He despertado con el recuerdo de la imagen vista durante el sueño cientos de veces. Un tren avanzaba en la lejanía por un paisaje que yo conocía muy bien y donde tenía la absoluta seguridad de que no había railes.
domingo, 12 de febrero de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
Al buen tuntún.
Hay hermanos mayores que, desaparecidos los progenitores, suelen heredar las zozobras paternas respecto a las vicisitudes de la camada, y sobre todo en lo referente a los asuntos de la salud, que es donde los hermanos menores les dejan inmiscuirse considerando que ese intervencionismo es siempre bienintencionado. En este aspecto, mi cuñada consorte C muestra un comportamiento ejemplar. Ante los excesos de consumo de dulce de su hermana R durante las Navidades, C ha mostrado una forma de preocupación agitada, puntillosa si cabe, ha querido saber qué día le tocaba a R hacerse los análisis.
El descreimiento de que hace gala C, le ha llevado a no hacer caso de informaciones más o menos sesgadas, las que el resto de los miembros de la familia que estuvimos presentes en esos excesos le proporcionamos con un punto de amarillismo, y atenerse única y exclusivamente a los resultados de los informes clínicos. Ante un análisis no sirven las apreciaciones personales, o para decirlo de una manera más gráfica, los análisis no entienden de Nochebuenas o Nocheviejas.
C ha quedado relativamente sosegada cuando su hermana le ha comunicado que los análisis le tocaban la próxima semana.
Lo cierto es que a R, la hermana menor, le conviene vigilarse, pues la diabetes está esperando un descuido para hacerla de su secta. Hay enfermedades que producen en el individuo los mismos efectos que el ingreso en una institución religiosa. Esta es una de ellas, una enfermedad de las que imprimen caracter.
Hasta aquí la parte inteligible de este asunto, todo lo que a continuación se narra, verídico y palmario, pertenece a ese tipo de actividades humanas que más vale no intentar entender si no queremos volvernos locos.
La escena de la hermana preocupada tuvo lugar en una amena reunión familiar de última hora de la tarde. R, la hermana menor, cuando C, la hermana mayor, ya no estaba presente, mostró gran preocupación por las preocupaciones de su hermana respecto a ella, y nos recomendó que no le calentáramos la cabeza contándole cosas disparatadas sobre su dieta, porque se preocupaba "de verdad".
Éstas advertencias se produjeron durante la cena. Concluida esta, inspeccioné las partes más expuestas de la cocina en busca de algún dulce para reponer los azucares gastados durante el día. Allí, a la vista, encontré una bolsa con rosquillas fritas de una panadería que no solemos frecuentar. Pensé que aquellas rosquillas serían alguna exquisitez a las que sólo aquel panadero era capaz de dar el punto. R es aficionada a dejarse aconsejar cuando sale de compras. Haciendo cola en las tiendas hay una gran cantidad de gourmets camuflados dispuestos a mostrar a sus semejantes las delicatessen ocultas del comercio local. Habituado a los desengaños tome una de aquellas rosquillas con suma prudencia. Al primer mordisco percibí en mi boca una enorme densidad, por lo que comprendí inmediatamente por qué, gravitacionalmente, me había sentido atraido hacia ella.
Al mostrarle aquel artefacto gastronómico marcado por mis dientes a R, me dijo escuetamente que las rosquillas las había traido su hermana. Casi me atraganto al oírlo.
–No quiere que comas dulce y te trae una bolsa de rosquillas–. Dije.
Me explicó de un modo un tanto enredado que las había traído aquí para quitárselas de encima, para no tenerlas en su casa, ya que a ella las golosinas le producían una gran ansiedad y si estaban a su alcance no dejaba de comerlas, lo que comportaba horribles desajustes de su silueta.
No sé por qué, a veces, no me conformo con la primera explicación que me dan, e insisto tontamente en hacer averiguaciones, cosa bastante contraproducente para encontrarle un sentido a las cosas.
–No creo –dije– que estas rosquillas le produzcan la menor ansiedad a tu hermana. En cualquier caso, si te las trae a ti, sus preocupaciones por tu salud aumentarán.
Buscando un punto de salida al enredo, pensé, sin decirlo, que tal vez las preocupaciones la ayudasen a mantener su peso.
Entonces R me ofreció una segunda versión de los hechos más creíble, aunque no menos rocambolesca. Su hermana C había ido a visitar a una enferma, allí, aquella mujer, le había sacado una bandeja repleta de dulces, en su mayor parte regalos que otras visitas le habían llevado anteriormente. C correspondió educadamente al convite de la convaleciente haciendo una variada degustación, encontrando en aquella cata un pastelillo de hojaldre, relleno de crema, muy de su gusto. Los mismos elogios con los que acompañó la ingesta de aquella golosina, le llevaron a preguntar por su procedencia, y la enferma le detalló la panadería donde lo elaboraban, un establecimiento que desde ese mismo momento C se prohibió visitar para no sentirse tentada. Pero si por algo se distingue el ser humano es por su capacidad para estimularse con sus propias prohibiciones. Al día siguiente estaba C presentando sus credenciales en aquella panadería, y preguntando por aquel pastelillo seductor. La mala suerte es que los pastelillos se habían acabado y sólo por cortesía, para no salir de la tienda con las manos vacias, había comprado aquellas rosquillas. A los tímidos les pasa eso a menudo.
¿Explica esto por qué las rosquillas habían llegado a nuestra cocina a pesar de las graves preocupaciones de la donante? Podría decirse que sí. Las hermanas comparten esta manera de agasajarse. Es una curiosa modalidad de reciclaje. Cuando yo aún no sabía que C nos había traido aquellas rosquillas descalabrantes, contemplé absolutamente estupefacto cómo R le daba a su hermana tres cuartas partes de una barra de turrón con el que el día anterior había estado a punto de indigestarse. Le oí decir al entregarle el regalo: "Llevateló, está muy grasiento y me sienta muy mal".
Uno trata de hacerse una idea de cómo sus semejantes conciben el mundo, lo que no es fácil, pero en este caso algo está muy claro, en un mundo diseñado por ellas todas las mercancías llevarían inscrita esta cláusula: "regalesé en caso de no usarse".
domingo, 8 de enero de 2012
Reyes metafísicos.
Aunque dije que dejaría mis botas en la ventana por ver si me traían algo los Reyes Magos, lo hice sólo por gastar una broma. Luego se me olvidó y las dejé como todos los días al lado de la lumbre, con los calcetines sucios metidos dentro. Una fea costumbre, pero muy práctica, por la facilidad que tienen los calcetines para perderse.
Cuando me levanté de madrugada y abrí los tiros de la chimenea, mientras veía nacer el fuego por una grieta de vivo color rojizo del tronco carbonizado, consideré muy seriamente la posibilidad de que los Reyes Magos hubieran estado allí. Era fácil imaginar con cuánto escepticismo habrían contemplado las botas, mirándose entre ellos y moviendo la cabeza. El espectáculo de los calcetines sucios durmiendo como animalitos en el interior era para desmoralizar a cualquiera. Estuve sonriendo un buen rato, viendo saltar chispas del tronco, e imaginando su gesto de incredulidad. ¿Quién que pretenda recibir un regalo de Reyes puede hacerlo con semejante grado de improvisación?
Pasado este momento gozoso, ha sido para mí una sorpresa, cuando he ido a retirar los calcetines para dejarlos en el cesto de la ropa sucia, constatar que sólo había uno dentro, el otro había desaparecido. He indagado, sin dar pistas, sobre su paradero. Mi familia ni siquiera acababa de entender mi pregunta: "¿alguien ha cogido un calcetín usado de una de mis botas?"
He provocado sus carcajadas cuando les he dicho que creía que los Reyes Magos se habían llevado uno de mis calcetines sucios. Concluidas las risas todos me han hecho la misma pregunta: "¿para qué iban a querer los Reyes uno de mis calcetines sucios?".
–Bueno, –les he dicho– tal vez alguien haya pedido un calcetín con aroma a "finas hierbas" y no lo hayan encontrado en otro sitio.
Una respuesta poco convincente. Luego, ya a destiempo, se me ha ocurrido algo que encajaba un poco mejor.
–Lo querrán para meterlo en el filtro de la lavadora, que es donde aparecen todos los calcetines desparejados.
A veces no me hago entender. Creo que mis prójimos han interpretado que estaba ironizando sobre uno de nuestros misterios domésticos, el de la desaparición de calcetines, la prenda más huidiza que conozco. Pero no, lo que quería decir es que no hay mayor regalo que el reencuentro con algo que creíamos perdido. Ergo, si te esconden un calcetín……te están regalando la posibilidad de encontrarlo.
Como se ve, es muy difícil, una vez que se ha pensado en ellos, que los Reyes Magos le dejen a uno sin regalo. Aunque no sea más que un poco de metafísica.
martes, 3 de enero de 2012
Buenas voluntades.
La carne de la cena de fin de año estaba dura. Como todos tendemos a ensalzar lo que en estas fechas se pone en la mesa, a los comensales aquella masticación gomosa les facilitaba la tarea del elogio. La boca impelida a abrirse por aquel efecto muelleante animaba a proferir palabras, con objeto de que la molienda fuese más entretenida, de modo que aquella carne tan dura recibió muchos más calificativos venturosos que si hubiera sido tierna y fácil de tragar. Algo que suele ocurrir bastante a menudo con las obras de carácter intelectual.
Un hecho curioso que hay que resaltar, es cómo, a continuación, y de la manera más inocente, es decir, sin que por parte de los comensales hubiese la menor intención de relacionar una cosa con la otra, (y eso que todavía estaban sobre la mesa dos de aquellos pedazos de carne a los que hubiera sido fácil incriminar), ni se advirtiera en ello la más remota sombra de ironía, cada cual fue haciendo referencia a las debilidades de su dentadura, mostrando el propósito de enmendar aquellas deficiencias con la entrada del nuevo año.
Un hecho curioso que hay que resaltar, es cómo, a continuación, y de la manera más inocente, es decir, sin que por parte de los comensales hubiese la menor intención de relacionar una cosa con la otra, (y eso que todavía estaban sobre la mesa dos de aquellos pedazos de carne a los que hubiera sido fácil incriminar), ni se advirtiera en ello la más remota sombra de ironía, cada cual fue haciendo referencia a las debilidades de su dentadura, mostrando el propósito de enmendar aquellas deficiencias con la entrada del nuevo año.
domingo, 1 de enero de 2012
Simetrías navideñas.
Las cuadrillas de gente rondando por las calles con aquellas zambombas descomunales, que sonaban como un hipo entre animal y geológico, punteadas por el rasguido en el cristal de la botella de anís, han desaparecido de nuestras celebraciones navideñas (hablo concretamente de éste páramo en el que habitamos).
Esta mañana, sin embargo, a la hora en que arranca todos los días la hormigonera de una obra en una casa cercana, ha sonado el ronquido de la zambomba. Nada tiene de particular por tanto que, en un principio, me haya parecido que era la propia hormigonera la que imitaba con bastante buen estilo a una zambomba. Es decir, que la hormigonera, con la zumba navideña metida en el cuerpo, le estaba haciendo el acompañamiento a un villancico.
El "realismo mágico" metido en los confines de lo cotidiano puede hacernos imaginar cosas tan peregrinas. Suerte que la realidad misma ha venido a confirmar que mi imaginación no había quedado definitivamente dañada por el influjo de viejas lecturas.
Era, como ya he dicho, una zambomba lo que sonaba, pero quienes venían haciendo rodar aquel brumoso sonido por la calle adelante eran albañiles, como podía verse por las manchas de yeso que suelen caracterizar su ropa de faena. Pensar que era la zambomba la que imitaba a la hormigonera, estando los albañiles por medio, me ha dejado mucho más tranquilo. Al absurdo también le viene bien un poco de lógica.
Esta mañana, sin embargo, a la hora en que arranca todos los días la hormigonera de una obra en una casa cercana, ha sonado el ronquido de la zambomba. Nada tiene de particular por tanto que, en un principio, me haya parecido que era la propia hormigonera la que imitaba con bastante buen estilo a una zambomba. Es decir, que la hormigonera, con la zumba navideña metida en el cuerpo, le estaba haciendo el acompañamiento a un villancico.
El "realismo mágico" metido en los confines de lo cotidiano puede hacernos imaginar cosas tan peregrinas. Suerte que la realidad misma ha venido a confirmar que mi imaginación no había quedado definitivamente dañada por el influjo de viejas lecturas.
Era, como ya he dicho, una zambomba lo que sonaba, pero quienes venían haciendo rodar aquel brumoso sonido por la calle adelante eran albañiles, como podía verse por las manchas de yeso que suelen caracterizar su ropa de faena. Pensar que era la zambomba la que imitaba a la hormigonera, estando los albañiles por medio, me ha dejado mucho más tranquilo. Al absurdo también le viene bien un poco de lógica.
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vagas reflexiones
viernes, 23 de diciembre de 2011
La oliva descarriada.
La oliva descarriada, crecida en una abrupta pendiente, o mirando a un cortado, en lugares poco accesibles y por tanto exentos ya de cultivo, siempre tiene aceituna, incluso cuando sus hermanas enclavadas en partes más ricas del mismo olivar, y tratadas con mimo por el agricultor, deciden no fructificar por causas ajenas a su voluntad. Estos árboles con vocación de abismo han sido la admiración de los pintores románticos, que se han hartado de pintarlos, quizá porque sintiesen que reflejaban su propia circustancia vital. El agricultor también los admira, pero por distintos motivos, lo primero por su lección de coraje, la valentía es virtud muy valorada por el agricultor. Esos olivos fructificadores contra viento y marea le parecen individuos superiores y, si tuviera un medio de hacerlo, inocularía ese gen en el resto de sus árboles. Intenta hacerlo, no obstante, mentalmente, pero no como recomiendan psicólogos y pedagogos, con el correspondiente "refuerzo positivo", sino dandoles a entender lo poco que valen. Presumiblemente los olivos de vida regalada son indiferentes a esta clase de mensajes, que sólo sirven de desahogo al campesino que ha de asumir cabizbajo el fuero caprichoso con que se manifiesta la madre naturaleza.
Ahora bien, esos olivos arriscados representan tambien un desafio personal, exhiben su fruto como una manifestación de asilvestramiento. Parecen decirnos: "tengo fruto porque aquí donde estoy encaramado nadie me lo puede quitar, no soy como mis hermanos de allá abajo, esos mansurrones". Ustedes creerán que todo lo que el hombre ha domesticado a su alrededor habrá sido debido a su inteligencia, y seguramente eso habrá influido algo, no voy a ser tan maximalista para negarlo, pero en general la domesticación de animales y plantas es consecuencia de la terquedad del elemento humano en su variante agraría. Este es un gremio recalcitrante en extremo, intelectualmente muy bien dotado para la obstinación y con pronta respuesta a esta clase de desafíos.
No sé qué rango tendré yo dentro de ese gremio, ni si perteneceré a él siquiera, pero mi comportamiento hoy ha sido muy genuino. Nuestra oliva descarriada se encontraba en lo alto de un lindazo defendida, creía ella, por aulagas y jaguarzos, tampoco es que estuviese llena de aceituna, aunque la he visto brillar con aire prepotente y he sentido la llamada de la dificultad, interrumpiendo la rutina recolectora para dirigir mi máquina hacía ella, tan sólo por pundonor, para que aquella engreida no se saliese con la suya. R, que es quien dirige desde el suelo la operación de amarre del tronco, ha visto la maniobra con escepticismo. Ella sólo entiende estos desafíos cuando se encuentra en su huerta, allí, por cuestión de cebolla más o menos, ha exterminado a los topos porque consideraba que la tomaban el pelo; aquí, sin embargo, ante un caso semejante, pone cara de no comprender lo que pretendo. Así son las cosas, en un lado es ultra agricultora, en otro señoritinga.
Cuando la oliva, correspondientemente abrazada por la pinza vibradora y el paraguas, ha recibido las secas y cortas sacudidas de nuestra máquina, tal y como podía esperarse, se ha resistido a desprenderse del fruto, algo que no muchas olivas logran hacer, pues no en vano este modelo de máquina tiene como sobrenombre "la rabiosa". Éste es el punto en el que tenía que intervenir R, y derribar con su vara las aceitunas que habían quedado, con el fin de que el árbol no se saliese con la suya. Ha avanzado, sin mucho ánimo, a cumplir su tarea, hasta que se ha encontrado con las aulagas (planta espinosa) donde he visto que tenía alguna dificultad para levantar el pie y sortearlas. Recientemente R se ha comprado dos pares de pantalones de la misma talla, y mientras unos le quedan holgados, los otros le aprietan. El mundo de las tallas es de lo más caprichoso. Parece ser que llevaba puestos los apretados, aunque, según ha declarado después, lo que le impedía avanzar eran los pinchos de las aulagas. Como estaba ofuscada desde un principio por aquella iniciativa mía de vibrar aquel olivo inhóspito, ha intentado hacer patente su irritación con una violenta patada a la aulaga que le impedía el paso y ha perdido el equilibrio y, aunque ha querido levantarse rapido, he tenido tiempo de bajar del tractor, coger la vara y derribar aquellas aceitunas con relativa facilidad, lo cual le ha enfurecido lo indecible y ha dado ocasión a una pequeña polémica sobre sus capacidades motoras. Ella me decía que si cogía el camino de vuelta al pueblo vería cómo sus pasos eran bien normales, y yo le decía que no, que los pasos de los que huyen siempre son un poco más largos. Una controversia que ella tenía ganada de antemano, ya que si se le ocurriese huir lo haría dando los pasitos más cortos para que yo no tuviera razón. Supongo que estas animadas disensiones habrán estimulado lo indecible a nuestro olivo montaraz y el año que viene nos lo pondrá un poco más difícil. Aunque también pudiera ocurrir que a mí el año que viene se me hayan quitado las ganas de domarlo y quede siendo un rebelde ornamental más.
Todo esto ocurría a la hora de irnos a comer.
Cuando llevábamos ya un cuarto de hora moviendo las mandibulas y contemplando absortos cómo en una ladera cercana un hombre con un mono azul ponía en funcionamiento los aspersores de riego para ayudar a nacer el cereal (en pleno mes de diciembre), tras algún comentario sobre lo triste que es habitar en un lugar tan árido como este, R ha dicho:
–Me he caído, por si no lo sabes.
–Te he visto –le he dicho– y he pensado: ¿qué hará esta ahí a cuatro patas?
Tras unos momentos de masticación interrumpida, he oído su voz notablemente irritada:
–Me estaba espilojando, no te jode.
No se imaginen lo peor. Espilojarse es sólo revolcarse.
–Tú verás, –ha dicho, muerta de risa por la ocurrencia– he visto esas aulagas tan hermosas y he dicho: voy a espilojarme un poco.
–Me he caído, por si no lo sabes.
–Te he visto –le he dicho– y he pensado: ¿qué hará esta ahí a cuatro patas?
Tras unos momentos de masticación interrumpida, he oído su voz notablemente irritada:
–Me estaba espilojando, no te jode.
No se imaginen lo peor. Espilojarse es sólo revolcarse.
–Tú verás, –ha dicho, muerta de risa por la ocurrencia– he visto esas aulagas tan hermosas y he dicho: voy a espilojarme un poco.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Tarantella recolectora.
Hemos comenzado la "aceituna", manera abreviada que tenemos de nombrar en estos territorios a la recolección del fruto del olivo. Viene a ser algo parecido a lo que les ocurre a estos calabreses del video. Un no parar. Como si nos hubiese picado a nosotros también la tarántula. Un círculo y dos que bailan. Nosotros deambulamos con nuestra máquina por los olivares, haciendo bailar a los árboles de uno en uno con identico procedimiento, sólo nos falta la música, cosa que pienso remediar para años venideros. ¿Me darán el premio Nobel si demuestro que vibrando los olivos acompañados por una música como esta el fruto cae mejor? ¿No dicen que con la música adecuada las vacas dan más leche y las gallinas estan menos histéricas? Veremos a ver si los olivos y las aceitunas pueden resistirse al movimiento. Sería bonito ir por los campos acompañados por un acordeonista.
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