jueves, 22 de agosto de 2013

Los reclusos.

                                Contando las campanadas se acaba oyendo la hora. (Frase oída a J. A. Belmonte, perteneciente al rango de las "obviedades significativas").      
                         
 –¡Qué felices somos! ¡Cuánto nos queremos!
Se decían el uno al otro, a cada instante, mirándose a los ojos. Sólo para asegurarse de que ninguno de los dos se había soltado del cepo.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Noche de verano.

Se oye el lloriqueo de un niño chico en mitad de la noche. Al principio era un gemido entrecortado que se confundía con los maullidos de los gatos que a estas alturas de Agosto tienen sus celos y reyertas. Luego los lloros han comenzado a expandirse de un modo continuo, tal como suenan las zanfoñas o las gaitas, por encima de la oscuridad de los tejados. El resto de los ruidos habituales a esta hora, el perro que da unos ladridos anémicos, o el que gañe o medio aúlla, o los gallos estirando el gañote con el grito algo encasquillado, en duda todavía de que vaya a amanecer, quedan ahogados por la llantina que cae como un manto que abarcase la noche entera.
Intento averiguar de qué ventana o qué casa procede, pero la emisión tiene la cualidad de las sirenas, que suenan cerca y lejos. A medida que dura el llanto me va ganando la incertidumbre. Quizá no sea un simple dolor de tripa o el nacimiento de los dientes. El silencio se va abriendo hueco dentro de nuestro cuerpo. Contengo la respiración. Aminoro el pulso. Hasta que, aguzado el oído, se oye en sordina la voz de una mujer diciendo “ya-ya-ya”, mientras pasea o mece a la criatura dándole golpecitos en la espalda. La cataplasma ha resultado muy eficaz. Es la misma voz, con la misma musiquilla, que ha aplacado tantos injustificados primeros berrinches, seguramente también alguno nuestro, del que si acaso algo se recuerda es ese “ya-ya-ya” llevándonos suavemente de la tempestad al sueño.
Vuelta la calma, la noche ha recuperado sus gallos, sus perros, algún grillo, el gorgoteo de la fuente y el ruido de pasos de los madrugadores, siempre acompañados de toses y carraspeos. Como quien sella un certificado, el reloj de la torre ha golpeado seis veces.
 

martes, 20 de agosto de 2013

Lo bailado.

Habían sonado “campanadas” y había dos en la calle hablando de eso. Uno preguntaba: “¿A qué hora es el entierro?”. El otro decía: “A la una”. Era una conversación de mañana, pero poco ágil. Habría veinte años de diferencia entre los dialogantes. El más joven de los dos sobrepasaba los sesenta años. Se ha extrañado de aquella hora tan mala para enterrar. “Tendremos que ir pero nos vamos a cocer. Con el calor que va ha hacer hoy”. Tanto el más anciano como el otro hablaban con los brazos un poco despegados del cuerpo para ventilar los sobacos, como los aguiluchos en el nido cuando hay soflama. “Yo tenía que cumplir --ha dicho el viejo--, pero con ella, con la muerta, a los que quedan ni los conozco. Así que no sé qué hacer”.
Pasada una hora o dos he vuelto a encontrar al viejo en la Caja Rural. Estaba ensayando una variación del tema matinal. Ese entierro tan mal puesto. Ir o no ir, esa era la cuestión. Monologaba pensativo:
–Yo a ella si que la conocía, a la muerta, y muy bien. Era muy amiga. De joven…lo que yo habré bailado con ella. Si voy es por ganas de ir porque, a los del pésame, les va a dar lo mismo que vaya o no vaya.
Pausa. Mirada al suelo donde restriega el pie en la raya verde de “espere su turno”. El habla ahora menos convencida.
–Aunque, claro,  –remata – te acuerdas y, por lo bailado, dan ganas de ir.
Había mucha miga en ese “lo bailado”. Me hubiera gustado escuchar alguna variación más tardía del tema. Ese anciano, distraídamente, esta mañana, en alguna tienda o en cualquier esquina, se habrá marcado tres frases muy bien dichas que a lo mejor no encuentra uno en un par de años leyendo poesía canonizada. Habrá que conformarse con haber asistido a los ensayos.

viernes, 12 de julio de 2013

El infiltrado.


–Deja de mirarme.
Le digo a mi ordenador cuando veo el reflejo de mi rostro en la pantalla apagada.

domingo, 5 de mayo de 2013

Escisiones.


Diez de Abril. Miércoles. Grandes lienzos grises en el cielo. El aire que han anunciado no aparece por ningún sitio. Una gran calma o un cabrilleo insignificante. Durante la noche han debido de caer cuatro gotas. Todas han quedado acumuladas sobre la hierba en forma de gruesas burbujas relucientes. He llamado a R para ver qué podía ser más conveniente hacer. La conversación ha sido un poco acorchada y llena de bostezos. Mientras hablaba he caminado un poco entre la hierba y he comprobado cómo se me empapaban las botas. Demasiada agua para ir a tirar herbicida. R me ha animado para que vaya a desbrozar, trabajo que ayer se quedó a medias. Su filosofía es: “una cosa detrás de otra”. La mía, impracticable: “todo a la vez”. Deberíamos poder escindirnos. Dejar una parte de nosotros sentada al escritorio, otra divagando contemplativamente de un lado a otro, otra frente a estas hojas de hierba dignas de ser dibujadas, otra sembrando en el terreno de la nave las parras, higueras, nísperos que llevan ya un año metidas en macetas; otra parte subida a cada tractor, triturando ramón, o abonando, otra podando, otra injertando, otra arrancando olivos enfermos, otra sembrando plantones, etc. Para mi desgracia por cada sitio que paso no veo sino lo que está por hacer. Esta especie de conciencia de mis deberes múltiples me hace avanzar siempre con pulso tembloroso, como esas perras que han parido una gran camada de cachorros y se amustian por temor a no tener suficiente leche para todos.
Al final he ido a desbrozar. La hierba cortada huele como los niños lactantes, un dulzor soñoliento, apaciguador. La máquina pasa sobre la hierba espigada como un rumiante hambriento, transforma el terreno, que parece un tupido matorral, en un prado en el que hubiera pastado un rebaño de ovejas. Inexplicablemente, cuando quedan tres olivos por desbrozar, se quiebra la luna trasera del tractor. No sé cómo. La he visto desmenuzarse y derramarse en trozos pequeñísimos. Las fracciones de cristal se han vuelto de color azul. Tanto pensar en escisiones. Ha sido como un truco de magia. La cuestión práctica de que el recambio vaya a costarme 250 euros me impide gozar del espectáculo abiertamente, aunque también podía pensar que he pagado la entrada por ver esta función de manera exclusiva. La exclusividad siempre resulta un poco cara.
Cuando le cuento a R lo de la luna del tractor, aprovecho para hacerla ver el punto flojo de su filosofía, “una cosa detrás de otra”, que trasmite una idea de avance y puede convertirse también en una forma de andar para atrás.
--Podría darse el caso –le digo- de que por cada cosa que hiciésemos sumásemos cuatro o cinco más a la lista. Mira si no lo que ha pasado hoy, he resuelto una y me he traído unas cuantas por hacer: encargar la luna, traer la luna, pagar la luna, desmontar los restos de la luna vieja y montar la luna nueva. ¿Qué me dices?
R no dice nada.
--Según esta lógica –insisto- la única manera de avanzar es quedarnos acostados hasta las once.
Esta última inocente conclusión ha hecho que R saque las uñas. La filosofía, llevada a sus últimas consecuencias, la irrita.
--Ya sabía yo que tenías que lanzar alguna pullita –dice-. Tu no hace falta que te quedes acostado hasta las once. Tiras tu pullita y te quedas de lo más descansado.
En el caso de que pudiéramos escindirnos, esta porción mía que filosofa correría un gran peligro si R tuviese a mano un matamoscas.
 

Encargar la luna, traer la luna, pagar la luna, desmontar la luna vieja y montar la luna nueva.  
Leído el Romancero Gitano, creo que nadie se hubiese extrañado si entre los papeles póstumos de García Lorca se hubiese encontrado una nota como esa. Y García Lorca sólo sería un ejemplo, se ha hecho trabajar mucho a la luna, utilizándola  como material poético.  

viernes, 19 de abril de 2013

El muestrario.


 
Once de Abril. Jueves. A las nueve de la mañana, el sentido del deber me saca de la habitación a empujones. De todas formas llevaba un buen rato con la cabeza en otro sitio. Así que, más vale que lleve el cuerpo también allí.

Voy pendiente del aire. La actividad del día tomará una u otra deriva dependiendo de este elemento. Mientras he sacado el coche no lo he percibido. Dentro del coche aún menos. Eso hace que al pasar delante de uno de los puestos del mercadillo, repare en la agitación y revuelo de una colección de camisas que cuelgan en uno de los puestos. Lo primero que me ha llamado la atención ha sido el movimiento, luego no he podido resistirme ante la sugestiva imagen del muestrario. He echado mano a la cámara y lo he grabado. Los violentos colores y el estampado africano de las camisas me han dejado derretido. Por el modo de  ondear parecían estar reclamando un cuerpo que cubrir. Un poco de compañía. A unas prendas tan exultantes les iba mal la soledad de la percha. Estas curiosas camisas son muy apreciadas por un determinado género de mujeres gordas. Esas gordas vitales, expresivas, desinhibidas y tan risueñas como un campo de amapolas. Unos seres de apariencia feliz que todavía lo parecen más cuando lucen estos colores estampados que son en sí mismos una proclamación de la más ingenua alegría.
La imagen, lo digo sin ironía ninguna, desde el primer momento me ha subyugado. Cuando reviso el video, lamentablemente corto, lamentablemente movido, sólo lamento no haber dejado que la cantata de Bach que en ese momento emitían en radio clásica se enredase un  poco más entre el tejido pintarrajeado de aquellas camisas que el aire movía con tanta ligereza.

CODA:
Trasladado esto a la pantalla, me ha dado por curiosear un poco. Es lo que tienen los putos ordenadores. La cantata de Bach BWV 208 se titula en castellano: “Lo que me place es sólo la alegre caza”, y se compuso como felicitación de cumpleaños para el príncipe Cristian de Sajonia. Se le da, como es lógico, bastante coba a este príncipe. Los fragmentos de las arias 12 y 13 que se oyen en el video, dicen cosas como esta: “Deleitadnos a ambos, rayos de la alegría, adornad con diamantes los cielos, ¡y que el príncipe Cristian se deleite, libre de penas sobre amables rosas!”, y esto otro: “mientras la ovejas ricas en lana en estos loados campos sean alegremente conducidas ¡viva el príncipe de Sajonia!”. Como ya he explicado, de todo esto yo no sabía nada cuando me he detenido delante del muestrario, ni cuando he redactado el apunte. Pero ahora pienso que tal vez haya sido la música la que ha hecho que me quede plantado delante de aquellas prendas como un perro de presa. La música de esta cantata de Bach reflejaba perfectamente el espíritu del muestrario. Yo sólo habría servido de hilo conductor entre ambos. El coro final de la cantata dice: “Amables visiones, horas felices, que la dicha eternamente os acompañe ¡que el cielo os corone con el más dulce regocijo!”. Para ponerle la guinda al pastel, he buscado una imagen de este Cristian de Sajonia y no la he encontrado. Lástima. Me hubiera gustado encontrarme con un gordo jocoso, abundante, alguien, en definitiva, que al pasear por este mercadillo no hubiera tenido más remedio que “deleitarse libre de penas sobre las amables rosas”, es decir, comprarse una de estas fabulosas camisas.

jueves, 18 de abril de 2013

Métodos medievales.

Ocho de Abril. Lunes. Salgo de la nave con un airecillo flojo y al llegar a Los Valerios se ha adueñado de aquel cerro una enorme ventolera que impide el reparto de herbicida. Hay un cielo nublado delicioso y el aire es frío. Al norte se ve  la cordillera central con las crestas más altas cubiertas de una nieve blanquísima. El dibujo de las cumbres es muy nítido. La hierba en el olivar parece haber sido plantada con fines ornamentales por un jardinero. Cada olivo tiene alrededor del pie un cerco de hierba alta y muy apretada. Jaramagos, lechuguillas, cardos, malvas, caléndulas. Las malvas alcanzan en algunos tramos del olivar tal altura y frondosidad que se enredan entre las ramas bajas de los árboles. La fuerza invasiva de las malvas con sus grandes hojas cerosas de un verdor pletórico, hace que los olivos parezcan unos arbolillos ingrávidos, acobardados, tenues. Me ha parecido que la necesidad de intervenir a favor de los olivos era urgente. Por eso, a pesar del vendaval, en condiciones desastrosas para realizar este trabajo, he repartido la cuba de herbicida. La sensación de estar haciendo algo completamente inservible no me ha abandonado mientras ha durado esta labor. Cuando R ha llegado con la cuba del agua ha habido que tomar la única solución posible, regresar con las orejas gachas.
Estos trabajos aplazados siempre producen una gran desazón. Los criadores de algo, animales o plantas, acabamos por tener un sexto sentido para percibir el estado anímico de las criaturas que dependen de nosotros. Durante el viaje de vuelta voy buscando maneras de liberar de inmediato a los árboles del asedio de las malvas, demasiado altas para atacarlas con el herbicida.
Pienso que no me va a quedar más remedio que utilizar la desbrozadora, una máquina torpe y de muy poco rendimiento, al menos el modelo que yo tengo. La desbrozadora es un artilugio de concepción casi medieval, tres rotores con gruesas cadenas que giran a gran velocidad, de lo más apropiado para deshacer un asedio. Me saca de esta ensoñación medieval una llamada de R. Ha pinchado el tractor en medio de la carretera. Una rueda gorda, dice. Ha oído que se le salía el aire desde dentro de la cabina y con el tractor en marcha. “¿Has oído el aire?”, le pregunto. “Sí, y me he bajado y la rueda está muy baja”, dice. “¿La llanta en el suelo?”, le pregunto. “En el suelo no, pero casi”, dice ella. “¿Pero sale agua?”, le pregunto (las ruedas de los tractores llevan dos tercios de agua). “No, pero se oye el aire perfectamente”, dice ella. “Si no sale agua tira lo más rápido que puedas”.
Movido por la intranquilidad y la inconveniencia de tener que reparar el tractor en medio de la carretera, cuando llego a la nave la llamo para decirle que si la rueda está muy baja se meta en el primer camino. “Calla –la oigo decir-, déjame, que no puedo perder tiempo, voy disparada, ya estoy en la rotonda”. El tractor ha llegado con su rueda intacta a la nave. Miramos la rueda de arriba a abajo. A pesar de las evidencias ella afirma que la rueda no está baja del todo, pero que está un poquito baja, y que además ha escuchado perfectamente cómo se salía el aire. “¡¡A mí es al que se me sale el aire!! ¿No lo escuchas? Es un soplo cardiaco”. Se ríe. Argumenta: “¿No me vas a decir que esta rueda no está un poquito baja?”. Estas dos frases, la mía, clamando al cielo, y la suya mirando la rueda, se repiten tres o cuatro veces.
Sólo porque S estaba allí en la nave contemplando aquel sainete, y porque hubiera testificado a favor de ella (son uña y carne), no me he decidido a estrangularla, el método más medieval que se me ha ocurrido para hacerla entrar en razón.
 
ANEXO:
Al trasladar aquí esta nota, pensándolo con más calma, veo con perfecta claridad que hubiera sido un tremendo error estrangularla. Conociendo la maña de S para arreglar cosas, puede que hubiera conseguido resucitarla con una pequeña reparación. “No tenía nada –hubiera dicho-, un huesecillo de la glotis descolocado”. Y ya para los restos hubiera tenido que estar oyéndola decir que la estrangulé sin motivo.  Y el tremendo juego que podría sacarle al estrangulamiento fallido.  Cada vez que el asunto saliese a relucir yo habría tenido que declararme culpable sólo para que ella pudiese mostrar el certificado de una lesión más en su curriculum. “¿Es verdad que me estrangulaste o no?”, diría ella delante de su público. “Sí, te dí por muerta, sólo por eso dejé de apretarte el cuello”, diría yo. “A mí no me gusta presumir –diría ella-, pero si tengo algo bueno es que aguanto mucho y cicatrizo muy bien”.  Imagínense qué papelón el mío. El papel de oso de este espectáculo circense. El oso amaestrado y la domadora que más cicatrices tiene en el cuerpo. Menos mal que sé contenerme.