martes, 10 de diciembre de 2013
domingo, 24 de noviembre de 2013
Paradojas.
Mi vecino cazador, que salió de su casa a las siete de la
mañana y regresa a las cinco de la tarde diciendo:
– Nada de nada de nada, pero nada. Nada. No he visto nada.
Cero.
Mostrando satisfecho su zurrón repleto de ese vacío.
Mi cuñada C., sentada a la mesa tras una cena normal, acaso
afectada por aquellos cuerpos extraños que habían llegado al interior de su estomago
acostumbrado al ayuno nocturno, moviendo la cabeza con vehemencia
para los lados como la niña del exorcista y diciendo en un obstinato cada vez más impetuoso:
–Miento, yo miento mucho, miento siempre, miento, miento,
miento, miento todo el rato.
Intentando que creyésemos que estaba diciendo la verdad.
(Nota al margen. He tenido que pensar despacio en la frase "miento siempre" para darme cuenta de que presenta uno de esos infernales contrasentidos de los que es imposible escapar. Si alguien "miente siempre", miente también cuando está diciendo que "miente siempre" y por tanto sería verdad que "miente siempre", pero si es verdad que "miente siempre" nos esta mintiendo cuando dice que "miente siempre", y por tanto sería verdad.....etc. y así hasta el fin de los tiempos. Por tanto es imposible "mentir siempre" y es imposible, claro está y por muy buena fe que se ponga, creer a nadie que quiera hacernos comulgar con esa paradoja. Advierto ahora, de pasada, la gran facilidad que tiene esta rama femenina de la familia F., las hermanas C. y R., para producir paradojas, si jugasen al ajedrez serían especialistas en ahogarse el rey, siempre que no les estuviese permitido darse jaque mate con sus propias piezas.)
(Nota al margen. He tenido que pensar despacio en la frase "miento siempre" para darme cuenta de que presenta uno de esos infernales contrasentidos de los que es imposible escapar. Si alguien "miente siempre", miente también cuando está diciendo que "miente siempre" y por tanto sería verdad que "miente siempre", pero si es verdad que "miente siempre" nos esta mintiendo cuando dice que "miente siempre", y por tanto sería verdad.....etc. y así hasta el fin de los tiempos. Por tanto es imposible "mentir siempre" y es imposible, claro está y por muy buena fe que se ponga, creer a nadie que quiera hacernos comulgar con esa paradoja. Advierto ahora, de pasada, la gran facilidad que tiene esta rama femenina de la familia F., las hermanas C. y R., para producir paradojas, si jugasen al ajedrez serían especialistas en ahogarse el rey, siempre que no les estuviese permitido darse jaque mate con sus propias piezas.)
viernes, 22 de noviembre de 2013
Octeto.
Preguntan en Pasapalabra:
–Comienza por O. ¿Conjunto musical compuesto por ocho
voces?
El trío que mira, repantigado en el sofá y junto al fuego,
este concurso tan “guionizado” y previsible, pero pacífico, contesta a coro:
–Octeto.
Pausa valorativa. Puntualización:
–Quizá estemos incurriendo en lenguaje sexista. En realidad
octeto debería servir para designar sólo a una formación compuesta por voces masculinas.
Risas. La única mujer del grupo se cuestiona si sería
oportuno aplicar la corrección lingüística a este caso:
– Llamarlo octeta no creo que este muy de acuerdo con los
mandamientos feministas.
Nueva puntualización:
–Y tendrían razón,
habría una clara minusvaloración de género, para formar una octeta sería
suficiente con cuatro mujeres.
Más risas.
–Lo estás arreglando.
Nuevas puntualizaciones.
–Aunque octeta se presta a confusión. Podríamos entender que
estamos refiriéndonos a un ser definido por ese número de glándulas mamarias.
–Eso debería llamarse octoteta.
La conversación se anima.
–¡Qué difícil!
–Tendría que tratarse de glándulas con poco desarrollo y
poca base, más o menos como el cucurucho de un helado.
–¡Estaríamos bonitas! Íbamos a parecer estrellas de mar.
–Sí, sería un caso similar al de esas cajas de galletas que
tienen escrito en la tapa “gran surtido”.
Carcajeo aparatoso.
Esta humorada de la octeta, me hace recordar que en
este pueblo, hace años se puso de moda en los ambientes futbolísticos calificar
a los jugadores poco aguerridos o huidizos, “que no metían la pierna”, con un
superlativo del vocablo “madre”, muy
común en tantos giros del habla cotidiana para expresar blandura. “Soy una
madre”. “Eres una madre”. “Pareces una madre”. Etc.. A estos jugadores se les
decía que eran “unas madres con siete tetas”. Y no en privado, sino desde la
grada y gritado a pleno pulmón por aficionados de potente vozarrón. El grito “sois
unas madres con siete tetas” también se ha oído en nuestro graderío cuando el
equipo naufragaba, pero lo más común era no dejar que esta fórmula perdiese
fuerza, se diluyese en generalizaciones como esa. Solía aplicarse a un jugador
concreto, para lo cual, primero se nombraba al futbolista, bien por su nombre: “¡¡Fulano!!”,
bien por su dorsal: “¡¡Siete!!”, se dejaban pasar unos segundos para que el berrido
lograse su total expansión y alcanzase el suspense necesario (en ese silencio
todo el mundo oía un “¿qué?” no pronunciado por el jugador) y luego se le
dejaba caer encima aquel hermoso sambenito, “¡¡Eres una madre con siete tetas!!”.
Felicísima frase que denota los grandes logros expresivos a que puede llegar una lengua cuando los hablantes la recrecen y
retuercen tratando de ampliar su significación
domingo, 27 de octubre de 2013
Pájaros.
Voy a la Alberiza. Al lado del camino queda una espinosa cambronera
junto a unas construcciones muy feas, corrales y naves levantadas con precarias
rasillas y coronadas con uralitas. Antes estos caminos, a las afueras del
pueblo, estaban bordeados de cambroneras que, en forma de seto, servían para
proteger los frutos que se producían en estos terrenos aledaños de posibles
saqueadores. Los pájaros también debían de sentirse protegidos en el interior de
estos arbustos de espeso ramaje y cuajados de fuertes y largas espinas. Debió
de ser durante un tiempo un hábitat muy favorable para ellos, un pequeño
paraíso que fue desapareciendo. Condición imprescindible para que un paraíso
merezca ese título es que haya desaparecido. Al paraíso perdido se le añora, se
le canta o se le recuerda, y eso puede proporcionar mayor gozo que habitarlo
tediosamente hasta el fin de los tiempos. Ahora esta cambronera aislada es muy
vulnerable. A los pájaros ya no les sirve para anidar y malamente para
ocultarse, pero no obstante la suelen utilizar de posadero. Siempre que paso
por este camino la cambronera esta repleta de pájaros. Son muchas las veces que
he parado el coche para hacerle una fotografía, pero los pájaros salen en
estampida en cuanto ven que el vehículo aminora el ritmo. Junto a esta cambronera
hay dos almendros que podrían servirles a los pájaros para emboscarse evitando
aquel amontonamiento que por la agitación y revuelos se intuye repleto de
querellas. Pero no. Salen volando asustados y, cuando regresan, vuelven siempre
a esta misma cambronera medio pelada, hechos todos una pelota, como atraídos
por un imán.
Desde que se sabe que las especies evolucionan, ha de darse
por hecho que las especies también recuerdan. Nadie sabe que impulso rige la
querencia de estos pájaros, pero lo mismo que otros pájaros hermanos se
embarcan en travesías continentales en pos, seguramente, de la tierra prometida,
tal vez los gorriatos que acuden a esta cambronera, esperen que entre el
enmarañado laberinto de ramitas y espinas se abra un día la puerta que lleva al
País de Jauja.
Por el espejo retrovisor, una vez pasada la cambronera, veo
como se puebla al instante de sus obstinados huéspedes. Mientras dura el
camino voy pensando en el componente ilusorio que anima a todo bicho viviente, imprescindible
para que haya vida. En el olivar, los árboles doblados por el fruto. ¿Cuánto
tiempo he estado parado contemplándolos? Son olivos muy viejos, con una gran
cepa y los troncos cariados divididos en dos o tres patas de corteza rugosa,
con abultadas venas llenas de nudos que se hunden en la tierra como tentáculos.
Tienen un aspecto impresionante. El olivo es un árbol muy difícil de
representar. No he visto ninguna pintura donde la trama finísima que componen
sus hojas resulte tal como es en la realidad, los olivos pintados quedan
reducidos a un tosco volumen. Las fotografías también lo desdibujan, anulan ese
gracioso trazo fino que hace que pueda distinguirse cada hoja, cada ramo, cada
aceituna, como sucede cuando lo tenemos delante de nosotros, aunque lo contemplemos de lejos, y
que es lo que le da a este árbol de porte correoso y sufrido un aspecto ligero
y airoso.
He empleado un buen rato en mirar con los músculos de la
cara apretados, como si verdaderamente fuera un pintor en trance de devanar
aquellas líneas con un lápiz en la mano. Luego he medido a pasos la distancia
entre los árboles. Pasos más largos de lo normal para que equivalgan a un
metro. Hay que sembrar olivos nuevos en estas calles que miden catorce metros.
La nueva alineación queda señalada con unos cotos, tres o cuatro piedras
formando una torreta, uno a cada extremo de la línea, que aparece en la
imaginación como en la mirilla de una escopeta cuando uno los confronta.
Mientras me dirijo hacia el coche, de nuevo me atrapa la
maravillosa estampa de los olivos, robustos y rendidos por el peso de la
cosecha, con las ramas vencidas hacia el
suelo. Como desmayos, dicen los
labradores de esta tierra, recreándose en la palabra que parece sacada de un
fado. La aceituna tiene ya ese cremoso color membrillo que indica que la pulpa
se vuelve oleosa y esa suavidad asoma en la piel de cada fruto. Es el momento
del año en que los olivos tienen un aire más delicado. Y más con esta luz
anubarrada de hoy, y el rojo fuerte de la tierra mojada.
Regreso. Quizá si hubiera tenido unos lápices de colores habría perdido
ahí toda la mañana. El camino baja como un tobogán entre dos cortados dejando
dos corrales a mano izquierda, el primero una construcción rala, hecha con
piedras y pegotes de cemento y llena de añadidos, donde ramonean unas cabras
entre bañeras recicladas que les sirven de abrevadero; el siguiente, un cercado
de ladrillo macizo rematado por agudos cristales. Más allá, por ese mismo lado,
desemboca el camino de La Hoya, por el otro, un poco apartada, la cerca de
tapiales de lo que fue un tejar, por donde asoman, recios y medio derruidos, los gruesos muros
del horno y, frondosas, dos o tres higueras que dan una profunda sombra. Los
terreros que rodean al tejar han sido recuperados para la agricultura,
pedacitos de tierra excavada en los que medran como pueden almendros y
plantones de oliva. Después otra nave con las ventanas atrancadas con puertas
viejas recuperadas de distintos derribos. Un poco más allá otra nave más, a la
que han fallado los cimientos y cuyas paredes han sido reforzadas por
contrafuertes dignos de una fortaleza medieval. Al llegar a la cambronera aún
siguen allí los pájaros fingiendo asustarse. Quizá estos pájaros nada sepan de
Jaujas, ni puertas. Mucho más probable es que los esté confundiendo con la
pajarería tremebunda que tengo yo metida en los sesos.
Cárcel soy de mis
sueños// y en ellos anidan pájaros… dijo el poeta. Que es otra manera de decir lo mismo ahorrando muchas palabras y, en inciertos recorridos, mucha suela de zapato.
lunes, 7 de octubre de 2013
Especialistas.
11:31 ante merídiem.
Pregunto por teléfono:
–¿Estás todavía acostada?
Contesta:
–Nooo –un no muy largo. –No estoy acostada, estoy tumbada.
Donde se reconoce a un verdadero especialista es en la asombrosa exactitud, la precisión puntillosa, casi exasperante, que utilizan en la elección de los términos que conciernen directamente a su disciplina.
Aun a sabiendas de que concertar estas nomenclaturas es sólo para espíritus superiores, me he aventurado:
–¿Eso qué es, estar acostada boca arriba?
–No. –Ha dicho ella riéndose.
Y con la modestia de quien se sabe poseedora de un dominio
completo de la materia, ha aclarado:
–Eso es estar acostada despierta.
martes, 3 de septiembre de 2013
Vitorinos.
Viéndole de medio lado manejando la escoba no se hubiera
sabido si era un torero o un peón de la limpieza. Llevaba plantado en el mismo
sitio, con los pies muy juntos, más de un cuarto de hora dándole pases a un
trozo de plástico, buscando una manera artística de encauzarlo al cajoncito del
badil que portaba en la mano izquierda. Era flaco, con las quijadas marcadas y
una frente muy fruncida, preocupada, al estilo de los que miran con la cabeza
gacha, cuyo modelo sería Napoleón, que cuando lo sacan con bicornio semeja un búfalo.
Era un contratado para hacer la limpieza de vísperas. Vienen las fiestas y el
Ayuntamiento, esa empresa encargada de divertirnos, ha de parecer limpio. Y por
blasonar de humanitario ha de elegir esta tropilla de peones con los
expedientes laborales más ralos y baqueteados; gentes picardeadas, que han servido a
muchos amos o a ninguno, y que tienen
muy presente que en estos oficios de corta duración es mejor no malgastarse.
Embarcadas en otra clase de limpieza, con cierta sofocación
en el rostro, dos trotonas, las coletas en la coronilla bailando a cada zancada, el
paso pesado y corto, los cuerpos amondongados, atravesaban el puente dando
fuertes pisotones, cuando, sin inmutarse, el pajarraco
del chaleco reflectante ha soltado este requiebro:
–¡Qué garbo! A ver si os vais a salir de España.
–Tranquilo que no.
Ha dicho entre dos alientos una de las zaheridas.
Y aún el “don Tancredo”, sobrado de casta, ha replicado:
–¡Menuda pérdida!
Se han alejado las dos mujeres diciéndose entre ellas: "¿De dónde habrá salido este calamar?" Y de la risa decía la de la camiseta rosa: "Calla, calla, que me da el flato".
El barrendero, ajeno al jolgorio, y con cara de haber estado encerrado aquella mañana con seis vitorinos, ha avanzado con unos pasitos muy medidos, como si le viniesen pequeñas las zapatillas, a depositar el plástico, al fin atrapado en su badil, en una papelera.
lunes, 2 de septiembre de 2013
Nubecilla escuálida.
28 de Agosto. Miércoles. Cinco de la tarde. La consecuencia
de haber dormido tan mal durante la noche pasada ha sido esta siesta oceánica de
hoy.
Debía de estar bastante aletargado, medio soñando, cuando me
ha parecido que atronaba. He dudado si el trueno pertenecería también al sueño.
Ante un verano tan tenaz como el que estamos teniendo no cabía esperar una
mínima señal de mudanza. Por descartar otra posible fuente del ruido he
examinado la pantalla de la televisión, donde una musiquilla ensoñadora
acompañaba a unas majestuosas imágenes de las montañas alemanas cargadas de
nieve, esplendidos paisajes intemporales, en una quietud petrificada. Algunos
animales un poco encogidos trampeaban para encontrar comida sobre aquel manto
blanco. Ciervos, linces y urogallos estaban metidos en estos trabajos, mientras
el lirón, sin pulso apenas, aovillado en su nido hecho de pasto seco, se
entregaba a una soñarrera subterránea que le iba durando ya seis meses. En el
estado catatónico del lirón he estado yo escuchando aquellos truenos que hacían
el mismo ruido que un carro rodando por un empedrado. Sonaban a tanta distancia que he
dudado si merecería la pena siquiera gastar un poco de ilusión asomándose a la
puerta. Me he asomado, no obstante, para ver lo que ya sabía. La nube que
estaba encima tenía unos bordes muy finos. Era una nubecilla escuálida, formada
de recortes horizontales azules y grises, como una manta de orillo muy gastada, que a duras penas aguantase sobre
nuestras cabezas medio deshecha. Con gran parsimonia ha soltado unos enormes
goterones a los que se veía caer haciendo giros como globos o paracaídas desgobernados. No era
propiamente lluvia, sino una siembra de solitarias gotas que formaban al chocar
contra el suelo gordas manchas aisladas del tamaño de un huevo de perdiz,
graciosamente a estas gotas les asomaban unas patitas o filamentos, que hacían
el efecto de que quisiesen salir huyendo. Han caído las gotas justas,
suficientes y necesarias para aromatizar el aire. Nos habría venido bien alguna
gota más. La entrada de Septiembre es de las mejores épocas para que se moje el
campo. Precisamente por eso tendremos que meter todo el aire que podamos en los
pulmones, respirar a prisa este olor a mojado, tan carnoso y agradable, y
sentarnos a esperar. Pero sin que parezca que esperamos.
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