lunes, 26 de enero de 2026

Recuerdo pandémico

(Nota sin fecha). Ayer nos llamaron para lo de la vacuna. Estábamos podando R y yo. Primero me llamaron a mí. Uno de esos largos números de la administración. Estamos llamando a la franja de edad de 60 a 65.¡Franja de edad! Vaya manera de hablar de las personas. Dije que sí. Astra Zeneca. Mañana a las tres y media. Tenía una voz bonita mi ángel exterminador. Una cosa poco valorada de las mujeres es la hermosa voz que tienen. Su voz sola casi siempre es mejor que el mueble al completo. Si algún día me quedo ciego, deriva hacia la que mis vicios lectores y los azares de la vida me van encaminando, oyéndolas hablar me va a parecer que estoy en aquel paraiso que imaginó Mahoma, repleto de huríes "que, aun siendo perfectas en su belleza, no provocaban tedio". 

R sonrió cuando le dije para lo que llamaban. En cualquier conversación sobre el asunto ella era favorable al pinchazo. Muy provacunas. Yo era escéptico. Se me ocurrió al instante equilibrar la marcha del mundo.

"¿Qué te parece si devuelvo la llamada y digo que te la pongan a ti primero? Ya que te gustan tanto los anticuerpos"

La muy pu..dijo que no, no, que ella prefería esperar para ver qué tal me sentaban a mí.

"O sea que toda tu devoción por la vacuna era de boquilla."

Se descojonaba. No tuve más remedio que sacar una conclusión. Dije:

"Como siempre ocurre los cobardes a primera línea de fuego y los valientes a la retaguardia. Por eso parece que los valientes siempre ganan".

Estaba encantada con tener una cobaya a la que poder observar de cerca.

Llevamos la broma hasta el puro esperpento.

Yo era un hombre trombotizado por culpa de la vacuna (miraré luego relación etimológica entre trombo y trombón), con la boca torcida y medio lado paralizado. R me traía al campo. Había que seguir con la poda. Qué culpa tenían los olivos si a mí me había dado por retorcerme. Ellos también seguían allí después de todos los retorcimientos que les inflinge nuestro caprichoso clima. Yo estaba en una silla de ruedas, atado como el Cid, cuando cabalgó despues de muerto y conquistó Valencia. Sólo estaba allí para indicar. Corta esa rama. Corta esa otra. El esperpento tiene dos finales. R al cortar se confunde de rama, a mí me da un penterre y me caigo de la silla. Muero como Vito Corleone. (Ahora no sé si era Vito o Michael). Ese es el final poco imaginativo inventado por R. El mío es distinto. La rabia por el desafuero transforma un poco de mi sangre en ácido clorhídrico, gran desatascador, se licúa el trombo y recupero la verticalidad. R al ver el milagro se desmaya. La traigo al Centro de Salud. ¡Centro de Salud! (Llamar Centro de Salud a lo que siempre se llamo Enfermería. Por equívocos como estos empezó la carcoma a horadarnos las meninges, para que asumamos como lobotizados las ocurrencias descabelladas de la gentuza que nos gobierna). Y allí dicen que, en efecto, es un trombo, una enfermedad rara que les da a los que asisten a un milagro.

"Eso es que te lo has creído tú". Repetía R mientras yo relataba aquel final.

He preconizado: "A tí también te van a llamar". Y ella que no, que en el Centro de Salud no tenían su número. Estaba intentando que se apostase algo conmigo cuando ha sonado el ring ring de su teléfono. Todo el cachondeito se ha acabado de repente. Ha hablado con su ángel exterminador como si fuese una mujer circunspecta, la muy disoluta. A las cuatro menos cuarto le tocaba a ella. Me he puesto a recitarle "el llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías" adelantando la hora de la cornada.

A las cuatro menos cuarto de la tarde. Eran las cuatro menos cuarto en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sabana.

"No te creas, que me da respeto". Decía ella. Y yo: "Hasta nos va tocar del mismo frasco. Eso para que te enteres, desertora".

Hoy, a la hora de la inyección, lo peor ha sido ver a toda nuestra retorcida, anquilosada y algo záfia generación allí reunida haciendo cola. Los nacidos en los cincuenta somos multitud. Había allí más de cien personas.¿Para qué habrían venido todos a la vez si cada uno tenía su hora? He hecho la pregunta para mi coleto, en voz tan baja  que sólo pareciese un pensamiento, pero he oído que alguno de los que estaba por allí  cerca, emboscado detrás de la mascarilla, ha mascullado: "a ti que te importa". Sólo una mujer ha dicho que había venido más pronto "para descuidar". Había allí siete u ocho voluntarios de cruz roja con chalecos amarillos para dirigir el tráfico. Uno de ellos le ha contestado a esa mujer que aquí de descuidar nada, que se pasaba lista y cada uno a su hora. Me ha parecido que tenían alguna merma psíquica o que estaban poseídos por un afán delirante de sentirse útiles o muy necesitados de ejercer la autoridad. Después de nombrados y una vez dentro del vestíbulo del centro de salud que hacía las veces  de granja pandémica uno de estos chalecos se colocaba a tu lado y te iba dando ordenes como si fueses su perro. "Da un pasito, así, un poquito más, eso es, pégate a la pared". De milagro se ha salvado mi adiestrador de una dentellada ¿Y para qué teníamos que estar dentro de aquella sala doce personas pegados a las paredes ejercitándonos en aquel ridículo ballet milimétrico? Tal vez, para que nuestro sistema inmunitario se reforzase segregando santa paciencia tragándonos otra de tantas ceremonias ridículas que llevamos soportadas. El pinchazo ha sido leve. Mientras la vacunadora me aguijoneaba  he preguntado si los del chaleco estaban vacunados. "Esos han sido los primeros". Espero que la vacuna no incremente el afán controlador del homo hispanus  o no va a haber quien pare en este país saturado ya de suyo de capataces y encargados.

sábado, 5 de octubre de 2024

La terrible pantalla insaciable.

¿Quién mira a quien?¿La pantalla a ti o tú a la pantalla?

miércoles, 27 de marzo de 2024

L. y yo. (Borrador de una felicitación traspapelada).

Digo que me voy. Con esa forma de irme que tengo, un poco de repente, porque aún no he logrado saber exactamente cuál es el instante adecuado para abandonar una reunión, y, al tener que elegir uno cualquiera, no hay más remedio que hacerlo de esta manera, como quién salta de un tren en marcha.                                              

Me levanto, pues, de un salto de la silla y dando la espalda a los presentes, cuando ya casi he traspasado la cortina  digo adiós con la mano.

Justo en ese momento oigo detrás de mí la voz de L. diciendo:

—Un beso, un beso, un beso.

L. (4 años) está sentada acabando su cena, la mesa le llega a la altura de la barbilla. Parecemos franceses L y yo. Hemos ritualizado las despedidas de tal modo que cualquiera diría que en la puerta de la calle me espera un transatlántico para llevarme a otro continente. 

L. me da un beso y yo a ella otro ( dejo aquí escrito para que ella pueda algún día desengañar a cualquier engreído que se le acerque, que por mucho que ellos se crean, al hombre que más besos ha dado L. — fuera de los que reparte a su familia— ha sido a mí).

Cada beso de despedida que yo le doy a L. o L. me da a mí lleva añadido un comentario sobre el estado de mi cutis, más exactamente de mi afeitado.

 "Pinchas. No pinchas". Suele decir.

Yo suelo contestarle con frases corteses y un poco rimbombantes que a ella le gustan mucho. 

—Lo lamento señorita, la próxima vez procuraré estar perfectamente rasurado. 

Cuando oye estas gentilezas le entra una risa que le conmueve, que le hace quedarse sin fuerza ni para sostener el tenedor.

Hoy ha dicho:

—No pinchas.

He contestado:

—Hoy no. Pero mañana pincharé. Soy un cactus al que le crecen las espinas.

Aunque lo he dicho con voz alegre, e incluso he guiñado un ojo, L. no se ha reído esta vez.

¿Por qué? No lo sé. Quizá la palabra espina, esa cosa que se clava y duele, la haya alertado.

He enfilado el pasillo y, desde el fondo, cuando ya tocaba el pestillo de la puerta de la calle, he oído a L. decir:

—Bueno, si pinchas no te preocupes.

Su abuela, que ha salido a despedirme, dice riendo y con cierta musiquilla:

— Ya sabes, no te preocupes.

Me encojo de hombros como he visto hacer a aquel negro que cantaba "don't worry be happy".

A R., la abuela, le da un retortijón de ternura y dice:

—¿No me digas que no es para comérsela?

L. cumple hoy (27-3-2022) 8 años. Creo que se le va pasando la edad de prohijar monstruos. Ahora a los monstruos los estudia. Tiene un hermano de un año, lo que justifica el empeño. Es muy aficionada a hacer dibujos, y a construir maquetas con cartón y pegamento. Todos sus proyectos van acompañados del correspondiente manual de instrucciones. L. es muy previsora, piensa en los torpes que no entienden el manejo, y en las posibles averías. Otra manera de decir, a los que somos susceptibles de padecer esos ahogos, que si pinchamos no nos preocupemos.

domingo, 10 de diciembre de 2023

Lechugas.

(20130719). Hay un momento de la vida en que se nos revela nuestra dimensión irrisoria, y también la de todo lo que nos rodea. Puede que en ese momento, si tenemos un trozo de tierra en el que crezca algo, una triste maceta valdría, nos abandonemos a la tentación de relacionarnos preferentemente con el género vegetal. Las plantas tienen esa clase de vida que nos permite movernos entre ellas sin perder la serenidad. A cierta edad estos periodos de alejamiento son muy recomendables. La irrisión general queda bastante aquilatada cuando comenzamos a mirar a los demás como si fuesen lechugas o, lo que también serviría como efecto terapéutico, intentando adoptar nosotros mismos el punto de vista de una lechuga.

jueves, 8 de junio de 2023

Residuo y forma. (Legado Belmontino)


(20120803)Decía mi amigo Belmonte, tallista aficionado y reconocido aforista, que él barría su taller muy de tarde en tarde, no porque como pensábamos algunos de sus allegados fuese alérgico a la escoba y al orden en general, sino porque cuando la gente miraba sus obras, (así llamaba él, iluso creador, incluso a las cucharas de palo que tallaba o a unas tablillas con esbozos muy rudimentarios), unos admiraban los trazos de la figura y otros quedaban extasiados ante la cantidad de viruta producida. Y, humorísticamente, añadía: “hay que reconocer que las virutas son una expresión abierta de la obra, la parte de la obra con más posibilidades de interpretación, mientras que la figura ofrece su faceta más castrante, imponiéndonos represoramente la voluntad del artista”. Estos tiempos nuestros, le parecía a él, estimaban más la viruta que la figura. Pero ante la duda de qué parte convendría desechar para estar a la altura del gusto imperante, él había optado por una estrategia reconciliadora. Metía en una bolsa de plástico negro la forma y el residuo, y así acostumbraba a entregar sus obras. Si el comprador era un espíritu libre y componedor podía exhibir la viruta, si era más tolerante con las iniciativas del autor podía presentar la figura. Aunque Belmonte aconsejaba, sarcásticamente, presentar la obra  compuesta por los dos elementos, es decir, plantar la figura y derramar la viruta alrededor, a imitación de lo que hace la naturaleza cada primavera con la caída de los pétalos alrededor del árbol, o con la hoja en el otoño. Esta guasa y largueza acabó por jugarle una mala pasada. En la única exposición que participó en su vida, una exposición local  promovida por la mujer de un alcalde con inclinaciones artísticas, el empleado público al que encomendaron la misión de repartir las obras por el habitáculo que servía de sala de exposiciones, al cual habían aleccionado para que fuese especialmente respetuoso con el material aportado por los artistas, se atuvo tan estrictamente al mandato que dejó la bolsa sin abrir sobre el soporte que le habian asignado. Impresionaba el nombre de la talla clavado en la pared junto a la bolsa: "Sansón vence a los filisteos". Todo el mundo se dió por aludido. 



Yo soy aforista rural, decía mi amigo Belmonte, porque mi intelecto no da para otra cosa, cuando echo a rodar una frase imagino que es un asno al que conduzco por un camino, si le aguijo y acelera el paso, eso es sólo una idea. Si me da una coz, eso es un aforismo

lunes, 13 de junio de 2022

Ola de calor.


La ola de calor me ha revelado el símbolo apropiado para lo masculino en esta época confusa.
No hubiera encontrado este símbolo, ni acaso habría sido consciente de que había otro viejo símbolo obsoleto, por demasiado osado, para la actual circunstancia psíquica del varón, si no hubiera tenido que comprar un coche de segunda mano. Así de poco heroicas suelen ser estas cosas.
Pero hablemos un poco del coche antes de revelar el hallazgo. Tenía pocas referencias del coche que iba a comprar. Sabía que era un Volvo, pero ni siquiera conocía el modelo. Miré en Internet  las características del vehículo después de identificarlo por la fotografía. Al contrario de lo que les ocurre a los expertos, tan abundantes en el mundillo de la automoción, saqué poco en claro de la lectura de aquellos datos. Me dan envidia los expertos, tan numerosos en el sector de la automoción, capaces de imaginar las partes íntimas de la máquina a través de conceptos y números. Aunque también digo que si hubiera sabido interpretar los datos tal vez me hubiera quedado en eso y no hubiera atendido a las informaciones más superficiales que me condujeron al sustancioso hallazgo que según mis cálculos podría reconducir (seamos modestos) los destinos de la humanidad.
En aquella página de Internet, como información añadida meramente anecdótica contaban algunas curiosidades sobre la historia de la marca. Contaban que el nombre venía del latín, del verbo “volvo”, que significa rodar. De manera que, debidamente traducido y conjugado, el nombre de estos coches sería “yo ruedo” o, simplificando, “ruedo”. Era un nombre excelente para un coche. Más que un nombre una actitud vital, una personalidad bien resumida, mitad voluntarioso empeño de seguir adelante: ruedo, ruedo, ruedo; y otra mitad nostálgico designio, como el de la tantas veces cantada piedra en el camino, cuyo destino era rodar, rodar y rodar.
También hablaban del logo de la marca. Los fundadores de la empresa, un tal Larson y un tal Gabrielsoon, debieron ser tipos de una pieza, gente concienzuda, y buscaron un emblema que representase la solidez. Lo encontraron en el símbolo del hierro, un círculo con una flechita en diagonal. Este era también, en tiempos de los romanos, el símbolo de Marte, Dios de la guerra, y, viniendo a lo presente, ay, el símbolo que representa el sexo masculino. Parece que por este motivo algunas asociaciones feministas hicieron manifiestos acusando a la marca de machismo. Corren malos tiempos para la lírica.
En el sitio donde leí estos datos decían que, a pesar de las protestas feministas, la marca no había modificado su emblema. Pero si se realiza un examen de la evolución del logo se puede observar que la flecha se ha ido acortando con los años. Tanto da que se aleguen razones estéticas para el encogimiento.
 Desde que leí aquello, hace ya más de tres años, me quedó la vaga sospecha de que el viejo símbolo del hierro, por mucho que le acortásemos la flecha, no representaba al nuevo tipo de varón dubitante y aturullado que va configurándose  a resultas de las cortapisas, censuras y sospechas que el feminismo más furibundo le va echando encima.
Percibí de inmediato el desajuste. De un lado las falanges femeninas bien pertrechadas de símbolos, consignas, manifiestos y banderas y de otro el varón reducido a la insignificancia y a la inexpresividad bajo sospecha de machismo, 
La percepción de un desajuste de este tipo hace que queramos encontrar algo sin ser muy conscientes de que lo estamos buscando. El animal humano tiene estas habilidades inasequibles a la máquina mas dotada. Encontrar sin saber siquiera que uno busca algo. Esa vendría a ser la definición de hallazgo. Y, como bien sabemos todos, el hallazgo esta regido por la suerte, la casualidad, la chamba.
Y no otra cosa que la suerte ha sido la que ha querido que hoy yo encontrase el simbolito que de ahora en adelante podría servir de bandera a la causa masculina. Miraba el "tiempo" en el teléfono. Iba a ver los grados que alcanzaríamos en nuestra sesión diaria de horneado, cuando he visto en la parte baja de la columna el aviso por “ola de calor”.  El dibujo que utilizan para esta alerta parece la caricatura de un termómetro asustado, pero es talmente el ideograma de un pequeño falo estupefacto. Un falo desbordado por su circunstancia, incrédulo y completamente ruborizado.
Un sector de la sociedad representado por emblemas desajustados se convierte en inoperante para reclamar derechos, hacer proclamas y reivindicar que, al menos, nos tapen los ojos en el paredón, ya que ese es el lugar en que, acaso por carecer de un simbolo ahormador, nos ha colocado la ley.
Ea, pues, amilanados compañeros, ya no serán ellas las únicas inquilinas de las barricadas. Desde ahora, cuando las mujeres, rebosando desacomplejada certidumbre y autoestima, tomen las calles haciendo con las manos levantadas la figura del triangulo, que representa su campanuda vulva, podrán ver a los hasta ahora desperdigados varones unirse llevando al frente en una cartela este dibujito irrisorio. Y, por lo que hace al gesto, a la figura que habremos de componer con las manos, para estar a la altura que exigen estos ritos, creo podría servirnos  la típica señal de la peineta, solo que para quitarle agresividad, prepotencia o cualquier sesgo insultante, en el enarbolado dedo corazón llevaríamos pinchada una nariz de payaso.




jueves, 29 de abril de 2021

Sublimarse.

Un gusano inteligente aprende muy rápido, y lo que primero aprende es, por pura constatación de lo evidente, que es un gusano. A partir de ahí toda su inteligencia la emplea en no parecer lo que es: un gusano. A lo resultante de esta trabajada elaboración lo llamamos mosca.

sábado, 10 de agosto de 2019

Venas de agua.

Es muy difícil no desarrollar un cierto escrúpulo hacia los agoreros. Aunque los agoreros de aquí tengan una base. Nunca llueve. Nunca. Los arroyos no corren. Los “maniantales” se secan. Y las aguas de abajo, “dime tú cómo van a reponerse, si de arriba no cae”. Casi parecen científicos nuestros agoreros.
Yo entonces recurro a la teoría de las venas de agua.
¿De dónde vendrá esa agua, dicen nuestros agoreros, esa agua que sale de cien o doscientos metros bajo tierra?
Me aprovecho de su desconcierto ante el misterio y les lanzo un guijarro con la honda entre ceja y ceja, como David a Goliat. Los agoreros toman un porte gigantesco, descomunal, revestidos de profetas.
Les digo:
—Esa agua del subsuelo es lluvia caída en otro sitio.
—Más vale que sea así, amiguito, más vale que sea así.
Se retiran moviendo la cabeza, como los bueyes uncidos, de un lado a otro.
Se me retuercen las tripas ante esta canalla incrédula. Que tenga yo que vender esperanza, sin tenerla.

viernes, 16 de febrero de 2018

Amor y ceniza.

Ayer vi en la agenda que coincidían en un mismo día las celebraciones de San Valentín y miércoles de ceniza.
Durante el día en la radio, en las diferentes emisoras que fui oyendo a ratos, oí hablar del amor, los enamorados, y los regalos que esta fiesta, creada para que la rueda del comercio no pare, hace segregar a los que se consideran afectados por la enfermedad.
Pude comprobar que la fiesta de la ceniza, ha quedado borrada del mapa por esta otra liturgia de robaperas que inventaron los almacenistas.
Tengo buen recuerdo de los miércoles de ceniza. Aquel montoncito de ceniza que nos colocaban sobre el tupé tenía para mí el prestigio de un ritual indio, de los indios de las películas, sioux, apaches, cheyenes.
También de pequeño me tragué toneladas de publicidad sobre la medalla del amor: Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana. Animado por esta puerilidad, me he puesto a pensar como un publicista reivindicativo, o un jefe de compras de unos grandes almacenes, en un medallón del amor inclusivo, integrador, donde se recordase también el miércoles de ceniza. Una inscripción híbrida que pudiese grabarse sin desdoro en los clásicos regalos que suelen hacerse los flechados por Cupido: la medalla, el corazoncito con cadena, la esclava serigrafiada.
La primera síntesis de este combinado Valentín/Ceniźa, decía: "el vivo al bollo y el muerto al hoyo". Una leyenda un poco floja por demasiado evidente.
La segunda en un primer momento me pareció algo más afinada. Consistía en añadir la frase sacramental del momento de la imposición de la ceniza a la bisutería. Polvo eres y en polvo te convertiras. El doble juego del polvo.
Ya estaba riéndome maliciosamente, imaginando la cara del amado/amada al recibir este recuerdo de su imantación sentimental, cuando me di cuenta de que la mercancía sólo tendría éxito como artículo de broma. Hay un punto de vanidosa superstición en los enamorados a los que ofendería la consideración puramente material de sus personas.
Menos mal que ha venido Quevedo al rescate con su: polvo serán, mas polvo enamorado.
He mirado al techo lanzando un ¡uff! Estaba muy metido en mi papel de publicista o jefe de compras. Esta frase en el reverso de la medalla mejoraría el producto. Dicho en lenguaje comercial, al añadir los sobados versos de Quevedo, este artículo habría ganado cuota de mercado. Y yo, claro está, reputación y porvenir en en el cargo.


sábado, 6 de enero de 2018

Reyes Magos.

Dejé de creer en los Reyes Magos a los siete años, cuando descubrí que su caligrafía era exactamente idéntica a la letra de mi hermano. Los Reyes ese año dejaron dentro de mis baqueteados zapatos una nota escrita que explicaba que los Reyes no me traían ningún regalo por haberle dicho lo de la “lengua” a Trujillo.
Explicaré lo mas brevemente que pueda este asunto de la “lengua”. Por lo visto a lo largo de mi tierna infancia yo tenía una inusitada capacidad para quedarme absorto. Oyendo una conversación, mirando una cara, observando un objeto, sufría profundos accesos de autohipnosis. En mi casa eran muy críticos con mis embobamientos, sobre todo por la cara que se me quedaba cuando mis abstracciones alcanzaban el éxtasis. En esos momentos me quedaba con la boca abierta y la lengua fuera. En mi casa debieron utilizar todas las tácticas pedagógicas que tenían a mano para extirpar de mi rostro ese feo gesto de alelado. Las burlas más o menos hirientes no debieron servir para corregirme, incluso el cachete sorpresa, que hacía que me mordiese la lengua, resultó poco efectivo, aún conservo la lengua. Entonces mi madre, educadora de inagotables recursos, probó la técnica del efecto espejo. Cada vez que veía mi expresión de cordero degollado repetía la misma frase: “miradle, igual que Trujillo, con la lengua fuera”. Este Trujillo era un conocido nuestro, casi vecino, que tenía muy marcado el vicio de escuchar con la boca abierta y la lengua fuera. La intención de mi madre era que yo percibiese la expresión de mi cara en la fea mueca del tal Trujillo y me enmendase. Por la época a la que me refiero cada pueblo solía tener unos cuantos personajes risibles, dementes seniles, tontos de baba, borrachines, algún tullido bravucón y malhumorado, gentes en general muy creativas, y sin miedo al ridículo, que animaban las calles sin necesidad de que los ayuntamientos invirtiesen en soporíferos programas culturales. Para que el efecto espejo funcionase bien  solía elegirse a uno de estos personajes marginales un tanto llamativos como elemento de referencia. No sé por qué mi madre decidió cotejarme con Trujillo para reconvertir mi expresión de pasmado. Trujillo no era uno de estos estrafalarios, era una persona del montón, un vecino perfectamente normal. En aquel momento Trujillo debía de tener unos cincuenta años. Funcionario del ayuntamiento. Medio calvo y con el pelo del cogote y las sienes muy blanco. Dientes grandes y algo separados que le amarilleaban del tabaco. Voz aguardentosa. Los cañones de la barba algo crecidos. Estaba casado y no tenía hijos y por tanto, supongo yo, estaría bien predispuesto para tratar con niños.
Debí de escuchar cientos de veces la comparación de mi madre hasta que encontré el momento propicio para hacerle saber a Trujillo aquella característica que nos asemejaba. Aún lo recuerdo parado a mi lado, en la calle que sube de la carretera a la plaza del Rollo, a la puerta de la droguería de Pedro. Mi hermano, tres años mayor que yo, venía conmigo. Era un día de invierno cercano a las navidades. Una luz grisácea, un poco turbia, nos envolvía a los tres. Del escaparate de la droguería salía un poco de luz amarilla. Las piedras humedecidas de la calle brillaban.  Debía de hacer frío porque los tres llevábamos abrigo. Ellos dos abrochado, yo abierto, me estaba pequeño, yo era el segundo de mi casa y reciclaba la ropa que se le quedaba pequeña a mi hermano y como también era el último varón el aprovechamiento de estos recursos indumentarios era exhaustivo. “Trujillo, a que no sabes por qué dicen en mi casa que me parezco a ti”. Trujillo expectante, la lengua caída sobre el labio, medio sonriente, esperando alguna salida graciosa. “No rico, no lo sé”. “Pues porque cuando me quedo embobado saco la lengua como tú”. Trujillo se quedó petrificado y mi hermano seco. Durante unos segundos la niebla se adensó a nuestro alrededor. Tal vez fuese el humo de la estufa de la taberna del tío Cauto, cuyo tubo asomaba por una ventana unos metros más abajo de dónde se había producido la petrificación. Ni Trujillo ni mi hermano dijeron una palabra. Mi hermano, avergonzado, echó a andar la cuesta arriba a paso rápido. Yo le seguí con una carrerita, el empedrado de la cuesta estaba resbaloso y tardé en ponerme a su altura. Creía que todo marchaba bien hasta que mi hermano dijo: “Verás cuando lleguemos a casa”. Y a partir de ese momento me hizo caminar delante de él  dándome empujoncitos en la espalda para que no me retrasase. No sé si esta indiscreción me costó algún zapatillazo sorpresa o dado al desgaire, pero desde luego sé que no hubo recriminaciones destempladas, ni escenas de otra clase, como las acostumbradas persecuciones de las que solía librarme trepando a un robusto almendro que había en el corral. Hubo alrededor de este suceso un raro acorchamiento o congelación ambiental, una falta de ruido externo bastante preocupante. No volvió a mencionarse el asunto hasta que apareció la nota  la mañana de Reyes. Escrita a bolígrafo en la hoja de una de las libretas donde mi madre anotaba las medidas de los jerseys que confeccionaba. No esperaba gran cosa de los Reyes. Yo pedía un balón de badana, o un arco con flechas de verdad y ellos dejaban lápices, bolígrafos, un plumier, una cartera. Comparado con estas cosas la nota resultó un regalo maravilloso. La decepción del primer momento al ver la hoja pelada metida en el zapato  se transformó en una oleada de satisfacción en cuanto descubrí el complot. He imaginado muchas veces a mi madre ideando aquella estratagema. A mi hermano y a ella, metidos en la habitación de la troje, donde ella tejía, elaborando la nota como dos conspiradores. Mi madre dictando detrás de la tricotosa, y mi hermano copiando en un rinconcito de la mesa siempre colmada de ovillos y bolsas de lana.
Mi madre debió de creer que la letra de mi hermano me despistaría. Pero la descubrí al primer golpe de vista. Y lo proclamé a los cuatro vientos: “eso no lo han escrito los Reyes, es la letra de N. (mi hermano)”. Les rebocé mi descubrimiento añadiendo todos los registros mímicos e insidiosas onomatopeyas que había aprendido de mis compañeros de escuela, tan dotados para la mueca como cualquier otra manada de monos. Mi cara de memo les hizo confiar demasiado. Ni siquiera se molestaron en escribir su mensaje con mayúsculas. Viéndome en estado de perplejidad seguramente era más fácil deducir que estaba ensayando un ictus y no que tuviese la cabeza ocupada en alguna observación meticulosa. Los primorosos cuadernos de mi hermano los tenía muy observados.
Para mí fue una gran victoria descubrir aquel camelo. No tengo datos fidedignos pero creo que la nota me ayudó bastante a perder mi gesto de bobo. Los grandes educadores, al estilo de mi madre, son como los grandes goleadores, marcan incluso cuando rematan torcido.

Por tanto, no creo en los Reyes Magos, ni en el efecto beneficioso de la manera boba, que a los mayores tanto les agrada ver, en que creen los niños. Eso que los mayores llaman ilusión y en el fondo es la constatación de que las pobres criaturas son tan manipulables como un votante nacionalista. Pero en el fondo creo en los Reyes, porque acaban trayendo su verdadero regalo, el del descreimiento, una herramienta definitiva para combatir la infelicidad durante el resto de la vida. Y sí, también, cómo no, esa ternura retrospectiva que produce imaginar  la ilusión que sienten los padres al creer que son los Reyes. 

martes, 7 de marzo de 2017

Antes de abrir la puerta.

(20160107) Ponerse el gorro. Taparse las orejas. Abotonar el abrigo. Subirse el cuello. Eso que hicieron con nosotros de niños tantas veces antes de salir a la calle. Arroparse antes de abrir la puerta y sentir, cada vez, que nos corre por las entrañas aquel cosquilleo infantil, como si fuesen aquellas manos siempre tibias las que siguen defendiéndonos de la intemperie.  

domingo, 5 de marzo de 2017

Fauna de mercadillo III.

(20150219). Aunque todavía no ha amanecido, sobre los tejados la oscuridad ha empezado a deshacerse. El negro que dejan las farolas por encima de su visera se va volviendo azul muy lentamente.
Es jueves. En la calle ha empezado el trasteo de los puestos del mercadillo. Los furgones, aparcados junto al pretil del arroyo, tienen todas las puertas abiertas, como si aquella mercancía tan viajada que se amontona en su interior hubiese estado a punto de asfixiarse. Los ambulantes forman corrillos y cambian impresiones. Van forrados con unos gabanes un poco estragados. Algunos llevan guantes y dan palmadas que apenas suenan.  Tardará en llegar todavía el momento de los hierros. Los hierros con los que construyen sus tenderetes, los sacan de los furgones y los tiran al suelo. En la madrugada este entrechocar metálico tiene una frialdad enervante. Los mismos vendedores deben de ser conscientes de cómo se clava ese sonido en el tenso silencio de la amanecida y no suelen comenzar el montaje hasta que la luz del día entibia un poco el ambiente.
Los ruidos a esta hora están llenos de ecos y resonancias exageradas. Estos ruidos de hierros hacen imaginar que en las calles vecinas estén montando el estrado de un tribunal, cuando no directamente un patíbulo. Ruidos un poco sombríos que, como ocurre al despertarnos tras una pesadilla, cuando vemos qué los ha causado nos hacen sonreír por las enormidades imaginadas. Algo así acaba de suceder ahora mismo, instantes antes de que me pusiese a tomar esta nota. He oído como uno de los mercateros hacía rodar los cangilones de la basura. Un estruendo que me ha hecho pensar en ataúdes arrastrados por  alguna figura espectral. Cuando he mirado a la calle he visto que el causante del estruendo era un gitano canijo cuya intención era colocar su furgón justo en el sitio que ocupaban los contenedores. Lo cual ha dejado resuelto el enigma del ruido pero ha traído otras intrigas no menores.
El lugar en que se sitúe un puesto puede ser decisivo para las ventas de la jornada. Eso al menos dicen los estrategas del comercio, no sé si en estos mercadillos de pueblo el lugar tendrá tanta importancia. Al gitano lo ha interpelado su señora, que conducía el furgón, asomando la cabeza por la ventanilla. Se la ha oído decir con un tono atiplado, al borde del gallo, producido por la incredulidad: “¿Ahí lo vas a poner?”. El gitano le ha empezado a contestar antes de que acabase de pronunciar la última sílaba. Era un gitano de ojos saltones y lengua gorda, y el habla, aunque abultada, le salía con cierta musiquilla llena de zumba: “Si quieres lo ponemos otra vez en el puente como la semana pasada, que corre el aire, que corre el agua, que pasa la gente, y que no vendemos una escoba”. Ella: “En el puente fue culpa mía. Pero tampoco quitarle el sitio a los cubos de la basura”. “Hoy voy a elegir yo. ¿Estamos?”.
La mujer ha quedado callada, aunque no muy convencida. El gitano, con un desplante muy artístico, ha remachado: “Lo voy a poner ahí para aprovechar la querencia".
La "querencia". No sé cómo se puede interpretar un concepto taurino-comercial tan intrincado. Imagino que el gitano, como un zahorí de las mareas humanas, ha intuido que en el lugar que ocupaban los contenedores debían de confluir unas cuantas líneas de fuerza, cuando menos las de la fuerza de la costumbre de ir a tirar la bolsa de la basura. Y, aunque no ha quedado demostrado que la clientela haya sufrido ninguna clase de magnetización, hay que reconocer que la intuición del gitano tenía algún fundamento, porque lo que allí confluye de manera indubitable son las corrientes de todas las calles en cuesta que constituyen este barrio montuno.
Luego ha sucedido lo que por aquí empieza a tomarse por milagro. Ha llovido un poco. Muy poca cosa, el agua renqueante y timorata que les queda a las nubes cuando llegan, cansadas, a este proyecto de desierto.
Justo donde el gitano ha colocado su tenderete suele formarse un gran charco. El agua que baja por las calles aledañas remansa allí obedeciendo una nivelación del pavimento que, como cosa parida por la municipalidad, tan aficionada al espectáculo como al monumento, habrá querido introducir en nuestras calles este capricho veneciano, al que sólo le falta un cartel con una góndola para que el recochineo sea completo.
He pasado toda la mañana poniendo un poco de orden en mi cuarto, un trabajo de desescombro que requiere tener bien aireada la habitación. He tenido la ventana abierta. Y lo mismo que he ido largando miradas al tejado de enfrente para potenciar mi sentido del orden contemplando lo bien colocadas que están las tejas, pues también he ido siguiendo, cada vez con más interés, las reacciones del gitano.
Primero recibiendo en los medios las cuatro gotitas dando a entender que  aquello no sería nada. Diciéndole a su vecino que buscaba cobijo: "No te tapes tanto Firiberto que este agua no moja". Luego, mirando de reojo  a aquel nublado, un  miserable brochazo, que hacía la gracia de no parar. Después levantando la solapa del chaquetón acolchado y  viendo rodar los regueritos de agua junto al borde de las aceras. Más tarde, refugiado bajo el voladizo de un balcón y viendo crecer el charco, y su tenderete convertido en una chalupa. Ha dejado de llover y he visto cómo el gitano, de nuevo en mitad del ruedo, desparrancado al borde del lampazo, observaba  el encharcamiento con mucha frialdad, ese ojo de huevo que tanto abunda en esta raza se ha llenado de melancólica incredulidad mientras contemplaba el trampal desde la orilla. 
La gitana ha permanecido en su puesto, en medio del charco, debajo de un paraguas y subida a un cajón de la fruta, con un silencio y una cara de aflicción como si la hubiesen dejado abandonada en una isla desierta. La inundación no ha durado cinco minutos, pero la gitana se ha quedado en el cajón aún después de que el charco hubiese drenado. Por un momento ha parecido que el gitano no  iba a saber recuperarse de aquella desfavorable conjunción de elementos aumentada por el alegato crítico de la estampa mártir de su santa. 
Salvo mi humilde persona yo creo que no ha habido otro testigo de este pequeño lance. Tengo pues la obligación de contarlo con toda exactitud. Me ha parecido admirable el quiebro del gitano. Sin alterar el gesto, aunque con cierto soniquete en la voz, le ha dicho a la mujer: "Baja ya del pódium, María, que parece que estás esperando que te den una medalla".
Sé que de ahora en adelante va a ser difícil que no me sienta tentado de soltar la frase cuando la ocasión se presente. Siempre me ocurre con las frases ingeniosas. Y ahora será fácil encontrar el momento, por lo mucho que abunda el vedetismo victimista. Por si alguien leyese esto y se sintiese también tentado de hacer sonar la flauta de la ironía, he de advertir que el buen ingenio no remansa todas las aguas. Sirva de ejemplo la reacción de la referida María que, ciertamente, se ha bajado del cajón, pero en absoluto subyugada por la sutileza del gitano, sino más bien con un punto de coraje. Lo cual ha expresado no sólo con gestos más o menos interpretables, sino con palabras pronunciadas en un tono agudo que han llegado a mis orejas con perfecta claridad. La he oído decir: "¡Qué se habrá creído er dao por culo este!"

miércoles, 30 de marzo de 2016

Sesenta.

(20160330). Estaba delante de un plato de alcachofas. La casa toda para mí. Ninguna de esas distracciones involuntarias que producen los aleteos de nuestros seres queridos. Auténtica vida conventual. En la pantalla encendida aparecía Santa Teresa, reponían la serie que cuenta su vida para ambientar la semana santa. Santa Teresa aparece como una mujer cansada que viaja por los caminos en mula o en carreta. Llega medio enferma a uno de los conventos que ha fundado en Beas de Segura y tiene una entrevista con el fraile Jerónimo de Gracián. Hablan a través de una reja de palo más bien simbólica, los barrotes están tan separados que podría colarse entre ellos cualquiera. Teresa de Ávila declara que ese mismo día cumple sesenta años. He dado un trago de vino y he pensado en mis sesenta, para los que me quedan cuatro días. Es una cifra para írselo pensando. La Santa y el fraile muestran su afición el uno al otro y tienen un breve dialogo místico-meloso, hasta que oigo al fraile decir:
—Ha hecho demasiadas cosas sola.
Y la Santa responde:
—Si, y las he hecho mal. Las he dejado a medias, por mi soberbia de querer hacerlo todo. Una pobre mujer flaca y sin consejo. Pero, ¿a quién acudir?
El látigo con el que se fustiga la Santa ha chasqueado justo a unos centímetros de mi oreja.        

martes, 29 de marzo de 2016

Floración.

En aquella terraza, un hueco rectangular empotrado en la fachada, estaba colocado el tendedero. Las distintas capas de ropa colgaban en sucesivos planos paralelos ocupando de parte a parte todo el hueco de ese balcón interior. Me ha llamado la atención que todas las prendas allí tendidas fuesen de colores entre rosa y fucsia. Esa gama de colores no me gusta mucho para ninguna clase de ropa, y por eso seguramente habré reparado en la monocromática exhalación de aquel tendedero. Por eso, claro, y por otra desconcertante circunstancia: en aquella casa sólo vive una mujer que siempre va vestida de negro.

lunes, 28 de marzo de 2016

Edad.

Poco a poco el espesor del habla. La pared entre lo que queremos decir y lo que decimos. Y, al menor descuido, el peligro de llenarlo todo de pensamientos ramplones, tópicos mústios y observaciones manidas. La hora del espesor, en la que uno no camina en compañía de lo que quiere decir, sino empujando detrás, como quien transporta un cadáver en una carretilla.

viernes, 25 de marzo de 2016

Lavatorio.

(20130328-13*). En una secuencia rapidísima, en las noticias televisivas, veo al Papa lavando los pies de un menesteroso. Luego, con devoción exuberante besa los pies del pobre. Si lo he captado bien, pues no he  prestando verdadera atención a la noticia hasta el último momento, me ha parecido que el pobre, quizá ayudado por el Papa, ha levantado algo la pierna para facilitar la amorosa, a la vez que humilde, acción del Pontífice. La pierna se ha elevado con la torpeza que corresponde al anquilosamiento de un hombre de edad, y el Papa no ha besado exactamente en el pie, sino en la parte interior de la pierna, justo al lado del tobillo. El beso ha sido, para mi gusto, demasiado apasionado. Aun tratándose de un beso publicitario creo que ha habido sobreactuación, o excesivo énfasis. (Lo que, según los entendidos, es, aparte de inelegante, muy contraproducente para la propaganda, ya que el exceso de teatralidad deviene en parodia, y  una parodia no intencionada es nefasta para la mercancía). Lo he visto, me parece, con bastante detalle porque la televisión ha mostrado un primer plano del momento en que los labios pontificales se acoplaban con el tobillo. Ha sido en ese preciso momento en el que he centrado la  atención, antes difusa, en la noticia. No tanto porque me interesase la vida sentimental de este Papa, sino por el estado que ofrecía la pierna del cuitado: tobillo hinchado más o menos rodeado de una mancha acardenalada.  Al primer golpe de vista he intuido que aquel hombre tenía problemas vasculares semejantes a los que yo tengo, ya que aquella pierna, vista al vuelo, me ha parecido que  era pintiparada a mi pierna izquierda. Y esa ha sido la causa de que de repente me sintiese identificado con aquel menesteroso. Hasta el punto de que cuando he visto que los labios de Bergoglio buscaban la zona amoratada de su pierna he dado una encogida como si esa pierna fuese la mía que se había colado en la pantalla.

PD: Con la autoridad que me otorga el haberme visto tan cerca del peligro, puedo decir que, a pesar de las interpretaciones canónicas que se hacen de este rito donde se habla de la humillación, entrega y sacrificio del oficiante, el verdadero sacrificado de este acto es el que ofrece el piececito mondo y lirondo para que un Bergoglio cualquiera aterrice sobre él y descargue sus exorcismos. Y, en todo caso, puestos a hilar fino, ya que lavan el pie antes del beso convendría lavarlo también después.  

jueves, 24 de marzo de 2016

Dona nobis pacem.

(20130328-12*). Jueves Santo. He estado escuchando una vez tras otra, bueno, escuchando y viendo, el Agnus Dei de la Misa de la Coronación de Mozart en un video en youtube. Es un milagro tener atrapados estos momentos. Poder asistir a eso y verlo con detalle cuantas veces se quiera. He pasado más de dos horas viendo este video asombroso. Lo habré visto diez o quince veces. Han sido una especie de “oficios” concomitantes con la religión pero no exactamente religiosos. Curiosamente, en el video, en el trozo de misa que allí se ve, que tenía lugar “dalla Basílica de San Pietro in Roma”, el celebrante, con casulla rojo y oro, nada menos que Juan Pablo II, y toda su comparsa, ocupan un lugar marginal, difuminados y de espaldas a la cámara. Si las gentes de Iglesia viesen este video con objetividad tendrían que reconocer que ganan mucho estando en segundo plano. Creo que aquí eso resulta evidente. La realización, la planificación, el lugar en que están colocadas las cámaras, me parece muy logrado, sobre todo en relación con los dos elementos fundamentales de este concierto: la cantante Kathleen Batlle y el director Herbert Von Karajan. K. Battle no tiene una voz muy poderosa, las sopranos ligeras como ella, muy ágiles en los agudos, no suelen tener mucha voz, en otras grabaciones suyas que he visto eso se aprecia. En el video que comento, ya sea por las condiciones acústicas de San Pietro in Roma, o por la directa intervención divina en la toma de sonido, Batlle lleva su voz a donde quiere, y  de un modo tan bien modulado, delicado, dulce, sutil, pleno, que, cuando llega a nuestro cerebro, no deja una sola neurona que no quede arrasada. A esto se suma la maravilla de ver la cara de Batlle mientras canta, ver de dónde saca cada sonido, la mirada vuelta hacia dentro, su respiración, el movimiento de los labios, y  la acomodación de todos los músculos del rostro, cómo se ayuda incluso de los ojos para cargar la nota de intención y enviarla al lugar donde más conmueve.
Von Karajan comienza la pieza volando,  un planeo rasante, los brazos y las manos aletean a cámara lenta. Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten misericordia de nosotros. Cuatro minutos de ondulaciones, de idas y venidas apacibles, en los que Karajan, entregado, la cabeza ladeada, ha ido recogiendo los brazos y  colocando las manos  delante del pecho,  las mece suavemente y va musitando las palabras que la soprano expande hasta lo alto de la famosa cúpula. Así hasta el momento en que llega el “Dona nobis pacem”. Danos la paz. Ahí se han acabado las suavidades. Los solistas se ponen en pie. Los “dona nobis pacem” pasan de la soprano al tenor, y luego los cuatro van haciéndolos rodar. Karajan cierra el puño y pide un poco de brío. Cuando entra el coro su mano izquierda se ha convertido en una garra. Tras la primera avalancha de Dona nobis pacem hay un momento de remanso, de donde se toma impulso para la apoteosis final. Dona nobis pacem. Karajan estrangula al coro con sus manos artríticas. Zarandea el espacio con los brazos en alto como si estuviese sacudiendo el tronco de un árbol. Dona nobis pacem. Es una exigencia que se eleva a lo más alto. Karajan estira los brazos, abre una bocaza de lagarto repitiendo con el coro el conjuro. Con las manos abiertas y muy tensas baja los brazos repentinamente y el coro cesa. Durante tres minutos se ha repetido la frase. Dona nobis pacem. El ucase ha debido llegar a la estratosfera. A Von Karajan le queda en la cara una expresión furiosa y un poco ida.
Me retrepo en la butaca. A través de la ventana veo pasar muchas nubes por el cielo. Por momentos se oscurece. Luz crepuscular en la habitación. Podría incluso romper a llover. Dona nobis pacem.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Cara de estaca.

Suelo mirarme en un único espejo, el del cuarto de baño de mi casa, al que tengo relativamente domado. O puede que, como ocurre con la cara de la gente que vemos habitualmente, me haya acostumbrado a ver la imagen que aparece estampada en él, y, por tanto, sea mi ojo el domado y no el espejo. Ese espejo me enseña un rostro más o menos apto para la convivencia, sereno, más o menos apacible, y, por no malgastar el tiempo en autorretratos, típico resultado de la mezcla de rasgos mediterráneos.
Ahora mi teléfono tiene una de esas cámaras invertidas que, por puro descontrol, mis dedos, acostumbrados a la sujeción de herramientas menos sensibles, involuntariamente pulsan el botón que hace que aparezca, y yo vea por sorpresa en la pantalla, la cara que llevo puesta cuando estoy fuera del cuarto de baño. Un rostro que me aterra. No por feo o guapo, que ya pasaron los años en que fuimos tan simples, sino por su expresión animal, "de bruta criatura tirada al mundo a su cuidado". O por decirlo aún de un modo más claro, es la cara que imagino se me pondría si se me hubiese clavado una espina en el cerebro. Una especie de adusto cabreo o seriedad con un punto de iracundia. Yo, que por dentro soy tan risueño y por fuera así. ¡Qué falta de expresividad!
La propensión a la seriedad de algunas caras, la mia entre ellas, tiene como causa la desconfianza de que nuestros gestos más comunes se malinterpreten y puedan  meternos en desagradables berengenales. Entre que confundan nuestras señales y no hacer ninguna señal, se opta por lo segundo, y se llega a esta especie de seriedad que en realidad sólo es una forma de inexpresión.
Ahora que la cámara trasera del teléfono me va concienciando del rostro que me defiende del mundo, miro la seriedad en el resto de los rostros y, sin ser exhaustivo, la califico, bien con un adjetivo, cuando lo encuentro, bien con una cifra.
Hoy he tenido una experiencia extrema en lo que se refiere a esta característica gestual. He encontrado en la ferretería a C. Un hombre de mi edad al que conozco poco, aunque suficiente para saber que tiene una de esas caras petrificadas por la seriedad. Hacía bastante tiempo que no le veía, quizá un par de años, y mucho tiempo más que no lo tenía a una distancia que permitiese una evaluación fiable. Estaba allí, muy tieso, pidiéndole al empleado un taco especial para un agujero que había hecho en la pared. La pared era vieja, el agujero había quedado un poco holgado, y el taco normal giraba cuando intentaba atornillar. Flaco, las mejillas sumidas, los ojos saltones yertos, rodeados de un cerco morado…...
¿A ver cómo lo puedo explicar?
Mi cara es la de Fofó, Miliki y Fofito juntos cantando la gallina turuleta comparada con esa cara de estaca, de seco senequismo endurecido, de refugio nuclear.
Sinceramente, esa personificación de la estolidez más reconcentrada y súmmum del agarrotamiento; aquella perfección de rigor mortis tan bien asumida, ha sobrepasado mi capacidad de admiración y, debo confesarlo, creo que he sentido envidia.
Lo cual no quiere decir que toda esa perfección, a lo mejor esconde a un chistoso irrefrenable que se esta divirtiendo detrás de la tapia.

sábado, 16 de enero de 2016

Reencarnaciones.

¿Quién que haya visto la semejanza en gustos, gestos, manías, y otras afecciones entre uno cualquiera de sus familiares más próximos (no diré directos por no ofender) y aquel antepasado insoportable, (de esos que llevan escrito en la lápida, con todo merecimiento, el famoso epitafio: tanta paz lleves como descanso dejas), no ha llegado alguna vez a tener la sospecha de que por el lugar más recóndito e impensable de cuantos pudiera haber imaginado se ha colado en su casa, y hasta en su vida, un okupa?

domingo, 1 de noviembre de 2015

Va a llover.

(20151031). Esa cosa minúscula que se confundiría con una piedra si no la viesemos moverse es un sapo macho. La fotografía es del viernes, día 30. La hice en el camino del Cerro del Espartal, a la altura de Escoboso. En el mismo tramo de camino vi otros quince sapos braceando en la tiniebla con gran empeño.
La pasada semana ha habido otros avistamientos de características parecidas. He oído a una mujer contar que, yendo de paseo, sufrió un ataque de asco al ver bastantes sapos aplastados, pisados por los coches, en el camino del Zauce, en la bajada hacia el arroyo. Y en el camino del Pobo, M.P.P. vio otra desbandada.
Los sapos barruntan la lluvia. Me gustaría tener un sapo amaestrado que me enseñase a distinguir las borrascas vanas de las que traen agua. También les convendría a los meteorólogos que, en lo que respecta a este pedazo de tierra, llevan todo el otoño pronosticando con el pié cambiado. Hasta ahora todas las veces que he visto un sapo al anochecer en un camino, días despues, siempre ha llovido. Bien es cierto que nunca he visto una migración tan numerosa. Si esto significa que la lluvia será proporcional al número, o que huyen en desbandada por que lo que barruntan es la escasez, lo iremos viendo.