jueves, 24 de marzo de 2016

Dona nobis pacem.

(20130328-12*). Jueves Santo. He estado escuchando una vez tras otra, bueno, escuchando y viendo, el Agnus Dei de la Misa de la Coronación de Mozart en un video en youtube. Es un milagro tener atrapados estos momentos. Poder asistir a eso y verlo con detalle cuantas veces se quiera. He pasado más de dos horas viendo este video asombroso. Lo habré visto diez o quince veces. Han sido una especie de “oficios” concomitantes con la religión pero no exactamente religiosos. Curiosamente, en el video, en el trozo de misa que allí se ve, que tenía lugar “dalla Basílica de San Pietro in Roma”, el celebrante, con casulla rojo y oro, nada menos que Juan Pablo II, y toda su comparsa, ocupan un lugar marginal, difuminados y de espaldas a la cámara. Si las gentes de Iglesia viesen este video con objetividad tendrían que reconocer que ganan mucho estando en segundo plano. Creo que aquí eso resulta evidente. La realización, la planificación, el lugar en que están colocadas las cámaras, me parece muy logrado, sobre todo en relación con los dos elementos fundamentales de este concierto: la cantante Kathleen Batlle y el director Herbert Von Karajan. K. Battle no tiene una voz muy poderosa, las sopranos ligeras como ella, muy ágiles en los agudos, no suelen tener mucha voz, en otras grabaciones suyas que he visto eso se aprecia. En el video que comento, ya sea por las condiciones acústicas de San Pietro in Roma, o por la directa intervención divina en la toma de sonido, Batlle lleva su voz a donde quiere, y  de un modo tan bien modulado, delicado, dulce, sutil, pleno, que, cuando llega a nuestro cerebro, no deja una sola neurona que no quede arrasada. A esto se suma la maravilla de ver la cara de Batlle mientras canta, ver de dónde saca cada sonido, la mirada vuelta hacia dentro, su respiración, el movimiento de los labios, y  la acomodación de todos los músculos del rostro, cómo se ayuda incluso de los ojos para cargar la nota de intención y enviarla al lugar donde más conmueve.
Von Karajan comienza la pieza volando,  un planeo rasante, los brazos y las manos aletean a cámara lenta. Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros. Cuatro minutos de ondulaciones, de idas y venidas apacibles, en los que Karajan, entregado, la cabeza ladeada, ha ido recogiendo los brazos y  colocando las manos  delante del pecho,  las mece suavemente y va musitando las palabras que la soprano expande hasta lo alto de la famosa cúpula. Así hasta el momento en que llega el “Dona nobis pacem”. Danos la paz. Ahí se han acabado las suavidades. Los solistas se ponen en pie. Los “dona nobis pacem” pasan de la soprano al tenor, y luego los cuatro van haciéndolos rodar. Karajan cierra el puño y pide un poco de brío. Cuando entra el coro su mano izquierda se ha convertido en una garra. Tras la primera avalancha de Dona nobis pacem hay un momento de remanso, de donde se toma impulso para la apoteosis final. Dona nobis pacem. Karajan estrangula al coro con sus manos artríticas. Zarandea el espacio con los brazos en alto como si estuviese sacudiendo el tronco de un árbol. Dona nobis pacem. Es una exigencia que se eleva a lo más alto. Karajan estira los brazos, abre una bocaza de lagarto repitiendo con el coro el conjuro. Con las manos abiertas y muy tensas baja los brazos repentinamente y el coro cesa. Durante tres minutos se ha repetido la frase. Dona nobis pacem. El ucase ha debido llegar a la estratosfera. A Von Karajan le queda en la cara una expresión furiosa y un poco ida.
Me retrepo en la butaca. A través de la ventana veo pasar muchas nubes por el cielo. Por momentos se oscurece. Luz crepuscular en la habitación. Podría incluso romper a llover. Dona nobis pacem.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Cara de estaca.

Suelo mirarme en un único espejo, el del cuarto de baño de mi casa, al que tengo relativamente domado. O puede que, como ocurre con la cara de la gente que vemos habitualmente, me haya acostumbrado a ver la imagen que aparece estampada en él, y, por tanto, sea mi ojo el domado y no el espejo. Ese espejo me enseña un rostro más o menos apto para la convivencia, sereno, más o menos apacible, y, por no malgastar el tiempo en autorretratos, típico resultado de la mezcla de rasgos mediterráneos.
Ahora mi teléfono tiene una de esas cámaras invertidas que, por puro descontrol, mis dedos, acostumbrados a la sujeción de herramientas menos sensibles, involuntariamente pulsan el botón que hace que aparezca, y yo vea por sorpresa en la pantalla, la cara que llevo puesta cuando estoy fuera del cuarto de baño. Un rostro que me aterra. No por feo o guapo, que ya pasaron los años en que fuimos tan simples, sino por su expresión animal, "de bruta criatura tirada al mundo a su cuidado". O por decirlo aún de un modo más claro, es la cara que imagino se me pondría si se me hubiese clavado una espina en el cerebro. Una especie de adusto cabreo o seriedad con un punto de iracundia. Yo, que por dentro soy tan risueño y por fuera así. ¡Qué falta de expresividad!
La propensión a la seriedad de algunas caras, la mia entre ellas, tiene como causa la desconfianza de que nuestros gestos más comunes se malinterpreten y puedan  meternos en desagradables berengenales. Entre que confundan nuestras señales y no hacer ninguna señal, se opta por lo segundo, y se llega a esta especie de seriedad que en realidad sólo es una forma de inexpresión.
Ahora que la cámara trasera del teléfono me va concienciando del rostro que me defiende del mundo, miro la seriedad en el resto de los rostros y, sin ser exhaustivo, la califico, bien con un adjetivo, cuando lo encuentro, bien con una cifra.
Hoy he tenido una experiencia extrema en lo que se refiere a esta característica gestual. He encontrado en la ferretería a C. Un hombre de mi edad al que conozco poco, aunque suficiente para saber que tiene una de esas caras petrificadas por la seriedad. Hacía bastante tiempo que no le veía, quizá un par de años, y mucho tiempo más que no lo tenía a una distancia que permitiese una evaluación fiable. Estaba allí, muy tieso, pidiéndole al empleado un taco especial para un agujero que había hecho en la pared. La pared era vieja, el agujero había quedado un poco holgado, y el taco normal giraba cuando intentaba atornillar. Flaco, las mejillas sumidas, los ojos saltones yertos, rodeados de un cerco morado…...
¿A ver cómo lo puedo explicar?
Mi cara es la de Fofó, Miliki y Fofito juntos cantando la gallina turuleta comparada con esa cara de estaca, de seco senequismo endurecido, de refugio nuclear.
Sinceramente, esa personificación de la estolidez más reconcentrada y súmmum del agarrotamiento; aquella perfección de rigor mortis tan bien asumida, ha sobrepasado mi capacidad de admiración y, debo confesarlo, creo que he sentido envidia.
Lo cual no quiere decir que toda esa perfección, a lo mejor esconde a un chistoso irrefrenable que se esta divirtiendo detrás de la tapia.

sábado, 16 de enero de 2016

Reencarnaciones.

¿Quién que haya visto la semejanza en gustos, gestos, manías, y otras afecciones entre uno cualquiera de sus familiares más próximos (no diré directos por no ofender) y aquel antepasado insoportable, (de esos que llevan escrito en la lápida, con todo merecimiento, el famoso epitafio: tanta paz lleves como descanso dejas), no ha llegado alguna vez a tener la sospecha de que por el lugar más recóndito e impensable de cuantos pudiera haber imaginado se ha colado en su casa, y hasta en su vida, un okupa?

domingo, 1 de noviembre de 2015

Va a llover.

(20151031). Esa cosa minúscula que se confundiría con una piedra si no la viesemos moverse es un sapo macho. La fotografía es del viernes, día 30. La hice en el camino del Cerro del Espartal, a la altura de Escoboso. En el mismo tramo de camino vi otros quince sapos braceando en la tiniebla con gran empeño.
La pasada semana ha habido otros avistamientos de características parecidas. He oído a una mujer contar que, yendo de paseo, sufrió un ataque de asco al ver bastantes sapos aplastados, pisados por los coches, en el camino del Zauce, en la bajada hacia el arroyo. Y en el camino del Pobo, M.P.P. vio otra desbandada.
Los sapos barruntan la lluvia. Me gustaría tener un sapo amaestrado que me enseñase a distinguir las borrascas vanas de las que traen agua. También les convendría a los meteorólogos que, en lo que respecta a este pedazo de tierra, llevan todo el otoño pronosticando con el pié cambiado. Hasta ahora todas las veces que he visto un sapo al anochecer en un camino, días despues, siempre ha llovido. Bien es cierto que nunca he visto una migración tan numerosa. Si esto significa que la lluvia será proporcional al número, o que huyen en desbandada por que lo que barruntan es la escasez, lo iremos viendo. 
 

jueves, 22 de octubre de 2015

Apunte del natural.

(20151018). Ella le viene abroncando con un tono muy correcto, nada crispado, diciéndole cómo se tienen que hacer las cosas. Ella es rubia. La melena por el hombro. Mallas negras. Zapato de medio tacón. Tacón que suena. Y una chaqueta de punto bastante larga que oculta unas poderosas caderas. Él está un poco oprimido por la ropa, tiene uno de esos cuerpos enterizos, de lanzador de peso. Va enfundado en un pantalón vaquero en el que no le caben los muslos, lo cual afecta a la longitud de sus pasos, demasiado cortos para su tamaño. Lleva puesta una camiseta blanca con rayas transversales con el número siete a la espalda. El número demasiado pequeño también para el tamaño de la camiseta. Viene empujando un carricoche con un niño chico dentro. Avanzan deprisa. Bajan la cuesta de Tentetieso delante de mí. La cabeza de él rapada a lo militar. En otro tiempo, hace treinta años o así, hubiera pensado que este hombretón obediente era un recluta recién licenciado. Hoy, sometidos a incesante evolución, diría que se trata de un atleta doméstico casado con su entrenador personal.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Destreza culinaria.

(20130720). Media tarde. Entro en la cocina y hay puesta al fuego una sartén con tres chuletas chisporroteando. La llama del gas abraza la sartén y desde el interior saltan como pulgas  minúsculas gotas de grasa. La carne presenta los efectos de una combustión rabiosa. Un humo pegajoso, con horrible olor a cochiquera incendiada se expande por el cuarto antes de ser absorbido por el extractor que emite un potente zumbido.
Aquella carbonización estaba teniendo lugar de un modo automático. No había nadie en la cocina  dirigiendo aquel martirio. También era compresible que R, su más probable ejecutora, no quisiese contemplarlo. Aunque en la casa es conocida la propensión de R a la simultaneidad.
Parece que  esta es una característica muy propia del género femenino. Hay montones de chistes donde esta "superioridad de género" es utilizada para hacer el dibujo de un hombre de escasas luces y capacidades muy primarias.  A este respecto, en un programa de radio donde hablaban de experiencias sexuales fracasadas, oí contar a un marido un caso extremoso de simultaneidad femenina y unidimensionalidad  masculina. Mientras él desfogaba su pasión, (que tendría, imagino, aquellas tres características que Lord Chesterfield atribuía al acto carnal: "placer momentáneo, costo exorbitante y posición ridícula") oyó decir a su mujer, con el hablar rebrincado de quien esta sufriendo un forcejeo: "Tengo que llevar las cortinas al tinte. Están sucísimas". La frase tuvo un efecto devastador sobre el torrente sanguíneo genital del marido, al que le quedó además, según tuvo el detalle de contar, una tirria inconcreta a toda clase de telas colgantes.
Volviendo a nuestra cocina, me he hecho un café mientras esperaba el desenlace de aquel experimento gastronómico. Las tres chuletas estaban curvadas hacia arriba sobre el hierro flamígero, y el chisporroteo se había convertido ya en una especie de gruñido. Sería un póstumo acto reflejo del animal, al que las leyes protegen del maltrato sólo hasta el matadero.
He visto entrar a R, que me ha mirado de reojo, y, sin mostrar sorpresa ni sobresalto alguno, ha ido directa al botón del gas, lo ha apagado y, con un pasmoso autocontrol y espíritu positivo, ha dicho:
—Ya están hechas.
Luego, mirándome molesta, ha dicho:
—¿Qué haces aquí?
Podía haberme callado, pero, contagiado por su autocontrol y positivismo, he optado por aportar mi granito de arena al experimento:
—He encontrado nombre para este plato.
Ella, escéptica:
—¿Cuál?
—Chuletas a la distancia.
Me ha insultado riéndose. Operación simultánea que, si no fallan mis cálculos unidimensionales, debe de equivaler a cero.

miércoles, 7 de octubre de 2015

En el hipódromo.

Después de escuchar algunos fragmentos de un programa de radio, de la variedad lacrimógena, aderezado con la música de la "Lista de Schdinler", en el que los oyentes hablan de sus maestros de escuela con arrobo, hago introspección y me percato de que todos los maestros que han pasado por mi vida han sido humanos, "demasiado humanos". Hasta que no asistí a las clases de Juan de Mairena, que conocí por los apuntes recogidos por Antonio Machado no tuve ningún maestro digno de ese nombre. Lo que no quiere decir que los mercenarios que se encargaron de mi educación no me dejasen bien preparado para la vida. Se aprende más de un mal maestro, cifra y resumen de la clase de gente que encontraremos a lo largo y ancho del mundo, gente atribulada a la que comunmente gobiernan sus cicatrices, que de un buen maestro, cuyo olor de santidad podría dejarnos transidos y en pleno desamparo para el resto de nuestra existencia.
La impresión que me causó conocer a Mairena fue tan completa que después de leídos los retazos de lecciones que Machado dejó escritos, yo mismo he tenido la desfachatez de anotar algunas otras lecciones de las que Machado no debió de tener noticia, o acaso desechó por demasiado triviales. Estas lecciones que he recopilado han de ser, sin duda, apócrifas o soñadas, ya que el apócrifo Mairena, según explica Machado, murió en Casariego de Tapia en 1909. Lo que no quita para que yo las haya experimentado con tanta viveza que puedo dar testimonio como si hubiese estado dentro del aula. Dejo, a continuación, un apunte de una de estas lecciones.

Juan de Mairena habla a sus alumnos:
—Los mozos de pista del hipódromo dialogan con los caballos en la línea de salida de la carrera: "No me encajones" dice el caballo. "No te encojones" replica el mozo.
El maestro Mairena hizo un breve silencio en este punto de la lección.
—A ver, Martínez, desarrolle esta idea.
Martínez:
—El caballo diría: "Si me encajonas me encojono". Y el mozo de pista: "Si me encojono te encajono".
"El encojonamiento suele traer cola", musitó Mairena, y en un tono más audible añadió:
—Muy bien Martinez. Traiga para mañana resumida una historia de la civilización basada en esos dos conceptos.
Mairena afiló en silencio la punta del lápiz que siempre sostenía entre los dedos mientras impartía sus lecciones. Su ideal pedagógico era el del director de orquesta que ensaya con los músicos la partitura de un concierto. Aunque el manejo que hacía del lápiz era más propio de un fumador empedernido que de un concertista. Acabada la pausa valorativa, retomó vigorosamente el "desencadenante", como a él le gustaba llamar a la anécdota que servía de escusa para el "análisis de las partes vitales" del argumento.
—Como ustedes saben algunos caballos encojonados al no cumplir el requisito previo de entrar en el cajón no pueden participar en la carrera.
Mairena hizo el gesto de llevarse el lápiz a los labios.
—A ver, los de la última fila, díganme. ¿creen ustedes que, a pesar de todo, estos caballos perciben que, a su modo, ellos también han ganado?
Mairena apuntó con el lápiz al último pupitre donde había desplazado a los alumnos más capaces, para que el aviso cristiano de que "los últimos fuesen los primeros" tuviese vigencia no sólo en el cielo.
—A ver, Ruiz, el de los platillos, conteste usted mismo. (Mairena, a veces, asignaba a sus alumnos un instrumento al azar).
Ruiz:
—Ganan. Pero otro campeonato.
—Muy bien observado Ruiz, si sigue por este camino  pronto se hará usted cargo del clarinete.
Mairena se llevó el lápiz a la sien:
—Siguiendo el razonamiento de Ruiz, ¿creen ustedes que nuestra capacidad para indultarnos, el potenciador principal de nuestra autoestima, es auto convencernos de que, aun galopando en la misma pista, corremos otro campeonato? No contesten ahora. Maduren el asunto y traigan algo escrito para mañana. ¿Y la autocrítica qué papel jugaría? ¿Sería un hándicap  para nuestros galopes por la pista o sólo un truco, una manera más elaborada de reforzar nuestra autoestima? Miren a ver que pueden hacer con todo esto.
Pérez levanta una mano.
—Diga, Pérez.
—Me parece que nos hemos ido del tema principal.
—¿El encajonamiento y el encojonamiento?
—Si. Yo creo que el caballo no quiere ser encajonado porque esta acojonado.
—Ya veo por dónde va, Pérez. Cuestiones psicológicas, me temo. Por esta vez obviaremos la psicología del caballo. No interpretaremos la causa del encojonamiento, nos atendremos al hecho observable. La obstinación del caballo por no ser encajonado.
Pérez:
—Ya, pero como partíamos de que el caballo hablaba.
Mairena:
—Tiene usted razón, un caballo que habla es una hipótesis demasiado atrevida. Digamos que el caballo relincha y el mozo lo azuza. ¿Así queda más claro?
Pérez se encoge de hombros:
—No creo que a los caballos les guste correr en una pista.
Mairena:
—Amigo Pérez, veo que ha tomado usted partido por el caballo encojonado. No sé porqué  me ha parecido que desde la grada veríamos mejor la carrera,  pero, si usted lo prefiere, puede adoptar para su ejercicio el punto de vista del jinete.
Pérez:
—Yo, los caballos, los prefiero silvestres.
Mairena:
—Yo también. Pero en el hipódromo sólo hay caballos de carreras. Otro día iremos al campo y veremos al caballo en plena naturaleza ¿Usted qué prefiere una naturaleza con alimañas como nosotros o sólo con alimañas buenas?
Suena el timbre y acaba la clase.