lunes, 6 de abril de 2015

La S. S.

Semana Santa. Los conocidos que te encuentras en un comercio, la ferretería por ejemplo, o en la calle, porque las calles habitualmente vacías son en estas fechas transitadas por una insaciable marea de urbanitas revenidos (de ida y vuelta, quiero decir). Esos conocidos te dicen:
–¿Tú eres X? ¡Cualquiera te conoce!
Hay que sonreír. Y según la gracia que nos hagan soltar la agudeza.
–Tengo días en los que me parezco más, hoy la caracterización me habrá quedado un poco floja.
No te escuchan. Prosiguen con el análisis.
–Pero tú nunca has estado tan delgado.
¿Delgado? Habrán querido decir que siempre he estado más gordo. No sé qué contestar. Pero es de buena educación explicar las cosas, y también ser breves. Ambas cosas son difíciles de conjugar. Lo intento, y sale lo que sale. Explico en un chispazo que tengo un menisco roto, que los médicos me han arrojado a la fosa común, y que tal vez adelgazando pueda acabar prescindiendo de las piernas.
Noto que me miran con mayor intensidad, a punto de lanzar quizá algún diagnóstico más grave sobre mi estado mental. Ese momento de duda lo aprovecho para alejarme cojeando. Sin la chulería de la que hacen gala los cojos de nacimiento, sino modestamente, como conviene a los que hemos ganado nuestra cojera con esfuerzo y espíritu de sacrificio, con el sudor de la frente, como suele decirse.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Identidad en bruto.

(Nota del 25-1-2015. Domingo). Lo he encontrado en uno de los estratos de la mesa de mi cuarto. Durante una semana larga me he dedicado a la arqueología. Las hojas sueltas que otros tiran olímpicamente a la papelera yo las voy depositando sobre la mesa. Esas hojas inservibles, trozos de cartón, papel de embalar o reversos de facturas con algunas frases o palabras garabateadas, van quedando amontonadas como si nunca hubieran existido. Hasta que, es el peligro que tiene el orden repentino aplicado a un desorden continuado, les llega el día de la resurrección, en el que hemos de suponer, por la mala caligrafía, que somos los autores de ese texto.
Pues bien, en mi mesa he encontrado este apunte que apunta a mi sien con aplastante determinación: “¿Y cómo no va a parecerme fútil, gratuito y una autentica imbecilidad lo que sale de mi pluma siendo yo el que lo ha escrito?”
Por muy depurativo que resulte flagelarse en público, no creo que al escribirlo quisiese dar rienda a una declaración de mi imbecilidad, a lo que habría llegado con suma facilidad aplicándome la cláusula Forrest Gump, según la cual tonto es el que dice tonterías, y el que escribe imbecilidades, pues ya se sabe. En mi caso creo que más bien quería darle la vuelta a esa creencia tan extendida, y rara, de que lo nuestro, lo que hacemos, nuestras cosas, son excepcionales, maravillosas, sólo y principalmente porque las hemos producido nosotros. Si nos miramos bien, por el derecho y el revés, y conociéndonos tan a fondo, mucho mejor de lo que conocemos a ningún otro en este mundo, lo lógico sería pensar que lo que hacemos nosotros siempre tendría que parecernos peor, más vulgar, o normal, que excepcional, y sin embargo lo más común es encontrarse con gente que cree estar  alumbrando al mesías en cada uno de sus partos. Admirable debería parecernos lo que hacen los otros, de los que sabemos tan poco que sus obras podrían parecernos un prodigio,  fundamentalmente porque desconocemos su gestación, el andamiaje, las fuentes, y hasta, posiblemente, las casualidades, trucos y remiendos que las hicieron venir a este mundo. Para decirlo con una imagen comprensible, nosotros, cada uno, sabemos, cuando no sea más que por lesa proximidad, que nuestras labores, hijos, construcciones, tienen el aspecto aproximado del monstruo creado por Víctor Frankenstein, con sus costurones y su cabeza pelicuadrada, mientras que los demás verían sólo a la nueva criatura, cuya personalidad puede resultar más o menos agradable pero libre de todos los contubernios que la hicieron posible. Estoy hablando de las valoraciones privadas de cada cual, no de las  escenografías y propagandas que hemos de adoptar  en relación con los otros. Los otros nunca son los suficientemente inofensivos como para traerlos a nuestro campo de acción sin que signifiquen un peligro. Admirar e incluso nombrar a los otros siempre supone una amenaza para nuestra identidad quebradiza e irrelevante. Los otros siempre están en trance de invadirnos y despojarnos del sitio que ocupamos o de alguna característica que creíamos propia o auténtica, como ahora se dice, este es el motivo que justificaría que los juicios que exteriorizamos sobre lo ajeno sean tan cicateros. Y la causa, también, de que los muertos obtengan lisonjas sin cuento y rendida admiración. Nos atrevemos a tanto sólo porque a esos sí que les consideramos perfectamente inofensivos.
Dejada a un lado esta digresión y volviendo a lo del principio, los apuntes de envoltorio de los que estaba hablando, meras repentizaciones escritas, no suelen expresar correctamente la idea que tenemos en la cabeza, pero en ocasiones, como ocurre con algunas erratas y lapsus, expresan mucho más de lo que nosotros hubiéramos pretendido decir.
Rara vez una de estas ideas traspasa la esfera íntima. Para eso está la intimidad, para contener todas estas ideas que sufrimos en silencio, como las almorranas. Yo ahora tampoco me hubiera molestado en traer a colación este papel sedimentado de no haber coincidido su exhumación con una frase de Mafalda leída esta mañana en un cuento de J. Villoro. Una frase que enuncia la idea de la que procede mi pregunta con precisión matemática, dicho de otro modo, que acierta con el centro del blanco cuando mi flecha apenas había rozado el último anillo de la diana. Dice Mafalda: “¿Por qué justo a mí tenía que tocarme ser yo?” Esa es la pregunta fundamental, lo demás es andarse por las ramas.

Pelicuadrada. Me parecía que esta palabra era de uso común. Yo la he estado usando y oyendo toda mi vida y creo que la mayoría de la gente que conozco entiende lo que significa. La palabra viene a expresar la imperfección o deformidad de un objeto respecto a la forma idónea que se le supone. En mi infancia, por ejemplo, las bolas de barro cocido, con las que jugábamos al gua o al triangulo, que no eran totalmente redondas, decíamos que estaban o eran pelicuadradas. Curiosamente la palabra no aparece en ningún diccionario, tampoco en las recopilaciones de vocablos autóctonos, ni los exploradores internáuticos tienen idea de nada que se relacione con  este término.
Como posibles prófugos que somos todos, resulta bastante esperanzador saber que la gran tela de araña que se cierne sobre nosotros tiene algunos agujeros.


Aspecto de la mesa de mi cuarto antes de iniciar las excavaciones.
Vista de la mesa desde el puesto del timonel que, como puede verse, ha perdido
el Norte y va directo a encallar en un irrefrenable síndrome de Diógenes.

  

domingo, 8 de febrero de 2015

Oz.

(30 de Enero de 2015. Viernes). En mi puerta falsa el aire suele arremolinar hojas y papeles los días de ventisca. Los días de verbena lo que acumula son las meadas de los festejantes. Hay puntos  en el mapa que sufren extrañas polarizaciones, furiosos magnetismos.
Respecto a las meadas, alguna vez, dejándome llevar por un afán de exactitud tal vez excesivo, he comentado a amigos o conocidos que quienes mayoritariamente meaban en las puertas falsas de mi casa eran mujeres. Esto ha acarreado alguna interpretación insidiosa entre quienes me lo han oído decir, sobre todo entre los hombres, que han creído que estaba presumiendo de una masculinidad apabullante. Craso error. Yo sé muy bien que las mujeres evacuan allí para aprovechar el rinconcillo que forman las puertas con respecto al trazado de la calle; por ganar algo de intimidad y no por enviarme un mensaje hormonal en forma de micción, que, por cierto, nunca interpretaría como una forma de coqueteo, sino como un inaceptable desajuste en su capacidad expresiva.
Dicho esto, he de insistir en que son mujeres las que mean, porque lo evidencia el número de servilletas que dejan tiradas en el suelo. Seré exacto otra vez: ciento diecisiete, tuve la paciencia de contar una vez que hice un informe para felicitar al Ayuntamiento por el alto índice de participación alcanzado en la verbena, (rogándoles instalasen, para próximas convocatorias, una urna para que el recuento de servilletas fuese oficial y pudiera formar parte de estadísticas serias que ayudasen a definir nuestra idiosincrasia), informe que no les envié. Lo cual indica, si estamos todos de acuerdo en que la servilleta de papel esta asociada a la micción femenina, ya que la masculina dispone de recursos mecánicos para un escurrimiento cuando no exhaustivo si al menos satisfactorio, que mi conclusión es acertada.
Hoy, día ventoso, pertinazmente airado, cuando he abierto las puertas para sacar el coche, entre los objetos que estaban tirados en aquel montón que suele formar allí el aire, había unas bragas verdes. Después de lo que acabo de contar más arriba, sé que esto no debería ni mencionarlo si quiero evitar que de nuevo crean que estoy fanfarroneando. Pero no cunda la alarma. Estas bragas no eran precisamente una de esas prendas delicadas y sutiles que hubieran podido tomarse como  señuelo o insinuación, no eran sino unas rotundas bragas faja, muy poco sugerentes para ser imaginadas como adorno, pero aún más difícil imaginarlas como elemento volátil.  
Pensar el motivo por el que aquellas bragas habían llegado hasta mi puerta no ha sido mi preocupación principal, sino cómo habría logrado el viento arrancar aquella pieza de lencería prensil del cuerpo en que hubiese estado incrustada. El pensamiento, ante esta clase de visiones estrambóticas, suele proceder sin método, con poca lógica, o quedar literalmente encasquillado. Este fue mi caso. Quedé totalmente alelado observando la prenda, y la duda que me corroía la expresé en voz alta. Por suerte mi cónyuge, que estaba allí presente esperando a que yo saliese del portalón con el coche para dejar cerrada la puerta, oyó mis titubeos y me saco del atolladero. La oí decir que nadie pierde las bragas por mucho viento que sople, que las bragas estarían puestas a secar en una cuerda de la ropa y el aire se las habría llevado. Me dejó asombrado su facilidad deductiva. Podría haber aceptado sin más que es más sagaz que yo y continuamente está disimulando, pero eso sería infringir los procedimientos habituales utilizados entre humanos para no sentirnos arrollados por nuestras limitaciones, por tanto hice lo que es normal cuando alguien se muestra más despierto que nosotros, nunca pensar que su inteligencia es superior, sino desconfiar de su capacidad y sospechar que está jugando con ventaja. Gracias a este, no por ruin menos práctico, método para mantenernos a flote, así tengamos al mismo Einstein haciéndonos sombra todo el día, he podido resolver un misterio con el que llevo conviviendo tantos años que ya había asumido que no tenía solución.
Al salir del portalón, por el espejo retrovisor he visto cómo mi cónyuge se quedaba mirando con gesto inquieto la prenda monolítica. Seguramente estaría considerando, como yo, que en un amplio radio a nuestro alrededor todas las casas están deshabitadas en esta época del año, y que el vuelo de esa clase de lencería debe de ser más corto que largo. En apenas cincuenta metros, antes de tener que esquivar los andamios de la casa que están construyendo al final de la calle, he sabido adónde habían ido todos los calcetines, calzoncillos, camisas y demás indumentos que he ido echando en falta a lo largo de los años. Cualquiera lo puede imaginar, pero a mí me gusta dar detalles. Tal vez muy pocos recuerden como comenzaba el cuento del Mago de Oz. La huérfana Dorothy y su perro Toto son llevadas en volandas por un tornado o un huracán al País de Oz donde conocen a unos cuantos personajes estrafalarios y les ocurren toda clase de tontas aventuras. Allí mismo es adonde han ido a parar mis calcetines desparejados. Los estará mordisqueando el León Cobarde, o habrán servido como adorno al Espantapájaros. Ingenuo de mí. Yo que estaba creyendo que nuestra lavadora los devoraba y que poco a poco los iba incorporando a su metabolismo... Cuando casi tenía puestas más esperanzas en las futuras habilidades de este electrodoméstico que en las de mi progenie… en fin, menudo desengaño.           
 
 
 

domingo, 5 de octubre de 2014

Prótesis.

R. ha ido a hacer una visita a su hermana P. al "barco del amor", que es como llamamos en clave interna al Asilo de Alcaudete. En la última visita encontró a P., que ha cumplido ya los sesenta, convertida en una Julieta con bastones, sentada en un banco y dada de la mano de su Romeo, un hombre de salud deshilachada, pero todavía, según las muestras que viene dando, con suficiente coraje para afrontar lances de esta clase.
A R. le sentó muy mal contemplar la escenita. Con discreción, las dos a solas en el cuarto de baño, le rogó a su hermana que no diese el espectáculo. Cuando recordaba la escena mientras nos lo contaba se señalaba el brazo con un dedo y decía: "¡Mira, mira, sólo de pensarlo se me ponen los pelos como escarpias!".
Hoy no ha se ha repetido la escenita. R. ha venido contenta de ver la felicidad que irradia su hermana, sin tener  que ver el manantial del que brota esa felicidad. Nos ha dado algunos detalles del ambiente que se respira en el Asilo, una balsa de aceite, y luego, sin darle mucha importancia, ha comentado que uno de los viejos al pasar le había dado a ella un ligero toque con la garrota en el culo. La he preguntado cómo había respondido al toque y ha contestado con una evasiva. Parece que se lo ha tomado a broma. "¿El viejo te da con la garrota en el culo y tú te haces la simpática? No me lo puedo creer". "Y qué querías que hiciera, ya le ha reñido su mujer que estaba allí sentada".
—¿Su mujer? Como los viejos de aquí, los de la plaza, se enteren de que eres tan condescendiente con esta clase de jueguecitos tendrás un carrusel detrás de ti intentando darte con la garrota. Algo pasa en esa Residencia.... Y lo sospechoso es que no les pasa sólo a los residentes, sino también a los visitantes. Lo tendrán todo rociado de oxitocinas o algún sucedáneo sintético que haga el mismo efecto. Tu en condiciones normales no hubieras actuado así.
—¿Y qué iba a hacer?
—Te daré una idea. Quitarle la garrota y partirla en dos. Acabar con la falocracia senil de una manera drástica.
—La cara que se le quedaría al pobre.
—Si, una cara digna de ser inmortalizada. El próximo día me voy contigo y me llevo la cámara, y, como es impepinable que ese viejo volverá a repetir la acometida, tu le coges la garrota y se la partes, diciendo: "¡Deja ya la puta garrota, tío sátiro!", que sería tu modo de proceder normal. Yo procuraré obtener primeros planos para verle la cara de estupefacción.
R. se ríe:
—Si, se iba a quedar mamao. Aunque también te digo que esa garrota no se rompe fácil. Era bastante gorda.
—¡Joder! ¡Cuánto detalle fuera de lugar! No importa que sea gorda. Te llevas la estraleja en el cinto y.........
—....se la hago cachitos y se la pisoteo, llamándole "viejo verde".
—Exacto. Lo dejaremos de una pieza. Haremos una copia del video y se lo regalaremos a la residencia para que amenicen las veladas viendo a este viejo atrevido transformado en un puro escalofrío. Quizá la idea les sirva para encontrar otro entretenimiento que no sea sólo el desenfreno orgiástico. Y, desde luego, si se sirven en sus orgias de las garrotas, habremos conseguido relajar el ambiente durante unos cuantos días.
R. se desternilla de risa. Con las palabras metidas entre las carcajadas va diciendo:
—Con las garrotas.....si, claro......tiene que ser con las garrotas......eso seguro......porque allí aunque les pongan agua bendita en la sopa, no creo que hagan muchos milagros.
Más vale que nos vaya quedando humor para ir pasando el rato. De las cosas que leo y anoto, o se me ocurren y creo que he leído, vaya usted a saber, tengo por aquí escrita esta frase atribuida a una madame, de la que desconozco el nombre, que dice así: "la risa es un placer semejante en todo a un orgasmo, con la ventaja de que al acabar no hay que limpiarse". Yo no lo he dicho. Ahora bien, se me ocurren otras muchas ventajas además de esta. Entre ellas, la que aquí viene más a cuento, que no son necesarias garrotas ni otras prótesis aún más risibles y estrafalarias. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Morbo estático.

Lo decía mi amigo Belmonte y yo lo suscribo:
—No viajo porque sufro la enfermedad de encontrar novedoso lo repetido.
Quizá mi caso sea un poco más grave, pues  padezco también el proceso inverso de esta misma enfermedad: suelo encontrar tediosamente repetido lo novedoso.

Evolución a la remanguillé.

Esas hijas tan guapas, tan compuestas, tan explosivas, como venidas de otro mundo, viéndolas pasar por la calle junto a sus tronchadas madres . Incrédulas de que a ellas les vaya a pasar lo mismo. Firmemente convencidas de que ellas serán la primera camada que quedará sin merma, sin evolución, con su apariencia de ahora mismo. Definitivamente así para siempre.
Siempre. Una tras otra, las generaciones, con el modelo a la vista, y repitiendo sin embargo la cara de inmutables, de que de ahí no hay quien las mueva.
¡Y que esta obsesión tan marcada no haya servido para reconducir nuestras células hacia el ansiado estancamiento en la perfección estatuaria, y sí, sin embargo, para incrementar esta yerma fe, esta credulidad empachosa, esta ilusión desnortada que hace que sea tan frecuente ver, a esa edad hecha para la gracia y para la risa, a tanto joven de cara fotocompuesta y entrecejo airado! ¡Inacabable muestrario de maniquís sin pasarela!

domingo, 28 de septiembre de 2014

Gota a gota.

(Nota del 8/8/2014. Viernes). He tenido la cabeza todo el día del revés y, a esta hora, ocho de la tarde, mi habitación empezaba a estar completamente boca abajo. De modo que, por cambiar de sitio, me he venido a regar a casa de R. La casa está vacía. He entrado al patio y me he ido directo al grifo. Sólo he tenido que girar la manilla y el agua se ha puesto a caer con un repiqueteo de lluvia domesticada, demasiado declamatoria para mí gusto, sobre la planta que llaman "oreja de elefante", demasiado selvática también, diría yo, para nuestros ojos acostumbrados a estos campos de aquí, pajizos  y requemados. Nada está recogido, sino en el sitio que ocupa otra tarde cualquiera. Silloncitos de plástico rojo algo comido por el sol, con la marca de un refresco grabada en el respaldo, alrededor de una mesa redonda con tablero de piedra artificial; la tumbona azul en el lugar que suele ocupar E., perpendicular a la televisión. Hasta en el cenicero quedan dos colillas, que es algo más que un indicio de que los moradores no se han acabado de ir. A nadie le gusta irse del todo.
El patio está muy tranquilo. Unos pájaros duermen en las ramas del membrillero, al acomodarse remueven las hojas. Se escucha una pelota golpeando la pared del frontón,  hasta aquí llega ese sonido tan leve pero tan nítido, un “plop” etéreo, como el que hace al explotar una pompa de jabón. El frontón esta lejos, a más de trescientos metros en línea recta. Hay de por medio una carretera y dos o tres manzanas de casas, con todo su bagaje y ajetreo: una moto callejeando;  algún que otro  coche; el bocinazo del automovilista que  saluda al pasar a alguien que conoce; otros muchos sonidos indiscernibles, mezclados, amontonados, de magma humano, de campamento a la hora del rancho. Niños que no quieren la cena y protestan. El cloqueo característico que producen al entrechocar  cubiertos y platos. Alguien batiendo huevos para hacer una tortilla. La banda sonora de alguna televisión excitada, no se sabe muy bien si por retransmisión deportiva o por concurso. Entre todos esos ruidos algo desajustados  llega con precisión milimétrica el sonido hueco de la pelota, con un ritmo que recuerda el pulso de un submarino navegando bajo el agua.
Y esa es la sensación que nos va quedando según la noche se cierra, la de irnos yendo hacia el fondo con los ojos cada vez más abiertos para acomodarlos a la poca luz. En la casa vecina alguien sin saberlo nos echa un cabo. Una bombilla se enciende e ilumina de amarillo los lienzos de las paredes que se ven por encima de la tapia. En ese patio no se ha oído nada en todo este tiempo, pero un timbrazo en la puerta de la calle delata que ha habido allí dos personas calladas, dos viejos sentados en sus sillas resistiendo el final del día a pleno pulmón. Se preguntan el uno al otro “quién será” antes de abrir. Parece que es un nieto, con el que hablan de corrido, como se habla con una visita, tratando de que no se noten demasiado los silencios. No acaban de encontrar un asunto que les interese. Hasta que la abuela explica que ella en el patio no tiene flores no porque no le gusten, sino por que la gustan demasiado.  Su habla tiene el tono de quien esta acostumbrado a que no le escuchen. Esa dicción aturullada que tienen los sordos. "Siempre me han gustado, y las he tenido que daba envidia verlas". Pero el año que estuvo mala su madre antes de morirse, en uno de los viajes  que hizo para atenderla, al regresar, se encontró todas las flores secas. De pasada ha insinuado que encargó a alguien esa tarea y no cumplió. Desde entonces ya no ha vuelto a tener flores, “hasta tiré los tiestos para quitarme la tentación”.
La conversación ha desaparecido y han surgido aquí mismo unos cuantos ruidos de la industria doméstica: el motor del aire acondicionado,  el gimiente burbujeo del termo. Son ruidos programados por los habitantes de la casa que han dejado aquí encerrado el fantasma de su temperatura.
                                                       
                                                             *****

Acudí a regar a este mismo patio otro día de verano de hace doce años. El papel donde esto estaba escrito andaba suelto por la mesa cambiando del montón a la caja y de la caja al montón. Con la escusa de que podría perderse, este es el momento de librarlo de su vida errante. Creo que resultará curioso ver estos dos textos uno al lado del otro. Las distintas maneras que tenemos de cabalgar la realidad.    


 (Nota del 24 de Julio de 2002). R. me dejó al cargo de sus cuatro tiestos y sus cuatro gatos. Voy a regar a mediodía.
Las casas vacías ocultan todas algún secreto. Como si las habitasen unos seres silenciosos en ausencia de sus dueños. Unos seres que hablan muy bajito y que al oír la llave en la cerradura interrumpen sus conversaciones de repente. Aunque algo de ellas se percibe al entrar: un ligerísimo eco del último susurro que se confunde con el tic-tac del reloj.
La casa tiene las persianas bajadas y al abrir la puerta la luz se cuela como un ladrón. Esa luz plana y cegadora, dueña de vidas y haciendas, señora de todo lo que alienta en estos territorios, no está conforme con que en su señorío haya éstos rincones en penumbra. Por la puerta se cuelan los sicarios que ella envía. Roban un momento. Asesinan un poco. Y mueren ellos al instante, en cuanto  la puerta se cierra. O quizá esos soldados incendiarios se despojen de sus armas y corazas y, seducidos por el frío tacto de las baldosas en la planta de los pies descalzos, se hagan de la secta contraria, la de los seguidores del agua, la nube y el charco. La mía.
Los gatos perezosos están derrumbados en el sosiego del patio, dormitando encima de las mesas o en el alero de la pared medianera. Levantan la cabeza al verme entrar y vienen tambaleantes a rozarse con mis pantalones impregnados del olor de alguna hierba silvestre que les hace abrir la boca como si fuesen a estornudar. Lanzan uno o dos maullidos filosóficos en demanda de  comida. Avanzan detrás de mí sin prisa y ponen el gesto de la gente empachada al ver que se les llena el plato. Mastican un poco de alimento con desgana y vuelven desmayados a buscar la sombra de la parra. Allí se quedan tirados con esa manera de dormir exhausta que tiene la gente noctámbula.
R. ha dejado los tiestos todos reunidos alrededor de la pila en dos escalones como una isla de vegetación espesísima. Dirigir la manguera hacia esta pequeña jungla y arrojar agua a placer nos puede hacer caer en la fantasía de que pudiésemos hacer llover sobre cierta porción de la tierra.
No digo que como señor de las aguas yo sería bueno. He traído a este minúsculo reino unas lluvias tan recias que tumbaban las plantas y escarnecían el suelo. ¿Pero cómo no inventar un diluvio en este territorio muerto de sed? Y aún  no he quedado satisfecho: si hubiera sabido algo de magia, algún conjuro certero, os aseguro que ahora mismo todos los arroyos y ríos vendrían crecidos y no quedaría ninguna fuente ciega, ni manantial seco, ni regato que no corriera. Y, desde luego, garantizo que nadie tendría que volver a encender un motor de riego en esta parte del globo.
¿A que se nota que me he pasado la mañana arreglando el motor de sacar agua (de nombre Campeón, que tiene guasa) y que es la cuarta reparación de la temporada? ¡Y todavía a 24 de Julio! ¡Con lo que aún queda por regar!