domingo, 24 de mayo de 2015

La campaña.

En alguna calle del interior y en las carreteras, sobre todo en las carreteras, señal de que la propaganda va dirigida al transeúnte más que al residente, (las estadísticas deben de indicar que en estos pueblos son más los circulantes que los estables), han colgado pancartas de un tejido tan liviano que el aire que estamos teniendo en este mayo vesánico levanta y enrosca con facilidad.
Sé que estas campañas las diseñan eminentes conocedores del subconsciente humano, y que lo tienen todo calculado al milímetro. No hay más que ver cómo han evolucionado los colores de los tejidos de que están hechas las pancartas, el rojo del socialismo es más rojo que nunca y el azul de la derecha alcanza una palidez que destila inocencia.
Me atreveré, no obstante, a sugerirles para próximas campañas un par de cosas. Primera, que tengan en cuenta el movimiento que han de hacer las pancartas al ser levantadas por el aire. A estas pancartas les iría bien imitar el modo en que volaban las faldas de Marilyn Monroe, no en el sentido literal, es decir que los soplidos hiciesen aparecer en estampa los muslos de la concejala más proporcionada, sino que tuviesen un contenido agradable de observar, un aliciente que despertase nuestra curiosidad, por ejemplo una serie de letras o mensajes que no se viesen cuando el trapo está quieto, pero que formasen frases o palabras bonitas cuando se estuviese agitando. Palabras que se agarrasen al corazón de los votantes y les hiciesen acudir a las urnas perdida su capacidad de raciocinio y ciegos de buenos sentimientos, que parece ser el modo de manipulación más efectivo para pastorear a los pueblos. 
La idea de la pancarta me ha venido a la cabeza recordando un centro comercial de Leganés que vi hace dos o tres años. Los largos pasillos llenos de tiendas estaban adornados con letras de grandes dimensiones y en relieve que formaban palabras como paz, solidaridad, ética, bondad, comprensión, tolerancia, amistad, amor, justicia, equilibrio, dignidad, y así sucesivamente otros muchos anestésicos bienintencionados, parecidos a los que estos últimos días venimos oyendo a mansalva. El centro comercial era un impresionante ejemplo de pornografía idealista dirigida a condimentar al consumidor, que ha de estar saturado de ideas genéricas y deseoso de ser otro, para quedar en su punto. Tal como las campañas electorales van dirigidas al cocimiento a fuego lento de un electorado que aspira con su papelito a cambiar el mundo que le rodea,  o eso que llaman su entorno. Nada menos.
Y en segundo lugar les aconsejaría que las pancartas no se transparentasen, con el fin de que no pudiesen leerse nada más que por la cara buena: VOTA, y no, como ahora ocurre, que puede leerse por la parte de atrás la palabra al revés: ATOV. Esto es lo que yo leo en la tela roja que cuelga a la altura del cuartel de la guardia civil. Y como soy algo distraído y bastante olvidadizo, todos los días sufro el vértigo de encontrarme en otro sitio, y doy en pensar que el Comité revolucionario se ha colocado el tricornio, o al revés, que los tricornios han tomado la iniciativa y han salido a degollar burgueses o, a falta de éstos, a esquilmar campesinos, que es algo por lo que, sin necesidad de que se lo encomiende el soviet, ya han mostrado cierta afición.
Al margen de estos sustos que podamos sufrir los atolondrados, es una descortesía que las pancartas sólo ofrezcan su mensaje a los que vienen en la dirección adecuada, dando la espalda a los que vienen en sentido contrario. Una pancarta para una sola dirección pierde el 50% de eficacia propagandística.

Una cosa buena de esta campaña de mayo de 2015 es que el resto de cartelería, las consignas y los retratos, la hayan colgado de los cables del tendido eléctrico, o amarrado a los postes del alumbrado público. Es un gran avance, una incuestionable mejora, que el futuro alcalde se presente al público colgado, que no pegado a una pared. Más pronto que tarde lo que está colgado acaba cayendo, pero si están pegados lo más habitual es que se queden en la pared decolorándose durante uno o dos años, hasta que aquellas caras sobredimensionadas y retocadas, ya de suyo monstruosas, van teniendo cada vez una apariencia más cadavérica, lo cual produce en el contribuyente el lógico alejamiento de las instituciones. Si cuesta tener que ver a un alcalde vivo, mucho más costará acercarse al ayuntamiento para solucionar cualquier trivialidad doméstica imaginándolo detrás de la mesa con aquella cara de asfixiado que le va quedando en el retrato electoral.
La cartelería de este año, además, es de un tamaño moderado, preparada, creo yo, para ser colocada a la altura de los ojos de los viandantes, sólo que, como los candidatos tienen miedo de situar sus mensajes e imágenes al alcance de las manos de los votantes, no les vaya a dar la tentación de intervenir en la campaña realzando los atributos de los candidatos, modificando los eslóganes o, simplemente arramplando con los cartones para utilizarlos como combustible, pues los han situado a una altura considerable, de tal manera que el mensaje tiene una dimensión de viñeta de tebeo, y en la fotografía del proyecto humano que quiere aposentarse en el consistorio apenas se percibe un amasijo muy borroso que, sin duda, aminora considerablemente la impresión que produciría observar a más corta distancia el posado de este grupo de cincuentones.

Como ya he dicho al principio, este Mayo ni es florido ni es hermoso, ha sido, en sus primeros días, exageradamente cálido, y desde entonces hasta hoy muy ventoso, es decir un autentico especialista en el secado, justo lo que estamos necesitando en desertilandia. Gracias a esta ventilación extraordinaria de Mayo he podido constatar que algunos eslóganes de la campaña, que en un principio me parecieron un poco ni fu ni fa, como suelen ser esta clase de eslóganes,  resultaban muy poco apropiados para nuestro modelo de sociedad. Ayer o anteayer, cuando enfilaba la carretera en el tractor camino del olivar, pude ver que uno de los cartelones colgados de las farolas lo había tirado el aire, habiendo quedado muy bien colocadito, no importa si por la gracia que tuvo en el planeo o porque alguna mano caritativa lo puso de aquella manera, en uno de los bancos de los muchos que hay situados a lo largo de esta vía. Lo gracioso del caso y hasta irónico, si ustedes me apuran, es que esos bancos suelen estar ocupados por viejos viejos o jubilados expres y en la cartela estaban escritos estos tres verbos, uno debajo de otro: “Hacer. Trabajar. Crecer.” El lema del PP. Cuánto me hubiera gustado tirar una foto a los jubilados y al cartel, todos juntos, Pero no ha habido ocasión.
Haciendo cuentas a ojo de buen cubero, la gente jubilada que hay en esta circunscripción debe de estar alrededor de siete a tres de cada diez. Eso si no rozamos el ocho a dos. Con esta situación demográfica, semejante a la de muchos otros pueblos del interior, el eslogan que hubiera venido como anillo al dedo, hubiera sido: "Virgencita, virgencita, que me quede como estoy". Aunque como la campaña está muy avanzada y es tarde para corregir,  la mejor manera de que nadie piense que el mensaje es impropio o poco pensado sería llevar esta línea de actuación del estimulo permanente un poco más lejos. Una manera muy consecuente de hacerlo sería rotular en las puertas de los cementerios aquella pintada famosa que escribieron en la tapia del cementerio de Zamora: “Cabrones, levantaos. La tierra para el que la trabaja”.

El lema del PSOE: “Haremos más” ha tenido gran éxito entre los agricultores, el gremio más pujante en la zona. A algunos agricultores, sobre todo a los viejos agricultores, les encanta hacerse los analfabetos, se fingen más catetos de lo que son para que nadie pueda saber si lo que ignoran lo ignoran de verdad o sólo fingen ignorarlo, así explicado parece un mecanismo psicológico muy complejo, pero se trata tan sólo de una forma muy rudimentaria de camuflaje. Una vez que adoptan este papel, la cosa que más les divierte es crear malentendidos, tomar una palabras por otras, deformarlas, hacer como que entienden lo que no es, y ensartar, llegado el caso, unas cuantas malicias. Muchos rústicos de comedia han sido caracterizados  de esta manera, pero el prototipo es Sancho Panza. Las tretas dialécticas que Sancho pone en juego con Don Quijote tienen plena vigencia todavía entre muchos viejos agricultores.
He de decir que la pancarta con el “Haremos más” está colocada bastante cerca de un taller mecánico, lugar donde la gente del campo suele encontrarse, y la leyenda de la pancarta ha sido muy comentada. Desde el primer momento, en las conversaciones de las que he sido testigo el “haremos” del verbo hacer, ha sido convertido en “aremos” del verbo arar y la catarata de ocurrencias que han surgido  al respecto ha sido incontable. Saludos. Frases sin lógica. Retruécanos. Todo un repertorio de burlas  que puestas en el papel perderían la gracia, pues hay que oírlas con su tono intencionado y garrulo,  metidas entre risas, y acompañadas de miradas cargadas de malicia.

Mayo ha asurado una porción del cereal, y al olivo, en plena floración, lo está maltratando, veremos con que consecuencias. Ha acabado la campaña y no sé a quién votar. Lo que no impedirá que caigan del cielo nuevos ediles, y pasmosos alcaldes. Siempre estoy ocupándome de asuntos colaterales y me despisto. Leo, para intentar orientarme, el episodio del Quijote(II-25) de aquellos dos regidores que salieron a buscar el asno extraviado, propiedad de uno de ellos, y, puestos a rebuznar en campo abierto, para atraer al anlmal, ambos pudieron comprobar que la calidad de sus rebuznos era tal, que cualquiera de los dos podía pasar por un auténtico  jumento. 
Si al menos supiera cual de nuestros candidatos rebuzna mejor.... ¡Qué lástima! Otra campaña desperdiciada. Quizá si no rebuznase tanto... y lo viejo que soy ya para enmendarme.

lunes, 6 de abril de 2015

La S. S.

Semana Santa. Los conocidos que te encuentras en un comercio, la ferretería por ejemplo, o en la calle, porque las calles habitualmente vacías son en estas fechas transitadas por una insaciable marea de urbanitas revenidos (de ida y vuelta, quiero decir). Esos conocidos te dicen:
–¿Tú eres X? ¡Cualquiera te conoce!
Hay que sonreír. Y según la gracia que nos hagan soltar la agudeza.
–Tengo días en los que me parezco más, hoy la caracterización me habrá quedado un poco floja.
No te escuchan. Prosiguen con el análisis.
–Pero tú nunca has estado tan delgado.
¿Delgado? Habrán querido decir que siempre he estado más gordo. No sé qué contestar. Pero es de buena educación explicar las cosas, y también ser breves. Ambas cosas son difíciles de conjugar. Lo intento, y sale lo que sale. Explico en un chispazo que tengo un menisco roto, que los médicos me han arrojado a la fosa común, y que tal vez adelgazando pueda acabar prescindiendo de las piernas.
Noto que me miran con mayor intensidad, a punto de lanzar quizá algún diagnóstico más grave sobre mi estado mental. Ese momento de duda lo aprovecho para alejarme cojeando. Sin la chulería de la que hacen gala los cojos de nacimiento, sino modestamente, como conviene a los que hemos ganado nuestra cojera con esfuerzo y espíritu de sacrificio, con el sudor de la frente, como suele decirse.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Identidad en bruto.

(Nota del 25-1-2015. Domingo). Lo he encontrado en uno de los estratos de la mesa de mi cuarto. Durante una semana larga me he dedicado a la arqueología. Las hojas sueltas que otros tiran olímpicamente a la papelera yo las voy depositando sobre la mesa. Esas hojas inservibles, trozos de cartón, papel de embalar o reversos de facturas con algunas frases o palabras garabateadas, van quedando amontonadas como si nunca hubieran existido. Hasta que, es el peligro que tiene el orden repentino aplicado a un desorden continuado, les llega el día de la resurrección, en el que hemos de suponer, por la mala caligrafía, que somos los autores de ese texto.
Pues bien, en mi mesa he encontrado este apunte que apunta a mi sien con aplastante determinación: “¿Y cómo no va a parecerme fútil, gratuito y una autentica imbecilidad lo que sale de mi pluma siendo yo el que lo ha escrito?”
Por muy depurativo que resulte flagelarse en público, no creo que al escribirlo quisiese dar rienda a una declaración de mi imbecilidad, a lo que habría llegado con suma facilidad aplicándome la cláusula Forrest Gump, según la cual tonto es el que dice tonterías, y el que escribe imbecilidades, pues ya se sabe. En mi caso creo que más bien quería darle la vuelta a esa creencia tan extendida, y rara, de que lo nuestro, lo que hacemos, nuestras cosas, son excepcionales, maravillosas, sólo y principalmente porque las hemos producido nosotros. Si nos miramos bien, por el derecho y el revés, y conociéndonos tan a fondo, mucho mejor de lo que conocemos a ningún otro en este mundo, lo lógico sería pensar que lo que hacemos nosotros siempre tendría que parecernos peor, más vulgar, o normal, que excepcional, y sin embargo lo más común es encontrarse con gente que cree estar  alumbrando al mesías en cada uno de sus partos. Admirable debería parecernos lo que hacen los otros, de los que sabemos tan poco que sus obras podrían parecernos un prodigio,  fundamentalmente porque desconocemos su gestación, el andamiaje, las fuentes, y hasta, posiblemente, las casualidades, trucos y remiendos que las hicieron venir a este mundo. Para decirlo con una imagen comprensible, nosotros, cada uno, sabemos, cuando no sea más que por lesa proximidad, que nuestras labores, hijos, construcciones, tienen el aspecto aproximado del monstruo creado por Víctor Frankenstein, con sus costurones y su cabeza pelicuadrada, mientras que los demás verían sólo a la nueva criatura, cuya personalidad puede resultar más o menos agradable pero libre de todos los contubernios que la hicieron posible. Estoy hablando de las valoraciones privadas de cada cual, no de las  escenografías y propagandas que hemos de adoptar  en relación con los otros. Los otros nunca son los suficientemente inofensivos como para traerlos a nuestro campo de acción sin que signifiquen un peligro. Admirar e incluso nombrar a los otros siempre supone una amenaza para nuestra identidad quebradiza e irrelevante. Los otros siempre están en trance de invadirnos y despojarnos del sitio que ocupamos o de alguna característica que creíamos propia o auténtica, como ahora se dice, este es el motivo que justificaría que los juicios que exteriorizamos sobre lo ajeno sean tan cicateros. Y la causa, también, de que los muertos obtengan lisonjas sin cuento y rendida admiración. Nos atrevemos a tanto sólo porque a esos sí que les consideramos perfectamente inofensivos.
Dejada a un lado esta digresión y volviendo a lo del principio, los apuntes de envoltorio de los que estaba hablando, meras repentizaciones escritas, no suelen expresar correctamente la idea que tenemos en la cabeza, pero en ocasiones, como ocurre con algunas erratas y lapsus, expresan mucho más de lo que nosotros hubiéramos pretendido decir.
Rara vez una de estas ideas traspasa la esfera íntima. Para eso está la intimidad, para contener todas estas ideas que sufrimos en silencio, como las almorranas. Yo ahora tampoco me hubiera molestado en traer a colación este papel sedimentado de no haber coincidido su exhumación con una frase de Mafalda leída esta mañana en un cuento de J. Villoro. Una frase que enuncia la idea de la que procede mi pregunta con precisión matemática, dicho de otro modo, que acierta con el centro del blanco cuando mi flecha apenas había rozado el último anillo de la diana. Dice Mafalda: “¿Por qué justo a mí tenía que tocarme ser yo?” Esa es la pregunta fundamental, lo demás es andarse por las ramas.

Pelicuadrada. Me parecía que esta palabra era de uso común. Yo la he estado usando y oyendo toda mi vida y creo que la mayoría de la gente que conozco entiende lo que significa. La palabra viene a expresar la imperfección o deformidad de un objeto respecto a la forma idónea que se le supone. En mi infancia, por ejemplo, las bolas de barro cocido, con las que jugábamos al gua o al triangulo, que no eran totalmente redondas, decíamos que estaban o eran pelicuadradas. Curiosamente la palabra no aparece en ningún diccionario, tampoco en las recopilaciones de vocablos autóctonos, ni los exploradores internáuticos tienen idea de nada que se relacione con  este término.
Como posibles prófugos que somos todos, resulta bastante esperanzador saber que la gran tela de araña que se cierne sobre nosotros tiene algunos agujeros.


Aspecto de la mesa de mi cuarto antes de iniciar las excavaciones.
Vista de la mesa desde el puesto del timonel que, como puede verse, ha perdido
el Norte y va directo a encallar en un irrefrenable síndrome de Diógenes.

  

domingo, 8 de febrero de 2015

Oz.

(30 de Enero de 2015. Viernes). En mi puerta falsa el aire suele arremolinar hojas y papeles los días de ventisca. Los días de verbena lo que acumula son las meadas de los festejantes. Hay puntos  en el mapa que sufren extrañas polarizaciones, furiosos magnetismos.
Respecto a las meadas, alguna vez, dejándome llevar por un afán de exactitud tal vez excesivo, he comentado a amigos o conocidos que quienes mayoritariamente meaban en las puertas falsas de mi casa eran mujeres. Esto ha acarreado alguna interpretación insidiosa entre quienes me lo han oído decir, sobre todo entre los hombres, que han creído que estaba presumiendo de una masculinidad apabullante. Craso error. Yo sé muy bien que las mujeres evacuan allí para aprovechar el rinconcillo que forman las puertas con respecto al trazado de la calle; por ganar algo de intimidad y no por enviarme un mensaje hormonal en forma de micción, que, por cierto, nunca interpretaría como una forma de coqueteo, sino como un inaceptable desajuste en su capacidad expresiva.
Dicho esto, he de insistir en que son mujeres las que mean, porque lo evidencia el número de servilletas que dejan tiradas en el suelo. Seré exacto otra vez: ciento diecisiete, tuve la paciencia de contar una vez que hice un informe para felicitar al Ayuntamiento por el alto índice de participación alcanzado en la verbena, (rogándoles instalasen, para próximas convocatorias, una urna para que el recuento de servilletas fuese oficial y pudiera formar parte de estadísticas serias que ayudasen a definir nuestra idiosincrasia), informe que no les envié. Lo cual indica, si estamos todos de acuerdo en que la servilleta de papel esta asociada a la micción femenina, ya que la masculina dispone de recursos mecánicos para un escurrimiento cuando no exhaustivo si al menos satisfactorio, que mi conclusión es acertada.
Hoy, día ventoso, pertinazmente airado, cuando he abierto las puertas para sacar el coche, entre los objetos que estaban tirados en aquel montón que suele formar allí el aire, había unas bragas verdes. Después de lo que acabo de contar más arriba, sé que esto no debería ni mencionarlo si quiero evitar que de nuevo crean que estoy fanfarroneando. Pero no cunda la alarma. Estas bragas no eran precisamente una de esas prendas delicadas y sutiles que hubieran podido tomarse como  señuelo o insinuación, no eran sino unas rotundas bragas faja, muy poco sugerentes para ser imaginadas como adorno, pero aún más difícil imaginarlas como elemento volátil.  
Pensar el motivo por el que aquellas bragas habían llegado hasta mi puerta no ha sido mi preocupación principal, sino cómo habría logrado el viento arrancar aquella pieza de lencería prensil del cuerpo en que hubiese estado incrustada. El pensamiento, ante esta clase de visiones estrambóticas, suele proceder sin método, con poca lógica, o quedar literalmente encasquillado. Este fue mi caso. Quedé totalmente alelado observando la prenda, y la duda que me corroía la expresé en voz alta. Por suerte mi cónyuge, que estaba allí presente esperando a que yo saliese del portalón con el coche para dejar cerrada la puerta, oyó mis titubeos y me saco del atolladero. La oí decir que nadie pierde las bragas por mucho viento que sople, que las bragas estarían puestas a secar en una cuerda de la ropa y el aire se las habría llevado. Me dejó asombrado su facilidad deductiva. Podría haber aceptado sin más que es más sagaz que yo y continuamente está disimulando, pero eso sería infringir los procedimientos habituales utilizados entre humanos para no sentirnos arrollados por nuestras limitaciones, por tanto hice lo que es normal cuando alguien se muestra más despierto que nosotros, nunca pensar que su inteligencia es superior, sino desconfiar de su capacidad y sospechar que está jugando con ventaja. Gracias a este, no por ruin menos práctico, método para mantenernos a flote, así tengamos al mismo Einstein haciéndonos sombra todo el día, he podido resolver un misterio con el que llevo conviviendo tantos años que ya había asumido que no tenía solución.
Al salir del portalón, por el espejo retrovisor he visto cómo mi cónyuge se quedaba mirando con gesto inquieto la prenda monolítica. Seguramente estaría considerando, como yo, que en un amplio radio a nuestro alrededor todas las casas están deshabitadas en esta época del año, y que el vuelo de esa clase de lencería debe de ser más corto que largo. En apenas cincuenta metros, antes de tener que esquivar los andamios de la casa que están construyendo al final de la calle, he sabido adónde habían ido todos los calcetines, calzoncillos, camisas y demás indumentos que he ido echando en falta a lo largo de los años. Cualquiera lo puede imaginar, pero a mí me gusta dar detalles. Tal vez muy pocos recuerden como comenzaba el cuento del Mago de Oz. La huérfana Dorothy y su perro Toto son llevadas en volandas por un tornado o un huracán al País de Oz donde conocen a unos cuantos personajes estrafalarios y les ocurren toda clase de tontas aventuras. Allí mismo es adonde han ido a parar mis calcetines desparejados. Los estará mordisqueando el León Cobarde, o habrán servido como adorno al Espantapájaros. Ingenuo de mí. Yo que estaba creyendo que nuestra lavadora los devoraba y que poco a poco los iba incorporando a su metabolismo... Cuando casi tenía puestas más esperanzas en las futuras habilidades de este electrodoméstico que en las de mi progenie… en fin, menudo desengaño.           
 
 
 

domingo, 5 de octubre de 2014

Prótesis.

R. ha ido a hacer una visita a su hermana P. al "barco del amor", que es como llamamos en clave interna al Asilo de Alcaudete. En la última visita encontró a P., que ha cumplido ya los sesenta, convertida en una Julieta con bastones, sentada en un banco y dada de la mano de su Romeo, un hombre de salud deshilachada, pero todavía, según las muestras que viene dando, con suficiente coraje para afrontar lances de esta clase.
A R. le sentó muy mal contemplar la escenita. Con discreción, las dos a solas en el cuarto de baño, le rogó a su hermana que no diese el espectáculo. Cuando recordaba la escena mientras nos lo contaba se señalaba el brazo con un dedo y decía: "¡Mira, mira, sólo de pensarlo se me ponen los pelos como escarpias!".
Hoy no ha se ha repetido la escenita. R. ha venido contenta de ver la felicidad que irradia su hermana, sin tener  que ver el manantial del que brota esa felicidad. Nos ha dado algunos detalles del ambiente que se respira en el Asilo, una balsa de aceite, y luego, sin darle mucha importancia, ha comentado que uno de los viejos al pasar le había dado a ella un ligero toque con la garrota en el culo. La he preguntado cómo había respondido al toque y ha contestado con una evasiva. Parece que se lo ha tomado a broma. "¿El viejo te da con la garrota en el culo y tú te haces la simpática? No me lo puedo creer". "Y qué querías que hiciera, ya le ha reñido su mujer que estaba allí sentada".
—¿Su mujer? Como los viejos de aquí, los de la plaza, se enteren de que eres tan condescendiente con esta clase de jueguecitos tendrás un carrusel detrás de ti intentando darte con la garrota. Algo pasa en esa Residencia.... Y lo sospechoso es que no les pasa sólo a los residentes, sino también a los visitantes. Lo tendrán todo rociado de oxitocinas o algún sucedáneo sintético que haga el mismo efecto. Tu en condiciones normales no hubieras actuado así.
—¿Y qué iba a hacer?
—Te daré una idea. Quitarle la garrota y partirla en dos. Acabar con la falocracia senil de una manera drástica.
—La cara que se le quedaría al pobre.
—Si, una cara digna de ser inmortalizada. El próximo día me voy contigo y me llevo la cámara, y, como es impepinable que ese viejo volverá a repetir la acometida, tu le coges la garrota y se la partes, diciendo: "¡Deja ya la puta garrota, tío sátiro!", que sería tu modo de proceder normal. Yo procuraré obtener primeros planos para verle la cara de estupefacción.
R. se ríe:
—Si, se iba a quedar mamao. Aunque también te digo que esa garrota no se rompe fácil. Era bastante gorda.
—¡Joder! ¡Cuánto detalle fuera de lugar! No importa que sea gorda. Te llevas la estraleja en el cinto y.........
—....se la hago cachitos y se la pisoteo, llamándole "viejo verde".
—Exacto. Lo dejaremos de una pieza. Haremos una copia del video y se lo regalaremos a la residencia para que amenicen las veladas viendo a este viejo atrevido transformado en un puro escalofrío. Quizá la idea les sirva para encontrar otro entretenimiento que no sea sólo el desenfreno orgiástico. Y, desde luego, si se sirven en sus orgias de las garrotas, habremos conseguido relajar el ambiente durante unos cuantos días.
R. se desternilla de risa. Con las palabras metidas entre las carcajadas va diciendo:
—Con las garrotas.....si, claro......tiene que ser con las garrotas......eso seguro......porque allí aunque les pongan agua bendita en la sopa, no creo que hagan muchos milagros.
Más vale que nos vaya quedando humor para ir pasando el rato. De las cosas que leo y anoto, o se me ocurren y creo que he leído, vaya usted a saber, tengo por aquí escrita esta frase atribuida a una madame, de la que desconozco el nombre, que dice así: "la risa es un placer semejante en todo a un orgasmo, con la ventaja de que al acabar no hay que limpiarse". Yo no lo he dicho. Ahora bien, se me ocurren otras muchas ventajas además de esta. Entre ellas, la que aquí viene más a cuento, que no son necesarias garrotas ni otras prótesis aún más risibles y estrafalarias. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Morbo estático.

Lo decía mi amigo Belmonte y yo lo suscribo:
—No viajo porque sufro la enfermedad de encontrar novedoso lo repetido.
Quizá mi caso sea un poco más grave, pues  padezco también el proceso inverso de esta misma enfermedad: suelo encontrar tediosamente repetido lo novedoso.

Evolución a la remanguillé.

Esas hijas tan guapas, tan compuestas, tan explosivas, como venidas de otro mundo, viéndolas pasar por la calle junto a sus tronchadas madres . Incrédulas de que a ellas les vaya a pasar lo mismo. Firmemente convencidas de que ellas serán la primera camada que quedará sin merma, sin evolución, con su apariencia de ahora mismo. Definitivamente así para siempre.
Siempre. Una tras otra, las generaciones, con el modelo a la vista, y repitiendo sin embargo la cara de inmutables, de que de ahí no hay quien las mueva.
¡Y que esta obsesión tan marcada no haya servido para reconducir nuestras células hacia el ansiado estancamiento en la perfección estatuaria, y sí, sin embargo, para incrementar esta yerma fe, esta credulidad empachosa, esta ilusión desnortada que hace que sea tan frecuente ver, a esa edad hecha para la gracia y para la risa, a tanto joven de cara fotocompuesta y entrecejo airado! ¡Inacabable muestrario de maniquís sin pasarela!