viernes, 22 de noviembre de 2013

Octeto.

Preguntan en Pasapalabra:
–Comienza por O. ¿Conjunto musical compuesto por ocho voces?
El trío que mira, repantigado en el sofá y junto al fuego, este concurso tan “guionizado” y previsible, pero pacífico, contesta a coro:
–Octeto.
Pausa valorativa. Puntualización:
–Quizá estemos incurriendo en lenguaje sexista. En realidad octeto debería servir para  designar  sólo a una formación compuesta por voces masculinas.
Risas. La única mujer del grupo se cuestiona si sería oportuno aplicar la corrección lingüística a este caso:
– Llamarlo octeta no creo que este muy de acuerdo con los mandamientos feministas.
Nueva puntualización:
 –Y tendrían razón, habría una clara minusvaloración de género, para formar una octeta sería suficiente con cuatro mujeres.
Más risas.
–Lo estás arreglando.
Nuevas puntualizaciones.
–Aunque octeta se presta a confusión. Podríamos entender que estamos refiriéndonos a un ser definido por ese número de glándulas mamarias.
–Eso debería llamarse octoteta.
La conversación se anima.
–¡Qué difícil!
–Tendría que tratarse de glándulas con poco desarrollo y poca base, más o menos como el cucurucho de un helado.
–¡Estaríamos bonitas! Íbamos a parecer estrellas de mar.
–Sí, sería un caso similar al de esas cajas de galletas que tienen escrito en la tapa “gran surtido”.
Carcajeo aparatoso.
 
Esta humorada de la octeta, me hace recordar que en este pueblo, hace años se puso de moda en los ambientes futbolísticos calificar a los jugadores poco aguerridos o huidizos, “que no metían la pierna”, con un superlativo del vocablo  “madre”, muy común en tantos giros del habla cotidiana para expresar blandura. “Soy una madre”. “Eres una madre”. “Pareces una madre”. Etc.. A estos jugadores se les decía que eran “unas madres con siete tetas”. Y no en privado, sino desde la grada y gritado a pleno pulmón por aficionados de potente vozarrón. El grito “sois unas madres con siete tetas” también se ha oído en nuestro graderío cuando el equipo naufragaba, pero lo más común era no dejar que esta fórmula perdiese fuerza, se diluyese en generalizaciones como esa. Solía aplicarse a un jugador concreto, para lo cual, primero se nombraba al futbolista, bien por su nombre: “¡¡Fulano!!”, bien por su dorsal: “¡¡Siete!!”, se dejaban pasar unos segundos para que el berrido lograse su total expansión y alcanzase el suspense necesario (en ese silencio todo el mundo oía un “¿qué?” no pronunciado por el jugador) y luego se le dejaba caer encima aquel hermoso sambenito, “¡¡Eres una madre con siete tetas!!”. Felicísima frase que denota los grandes logros expresivos a que puede llegar  una lengua cuando los hablantes la recrecen y retuercen tratando de ampliar su significación

domingo, 27 de octubre de 2013

Pájaros.

Voy a la Alberiza. Al lado del camino queda una espinosa cambronera junto a unas construcciones muy feas, corrales y naves levantadas con precarias rasillas y coronadas con uralitas. Antes estos caminos, a las afueras del pueblo, estaban bordeados de cambroneras que, en forma de seto, servían para proteger los frutos que se producían en estos terrenos aledaños de posibles saqueadores. Los pájaros también debían de sentirse protegidos en el interior de estos arbustos de espeso ramaje y cuajados de fuertes y largas espinas. Debió de ser durante un tiempo un hábitat muy favorable para ellos, un pequeño paraíso que fue desapareciendo. Condición imprescindible para que un paraíso merezca ese título es que haya desaparecido. Al paraíso perdido se le añora, se le canta o se le recuerda, y eso puede proporcionar mayor gozo que habitarlo tediosamente hasta el fin de los tiempos. Ahora esta cambronera aislada es muy vulnerable. A los pájaros ya no les sirve para anidar y malamente para ocultarse, pero no obstante la suelen utilizar de posadero. Siempre que paso por este camino la cambronera esta repleta de pájaros. Son muchas las veces que he parado el coche para hacerle una fotografía, pero los pájaros salen en estampida en cuanto ven que el vehículo aminora el ritmo. Junto a esta cambronera hay dos almendros que podrían servirles a los pájaros para emboscarse evitando aquel amontonamiento que por la agitación y revuelos se intuye repleto de querellas. Pero no. Salen volando asustados y, cuando regresan, vuelven siempre a esta misma cambronera medio pelada, hechos todos una pelota, como atraídos por un imán.
Desde que se sabe que las especies evolucionan, ha de darse por hecho que las especies también recuerdan. Nadie sabe que impulso rige la querencia de estos pájaros, pero lo mismo que otros pájaros hermanos se embarcan en travesías continentales en pos, seguramente, de la tierra prometida, tal vez los gorriatos que acuden a esta cambronera, esperen que entre el enmarañado laberinto de ramitas y espinas se abra un día la puerta que lleva al País de Jauja.  
Por el espejo retrovisor, una vez pasada la cambronera, veo como se puebla al instante de sus obstinados huéspedes. Mientras dura el camino voy pensando en el componente ilusorio que anima a todo bicho viviente, imprescindible para que haya vida. En el olivar, los árboles doblados por el fruto. ¿Cuánto tiempo he estado parado contemplándolos? Son olivos muy viejos, con una gran cepa y los troncos cariados divididos en dos o tres patas de corteza rugosa, con abultadas venas llenas de nudos que se hunden en la tierra como tentáculos. Tienen un aspecto impresionante. El olivo es un árbol muy difícil de representar. No he visto ninguna pintura donde la trama finísima que componen sus hojas resulte tal como es en la realidad, los olivos pintados quedan reducidos a un tosco volumen. Las fotografías también lo desdibujan, anulan ese gracioso trazo fino que hace que pueda distinguirse cada hoja, cada ramo, cada aceituna, como sucede cuando lo tenemos delante de nosotros, aunque lo contemplemos de lejos, y que es lo que le da a este árbol de porte correoso y sufrido un aspecto ligero y airoso.
He empleado un buen rato en mirar con los músculos de la cara apretados, como si verdaderamente fuera un pintor en trance de devanar aquellas líneas con un lápiz en la mano. Luego he medido a pasos la distancia entre los árboles. Pasos más largos de lo normal para que equivalgan a un metro. Hay que sembrar olivos nuevos en estas calles que miden catorce metros. La nueva alineación queda señalada con unos cotos, tres o cuatro piedras formando una torreta, uno a cada extremo de la línea, que aparece en la imaginación como en la mirilla de una escopeta cuando uno los confronta.
Mientras me dirijo hacia el coche, de nuevo me atrapa la maravillosa estampa de los olivos, robustos y rendidos por el peso de la cosecha,  con las ramas vencidas hacia el suelo. Como desmayos, dicen los labradores de esta tierra, recreándose en la palabra que parece sacada de un fado. La aceituna tiene ya ese cremoso color membrillo que indica que la pulpa se vuelve oleosa y esa suavidad asoma en la piel de cada fruto. Es el momento del año en que los olivos tienen un aire más delicado. Y más con esta luz anubarrada de hoy, y el rojo fuerte de la tierra mojada.
Regreso. Quizá si hubiera tenido unos  lápices de colores habría perdido ahí toda la mañana. El camino baja como un tobogán entre dos cortados dejando dos corrales a mano izquierda, el primero una construcción rala, hecha con piedras y pegotes de cemento y llena de añadidos, donde ramonean unas cabras entre bañeras recicladas que les sirven de abrevadero; el siguiente, un cercado de ladrillo macizo rematado por agudos cristales. Más allá, por ese mismo lado, desemboca el camino de La Hoya, por el otro, un poco apartada, la cerca de tapiales de lo que fue un tejar, por donde asoman, recios y medio derruidos, los gruesos muros del horno y, frondosas, dos o tres higueras que dan una profunda sombra. Los terreros que rodean al tejar han sido recuperados para la agricultura, pedacitos de tierra excavada en los que medran como pueden almendros y plantones de oliva. Después otra nave con las ventanas atrancadas con puertas viejas recuperadas de distintos derribos. Un poco más allá otra nave más, a la que han fallado los cimientos y cuyas paredes han sido reforzadas por contrafuertes dignos de una fortaleza medieval. Al llegar a la cambronera aún siguen allí los pájaros fingiendo asustarse. Quizá estos pájaros nada sepan de Jaujas, ni puertas. Mucho más probable es que los esté confundiendo con la pajarería tremebunda que tengo yo metida en los sesos.
Cárcel soy de mis sueños// y en ellos anidan pájaros… dijo el poeta. Que es otra manera de decir lo mismo ahorrando muchas palabras y, en inciertos recorridos, mucha suela de zapato.

lunes, 7 de octubre de 2013

Especialistas.

11:31 ante merídiem.
Pregunto por teléfono:
–¿Estás todavía acostada?
Contesta:
–Nooo –un no muy largo. –No estoy acostada, estoy tumbada.

Donde se reconoce a un verdadero especialista es en la asombrosa exactitud, la precisión puntillosa, casi exasperante, que utilizan en la elección de los términos que conciernen directamente a su disciplina.

Aun a sabiendas de que concertar estas nomenclaturas es sólo para espíritus superiores, me he aventurado:
–¿Eso qué es, estar acostada boca arriba?
–No. –Ha dicho ella riéndose.
Y con la modestia de quien se sabe poseedora de un dominio completo de la materia, ha aclarado:
–Eso es estar acostada despierta.

martes, 3 de septiembre de 2013

Vitorinos.

Viéndole de medio lado manejando la escoba no se hubiera sabido si era un torero o un peón de la limpieza. Llevaba plantado en el mismo sitio, con los pies muy juntos, más de un cuarto de hora dándole pases a un trozo de plástico, buscando una manera artística de encauzarlo al cajoncito del badil que portaba en la mano izquierda. Era flaco, con las quijadas marcadas y una frente muy fruncida, preocupada, al estilo de los que miran con la cabeza gacha, cuyo modelo sería Napoleón, que cuando lo sacan con bicornio semeja un búfalo.
Era un contratado para hacer la limpieza de vísperas. Vienen las fiestas y el Ayuntamiento, esa empresa encargada de divertirnos, ha de parecer limpio. Y por blasonar de humanitario ha de elegir esta tropilla de peones con los expedientes laborales más ralos y baqueteados; gentes picardeadas, que han servido a muchos amos o a ninguno, y que  tienen muy presente que en estos oficios de corta duración es mejor no malgastarse.
Embarcadas en otra clase de limpieza, con cierta sofocación en el rostro, dos trotonas, las coletas en la coronilla bailando a cada zancada, el paso pesado y corto, los cuerpos amondongados, atravesaban el puente dando fuertes pisotones, cuando, sin inmutarse, el pajarraco del chaleco reflectante ha soltado este requiebro:
–¡Qué garbo! A ver si os vais a salir de España.
–Tranquilo que no.
Ha dicho entre dos alientos una de las zaheridas.
Y aún el “don Tancredo”, sobrado de casta, ha replicado:
–¡Menuda pérdida!
Se han alejado las dos mujeres diciéndose entre ellas: "¿De dónde habrá salido este calamar?" Y de la risa decía la de la camiseta rosa: "Calla, calla, que me da el flato".
El barrendero, ajeno al jolgorio, y con cara de haber estado encerrado aquella mañana con seis vitorinos, ha avanzado con unos pasitos muy medidos, como si le viniesen pequeñas las zapatillas, a depositar el plástico, al fin atrapado en su badil, en una papelera. 

lunes, 2 de septiembre de 2013

Nubecilla escuálida.

28 de Agosto. Miércoles. Cinco de la tarde. La consecuencia de haber dormido tan mal durante la noche pasada ha sido esta siesta oceánica de hoy.
Debía de estar bastante aletargado, medio soñando, cuando me ha parecido que atronaba. He dudado si el trueno pertenecería también al sueño. Ante un verano tan tenaz como el que estamos teniendo no cabía esperar una mínima señal de mudanza. Por descartar otra posible fuente del ruido he examinado la pantalla de la televisión, donde una musiquilla ensoñadora acompañaba a unas majestuosas imágenes de las montañas alemanas cargadas de nieve, esplendidos paisajes intemporales, en una quietud petrificada. Algunos animales un poco encogidos trampeaban para encontrar comida sobre aquel manto blanco. Ciervos, linces y urogallos estaban metidos en estos trabajos, mientras el lirón, sin pulso apenas, aovillado en su nido hecho de pasto seco, se entregaba a una soñarrera subterránea que le iba durando ya seis meses. En el estado catatónico del lirón he estado yo escuchando aquellos truenos que hacían el mismo ruido que un carro rodando por un empedrado. Sonaban a tanta distancia que he dudado si merecería la pena siquiera gastar un poco de ilusión asomándose a la puerta. Me he asomado, no obstante, para ver lo que ya sabía. La nube que estaba encima tenía unos bordes muy finos. Era una nubecilla escuálida, formada de recortes horizontales azules y grises, como una manta de orillo muy gastada, que a duras penas aguantase sobre nuestras cabezas  medio deshecha. Con gran parsimonia ha soltado unos enormes goterones a los que se veía caer haciendo giros como  globos o paracaídas desgobernados. No era propiamente lluvia, sino una siembra de solitarias gotas que formaban al chocar contra el suelo gordas manchas aisladas del tamaño de un huevo de perdiz, graciosamente a estas gotas les asomaban unas patitas o filamentos, que hacían el efecto de que quisiesen salir huyendo. Han caído las gotas justas, suficientes y necesarias para aromatizar el aire. Nos habría venido bien alguna gota más. La entrada de Septiembre es de las mejores épocas para que se moje el campo. Precisamente por eso tendremos que meter todo el aire que podamos en los pulmones, respirar a prisa este olor a mojado, tan carnoso y agradable, y sentarnos a esperar. Pero sin que parezca que esperamos.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Oviposición.

Las tengo aquí enfrente. El niño chico balbucea y cloquea la tía, la abuela y la bisabuela. Un corral de gallinas cloqueantes en disputa de aquella cosa que ha salido del huevo. Suerte que aún le queda juicio a la madre que cuando escucha al niño decir:
 –Tator.
Y al gallinero repetir:
 –Tator, tator, tator.
Dice:
 –El tractor.
Las gallinas no amainan:
 –Ta-ta-tor, ta-ta-tor, tator, tator.
Como si todavía tuviesen el huevo dentro, o acabasen de ponerlo.

sábado, 31 de agosto de 2013

Vecinos.

Día segundo. Los vecinos perseverantes y omnipresentes deben de resultar una insufrible molestia, pero los vecinos provisionales y transitorios pueden llegar a ser muy entretenidos. Durante todo el año las casas que tengo a la redonda están deshabitadas. En alguna de estas calles todas las casas están vacías. En el verano la floración vecinal es muy importante. Este año han coincidido todos durante unos días, supongo que de manera espontánea, sin acuerdo previo. De pronto se encuentra uno rodeado de curiosos personajes, a los que se puede estudiar en sus múltiples registros, y hacerlo además con ánimo benigno, ya que sabe uno que la pequeña afección no se va a enquistar. Desde luego soy consciente de que este sentimiento debe de ser reciproco y que yo debo de significar para ellos un buen pasatiempo, sobre todo porque lo único que saben de mí, ahora que el tiempo asfixiante no permite que cerremos las ventanas, es que a las cuatro o las cinco de la mañana enciendo la luz y me siento a mi mesa de espaldas a sus ventanas oscuras y cubiertas de tela mosquitera. Con este irrelevante detalle del que son testigos las invenciones que pueden surgir son infinitas. Gustoso les cambiaría el puesto de observación. Presumo que, si pudiese contemplar desde una de sus ventanas el obstinado proceder de un hombre de mi edad inclinado sobre una mesa bajo el foco de luz como si estuviese desentrañando enrevesadas incógnitas que le impiden conciliar el sueño, podría entonces contar algo interesante que, desde aquí, ¡oh vulgar y blanca cuartilla!, ni siquiera puedo imaginar.
 
Día cuarto. Durarán poco los vecinos. Son vecinos transeúntes. Normalmente acuden sólo los fines de semana. Este Agosto se han puesto de acuerdo. Viven sin modestia, despilfarrando su presencia. Al cuarto día empiezo a ser consciente de sus manías. Ayer descubrí que les gusta que oiga la radio. La tuvieron encendida más de dos horas a un volumen que distorsionaba. Debía de molestarles escucharla en su cocina a ese volumen, pero para que la oyese yo hicieron ese sacrificio. Quizá hoy me acerque a decirles que la emisora que ponen no me gusta. Pero no. No lo haré. La timidez me vence. Si no fuese así también iría a decirles que no me gustan esas conversaciones tan afectadas que tienen. Parece que están representando su vida para ciegos. Siempre incluyen el nombre del otro en cualquiera de sus frases. “¿Jorge Alberto te parece que este pan está duro?” “¿Has comprado el agua Jorge Alberto?”. Sobre todo la mujer le calza el nombre en sus frases de tres palabras a todo el mundo. Nunca da por supuesto que el otro sabe que se está dirigiendo a él. El hombre tiene aspecto de cansado y no es extraño. Nunca he experimentado un fraseo tan plomífero y estomagante. Por ese motivo los nombres de sus hijos, nombres absolutamente normales, me producen al escucharlos una especie de mareo. He tenido que cambiar mis hábitos pero no por su culpa. Procuro no encender la luz tan temprano. Estas palabras las escribo en la cocina, mientras prolongo el desayuno. Aquí estoy más tranquilo. Me da como respeto estar sentado de espaldas a esas oscuras ventanas estando la mía iluminada. Sólo porque imagino que soy yo el que observa desde allí a un pobre cretino maniático enfrascado en farragosas especulaciones que le roban el sueño.