pueblo por el camino de la Alberiza. Les quedaba a la izquierda un lienzo descendente de olivares, un apelmazamiento de copas tocadas apenas por unas últimas y levísimas hebras de sol, y a la derecha alguna pared de piedra y el talud desnudo del camino con el dibujo a contraluz de algún olivo asomado a la cuneta. Caminaban, pues, absortas y contemplativas. Se habían llevado al perro. A mi hermana esta nueva modalidad de paseo con perro le resulta muy agradable, y fue el perro, precisamente, el desencadenante de su costalada. Se le cruzó cuando ella adelantaba un pie y, por no pisarle, "al capullo del perro", acortó el paso y sin poder corregir a tiempo la postura del cuerpo tendente al avance ("inercial", para quienes estén acostumbrados a la prosa administrativa) quedó en posición inestable, haciendo aspas con uno de sus brazos. Cuando vio que los molinetes no impedirían su desplome, y quizá por no querer caer sobre el perro que no se movía de su lado tratando de interpretar el significado de tan sugerentes aleteos, eligió lanzarse en plancha por encima del tonto animal en medio del camino. Según palabras de R "hizo una auténtica estirada de portero de fútbol", (una “palomita” en el argot del balompié) que, por inesperada, pues pareció que de pronto le hubieran entrado unas ganas locas de revolcarse, le hizo a ella no poder evitar reírse allí mismo incluso antes de hacer visible su preocupación por las magulladuras que suelen resultar de estas improvisadas piruetas.
Su hermana C. no ha improvisado tanto la caída, sino que la ha preparado cuidando de que no faltase ningún ingrediente para que resultase más graciosamente ridícula. R. ha estado a punto de meter la cabeza en el plato recordándolo. El relato de esta segunda caída después de quitar todos los hipos de que ha venido acompañado, o de sustituirlos por los correspondientes adjetivos para hacerlo inteligible, ha sido más o menos así:
 C. iba unos pasos por delante, no es que le den ventaja, pero al reconocerle que es más ligera de pies, anda más. Caminaban campo a través. Los caminos empiezan a quedárseles estrechos. O no precisamente estrechos, vulgares  más bien. Necesitan atrochar para convertir sus paseos en una experiencia más auténtica. Creo que nos pasa a todos. No sabemos vivir sin salirnos de lo trillado, o creer que lo hacemos, lo que resulta cada día más difícil.
Por fijar el escenario geográfico, (cosa importante cuando se trata de esta clase episodios, tengan o no tengan siniestras consecuencias), habían abandonado el camino de la Umbría, por el que se habían alejado del pueblo, y pretendían regresar por el del Vallejo, que transcurre paralelo al primero por la misma cara de la sierra, pero más abajo. Ambos caminos serpentean con mansedumbre siguiendo las curvas de nivel de la ladera, y para atravesar de uno a otro se han de recorrer algunos olivares con un suave declive, aunque separados entre ellos por abruptos lindazos de dos o tres metros de altura y compuestos por cantos rodados y recios matojos donde predominan el terebinto, la coscoja, la retama, el escaramujo y el espino albar. Son tierras rojizas y ásperas que lamidas por el sol poniente se tiñen de naranja. Llegadas a las lindes, C. buscaba el lugar más indicado para pasarlas y asumía los riesgos de meterse la primera en tan fragorosos pasos. Había descendido ya dos o tres de estas lindes con tanta facilidad que, en la siguiente, fascinada por su destreza ha asumido su capitanía con tal denuedo, que hallándose en medio y mitad de una de estas pavorosas bajadas y viendo que sus compinches se quedaban en lo alto un tanto desconfiados, les ha exhortado a que la imitasen, que allí estaba ella para servirles de apoyo, les ha dicho, alargándoles una mano. Ha sido en ese instante preciso cuando ha sentido una inconcreta inestabilidad debajo de las suelas de sus botas, aunque lo que primero han notado sus compañeros, o al menos R., ha sido que se le cambiaba la cara, y al poco, aunque estos momentos de hilarante suspense siempre parecen más largos, han visto como se le levantaban los pies del suelo en un fenomenal resbalón, que sólo ha podido frenar dejando que todo su cuerpo entrase en frotación con las piedras, a las que ha pretendido asirse con una especie de desesperados movimientos natatorios, cual resbaloso salmón intentando remontar un lecho de secos pedernales. Ni que decir tiene que hasta que los cantos no han dejado de rodar y ella no ha llegado al firme del olivar de más abajo no ha cesado aquel dislocado derrumbamiento.
Aunque confundida, siempre inquisitiva, C. ha buscado la causa del desequilibrio.
--¿Qué me ha pasado? ¿Qué me ha pasado? –Ha dicho. Y desprendiendo un rubor un tanto asalmonado, dirigiendo una mirada furibunda a la cantorrera, ha añadido:
--¡Las piedras, han sido las piedras, las piedras traidoras!
R. no podía decir nada, porque estaba doblada en dos, desternillándose. Pero J., el marido de C., que era de la partida, mostrando una gran circunspección se ha visto en la necesidad de poner las cosas en su sitio.
--¡Qué piedras, ni que piedras! –Ha dicho-. Que te has pegado una “guarrá” de la leche, Eso es lo que ha pasado.
R. se extraña de que a ella le haga tanta gracia ver caerse a la gente, sobre todo si es gente cercana y conocida. Le ha venido este pensamiento cuando estaba sentada en su sillón a la hora de la siesta. Mal momento para la introspección. Justo antes de obnubilarse le he oído decir para despejarse el camino:
--Claro que también a mi madre le encantaban las películas de Charlot.